Otro maldito escocés Capítulo 1El universo tiene acento escocés
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Otro maldito escocés

Otro maldito escocés

Por Ariana V. Andrews

© inepub.com

Capítulo 1El universo tiene acento escocés

EL UNIVERSO TIENE ACENTO ESCOCÉS

«Abril»

¿ Q ué le ha hecho interesarse por este proyecto? —pregunta Harriet Collins después de echar otro vistazo a mi currículum.

Tardo unos segundos en responder porque hay verdades que funcionan estupendamente en una entrevista de trabajo y otras que conviene dejar en casa, preferiblemente metidas en una caja y con cinta aislante alrededor.

Me interesa enseñar, me interesa hacer algo distinto y me interesa muchísimo tener las tardes ocupadas antes de convertirme en una mujer que revisa por cuarta vez a qué hora estuvo conectado su novio a WhatsApp.

La tercera razón no aparece en mi carta de presentación.

—Llevo quince años dando clase y todavía me gusta —respondo, acomodándome mejor en la silla—. Me gustaría que esa experiencia sirviera también para alumnas que no tienen la posibilidad de ir a un colegio.

La ONG busca una profesora para preparar e impartir un intensivo de verano a distancia para chicas afganas a las que les han prohibido continuar sus estudios.

Matthew me pasó la propuesta hace unos días y, por primera vez en bastante tiempo, me quedé despierta pensando en algo que me apetecía hacer.

Llevo seis años enseñando Español y Literatura en Fettes, un colegio privado de Edimburgo con mucha, mucha solera e historia.

El colegio abrió en 1870 gracias al legado de un hombre que había perdido a su único hijo.

Me gusta recordar ese origen cuando veo llegar los coches de algunas familias.

Hoy Fettes ofrece una educación que exige una cuenta corriente muy bien provista.

Algunos alumnos viven aquí durante el curso, lo que significa que desayunan, estudian y se quejan de los deberes en un lugar que a mí me habría hecho esperar una carta entregada por una lechuza.

Hay mañanas en las que levanto la vista hacia Fettes y todavía me cuesta creer que trabaje aquí.

Las torres se recortan contra el cielo de Edimburgo, los tejados oscuros brillan con la lluvia y las ventanas se suceden sobre una fachada de piedra que me obliga a echar la cabeza hacia atrás para abarcarla.

El césped conserva ese verde que en España exigiría una investigación sobre el consumo de agua.

Cruzo los jardines con la carpeta apretada contra el costado.

La primera vez que vine a una entrevista pensé que, si me contrataban, podría presumir de enseñar español en Hogwarts.

Después me preocupó bastante más encontrar la puerta correcta y llegar sin resbalarme.

Seis años después, conozco las escaleras, los pasillos y las puertas que necesitan un empujón, pero sigo mirando hacia arriba al llegar.

Luego entro en el aula y Ewan me pregunta si el ejercicio que mandé para hoy había que hacerlo para hoy.

Me gusta mi trabajo. Ayer un alumno de diecisiete años defendió que La casa de Bernarda Alba es, en realidad, un alegato a favor del aire acondicionado.

Según él, si encierras a nueve mujeres vestidas de negro durante ocho años en una casa andaluza sin un solo ventilador, la represión sexual deja de ser la explicación más evidente.

Adela no estaba enamorada. Tenía un golpe de calor.

—Entiendo que mantendría su puesto en Fettes —comenta Harriet, señalando una línea de mi solicitud—. La preparación empezaría antes del verano.

—Sí. Podría trabajar en el temario por las tardes y reservar tiempo para las reuniones. He traído mi horario.

Saco la hoja de la carpeta y se la entrego. Harriet la examina sin poner esa cara que suele preceder a una petición imposible formulada con mucha amabilidad. Tiene unos cincuenta años, el cabello corto y una expresión agradable. Empiezo a relajarme.

—Tendría que coordinarse con Shabnam Rahimi, nuestra colaboradora en Afganistán. Organizaremos varias videoconferencias para que conozca a las alumnas y podamos probar los materiales antes del intensivo.

—Eso me vendría muy bien. Sé preparar una clase, pero todavía no sé qué necesitan ellas.

—¿Le preocupa trabajar en un contexto tan distinto? —pregunta, levantando la vista.

—Me preocuparía que esperasen que lo conociera solo porque llevo quince años enseñando. Tendría un problema. Ustedes también, pero el suyo sería más caro.

Harriet se ríe y deja mi horario junto al currículum. Aprovecho para beber un poco de agua. Hasta ahora he conseguido parecer una persona competente sin prometer que puedo resolver por videollamada todos los problemas de la educación.

—El principal financiador del programa participa en algunas de las entrevistas —explica mientras consulta el reloj—. Debería incorporarse en cualquier momento. Quería conocer personalmente a los candidatos que llegaran a esta fase.

Asiento sin darle demasiada importancia.

Matthew me ha contado que un empresario escocés aporta buena parte del dinero necesario para poner el proyecto en marcha.

No me ha dicho el nombre y yo tampoco se lo he preguntado.

Últimamente nuestras conversaciones tienen tantos terrenos minados que agradezco encontrar alguno en el que podamos hablar diez minutos sin acabar interrogándonos mutuamente.

La puerta se abre a mi espalda y echo un vistazo.

Reconozco a Nathaniel antes incluso de que levante la mirada. No porque haya nada especialmente identificable en el ruido de unos zapatos sobre una baldosa, sino porque llevo años viendo cómo ese hombre entra en una habitación y consigue que parezca un poco más pequeña.

Me giro demasiado deprisa hacia delante de nuevo.

La rodilla golpea por debajo la mesa y el vaso de agua que tengo delante se tambalea. Lo sujeto antes de que caiga, aunque una parte termina derramándose sobre mis notas.

Magnífico.

Harriet acaba de escucharme hablar de quince años de experiencia profesional y Nathaniel Grant entra justo a tiempo de verme perder una batalla contra un vaso.

—Perdón —murmuro mientras alcanzo un pañuelo de papel del bolso y seco el borde de la carpeta—. La coordinación motora no figuraba entre los requisitos.

Cuando levanto la vista, Nathaniel está mirándome.

Lo conozco desde hace cinco años. He cenado con él, hemos pasado fines de semana juntos, he soportado conversaciones enteras en las que Matthew y él recuperan anécdotas universitarias que nadie más encuentra tan interesantes como ellos.

Sé que su apellido es Grant. Sé que dirige una empresa de ingeniería que mueve cantidades de dinero que prefiero no imaginar y sé, sobre todo, que nunca he conseguido gustarle demasiado.

Lo que no sabía es que él era el millonetis.

Y Matthew sí.

Nathaniel lleva un traje azul oscuro y una camisa blanca sin corbata. Tiene el cabello algo revuelto por la humedad de fuera y esa expresión seria que parece no abandonarlo ni cuando está divirtiéndose, suponiendo que Nathaniel se divierta de maneras reconocibles por el resto de la humanidad.

En una mano sostiene una carpeta. La otra queda junto a su cuerpo, grande, de dedos largos, con unas venas marcadas en el dorso y una pequeña cicatriz cerca del pulgar que recuerdo haber visto antes.

Me fijo demasiado.

Lo soluciono fijándome en su cara, que resulta peor porque Nathaniel tiene unos ojos grises capaces de mantener una mirada durante tanto tiempo que una empieza a revisar mentalmente sus últimas decisiones.

—Abril —saluda mientras se acerca a la mesa.

No parece sorprendido.

Naturalmente.

Miro la carpeta que lleva y distingo mi nombre en la primera hoja.

El cabrón ha leído mi currículum.

Probablemente varias veces.

—Nathaniel —respondo mientras termino de secar el agua y dejo el pañuelo de papel doblado a un lado—. Qué alegría descubrir que todo sigue quedando entre amigos.

Harriet nos mira alternativamente, algo desconcertada.

—¿Os conocéis?

—Sí, pero no sabía que formaba parte de esto —explico mientras cierro la carpeta, procurando que mi tono no revele que ahora mismo me gustaría utilizarla para golpear a uno de los dos—. Mi pareja y él se conocen desde hace años.

Nathaniel toma asiento frente a mí y deja su carpeta sobre la mesa.

Tiene que apartar ligeramente la silla para acomodar las piernas y ese movimiento vuelve a hacerme consciente de lo grande que es.

No solo alto. Grande. Los hombros llenan la chaqueta y las manos parecen excesivas incluso apoyadas tranquilamente sobre la mesa.

—Matthew me pidió que revisara tu perfil —explica sin mostrarse especialmente afectado por mi tono—. Me dijo también que prefería no contarte que yo estaba relacionado con el proyecto hasta que decidieras si te interesaba. Pensaba que podías rechazarlo sin llegar a valorar el puesto.

Me quedo mirándolo.

Ahí está.

Esa expresión.

Nathaniel tiene una mirada dura incluso cuando no hace nada con ella. Intensa, quieta, demasiado directa. Una mirada que podría cortar madera si alguien encontrara la manera de conectarla a una batería.

La conozco muy bien.

Me la dedica dos años atrás durante un fin de semana que llevamos meses organizando.

Estamos cargando las bolsas en el coche cuando Matthew recibe una llamada de Catriona.

Acaba de romper con el hombre con el que lleva saliendo unos meses y, por lo visto, atravesar una ruptura sentimental sin la presencia física de Matthew Murray constituye un riesgo para su supervivencia.

Me enfado.

Por supuesto que me enfado.

Tenemos la casa reservada, cinco personas esperando y planes para todo el fin de semana.

Catriona tiene amigos, compañeros, familia y una capacidad probada para sobrevivir a hombres bastante peores que aquel.

Matthew, sin embargo, está preocupado. Me explica que ella está fatal, que no quiere dejarla sola y que nos alcanzará al día siguiente.

Yo podría decirle muchas cosas.

Termino diciéndole que vaya.

Incluso añado que no pasa nada.

Matthew me besa, promete compensármelo y se marcha. Cuando cierro el maletero me encuentro a Nathaniel al otro lado del coche, observándome con la misma expresión que tiene ahora.

No necesito que diga nada para saber lo que piensa.

Cree que soy gilipollas.