Capítulo 2Dar clase se me da mejor que dar puerta #3
Durante unos momentos resulta sencillo. Estamos solos en la sala de profesores, hablando de mi trabajo y gastándonos bromas como hemos hecho miles de veces antes.
No hay preguntas pendientes ni frases que tenga que revisar después.
Esa normalidad es probablemente una de las razones por las que sigo intentando que esto funcione.
El teléfono de Matthew vibra sobre la encimera.
No quiero mirar la pantalla, pero lo hago por pura costumbre.
Catriona le ha enviado un mensaje.
Matthew también ve el nombre. Coge el móvil, lee lo que ha recibido y me enseña la pantalla sin que yo se lo pida.
Es un documento con el ensayo de Shakespeare hecho por un alumno.
Debajo, Catriona ha escrito:
La conclusión es todavía mejor.
No responde a Catriona y no hay ninguna razón para que yo valore ese detalle, pero lo hago.
Y eso me fastidia.
Hace tres meses no habría reparado en cuánto tarda Matthew en responderle a una amiga.
Ahora soy consciente de cada pequeño gesto, de si gira el teléfono, de si sonríe al leer algo, de cuánto tiempo pasa entre un mensaje y otro.
Me resulta agotador vivir dentro de una relación que me obliga a prestar atención a cosas que antes ni siquiera existían para mí.
Ahora conozco el código de desbloqueo aunque llevaba cinco años sin necesitarlo. También aprendí que puedo despertarme a las tres de la mañana con el corazón acelerado porque alguien ha girado un teléfono boca abajo.
No estoy especialmente orgullosa de ninguna de esas dos cosas.
Después de enterarme hice cosas que no sabía que era capaz de hacer.
Pregunté lo mismo de seis maneras distintas, busqué contradicciones donde quizá no las había y convertí horarios, mensajes y silencios en pruebas de una investigación que nadie me había pedido.
Hubo días en que no me reconocía. Supongo que por eso ahora me esfuerzo tanto en parecer razonable.
Matthew deja el móvil boca arriba sobre la encimera y vuelve a mirarme.
—He reservado mesa el viernes en el italiano de Stockbridge.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Pensé que podíamos cenar fuera. Los dos. Hace tiempo que no vamos.
La propuesta me gusta.
Y después me enfado un poco por sentir alivio porque mi pareja quiere cenar conmigo, un gesto que debería pertenecer al territorio de lo normal y no al de las pruebas de amor.
—¿A qué hora? —pregunto con cierta cautela.
Matthew sonríe.
—A las ocho y media.
—Vas aprendiendo.
—La última vez no había otra mesa.
—La última vez cenamos a las seis y media. Mi estómago todavía cree que aquello fue una merienda con pasta.
Se ríe y se acerca para besarme. El beso es breve, suave, conocido. No intenta convertirlo en nada más y quizá precisamente por eso me quedo cerca cuando termina.
—A las ocho y media —repite antes de recoger su taza—. Y prometo no obligarte a pedir postre antes de que en España hayan terminado de comer.
—Eso sí que es integración cultural.
Matthew me roza el brazo al pasar y sale de la sala porque tiene clase.
Me quedo sola con el café.
La puerta se cierra y durante unos segundos sigo mirando el lugar donde estaba.
Quiero que funcione.
Esa es la parte que a veces me cuesta admitir incluso ante mí misma.
No sigo aquí por incapacidad para marcharme. Tengo trabajo, dinero, amigos y familia a casi dos mil kilómetros. Podría irme. La puerta está ahí.
Lo difícil es querer abrirla.
Siempre imaginé que una infidelidad convertiría el amor en otra cosa de inmediato. Que descubrir lo que había hecho Matthew sería suficiente para apagar cinco años de historia, enfadarme lo bastante y salir sin volver la cabeza.
No ocurre.
El amor resulta mucho menos obediente que mis principios.
Cojo la taza y regreso hacia el aula. Al doblar el pasillo me cruzo con Ewan, que lleva el móvil escondido detrás de una carpeta con una sutileza comparable a la de un ladrón entrando en un banco con pasamontañas.
—MacLeod —digo mientras reduzco el paso.
Él guarda el teléfono inmediatamente.
—No estaba haciendo nada, Miss Noguera.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que estaba haciendo algo.
Ewan sonríe.
—¿Va a castigarme?
—Todavía no. Me siento generosa porque hoy tu abuela vuelve a tener un aparato digestivo funcional.
Su carcajada me acompaña mientras continúo hacia mi aula. Entro todavía sonriendo, dejo el café sobre la mesa y saco el móvil para comprobar la hora antes de que empiecen a llegar los siguientes alumnos. Tengo un mensaje de Nathaniel.
Me sorprende verlo ahí. En cinco años nos hemos escrito pocas veces y casi siempre por cuestiones prácticas relacionadas con Matthew, alguna cena o un fin de semana en grupo. Abro la conversación.
Harriet quiere hacerte una propuesta.
Releo el mensaje y sonrío. Nathaniel ha conseguido comunicar una buena noticia con el entusiasmo de quien informa de que mañana toca revisión de la caldera.
Podría haber añadido un «enhorabuena», incluso un miserable «creo que te irá bien», pero supongo que cuatro palabras innecesarias pondrían en peligro el equilibrio natural del universo.
Guardo el teléfono justo cuando empiezan a entrar los alumnos de la siguiente clase.