ACUERDO
Prometemos no pelear. Olivia dibujará una línea en el piso que no podremos cruzar hasta que ella llegue del colegio.
Papá___________ Mamá ___________
Me entrega el bolígrafo.
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La adrenalina de la anticipación. El presentimiento de que esta será la mejor. Enardecido por las reseñas aduladoras, busco la película en Pirate Bay. ¡Y zas! Triple cereza. Tal como mis amigos que no pueden resistirse si hay coca en la casa, la veo de inmediato.
Es una película polaca sobre una niña criada en un convento.
Antes de hacer sus votos, visita a una tía a quien no conocía.
La mujer, bebedora, desilusionada y promiscua, le informa a la niña que es judía.
Su familia fue asesinada por los nazis. Se embarcan en una búsqueda para encontrar la tumba de su madre.
Es una historia desgarradora y, de alguna manera, alentadora.
Tenía la esperanza de que Marta, como Angie, compartiera mi cinefilia.
Le mostré las películas que más me gustaban porque quería que conociera mi alma.
Verlas juntos en la cama bajo el samán desencadenó nuestros momentos más íntimos.
Pero empecé a sentir que su interés en el cine estaba menguando.
Me pregunté si su interés había sido genuino.
Y pareció un presagio de cosas por venir.
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Olivia está viendo Jorge el Curioso.
«Mira —le digo—, Jorge no habla. Solo hace gestos y sonidos».
«Como yo».
Todavía no entiendo por qué Olivia dejó de hablar.
¿Tendría que ver con su amigo Miguel? ¿El niño con el pelo rapado y una marca de nacimiento en la frente?
Representó a José, y Olivia a María, en la obra teatral de Navidad.
Durante una escena en el pesebre, Miguel gritó: «¡Abuelo!»
, y todos se giraron para verlo entrar. Resulta que Miguel tenía otra admiradora: Lucía, una paisa pecosa.
Un día, la maestra le preguntó a quién prefería.
Miguel dijo que a Lucía. Olivia estaba ahí.
Fue por esa época cuando dejó de hablar.
«¿No hablas con tus compañeros de clase?».
Ella está recortando copos de nieve. «No hablo con nadie».
«¿Por qué no?».
«Pásame las tijeras».
«¿Extrañas a Miguel?».
«Me voy a casar con él».
Él le enseñó la letra de una canción: «Soy amigo del monstruo debajo de mi cama…».
«¿Pensabas que había monstruos debajo de tu cama?».
Se queda pensando «No. Zombis».
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Hoy es el aniversario de su muerte. En esta fecha, el año pasado, poco antes de los Oscar, Philip Seymour Hoffman murió por sobredosis de heroína.
Nunca me afectó tanto la muerte de un actor.
Leí todos los artículos que pude encontrar.
Un crítico lo llamó un artista que «hizo de la desdicha un encanto de ver».
Cuando Hoffman recayó después de décadas de sobriedad, su esposa lo echó de la casa.
Alquiló un apartamento a pocas cuadras y veía a sus hijos todos los domingos.
Ese sábado, a las 8:44 de la noche, le mandó un mensaje a su amigo: «¿Quieres venir a ver el partido de los Knicks?»
. El amigo le contestó a las 11:35. «Disculpa, estaba cenando. ¿Dónde estás?» . No recibió respuesta.
Al día siguiente recibió una llamada de la esposa de Hoffman. No había ido por los niños. El amigo lo encontró tirado en el piso del baño, con una jeringa clavada en el brazo.
Yo soy ese amigo.
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Pienso en la vejez cuando siento frío en las piernas.
O cuando resbalo en la ducha. El optómetra dice que mi visión está cambiando.
Y las plumas se salen de mi almohada. Es la que he tenido desde siempre y ahora está inservible.
Por la mañana encuentro plumas esparcidas por todas partes: en las sábanas, en mi pelo, hasta en mi boca.
Aunque no encuentro ningún roto en la tela.
En el Parque Central hay un samán centenario. Lo llaman «El árbol del amor». Se cree que tiene los poderes de Cupido. Muchos paseos alrededor de su tronco han resultado en campanas de boda. Por eso, hay mujeres que rechazan las invitaciones a verlo. Y hay otras que invitan.
Llega una carta estampada con un sello. Estipula mi responsabilidad por «daños, lesiones o pérdida de vidas». Recuerdo una vieja técnica de tala. Amarras una cuerda desde el árbol a un objeto fijo; digamos, mi casa. De esa manera, si se cae, lo hará sobre mí.
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«Olivia —digo—, ¡los Oscar son este domingo!».
Ella me mira con escepticismo. Le explico su importancia. Le digo que, espero, sea algo que podamos compartir. Menciono algunas ganadoras: El mago de Oz. Pero recuerdo que perdió contra Lo que el viento se llevó.
«¿Quieres venir a verlos conmigo? Veremos si Los Boxtrolls gana el premio a la mejor película animada».
Olivia frunce el ceño. Los engranajes empiezan a girar. Luego, lentamente, me regala una sonrisa.
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Solo quedan tres días para ver las películas restantes. Busco con ansiedad en Pirate Bay. Aparece un mensaje: Bloqueado por infringir las leyes federales. Recuerdo el día que fui a comprar drogas y vi a los policías esposar a mi proveedor.
Busco otros sitios de streaming. Una voz me pide precaución, pero otra me incita a seguir. Hago clic en una página que parece inofensiva y de repente me bombardea un malware. Por algo se habla del virus troyano. Pero me niego a rendirme. Sigo adelante en nombre del arte.
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Estoy atrapado en las garras de un sueño febril, perdido en una ciudad desconocida.
Deambulo de puerta en puerta y todas tienen seguro.
Algunas conducen a baños, pero no puedo entrar.
Entonces abro los ojos de golpe y miro en la penumbra.
Intento levantarme pero mi cuerpo no responde.
Quédate ahí, me ordena. Vuelve a tu papel en el sueño. Entonces comprendo por qué me desperté.
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El día que nació Olivia, escuché Isn’t She Lovely, de Stevie Wonder sin parar. La primera vez que le dije la palabra a un extraño fue cuando pedí su carnet de la EPS. «Es para mi hija», me escuché decir. Incluso entonces, nuestro amor parecía condenado.
Llamo al jardín infantil y pregunto por su maestra. Quiero pegarle una vaciada por la pregunta atroz que hizo. En cambio, le pido el número de Miguel.
«Soy el papá de Olivia —le digo a su abuela—. Ha pasado por momentos difíciles y extraña a su amigo. ¿Hay alguna forma de hacer que se vean?».
La mujer suena prevenida, por no decir grosera. Me cuesta no suplicar.
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Mi computador se enloqueció: apagados repentinos, alertas rojas, barras de herramientas extrañas; pero no me detendré.
A duras penas logro descargar Birdman. Es la historia de un actor que intenta regresar.
Alguna vez famoso por su papel como superhéroe de Marvel, está decidido a producir una obra importante.
Adapta un cuento de Raymond Carver: «Con cada línea que escribía, dejaba un pedazo de su hígado en la página».
Michael Keaton, de sesenta y tres años, hace lo mismo en la película.
La lluvia regresa con furia. Gotas enormes azotan la calle. El aire está impregnado de un olor a polvo húmedo. Un destello repentino ilumina el cielo. Pronto las calles se convierten en ríos. El viento flagela las ramas del samán. Lo observo hipnotizado, temiendo que se caiga.
Llega un momento en la vida, alrededor de los sesenta, cuando de golpe ves la forma de todo el maldito asunto.
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La primera película que me marcó fue Five Easy Pieces.
Desde entonces, he querido verla de nuevo.
Adentrarme una vez más en el personaje que interpreta Jack Nicholson para ver si siento lo mismo.
¿Por qué no la he vuelto a ver?, ¿Temo acaso que esos anhelos juveniles ya me parezcan ingenuos?
, ¿o tengo miedo de que mi yo más joven sienta que no he estado a la altura de sus expectativas?
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Hoy apenas logré levantarme de la cama. No puedo dejar de pensar en Hoffman. Cuando su esposa no soportó verlo autodestruirse, él se mudó de Jane Street a Bethune (dos cuadras al sur, según Google Maps). Pienso en esos domingos que pasó con sus hijos, hasta aquel día en que no apareció más.
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«Sí», contesta Marta.
«¿Cómo sigue Olivia? —pregunto—. ¿Ya habla en clase?».
«No».
Intento sonar agradable. «¿Te habló del domingo?».
«¿Qué pasa el domingo?».
«Es la noche de los Oscar. Voy a hacer un pollo asado».
Al fondo, escucho la flauta de Olivia.
«Vinieron de la Alcaldía. Quieren tumbar el samán».
«¿Por qué?».
«Dicen que está demasiado viejo».
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Siempre me ha costado dejar ir el día. Lo aplazo tanto como puedo.
Las últimas horas son el momento en que la vida parece más vital.
Sin ataduras a la rutina, eres libre de levitar.
De entrar en un estado elevado de conciencia.
Tus sinapsis crepitan, tu mente se incendia, todo parece trascendental.
Como en una película, vas llegando al clímax.
Alcanzas la cúspide de una revelación. Una que explicará la vida que has vivido.
Debes terminar cada día como si fuera el último.
De lo contrario, tu vida no tendrá sentido.
Es extraño que puedas sentirte más cerca de un actor que de la mayoría de las personas que, de hecho, conoces.
***
Llega la gran noche. Estoy insomne, pero emocionado. Me apresuro a terminar mi lista. Arreglo la casa y enciendo la parrilla. Cuando el cielo se tiñe de violeta, abro el vino.
Empieza la música. Las voces se apagan. El aire de expectativa evoca años pasados.
En los rostros de las estrellas veo los papeles que interpretaron.
El primer premio es a Mejor Actor de Reparto.
Mi elección es Edward Norton por Birdman.
En la pantalla muestran la escena donde hace su declaración: «El tipo de amor del que hablo es absoluto».
Espera la reacción de Keaton. Keaton sonríe. Pero Norton no gana.
Oigo un carro y salgo. La noche es fresca y radiante de estrellas. Una brisa agita las ramas en la copa del samán.
Le envío un mensaje a Marta: «Están a punto de anunciar la mejor película extranjera».
Descorcho otra botella y mastico una alita.
«¡Y la ganadora, de Polonia, es Ida!».
Me levanto de un salto y grito. La casa vacía parece más vacía.
Llega un mensaje: «Olivia está dormida».
En la televisión habla Glenn Close. Presenta un homenaje a «aquellos que perdimos este año».
«Gracias a la magia del cine, estos artistas vivirán por siempre…».
Cuando era joven, lo habría creído. Pero ahora lo entiendo: la inmortalidad no dura.
Recitan los nombres de las estrellas que han fallecido. Estoy esperando el de Hoffman, pero no lo dicen. Entonces me acuerdo: murió el año anterior.