Capítulo 1El universo tiene acento escocés #2
Lo verdaderamente irritante es que yo también he empezado a sospecharlo.
Siempre he sido de esas mujeres convencidas de que una infidelidad supone el final. Se acabó. La puerta está ahí y una sabe utilizarla. Lo he pensado durante años con la seguridad confortable de quien todavía no tiene que hacerlo.
Después Matthew se acuesta con Catriona y yo descubro que la mujer segura de sí misma que tenía tan claras sus fronteras es mucho más flexible cuando al otro lado está el hombre con el que lleva cinco años.
Escucho su explicación.
Entiendo que habían bebido, que llevaban toda la vida siendo amigos, que fue una sola vez, que él se arrepiente, que nuestra relación atravesaba una mala época. Incluso consigo encontrar circunstancias atenuantes con una eficiencia que debería avergonzarme.
Mi cerebro se ha convertido en el abogado defensor del hombre que me ha puesto los cuernos.
Hay una explicación psicológica para eso, seguro. Apego, miedo a perder una vida construida, resistencia a aceptar que el futuro que llevas años imaginando puede desaparecer por una noche. Yo prefiero resumirlo de otra manera.
Estoy enamorada de un imbécil y, por lo visto, eso reduce temporalmente el cociente intelectual.
Además, es escocés.
Durante años he considerado ese detalle una virtud.
Una crece leyendo novelas románticas en las que los escoceses son altos, leales, intensos y están dispuestos a cruzar todas las Highlands bajo una tormenta por la mujer que aman.
Nadie añade una nota al pie explicando que la nacionalidad no incluye garantía de fábrica y que algunos salen cabrones.
Lo peor es que cuanto más pienso en Catriona, menos tranquila me deja lo de «una vez».
Siempre ha estado ahí.
Antes que yo. Durante nosotros. En los fines de semana, los cumpleaños, las llamadas a deshora y esa clase de intimidad que yo he intentado respetar porque se conocen desde niños y una no quiere convertirse en la novia insegura que llega a desmontar una amistad de treinta años.
Últimamente empiezo a preguntarme si estoy protagonizando una de esas historias que dentro de veinte años se cuentan de otra manera.
Carlos y Camilla Parker Bowles.
Ellos todavía no han descubierto que están destinados a acabar juntos y yo soy la idiota que ocupa el espacio intermedio convencida de que la historia romántica es la mía.
Y Nathaniel sabe todo esto.
O, al menos, sabe lo suficiente.
Matthew es su mejor amigo. Sería ridículo pensar que no le ha contado que ha metido la polla donde no debía y que su novia, contra todos sus principios, sigue intentando arreglarlo.
Por eso esa mirada me irrita todavía más.
—Qué considerado por parte de Matthew —comento mientras deslizo la carpeta mojada unos centímetros para apartarla del vaso—. Siempre es emocionante descubrir que alguien ha tomado una decisión sobre qué información te conviene conocer.
Nathaniel apoya los antebrazos sobre la mesa y entrelaza las manos antes de responder. Sus dedos se ajustan unos con otros con una lentitud que contrasta bastante con mis ganas de tirarle el vaso.
—Yo no decidí qué debías saber. Me pidió que leyera tu currículum y lo hice. Después de hacerlo, quise entrevistarte porque el perfil me parecía adecuado. Si Matthew no te contó mi participación, tendrás que discutir esa parte con él.
Claro.
Frío, razonable y completamente fuera de alcance.
Eso también me molesta de Nathaniel. Nunca se mete en una discusión si puede dejarte sola dentro de ella con una frase perfectamente sensata.
—Descuida. Estoy acumulando una lista bastante completa de conversaciones pendientes —respondo mientras recoloco el bolígrafo sobre las notas—. Pero me tranquiliza saber que mi currículum ha superado el filtro de alguien que lleva años mirándome como si necesitara ayuda para utilizar cubiertos.
Harriet disimula una sonrisa bajando la vista hacia sus papeles.
Nathaniel no.
Me observa durante unos segundos con una atención tan directa que empiezo a preguntarme si acabo de pasarme.
No sería la primera vez. A veces mi boca llega a los sitios antes de que mi sentido común haya encontrado aparcamiento.
—No tengo una opinión tan mala de ti —dice al fin, manteniendo las manos unidas sobre la mesa—. De hecho, si la tuviera, no estaríamos haciendo esta entrevista.
No es exactamente un cumplido.
Con Nathaniel probablemente es lo más cerca que voy a estar de uno.
—Qué alivio —contesto mientras sonrío a Harriet para que no crea que pienso asesinar a uno de sus principales financiadores—. Ya puedo añadir «no completamente incompetente» a mis referencias.
La boca de Nathaniel se curva apenas.
Es un gesto pequeño, pero me fastidia descubrir que le cambia mucho la cara.
Matthew es pelirrojo, tiene los ojos verdes y es guapo de una forma fácil. Sonríe y enseguida parece accesible, cálido, ese tipo de hombre con el que una empieza a hablar en una fiesta sin preguntarse demasiado por qué.
Nathaniel no tiene nada de fácil.
Tiene el pelo oscuro, sus facciones son más duras, la mandíbula marcada, la nariz recta y los ojos demasiado serios.
Incluso cuando sonríe conserva algo distante, una reserva que invita a preguntarse qué habría que hacer para que la abandonara del todo.
Aparto la vista.
No necesito añadir esa clase de curiosidad a mi vida.
Harriet retoma la entrevista y, durante los siguientes minutos, consigo olvidarme de que Nathaniel está frente a mí.
Me pregunta cómo trasladaría mi experiencia docente a un proyecto que todavía se encuentra en fase de construcción y le explico qué sé hacer y qué tendría que aprender.
No intento adornarlo. Me gusta enseñar, me gusta descubrir por qué alguien no entiende algo y buscar otra manera de explicárselo.
También me gusta trabajar con personas que saben cosas distintas a las que sé yo.
—¿Cómo encajaría esta colaboración con tu trabajo en Fettes? —pregunta Nathaniel mientras gira una página de mi currículum—. El final de curso suele ser una época complicada.
La pregunta es razonable. Que venga de él me irrita un poco, quizá porque suena peligrosamente parecida a «¿estás segura de que sabes lo que estás haciendo?», y llevo cinco años convencida de que esa es su opinión general sobre mí.
—Prepararía el temario y los materiales por las tardes. Acabamos de hablar de organizar también las videoconferencias con Shabnam y las alumnas en ese horario —respondo—. Tengo clases y evaluaciones, pero sé cuánto tiempo puedo comprometer.