Otras aguas La noche de los Oscar
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La noche de los Oscar

Estoy en calzoncillos cepillándome los dientes cuando veo a unos hombres afuera. Están midiendo el contorno del enorme samán. Uno de ellos escribe en un portapapeles y me mira.

Escupo crema en el lavamanos y me apresuro a salir, pero ya no están.

Las vacaciones llegaron y se fueron, aún más desalentadoras que de costumbre.

La feria obtuvo un récord de baja asistencia.

La cabalgata fue cancelada definitivamente.

Demasiados borrachos se caían de sus caballos, se los robaban, o se comportaban indecentemente con las damas.

Los vendedores de la Plaza de Toros se quedaron con montones de sombreros sin vender.

Antes, las corridas de toros eran tan populares que todo el mundo las oía en la radio.

Mi casa es un palacio del desorden. Ropa sin planchar, pisos sin trapear, botellas de vino vacías (que no saco debido a los vecinos). Volví a vivir aquí cuando Marta y Olivia se trastearon al otro lado de la ciudad.

Hace poco me dio un infarto. A los sesenta, mis días están contados. En palabras de August Wilson, justo antes de morir a los sesenta y uno: «Cuando llegas a cierta edad, debes estar preparado para irte en cualquier momento».

¿Estoy preparado para irme?

El colaborador de Wilson había muerto un año antes que él. En su obituario apareció una foto de ellos dos. «¿Por qué me incluyeron? —se quejó Wilson—. ¡Eso fue lo que le dio la idea a Dios!».

Estoy solo en las ruinas de esta casa sin terminar. En medio de la remodelación, Marta echó al constructor. Como lo recomendó un amigo mío, ella me culpó de sus errores. Además, dijo, nunca le gustaron los planos.

No podíamos estar de acuerdo en nada.

Una vez escogí una película para Olivia.

«No me gusta —dijo—. Es sobre pingüinos».

«A todo el mundo le gustan los pingüinos», insistí.

«Mamá, ¿te gustan los pingüinos?».

«No», dijo Marta.

***

Tropiezo por las grietas en el piso de cemento y paso por las tuberías retorcidas como intestinos. Aquí habría estado el jardín interior. Y allí, en el centro, la fuente con cascada.

Pero no todo es desolador. La semana que viene anuncian los nominados al Oscar.

Es la temporada que espero todos los años, cuando puedo olvidar mis problemas y disfrutar el banquete de nuevas películas.

No tengo mucho tiempo para escoger mis favoritas.

Me siento como el crítico Roger Ebert, con el mundo esperando mi lista con ansias.

Es un ritual que he practicado desde la universidad. Y ahora es el único que tengo.

***

«Cinta —dice Olivia, que está de visita. Sus mejillas y antebrazos brillan con escarcha—. Pásame la cinta, asistente».

«¡A sus órdenes!», respondo.

Cuelga el letrero brillante: Jugos 1.000 pesos.

«Muy bien, asistente. Tráeme los clientes».

«Con gusto, jefa».

Calle arriba, la vendedora de lotería conversa con el vigilante. Le paso a cada uno un billete de mil pesos. Mientras se acercan, Olivia baja la mirada. Presiona las comisuras de los labios con los dedos.

«Hola, Olivia. ¿Nos vendes un jugo?».

Ocultando su sonrisa de placer y timidez, murmura como si pensara en voz alta. Se me hincha el pecho de ternura.

«Habla más fuerte, amor —le digo cuando se van—. Tienes una voz hermosa. No te tapes la boca. Eso es para gente sin dientes».

Llega otra clienta y Olivia agrega su nombre a la lista. Le agradezco a la señora por colaborar.

«Papá —dice Olivia detrás de una mano ahuecada—, ¿no te da vergüenza hablar en público cuando no puedes pronunciar la palabra colaborar?».

***

Hoy se anuncian las nominaciones. Hay muchas películas que debo ver.

Los estrenos llegan tarde a Colombia, así que debo recurrir a Pirate Bay.

No es que me enorgullezca ser pirata. Con gusto pagaría si pudiera verlas a tiempo.

La culpa es de los estudios. Estrenan las mejores películas justo antes de los premios.

¿Creen que los votantes tienen memoria de pulgas?

¿O temen que ellos cambien de idea cuando pase la fanfarria?

Mi primera esposa, Angie, compartía mi pasión por el cine.

Hablando de películas fue como aprendimos quiénes éramos.

Cada año esperábamos con ansias la noche de los Oscar, cuando tomábamos vino y hacíamos barra por nuestras preferidas.

No era la pompa lo que nos emocionaba, sino el talento artístico.

Éramos jóvenes y teníamos grandes sueños.

Los discursos de los ganadores nos conmovían hasta las lágrimas.

Cuando empezaron las peleas sobre dónde vivir, empaqué mis cosas y alquilé un cuarto.

Permanecí acostado varios días en esa cama estrecha e incómoda, viendo las sombras trepar por las paredes.

Entonces me acordé: ¡es esta noche! Corrí a casa y vi la premiación con Angie entre lágrimas por el vino.

Sabíamos que sería nuestra última Noche de los Premios.

***

Por la mañana, los trabajadores regresan. Salgo gritando: «¡Ese es mi árbol!».

«Es demasiado grande para el barrio. Está destrozando la acera».

«Que se joda la acera».

«Además, podría caerse».

«No se ha caído en todos estos años».

«Es viejo».

Parecen acostumbrados a los quejosos. «Está en terreno público», me recuerdan.

El samán es la razón por la que escogí este lugar. Sus ramas majestuosas se extienden sobre la calle. Sus raíces se aferran al suelo como dedos antiguos. Dicen que tiene más de cien años. Hace que esta casa modesta parezca grandiosa.

Estoy tan nervioso que casi llamo a Marta. Casi.

Cuando a Olivia le diagnosticaron ansiedad social, nos tomó por sorpresa. En casa, siempre estaba animada. Pero en la entrevista escolar, no pronunció una sola palabra. Condicionaron su ingreso a una terapia familiar.

Un día en el mercado la perdí de vista. Alarmado, corrí por los pasillos. Por fin, la encontré junto a una cajera intranquila.

«Dijo que buscaba a su papá. Un señor de bluyines y pelo blanco».

«¿Blanco?», le pregunté a Olivia más tarde.

«Mírate en el espejo», dijo.

«¿Ella es tu…?», pregunta la gente.

«Hija», digo para anticiparme.

Mi cicatriz del bypass es del color de la papaya y tan larga como un machete.

Ya no puedo pavonearme en la piscina. Mi pelo y mis encías retroceden como la línea de la costa.

Ronco como un búfalo y a veces hiperventilo.

Al cruzar disparado una calle concurrida (una práctica lamentable pero habitual aquí), tengo la gracia de quien corre descalzo sobre rocas.

Después de perder peso, por consejo médico, esperaba lucir más joven y saludable.

En cambio, parezco un anciano flacuchento.

Cuando veo que un actor está envejeciendo, averiguo su edad. Si tiene más de setenta, pienso: Se me está acabando el tiempo. Si tiene mi edad, me pregunto: ¿Parezco tan viejo? Me inquieta un poco nuestra conexión, pero en cierto modo es un consuelo pensar que partiremos juntos.

Desde la operación, tomo varias pastillas.

Los diuréticos me hacen ir al baño de noche.

A menudo, en medio de algún sueño inquietante.

Cuando era joven, me fascinaba la interpretación de los sueños.

Me parecía una visión de lo místico. Pero he concluido que los sueños se dividen en tres categorías: la búsqueda desesperada, la huida frenética y el misterio por resolver.

Y todos surgen del mismo impulso: la urgencia implacable de orinar.

Esta revelación puede desalentar a los místicos.

A menos que represente el intento de huir de la muerte.

***

Buscar en Pirate Bay es como jugar en un tragamonedas. Es probable que pierdas, pero podrías sacar el premio mayor. Por eso siempre regresas.

La pista de ceniza alrededor del parque, normalmente dura como la arcilla, está tan polvorienta como la harina.

Las hojas ahuecadas del samán gigante, que se encorvan con reticencia al primer indicio de lluvia, parecen caer a intervalos calibrados, como paracaidistas en un espectáculo aéreo.

Y si descuidas tu jugo, las lagartijas te robarán un trago.

Debes revisar tu vaso antes de llevártelo a los labios.

Los trabajadores están otra vez aquí, acompañados por un hombre con cara de supervisor.

Aunque un poco más cordial, transmite el mismo mensaje: hay que talar el samán.

Mis apelaciones a sus sentimientos —ecológicos, estéticos, incluso personales— no sirven de nada.

La única manera de revocar la orden, explica, sería responsabilizarme por cualquier daño.

«Mándeme el formulario», le digo.

***

Olivia escribe en un bloc con expresión decidida, dejando escapar gemidos tras el esfuerzo. Su caligrafía compensa el uso excesivo de mayúsculas y las colas truncadas de la p y la g.