Otro maldito escocés Capítulo 3Mesa para cuatro, novio para dos #2
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Capítulo 3Mesa para cuatro, novio para dos #2

Si Lía me contara una escena así, probablemente ya estaría pidiéndole un taxi.

Cuando la que tiene que levantarse de la mesa soy yo, encuentro atenuantes con una rapidez admirable.

Llevamos cinco años juntos, hemos hecho planes que todavía me gustan y quizá esto sea una mala época de la que consigamos salir.

Le estoy exigiendo muchísimo a un adverbio.

Me da miedo empezar de nuevo. Imagino la primera noche sin él, sus cosas desapareciendo del baño, las ganas de escribirle para contarle una tontería y el esfuerzo de recordar que ya no puedo hacerlo.

Mi imaginación podría enseñarme alguna escena en la que estoy estupendamente, pero tiene una preocupante preferencia por verme sola un domingo por la tarde, echándolo de menos y preguntándome si me he equivocado.

Quererlo me sirve de explicación porque es verdad y porque me cuesta bastante menos admitirlo que reconocer todo lo demás.

Qué cobarde soy para algunas cosas. Puedo mantener a raya a diecisiete adolescentes y ahora mismo me da miedo decirle a mi novio que esta cena me está pareciendo una mierda.

Cuando levanto los ojos, Nathaniel ya me observa. Ahí está otra vez esa expresión suya que llevo años interpretando como una evaluación particularmente severa de mis decisiones vitales.

Dejo la copa sobre la mesa despacio y sostengo su mirada unos segundos.

Me gustaría decirle que puede ahorrarse el análisis.

Sé perfectamente lo que está viendo. Mi novio lleva varios minutos absorbido por la mujer con la que me ha engañado mientras yo examino un trozo de pan con un interés científico digno de financiación pública.

El camarero aparece con los platos de ellos y la interrupción debería devolver la conversación al grupo, pero Catriona continúa hablando mientras espera a que coloque su comida.

—Lo mejor es la frase final —añade al guardar el teléfono—. Dice que quizá Shakespeare mata a sus personajes porque no sabe qué hacer con ellos cuando dejan de obedecerle.

—Eso lo voy a utilizar con mis alumnos —asegura Matthew, riéndose mientras ella le advierte que se abstenga de apropiarse de su descubrimiento.

Cojo la copa. Nathaniel espera a que el camarero se retire antes de dirigirse a mí.

—Harriet salió bastante impresionada de vuestra entrevista —comenta mientras acomoda sus piernas bajo la mesa. Son tan largas que le reconozco el esfuerzo de encajarlas.

Tardo un instante en responder porque el cambio de conversación es tan deliberado que casi puedo tocarlo. Me pregunto si está intentando distraerme de los otros dos y decido que, por una vez, puedo aceptar algo de él sin interrogarme demasiado sobre sus motivos.

—Espero que «impresionada» sea positivo —respondo con una mueca—. También puedes quedar impresionado después de ver a alguien caer por unas escaleras.

—En tu caso hablaba del proyecto. —Nathaniel corta un trozo de pescado antes de volver a mirarme—. Le gustaron tus ideas sobre la colaboración con Shabnam y la parte docente. Sobre todo que preguntaras cómo iban a trabajar juntas antes de proponer cambios.

Noto una satisfacción inmediata y me acomodo mejor en la silla. He repasado mentalmente la entrevista tantas veces que ya estaba empezando a encontrar errores en respuestas que antes me habían parecido perfectamente razonables.

—Harriet me cayó muy bien. Me hizo sentir que puedo decir «esto no lo sé» sin que empiece a buscar a otro candidato debajo de la mesa —comento mientras acerco el plato.

—Eso es una de las razones por las que dirige el proyecto —responde, apoyando los cubiertos un momento—. Contratar a alguien que cree saberlo todo suele salir bastante más caro que contratar a alguien que sabe dónde están sus límites.

—Lo dices con una seguridad que me hace pensar que ya has cometido ese error varias veces —observo, y él asiente antes de coger el vaso.

—Las suficientes para reconocerlo.

La respuesta me interesa. Nathaniel rara vez admite un fallo propio delante de mí, aunque tampoco recuerdo haberle dado muchas oportunidades de hablar de algo así. Matthew y Catriona siguen con Shakespeare, ahora algo más bajo, y agradezco poder concentrarme en otra cosa.

—Hay algo que quiero dejar claro —digo mientras apoyo los antebrazos sobre la mesa—. Matthew consiguió que vierais mi currículum y te conozco desde hace años. Prefiero que eso no me dé ninguna ventaja. Si hay alguien mejor para el puesto, quiero que contratéis a esa persona.

Nathaniel termina de masticar y deja los cubiertos a ambos lados del plato antes de coger la servilleta.

Me descubro mirando su boca, el movimiento de la mandíbula, la forma en que se humedece el labio inferior antes de limpiárselo.

Cuando vuelve a mirarme, levanto los ojos demasiado deprisa.

Hasta hace un momento tenía una pregunta que hacerle. Ahora necesito recordar cuál.

—Lo que te pido es que no influyas en la decisión final —añado, obligándome a sostenerle los ojos.

—Eso va a ser difícil, Abril —responde mientras deja la servilleta junto al plato—. Harriet me ha pedido mi opinión. Ya se la he dado.

Me quedo mirándolo, convencida durante un momento de que está bromeando. Su expresión permanece exactamente igual.

—Pensaba que Harriet dirigía el proyecto —comento mientras retiro los antebrazos de la mesa.

—Lo dirige. Elige a quién quiere en el equipo y no suelo discutir sus criterios profesionales. Pero también me pide que valore a los candidatos que entrevista. —Apoya una mano junto al vaso—. Mi opinión cuenta, aunque la decisión sea suya. En términos estrictos, la última firma es la mía.

—¿Y no se te ocurrió mencionar ese detalle antes? —pregunto, con el tenedor suspendido antes de llegar al plato.

—Pensé que mi presencia allí era una pista bastante clara —responde, ladeando ligeramente la cabeza.

—Saber que pones el dinero y saber que decides si me contratan son dos niveles distintos de desgracia.

Una sonrisa amenaza la comisura de su boca. La veo aparecer y me distrae lo suficiente para que tenga que recordar por qué esta conversación me importa.

—Intentaré no tomármelo personalmente —comenta mientras recoge los cubiertos.

—Hazlo, por favor. Me gustaría conservar alguna posibilidad de empleo —respondo, y consigo que termine sonriendo antes de volver a mi plato.

—Tu relación con Matthew no te favorece en el proceso —continúa después de unos segundos—. Me obliga a ser especialmente cuidadoso para que nadie pueda decir que has entrado por él. Harriet quiere hacerte una propuesta porque le gustó lo que escuchó. Yo no necesito hacerte ningún favor.

La seguridad con la que lo dice me quita de encima una incomodidad que me ha acompañado desde que lo vi entrar en la entrevista. Bajo un momento la mirada y separo con el tenedor uno de los últimos ravioli.

—Bien. Porque no quiero uno —respondo mientras vuelvo a mirarlo.

—Eso ya lo había supuesto —comenta, y su tono me hace levantar una ceja.

—¿Por mi carácter encantador?

—Por la cantidad de veces que me has dicho que preferirías no deberme nada —contesta después de beber un poco de agua.

Tiene razón, lo cual reduce considerablemente mi margen para protestar. Me entretengo un momento con el borde de la servilleta antes de responder.

—Me gusta que las relaciones estén claras —explico, y él deja el vaso sobre la mesa con una atención que me hace desconfiar.

—Curioso.

La palabra llega acompañada de una mirada que no sé interpretar. Me incorporo un poco en la silla y dejo de tocar la servilleta.

—¿Qué significa eso?

Nathaniel tarda un segundo en responder, quizá porque está decidiendo cuánto quiere decir.

—Que llevas cinco años convencida de que tengo una opinión bastante concreta sobre ti sin haberme preguntado nunca cuál es.

Me quedo callada. Esperaba otra observación sobre el trabajo, alguna puntualización con la que devolver la conversación a un terreno en el que él se sienta cómodo. En cambio, sigue mirándome y parece dispuesto a esperar mi respuesta.

—Tienes una mirada muy expresiva para un hombre que presume de no enseñar nada —comento mientras apoyo una mano alrededor de la copa.

—Yo no presumo de eso —replica, con el mismo tono con el que corregiría una cifra equivocada.

—Ni siquiera eso admites. Fascinante.

La sonrisa vuelve a aparecer antes de que Nathaniel baje la vista hacia su plato. Al otro lado de la mesa, Matthew y Catriona se ríen otra vez por algo que me he perdido.

Él desvía los ojos hacia ellos y yo aprovecho para beber un poco de vino antes de volver a mirarlo.

—Parece que Shakespeare está teniendo una noche bastante intensa —murmuro mientras dejo la copa junto al plato.

—Murió hace cuatrocientos años —responde Nathaniel, siguiendo con la vista el entusiasmo con el que Matthew acaba de acercarse otra vez al teléfono de Catriona—. Supongo que no le importa que lo utilicen como excusa para ignorar al resto de la mesa.