Capítulo 3Mesa para cuatro, novio para dos
MESA PARA CUATRO, NOVIO PARA DOS
«Abril»
M atthew ha acertado con el restaurante, con la hora y hasta con el vino, lo que me obliga a reconocer que, cuando se propone hacer las cosas bien, puede resultar irritantemente eficaz.
Llevamos casi una hora cenando y la noche está siendo agradable.
Hemos hablado de mis alumnos, de un padre que ha escrito a Matthew para discutir una fecha del siglo XVIII con argumentos sacados de Wikipedia y de la entrevista sin acabar en ninguno de los terrenos en los que últimamente nuestras conversaciones tienden a embarrancar.
La mesa es pequeña, la luz cálida y desde donde estoy veo la calle húmeda de Stockbridge detrás del cristal. Por primera vez en semanas consigo comer sin preguntarme qué parte de lo que digo puede conducirnos hacia Catriona.
Matthew pincha uno de los ravioli de mi plato sin molestarse en pedir permiso.
—Te has pasado media cena diciendo que están increíbles —se justifica mientras intento detener su tenedor con el mío—. Tenía que comprobarlo.
—Podías haberte pedido los ravioli —le recuerdo, apartando el plato unos centímetros con una carcajada para impedir una segunda incursión—. Tú has elegido lasaña. Aprende a vivir con las consecuencias de tus decisiones.
La segunda lectura aparece cuando ya lo he dicho. Él también la encuentra, porque deja de sonreír durante un instante, pero tiene el buen criterio de no obligarme a retirar la frase. Mastica, devuelve el tenedor a su plato y levanta la copa hacia mí.
—Creo que me he ganado esa —admite con una pequeña mueca, volviendo a meter su tenedor en mi plato—. Y este ravioli también.
—Ladrón y encima reincidente —murmuro.
Matthew sonríe y termino haciéndolo también.
Me gusta comprobar que todavía podemos estar así.
Hace un rato he dejado el bolso en la silla de al lado, me he quitado la chaqueta y he empezado a contarle una historia sin medir cada palabra.
Ahora me doy cuenta de que llevaba días deseando algo tan sencillo como querer quedarme un poco más.
—¿El lunes te cuenta Harriet las condiciones? —pregunta mientras corta la lasaña y mantiene el tenedor prudentemente dentro de los límites de su plato.
—Me ha mandado un correo antes de salir de casa.
Se disculpaba por no haber podido llamarme y dice que está cerrando las condiciones para hablar conmigo.
—Cojo la copa y la giro entre los dedos—.
Nathaniel ya me había adelantado que quería hacerme una propuesta.
Con su entusiasmo habitual, por supuesto.
Sospecho que si algún día gana la lotería mandará un mensaje diciendo «ha ocurrido una incidencia económica favorable».
Matthew se ríe y niega con la cabeza antes de beber.
—Contigo es más serio —observa al dejar la copa.
—Gracias. Eso mejora muchísimo mi teoría de que me considera intelectualmente deficiente —respondo mientras separo otro ravioli con el tenedor.
—Tú también te pones a la defensiva con él antes de que abra la boca —señala, y su sonrisa se ensancha al verme levantar la mirada.
—Porque me mira como un director de colegio a punto de preguntarme por qué he incendiado el laboratorio. Comprenderás que cuesta relajarse.
—Quizá deberías dejar de imaginar qué piensa —sugiere mientras acerca la botella y sirve un poco más de vino en mi copa.
—Eso eliminaría aproximadamente el setenta por ciento de mi actividad cerebral. Tendría que buscarme un hobby.
Estoy terminando mi copa cuando Matthew mira hacia la entrada y su expresión cambia.
—Mira quiénes acaban de llegar —dice, dejando los cubiertos junto al plato.
Me giro. Catriona está junto al pequeño mostrador de recepción quitándose el abrigo.
A su lado, Nathaniel habla con el maître mientras guarda el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta.
Porque evidentemente Edimburgo carece de restaurantes suficientes para que cuatro adultos puedan cenar sin convertirlo en una actividad grupal.
Catriona lleva un vestido negro sencillo y el pelo suelto y rubio sobre los hombros.
Nathaniel se ha desprendido de la corbata, pero conserva la expresión de hombre que podría comprar el edificio si el servicio le decepciona.
Deja una mano sobre el respaldo de una silla mientras escucha al maître.
La chaqueta se le ajusta a los hombros cuando se inclina para oírlo mejor y el cuello abierto de la camisa deja ver una pequeña parte de su pecho.
Me quedo observándolos un segundo más de lo necesario antes de volver hacia Matthew, que ya está levantando la mano.
—¡Nathaniel! —lo llama por encima del murmullo de las mesas.
—¿Qué haces? —pregunto, siguiendo con alarma el movimiento de su brazo.
—Saludarlos —responde mientras Nathaniel gira la cabeza hacia nosotros—. Creo que sigue permitido.
Nathaniel nos ve y Catriona sigue la dirección de su mirada. Tengo la esperanza perfectamente razonable de que intercambiemos un saludo desde lejos y cada cual continúe con la cena que tenía prevista, pero Matthew decide destruirla antes de que me dé tiempo a devolver el gesto.
—Venid aquí. Hay sitio —añade, señalando las mesas contiguas.
Catriona se detiene junto al maître. Nathaniel también, y yo giro lentamente la cabeza hacia mi pareja.
—Tienen reserva, Matthew —le recuerdo, confiando todavía en que esa circunstancia administrativa pueda salvarme.
—Van a cenar en el mismo lugar —responde, sorprendido por mi tono—. Es absurdo que nos sentemos separados.
Puedo encontrar varios argumentos excelentes para defender la separación de mesas.
El primero consiste en que esto era una cena de pareja.
El segundo tiene nombre, apellido y se acostó con mi novio hace tres meses.
Estoy a punto de decirlo, pero me frena el miedo a estropear la primera noche agradable que hemos tenido en semanas.
Llevo días esperando volver a estar bien con él y me aterra que acabemos discutiendo otra vez.
Le he dado una segunda oportunidad y, de alguna manera, la que tiene miedo de suspenderla soy yo. Qué poco me estoy queriendo últimamente. Miro a Catriona, que permanece junto a Nathaniel esperando una respuesta, y aprieto los dedos alrededor del tallo de la copa.
—Ya los has invitado —murmuro mientras vuelvo a coger la copa.
Matthew frunce el ceño, pero Catriona y Nathaniel se acercan antes de que añada nada. Ella se detiene junto a su silla y me dirige una mirada breve.
—Podemos sentarnos en nuestra mesa —propone mientras sujeta el bolso contra el cuerpo—. De verdad. La tenemos reservada.
Eso sería maravilloso, pienso. Matthew, sin embargo, ya está haciendo señas al camarero.
—Es una estupidez que nos sentemos separados —insiste, apartando la botella para facilitar la operación.
Pocos minutos después estamos trasladando platos y copas a una mesa algo más grande junto a la ventana.
Matthew se sienta a mi derecha. Nathaniel ocupa la silla frente a mí y Catriona queda enfrente de Matthew.
La distribución tiene algo de experimento social diseñado por una persona especialmente desagradable.
—No estoy seguro de que la proximidad física convierta dos reservas distintas en una estupidez —comenta Nathaniel mientras despliega la carta—, pero ya parece tarde para discutirlo.
Su tono es tan serio que durante un instante no sé cuánto hay de broma en el comentario. Catriona sonríe y deja el bolso colgado de su silla.
—Esto es Nathaniel siendo sociable —explica mientras abre su carta—. Hay que aprovecharlo. Puede que no vuelva a ocurrir hasta Navidad.
—Estoy cenando fuera —replica él sin apartar los ojos del menú—. Mi cuota social del trimestre está cubierta.
Se me escapa una sonrisa y Nathaniel levanta la vista a tiempo de verla. Ese hombre puede estar leyendo una carta de vinos y aun así tengo la sensación de que registra todo lo que sucede a tres metros de distancia. Bebo un poco y aprovecho la llegada del camarero para ocuparme de mi plato.
Catriona pide vino blanco y Nathaniel, agua.
Los primeros minutos transcurren con cierta normalidad.
Matthew pregunta por el viaje de Nathaniel a Stavanger, Catriona cuenta algo sobre una reunión del departamento y yo participo cuando me interesa, dejando pasar el resto.
Incluso empiezo a relajarme hasta que Matthew recuerda el ensayo.
—He leído por fin la conclusión del chico de Shakespeare —comenta inclinándose hacia Catriona—. La parte en la que relaciona las muertes con el miedo a perder el control es bastante mejor de lo que parecía por la primera página.
—Te lo dije. —La cara de ella se ilumina y deja la copa sobre la mesa—. Empieza pareciendo una ocurrencia, pero luego conecta Macbeth con el tema de la sucesión y ahí deja de ser una tontería. Lo sorprendente es que Macbeth ni siquiera era la obra que estábamos trabajando.
Matthew aparta su copa para ver mejor la pantalla cuando Catriona acerca el teléfono al centro de la mesa.
—La idea tiene sentido si piensa en Jacobo I. El problema es que está mezclando la intención de Shakespeare con lo que él sabe del contexto histórico —señala mientras ella busca una de las fotografías del ensayo—. No distingue dónde termina una cosa y empieza la otra.
—Exactamente. Le he puesto prácticamente eso en el margen —contesta Catriona, señalando una anotación con el dedo—. Si consigue separar las dos cosas, tiene un ensayo estupendo.
Los observo durante unos segundos. Comparten un alumno al que ambos conocen, una referencia histórica y una forma de continuar las ideas del otro que apenas necesita explicaciones.
Matthew deja de mirar al resto de la mesa y Catriona se inclina hacia él mientras discuten si el chico debería mantener una parte del argumento o rehacerla.
Podría intervenir. Soy profesora de Literatura, entiendo de qué están hablando y tengo una opinión. Lo que me resulta desagradable es tener que buscar un hueco entre sus frases para recordarles que también estoy aquí.
Esto era mi cena.