Capítulo 2Dar clase se me da mejor que dar puerta
DAR CLASE SE ME DA MEJOR QUE DAR PUERTA
«Abril»
S i vuelves a traducir «estoy constipado» como I’m constipated , Ewan, voy a empezar a sospechar que lo haces únicamente por el placer de verme sufrir.
Ewan MacLeod levanta la vista del ejercicio con una sonrisa que me confirma que, efectivamente, una parte de su motivación académica consiste en tocarme las narices.
—Pero constipated existe —se defiende mientras señala la palabra con el bolígrafo, encantado de haber encontrado una base jurídica para su delito.
—Claro que existe. El problema es que acabas de escribir que tu abuela no puede venir en Navidad porque lleva tres días sin ir al baño. Si esa era la información que querías compartir conmigo, retiro la corrección y te pido disculpas.
Las risas se extienden por el aula y Ewan baja la cabeza, aunque sigue sonriendo. A su lado, Sophie intenta taparse la boca con una mano mientras yo continúo caminando entre las mesas.
Me gusta esta clase. Son diecisiete alumnos de último curso que llevan años estudiando español y ya tienen nivel suficiente para discutir conmigo, hacer preguntas complicadas y cometer errores mucho más interesantes que olvidar una conjugación.
—¿Entonces qué habría que poner? —pregunta Sophie cuando consigo recuperar cierto orden. Ha subrayado la misma frase en su hoja y me mira con esa atención que siempre me obliga a explicarme mejor de lo que tenía previsto.
— I have a cold . En español estamos constipados cuando tenemos mocos, no cuando nuestro intestino ha decidido declararse en huelga.
—Me apoyo en una de las mesas y señalo la pizarra—.
Por eso os digo que traducir palabra por palabra es una trampa.
Un idioma no es otro idioma vestido con vocabulario distinto.
Cambia la forma de pensar, las asociaciones, incluso lo que consideramos lógico expresar.
Ewan levanta una mano sin esperar realmente permiso.
—¿Como cuando los españoles dicen que tienen años?
—Exactamente. Nosotros tenemos la edad, vosotros sois la edad. Y nadie parece darse cuenta de lo filosóficamente inquietante que resulta eso hasta que yo lo explico un martes a las nueve y veinte de la mañana.
—¿Qué versión es mejor? —pregunta Finlay desde el fondo, reclinado en la silla hasta un punto que hace peligrar tanto su cuello como mi paciencia.
—La española, evidentemente. —Lo miro por encima de las gafas que solo utilizo para corregir y que me niego a aceptar como parte permanente de mi identidad—. Si tengo sesenta años, siempre puedo perderlos. Si soy sesenta años, la situación parece bastante más irreversible.
Finlay se ríe y las patas delanteras de su silla vuelven por fin al suelo. Continúo la clase con expresiones que no admiten traducciones literales y termino explicando por qué «me importa un pepino» no significa que sintamos una relación emocional compleja con las hortalizas.
Para cuando suena el timbre, tengo la pizarra llena, Ewan ha conseguido utilizar «estar como una cabra» en tres contextos diferentes y Sophie se queda unos minutos más para preguntarme por una universidad de Madrid que está considerando para el año siguiente.
Madrid aparece otra vez.
Últimamente parece haberse propuesto perseguirme.
—¿Tú estudiarías allí? —me pregunta Sophie mientras guarda los papeles en una carpeta tan ordenada que me produce una envidia poco profesional—. Mi madre dice que voy a echar de menos Edimburgo.
—Lo vas a echar de menos. —Recojo el rotulador de la pizarra y vuelvo a colocarlo en la bandeja—. También puedes querer un lugar y marcharte de él. Las dos cosas no se anulan.
Ella se queda pensando un momento.
—Eso ha sonado muy profundo para las diez de la mañana.
—Cobro un suplemento por sabiduría antes del recreo.
Sophie sonríe, me da las gracias y sale del aula. La puerta se cierra detrás de ella y empiezo a recoger los ejercicios. En su hoja hay una pregunta escrita al margen que no ha hecho en voz alta. La leo mientras recojo mi taza y me acuerdo de cómo ha mirado hacia el fondo antes de levantar la mano.
A veces pienso en todo lo que les pedimos cuando los mandamos al colegio.
Que aprendan ecuaciones, que entiendan a Lorca, que sepan quién empezó una guerra.
Mientras tanto, ellos están intentando averiguar dónde pueden sentarse, qué pueden decir y con quién conviene que no los vean si quieren seguir teniendo compañía a la hora de comer.
El horario oficial omite bastantes asignaturas. Algunas se suspenden por llevar los zapatos equivocados.
Lo que me ilusiona del proyecto es pensar en esas chicas que van a conectarse porque quieren aprender.
Nadie va a obligarlas a asistir, ni tendrán a sus padres detrás recordándoles que deben estudiar si quieren llegar a ser alguien.
A ellas les han prohibido hacerlo y, aun así, están buscando la manera.
Llevo quince años intentando despertar las ganas de aprender y me emociona encontrarme con unas alumnas que han tenido que defender las suyas.
Guardo los ejercicios dentro de la carpeta y cojo mi taza. Después de la entrevista de ayer llevo horas esperando que suene el teléfono, aunque no existe ninguna razón para que Harriet haya tomado ya una decisión.
Desde entonces he comprobado el correo tantas veces que empiezo a temer que Gmail me denuncie por acoso.
Que Nathaniel participe en la decisión tampoco ayuda.
La conversación con él se me mete en la cabeza en momentos bastante aleatorios. Mientras me lavo los dientes recuerdo su forma de decirme que el puesto encaja conmigo.
Corrigiendo un ejercicio me viene a la memoria su mano sobre mi currículum.
Recuerdo los dedos kilométricos sujetando la hoja y me fastidia haberme fijado tanto en ellos. Pero eso forma parte de la misma colección de datos objetivos con la que sé que mide una burrada y que tiene más dinero del que considero saludable para una sola persona.
Su padre hizo la primera fortuna con el petróleo del mar del Norte y Nathaniel, que parece haber nacido con alergia a conformarse con lo que ya funciona, convirtió aquella empresa en un grupo de ingeniería offshore dedicado a infraestructuras submarinas, cableado y, cada vez más, eólica marina.
Por el camino multiplicó tanto el dinero familiar que ahora debe de necesitar una hoja de cálculo solo para recordar dónde lo tiene.
También dona una cantidad obscena.
Educación, investigación, programas sociales, proyectos medioambientales... casi siempre sin prensa y con bastante empeño en que su nombre aparezca lo menos posible.
Una parte de mí sospecha que necesita devolver dinero al mundo para sentirse algo mejor por haber heredado una fortuna levantada sobre petróleo y haberla convertido después en otra todavía mayor.
La otra piensa que, si la culpa de millonario sirve para pagar escuelas, becas y proyectos como este, tampoco voy a ponerme exquisita con sus mecanismos de compensación emocional.
Salgo del aula y atravieso el pasillo hacia la sala de profesores.
A esta hora Fettes está en pleno funcionamiento y el edificio entero tiene ese sonido particular de los colegios entre clases.
Puertas que se abren y cierran, alumnos que corren porque llegan tarde, voces que se mezclan en las escaleras y algún profesor intentando imponer orden con la misma fe que quien intenta vaciar el mar con una cuchara.
Empujo la puerta de la sala de profesores pensando en café y me detengo apenas entro.
Matthew está apoyado contra la encimera con una taza en la mano.
Catriona permanece a su lado, ligeramente inclinada hacia él mientras ambos miran algo en su teléfono.
Él dice algo que no alcanzo a escuchar y ella se ríe.
Matthew también, con la cabeza un poco echada hacia atrás y esa risa fácil que hace mucho que no oigo cuando estamos solos en casa.
La mano se me queda unos segundos sobre el pomo.
No hacen nada extraño. Hay espacio entre los dos, ninguno toca al otro y la escena podría estar ocurriendo en cualquier sala de profesores del mundo entre dos personas que llevan conociéndose desde que tenían edad para comer plastilina.
Hace unos meses habría entrado preguntando de qué se reían.
Incluso habría acabado mirando el teléfono con ellos.
Ahora me quedo fuera de algo que antes también era mío.
Catriona es la primera en verme y la sonrisa se le borra de la cara. Matthew sigue la dirección de sus ojos y se endereza un poco al encontrarme junto a la puerta.
—Hola —dice Catriona, apartándose de la encimera para dejarme libre el acceso a la cafetera.
—Hola.
Entro, cierro la puerta y voy directamente hacia la máquina.
Mi educación llega hasta ahí. Puedo compartir una habitación con ella, trabajar en el mismo colegio y responder cuando me habla sin comportarme como una concursante de La isla de las tentaciones , pero nadie puede exigirme que además le facilite el momento.
Matthew tiene cinco años de ventaja.
A él todavía lo quiero.
A ella, ahora mismo, no.
Catriona se aparta un rizo de la cara y lo engancha detrás de la oreja.
Tiene una de esas cabelleras rubias que parecen bonitas incluso cuando están mal peinadas, los ojos azules del color del océano y unas pecas sobre la nariz que consiguen que hasta sus silencios parezcan simpáticos.
A su lado me vuelvo demasiado consciente de mi pelo castaño, de mis ojos marrones y de una piel dorada que esta mañana me gustaba bastante.
Ahora me siento parda. Esa es la palabra que me viene a la cabeza. Parda, pequeña, una mujer a la que habría que conocer durante un rato para encontrarle algo interesante. Catriona solo tiene que entrar.
Me fastidia pensar así. Antes podía reconocer que era preciosa sin convertirlo en una evaluación de todo lo que me faltaba a mí.
Ahora hay días en los que me miro al espejo y busco qué tendría que cambiar para que Matthew no hubiera querido acostarse con ella.
Después me enfado conmigo por estar haciéndome esa pregunta.
Y sé todo lo que Catriona tiene que decir en su defensa porque ya me lo ha dicho. Muchas veces.