Otras aguas El Día del Padre #2
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El Día del Padre #2

No es difícil imaginar lo que Marta le cuenta a Nico. Él olerá sangre en el agua y se ofrecerá a «ayudar». Hace años, yo podría haber sentido celos. Ahora lo único que me importa es Olivia.

El corcho comienza una lenta pirueta. Luego, en un instante, se hunde. Le paso la caña a Olivia. «¡Agárrala fuerte y sácalo!».

Agarra la caña con decisión, pero pronto el nailon se afloja.

«Wow, that was a whopper! La próxima vez lo atrapamos».

«A whopper!», repite.

La pareja nos observa con ternura. Me siento en el balde y pongo más cebo. Desde una rama alta, un gavilán lanza un potente chillido. Con su poderosa visión, nos contempla.

«Qué pesar que no conocieras a mi padre».

Olivia observa su corcho.

«Siento que está aquí con nosotros».

Se gira hacia mí y me mira.

Me río y le explico en español: «No, no creo en fantasmas. Para mí, cuando morimos, es el fin. Pero seguimos vivos en la mente de las personas que nos quieren. Pienso en mi padre todo el tiempo. Tal vez cuando me muera, a veces pensarás en mí».

Olivia baja la mirada y reprime una sonrisa. Una suave brisa ondula la superficie del estanque y mece el viejo bote de remos. Olivia se acerca e intenta subir. Para disuadirla, sugiero que miremos los peces que sacó la pareja.

La mujer, delgada y simpática, nos muestra su balde. Dos tilapias grandes con aletas que apenas se mueven y branquias que se abren y se cierran. Olivia mete la mano.

«Cuidado, amor. Las aletas chuzan».

«Pueden llevárselas si quieren —dice la mujer—. La tilapia frita es sabrosa».

«Gracias —respondo—. Seguiremos intentando. Es la primera vez que Olivia pesca».

«Toma, preciosa —dice la mujer—, esta caña da suerte. Te mostraré dónde pescar».

Caminan hasta el agua y el hombre me hace un gesto para que me siente. Caemos en la charla relajada de los pescadores: la mejor temporada, la mejor hora, el mejor cebo para cada pez. Entonces el hombre saca algo del bolsillo.

«¿Quieres acompañarme?».

Sonrío. «Me siento tentado, pero no, gracias».

El hombre, que se llama Carlos, prende el bareto y habla de su esposa. Es enfermera geriátrica, y él era cortero de caña. Pero cuando empezó a tener problemas en el codo y la muñeca, la empresa lo echó. Igual que a los trabajadores con los que hablé para mi libro.

«A lo mejor —le digo— le doy un pitazo».

Carlos se ríe amigablemente.

Aspiro profundo, con los ojos fijos en Olivia. De la copa de un árbol llega el toc-toc de un pájaro carpintero. «Andrea es buena con los niños», dice Carlos. «Tenemos dos hijos mayores».

Le digo que Olivia es mi única hija y que yo creía que nunca sería padre. El sol se oculta detrás de un cúmulo de nubes grises. Andrea se acerca para dar una fumada. Percibo la química entre ellos y siento una punzada de envidia.

Entonces oímos un grito. El bote, con Olivia a bordo, se está alejando.

Corro a la orilla y extiendo la caña. Pero el bote se ha alejado demasiado.

«No te muevas, amor», le digo.

«¡Papá!».

La sangre me golpea los oídos. «Todo está bien. Quédate en el centro del bote».

Pero justo cuando digo esto, da un paso hacia mí.

El bote se inclina y hay un chapoteo. En un instante, el agua me llega al pecho.

El lodo viscoso se chupa mis zapatos y las algas me envuelven las piernas.

Cuando doy otro paso, no siento el fondo.

Esforzándome para mantener la cabeza por encima de la superficie mugrienta, fijo mi vista en el lugar donde se hundió Olivia.

Me sumerjo, tanteando a ciegas en la oscuridad.

Estiro la mano y siento algo carnoso: un dedo diminuto, una manito.

Tendida en la orilla, Olivia tose, expulsando agua. Con una mano sobre la otra, Andrea le presiona el pecho. No puedo creer lo que está pasando.

***

Carlos parquea su camioneta frente a nuestra casa.

Apenas hablamos en todo el trayecto. El pelo húmedo de Olivia está pegado al cráneo.

Una toalla envuelve su empapada camiseta de princesa.

Pero mantiene los hombros derechos y mira al frente.

Ensayo cómo se lo contaré a Marta. Doy las gracias a la pareja por el pescado.

La luz de la entrada está apagada, así que Marta no se encuentra en casa.

«Vamos a quitarnos esta ropa», digo con buen humor. La meto en la lavadora para deshacerme de las pruebas. Después de su baño, mientras la ayudo a ponerse la piyama, aprieto la nariz contra su cuello. Inhalo su frescor y la acerco a mí.

«No tan fuerte», dice Olivia.

La suelto. «¿Tienes hambre?».

«Cocinemos el pescado».

«Amor, ya es tarde».

«Quiero pescado».

«Está bien. Te enseñaré cómo los limpiaba mi padre».

La subo a una butaca para que vea mientras desescamo y destripo las tilapias. Resulta que la más grande tiene la barriga llena de huevas. Olivia está intrigada: ¿Cuántas hay? ¿Podemos comérnoslas?

«No, amor…». Entonces caigo en la cuenta. Saco los frascos de caviar. «Mira, these are fish eggs».

«Fish eggs», repite.

«Buena pronunciación», digo.

La puerta de un carro se cierra y me quedo paralizado. Pero solo son los vecinos.

Olivia examina los frascos.

«¡Listo! —le digo—. ¡Es hora de celebrar!».

Saco las galletas y abro el ron. Luego prendo una vela con aroma a eucalipto. Es la pequeña celebración que había imaginado.

Unto caviar en una galleta para Olivia. Luego veo cómo le da un mordisco.

«¿Te gusta?».

Arruga la nariz.

Me río y me meto una galleta en la boca. Mastico muy despacio para saborearla.

«Un día te va a gustar».