Otro maldito escocés Capítulo 2Dar clase se me da mejor que dar puerta #2
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Capítulo 2Dar clase se me da mejor que dar puerta #2

Matthew siempre ha sido prácticamente un hermano para ella. La persona por la que lleva años haciendo el ridículo emocional es Nathaniel, aunque jamás haya conseguido que él abandone el trabajo, su hermetismo o lo que demonios utilice para mantener a la humanidad a una distancia segura.

Yo misma he pensado más de una vez que harían buena pareja. Incluso he visto a Nathaniel sacar a Catriona de algún pub cuando había bebido demasiado y marcharse con ella mientras Matthew y yo nos quedábamos con los demás. Nunca he creído que la llevara a casa para hacer bolillos.

Catriona asegura que lo de aquella noche ocurrió precisamente después de otra decepción con Nathaniel. Se sintió apartada, bebió demasiado, Matthew estaba allí y ambos hicieron una estupidez que ninguno quiere repetir.

Aquella noche. Así la llamamos ahora. La noche en que mi novio se acostó con ella se ha quedado en dos palabras que podemos pronunciar sin que nadie tenga que bajar demasiado la voz

Entiendo perfectamente la explicación. Lo que no consigo es vivir tranquila dentro de ella.

Puede ser verdad.

Ojalá lo sea.

Eso no consigue que me apetezca sonreírle.

Me pregunto cómo se acostumbra una a esto. Si llega un día en que deja de comparar su cuerpo con el de la otra o de recordar la traición mientras él le pregunta qué quiere cenar.

Introduzco una cápsula en la cafetera mientras Matthew se acerca un poco.

—Pensaba que tenías clase hasta las diez y media —comenta, y noto enseguida esa cautela nueva con la que habla cuando estamos los tres en el mismo sitio.

—Mis alumnos han decidido colaborar hoy con el sistema educativo. No quiero celebrarlo demasiado por si mañana vuelven a su estado natural.

Él sonríe y señala el teléfono que Catriona acaba de dejar sobre la encimera.

—Uno de sus alumnos ha escrito un ensayo defendiendo que Shakespeare debía de tener problemas de autoestima porque necesitaba matar a todo el mundo.

Miro la taza mientras empieza a caer el café.

—Es una teoría. Bastante difícil de demostrar después de cuatro siglos, pero al menos no puede acusársele de falta de ambición.

Matthew se ríe. Catriona también deja escapar una sonrisa pequeña, aunque no añade nada. Agradezco que haya aprendido a no intentar recuperar conmigo una normalidad que todavía no existe.

Durante unos segundos solo se oye la cafetera.

De verdad que si dentro de diez años descubro que estos dos eran Carlos y Camilla Parker Bowles y yo llevo media vida haciendo de obstáculo argumental, voy a enfadarme muchísimo.

Sobre todo conmigo.

Catriona consulta la hora y recoge una carpeta de la mesa.

—Tengo clase —dice mientras se coloca la correa del bolso sobre el hombro—. Luego te mando la conclusión del ensayo, Matthew. Es todavía mejor.

Asiento hacia mi café sin mirarla. Un «hasta luego» me parece perfectamente suficiente y ella tampoco intenta sacar más de mí.

Cuando la puerta se cierra, mis hombros pierden una tensión que hasta ese momento no había notado.

Matthew sí.

—No tienes que hacer esto más difícil para ti —murmura mientras deja su taza junto a la mía.

Lo miro.

—¿El qué?

—Estar pendiente de cada cosa que dice o hace.

La irritación aparece tan deprisa que casi me alegra. Es bastante más cómoda que todo lo demás.

—Te prometo que mi objetivo vital no es convertirme en vigilante jurado de vuestra amistad. Bastante tengo con mi propio trabajo.

Matthew se pasa una mano por el pelo.

—No quería decir eso.

—Pues ha sonado extraordinariamente parecido.

Se queda callado y yo bebo un poco de café. Necesito que esté más frío, pero sobre todo necesito esos segundos antes de seguir hablando.

No quiero vigilarlo.

Eso es precisamente lo que más miedo me da de todo esto. Si necesito vigilar sus mensajes y procurar que no se queden solos, ¿qué estoy intentando salvar? Quiero poder irme a trabajar, salir con una amiga o acostarme antes que él sin pensar que acabo de ponérselo más fácil.

Que Matthew no vuelva a acostarse con Catriona debería depender de que no quiera hacerlo. Si lo único que lo frena es que yo esté delante, no sé qué coño estoy celebrando cuando termina el día y no ha pasado nada.

No pienso convertirme en un bulldog custodiando a mi propio novio.

—¿Qué tal ha ido esa entrevista esta mañana?

Me apoyo contra la encimera y doy otro sorbo de café. Está demasiado caliente, pero prefiero quemarme un poco la lengua antes de responder.

—Bien. Harriet me gusta, el proyecto me interesa y no interfiere con mi decisión de irme a Madrid todo el verano. Lo que me ha sorprendido ha sido encontrarme a Nathaniel allí.

Matthew no parece sorprendido. Eso me irrita otra vez.

—No sabía que estaría allí —explica después de un momento.

—Pero sí sabías que financiaba el proyecto.

Matthew se pasa una mano por el pelo y mira hacia la puerta antes de volver a mí.

—Sí, claro que lo sabía. Lo que no esperaba era que se metiera también en las entrevistas.

Cuando hablé con él, entendí que se limitaría a revisar algunos perfiles y poco más.

—Hace una pausa y tuerce la boca, con esa expresión que utiliza cuando reconoce algo que debería haber previsto—.

Aunque, pensándolo bien, no sé por qué me sorprende.

Conoces a Nathaniel. Es incapaz de poner dinero en algo y quedarse a una distancia prudente esperando a que los demás lo gestionen.

Si le importa, termina metido hasta el cuello.

Eso sí me lo creo. Nathaniel puede financiar altruistamente la educación de medio Afganistán, pero hacerlo desde un despacho lejano confiando alegremente en que todo irá bien no parece compatible con el hombre que conozco.

Probablemente sea capaz de donar varios millones y después presentarse en una reunión para preguntar por qué alguien ha movido una coma de sitio.

—Podrías habérmelo contado igualmente —le recuerdo—. «Por cierto, el millonetis escocés que paga todo esto es Nathaniel» no habría alargado demasiado la conversación.

Matthew deja escapar una pequeña risa, aunque enseguida vuelve a ponerse serio.

—Lo sé. Pensé que, si empezaba por ahí, no ibas a escuchar nada de lo demás. Llevas años convencida de que él no te soporta.

—No estoy convencida. Tengo cinco años de evidencia circunstancial.

Eso sí le hace sonreír.

—Nathaniel mira así a todo el mundo.

—Eso no mejora demasiado su imagen.

—Lo sé. —Matthew apoya una mano en la encimera, cerca de mi taza—. Pero también sé que llevas meses diciendo que necesitas un cambio y este puesto puede ser lo que necesitas. No quería que tu enemiamistad con él arruinara una oportunidad antes de que siquiera la conocieras.

La explicación es razonable. Ese es uno de los talentos más irritantes de Matthew. Casi siempre consigue que sus decisiones tengan un porqué apropiado.

—Podrías haberme dicho la verdad y haber dejado que yo decidiera si quería arruinarla —respondo—. No necesito que organices la información para protegerme de mis propias decisiones.

Matthew baja la mirada.

—Tienes razón. Debería habértelo dicho.

La respuesta me desarma un poco porque esperaba que siguiera defendiéndose.

—Sí. Deberías.

—Lo siento.

Lo dice mirándome de frente y, durante unos segundos, no tengo nada más que añadir. Esto es lo que hace tan difícil estar enfadada con él todo el tiempo.

Puede comportarse de una forma egoísta y, cinco minutos después, arrepentirse.

A veces desearía que las personas fueran más consistentes en sus defectos. Nos facilitaría muchísimo las rupturas.

Matthew se acerca un poco más y coloca la mano en mi cintura. No hace ningún movimiento brusco. Simplemente la deja ahí, donde la ha dejado miles de veces.

Mi cuerpo reconoce el gesto antes de que yo decida qué hacer con él.

—¿Ha estado insoportable?

—Ha sido Nathaniel. Creo que eso responde bastante bien. Aunque ha hecho un esfuerzo extraordinario por parecer humano —comento mientras cojo de nuevo mi taza—. Incluso ha sonreído.

—¿Te ha gustado el puesto de verdad? —pregunta mientras su pulgar se mueve una vez sobre la tela de mi falda.

Asiento.

—Mucho más de lo que esperaba. La parte educativa me interesa y Harriet parece saber lo que hace. Además, trabajar con Shabnam puede ser increíble. Me gusta que no estén buscando a alguien que llegue con todas las respuestas porque yo no las tengo.

—Entonces hiciste bien en ir.

—Eso no te absuelve.

—No estaba intentando que lo hiciera.

Su mano sigue en mi cintura y su expresión se suaviza.

Este es el Matthew al que me resulta fácil querer.

—No pongas esa cara de orgullo. Me has pasado una oferta de trabajo, no me has enseñado a leer.

—¿Puedo asentir con modestia? —pregunta, apretándome suavemente la cintura.

—Puedes intentarlo. Te aviso de que la sonrisa te está jodiendo bastante la modestia.

Se ríe y yo también.