El Día del Padre
Estoy leyendo un libro en la hamaca cuando se oye el golpe de la puerta principal. Marta sale al patio con Olivia.
«La casa es un desastre —se queja—. No has hecho nada».
«Cortaron el agua», le digo en un tono más conciliador que defensivo.
Marta se exaspera. «Yo me mato y tú no haces más que holgazanear».
Incitada por el furor de su madre, Olivia se une a la refriega. «¡Mía, mía!», grita con su vocecita aguda.
Estoy confundido.
«Esa almohada para el cuello —me la arrebata Marta—, ¡es de ella!».
«¡Ay, perdón!», digo, cayéndome de la hamaca. Me agacho para abrazar a Olivia.
«¡Papá, no!», protesta, apartándome.
Entonces veo la torta, que ya no me van a ofrecer, y recuerdo que hoy es el Día del Padre.
***
El día siguiente es festivo. El Día del Sagrado Corazón, para precisar, aunque pocos colombianos podrían decírtelo.
«Hoy eres responsable de Olivia —dice Marta—. Voy a verme con Nico».
Nico es ese amigo que conoció antes de casarnos, abogado de una familia prominente.
Olivia tiene una camiseta estampada con una princesa, jeans con bordados y tenis rosados fosforescentes. La gente dice que se parece a mí: ojos avellana, pelo y piel claros. «Si hubiera sabido que se parecería a mí —bromeo—, no habría elegido a mi esposa por su aspecto».
Apenas salimos cuando Olivia comienza: «¡Papá, no! ¡Quiero mamá!».
Intento una táctica de distracción: «¡Look, a bird!».
«¡Un pájaro!», me corrige.
La gente dice que yo debería hablar con ella solo en inglés, y Marta en español.
Suena bien, pero resulta problemático. Como soy el único que habla inglés, me superan en número.
Por lo tanto, Olivia habla de manera entrecortada con un fuerte acento español: guán, tú, tri.
Y últimamente no habla inglés en absoluto.
Ya entiendo el término «lengua materna».
Me siento como un extranjero en mi propia casa.
«Nos vamos a divertir», le prometo a Olivia mientras caminamos por la hilera de casas pintadas con cal. La calle bordeada de acacias está animada por voces y por los cantos de los pájaros. Una calle agradable, un día soleado. Inspirado, anuncio: «I’m going to take you fishing!».
Olivia responde con la mirada perdida.
«Ella no me entiende —me quejo con un colega que crio hijos bilingües—. Y hay cosas que necesito decirle». «Solo inglés», me insiste. Y Marta acepta, aunque, sospecho, con un motivo ulterior.
Pisoteo una vaina y hace un crujido agradable. Olivia hace lo mismo y suelta una risita. Se acuclilla y la inspecciona con gran interés.
«Se convertirán en retoños —comento—. En arbolitos».
Finge no oírme y sube al andén. Arriba, abajo, arriba, abajo, con su pancita por delante.
Ella estaba progresando con el inglés hasta el día en que le di patadas a la puerta.
En el fragor de una discusión, Marta me entregó a Olivia y se encerró en el cuarto.
Olivia empezó a llorar. Le supliqué a Marta que saliera.
Cuando se negó, la tildé de pasivo-agresiva.
Le dije que no era justo hacer llorar a Olivia.
Con mi hija en brazos, yo no podía tocar la puerta con las manos, y entonces le di algunas patadas.
Y, para mi asombro, la tumbé. Creía que eso solo pasaba en el cine.
El rostro de Marta se retorció por la rabia. Me arrebató a Olivia.
«¿Estás loco? ¡Casi me matas!».
«Lo siento —dije—. No le di duro. ¡Esta puerta es una porquería!».
«Díselo al juez —gruñó Marta—. ¡Lárgate ya!».
Me estremezco cuando Olivia recorre el andén.
Me duele que haya visto eso. Otro error así y podría perderla definitivamente.
Y entonces sería otro padre ausente, alejado para siempre de mi hija.
Marta diría que lo merecía porque lo único que me importaba era mi trabajo.
Llevaba años escribiendo un libro titulado La caña de azúcar: una historia amarga.
A Olivia le tiembla el labio. «Quiero mamá».
«Come on —le digo—, I’ll buy you a sucker». Cuando se queda callada, cedo: «Un bombón».
Por un segundo parece confundida, luego sus ojos cobran vida.
En San Andrecito hay locales con electrodomésticos y ropa de contrabando. La ropa apretada de las mujeres resalta sus figuras extravagantes. Hasta los maniquíes tienen curvas voluptuosas.
Una multitud está viendo a un payaso hacer malabares. Pero no es un payaso alegre. Está vestido de negro y tiene boca de lobo. Su cara está pintada de blanco y sus ojos están desorbitados. Olivia se queda embobada. Lo que ve no es un hombre disfrazado, sino otro tipo de ser.
Con la mirada fija en Olivia, voy a sacar plata del cajero. No parece notar mi ausencia. En un impulso, me escondo detrás de una columna para ver su reacción cuando descubra que no estoy.
«Hola, Trey», dice alguien. Es la esposa de un colega. Hablamos brevemente. Cuando miro de nuevo, la multitud se ha dispersado. El payaso ya no está y Olivia tampoco.
Con el corazón a mil, corro de un puesto a otro y subo corriendo por la escalera eléctrica que baja.
Arriba, abandono toda pretensión de calma.
Reacio a admitir que he perdido a mi niña, pregunto frenéticamente por el payaso.
Los vendedores se quedan perplejos. ¿Por qué tanta desesperación por encontrar a un payaso?
Apresurándome como quien llega tarde a un vuelo, veo a unas mujeres que consuelan a una niña.
Es Olivia.
«¡Papá! —grita—. ¡Me dejaste!».
Las mujeres me miran y no ocultan su desdén.
***
Olivia quiere otro bombón.
«Sweetie, no es bueno comer tantos dulces».
«Otro», suplica, y me rindo.
Un mesero corre gritando: «¿Hay un médico aquí?».
Olivia pregunta qué pasa. Sigo al mesero con la mirada.
«Alguien se enfermó», le digo, arrepintiéndome de inmediato. Olivia quiere investigar.
«Baby, ¿te gustaría que te miraran cuando te sientes mal?».
«Vamos», dice, jalándome el brazo.
«Ve tú, entonces».
Zigzaguea entre la gente mientras yo la sigo a la distancia. En el piso, una señora bien vestida está tendida bocarriba. Una mesera la abanica con un menú. Olivia se acerca a ella y regresa con mil preguntas.
«Se desmayó», le explico.
«¿Está muerta?».
«No, está enferma».
«¿Por qué?».
«Comió demasiados dulces».
***
«¡Taxi!», grito, extendiendo mi brazo.
«¡Taxi!», me imita Olivia.
Siento una pequeña sensación de triunfo, pero luego me doy cuenta de que la palabra es la misma en español. Cuando salimos de la ciudad, llamo a Marta. Siento que debo decirle adónde vamos, aunque sé que no le va a gustar. Porque no fue idea suya y porque subestima mis aptitudes como padre.
Marta habla con alguien y luego dice: «Nico conoce un sitio que se llama Doña Inés».
Un golpe de suerte: al abogado le gusta pescar.
De camino, pasamos por infinitos cultivos de caña. Es un cultivo, escribí, que «se produce en exceso, consume demasiada agua y genera ganancias para relativamente pocos».
Envié mi libro con grandes expectativas, pero entonces estalló el bombardeo de rechazos. Fue una muerte lenta y agónica. Solo quedaba una posibilidad: una editorial académica de Wisconsin. Estaban «bastante interesados» y pensando en una decisión.
Aunque intenté contener mi emoción, no podía dejar de pensar en cómo celebrarlo. Un día, en el supermercado, me quedé mirando un estante con sardinas, mejillones y… caviar. Parecían requerir una ocasión especial. Y mientras más esperara, más especial debía ser.
Me quedé mirando los frascos, con el corazón acelerado. Luego observé a ambos lados y los metí en el carrito. Corrí a casa y los guardé en un gabinete detrás de una botella de ron jamaiquino.
El rechazo de Wisconsin provocó en mí una noche oscura del alma. No se lo dije a Marta porque yo sabía que ya no le importaba. La respuesta llegó el día que tumbé la puerta.
Olivia observa un rebaño de vacas escoltadas por nerviosas garzas blancas. «No quiero pescar». Se cruza de brazos.
«¿No quieres pescar?», digo con aire de asombro, y empiezo a hablar con alegría de cuando pescaba con mi padre. La emoción de estar en el lago con él. El júbilo al ver el corcho hundirse. La euforia cuando el carrete empezaba a rechinar…
Olivia escucha con velado interés. «¿Tu papá? ¿Where is tu papá?».
Tomo nota del inglés. «Está muerto».
Últimamente le intriga el tema de la muerte.
Al ver a Simba, en El rey león, intentando despertar a su padre asesinado, me preguntó si el padre se despertaría.
«No, mi amor. Está muerto». Luego, cuando el padre, como el rey espectral de Hamlet, aparece para pedirle a Simba que vengue su muerte, Olivia gritó: «¡Pero dijiste que no se despertaría!» .
***
Un letrero rudimentario dice Doña Inés. Seguimos por una trocha entre malezas y matorrales.
Al son de las chicharras, una iguana pasa correteando.
Un bichofué grazna insistentemente su nombre.
Señalo los colores vibrantes de los colibríes y las mariposas, y observo que los tonos de la naturaleza son imposibles de replicar.
Una mujer robusta con vello facial nos entrega cañas, un balde y un bloque de masa amarilla.
El estanque, ancho y turbio, está rodeado de ceibas gigantes.
Varias personas pescan en las orillas. Elijo un lugar al lado de una pareja que está sentada en un tronco junto a un bote de remos.
Preparo un anzuelo para Olivia. Para disimular su alegría, se tapa la boca.
«El agua es profunda —le digo—. Debe haber todo tipo de criaturas ahí abajo: ranas, tortugas, cangrejos, culebras».
Olivia reflexiona. «¿Dónde duermen?».
«Buena pregunta», digo, avergonzado por no saber.
Pero no es la única deficiencia que ella va a descubrir.
Esperaba que quedara impresionada con mi libro y redujera un poco la influencia de su madre.
Albergaba el deseo de que compartiera mis pasiones, que siguiera mis pasos y conservara mi legado. Pero ahora…
Olivia está concentrada en el corcho. Es como si tratara de moverlo con su mente. Y cuando no lo hace, se aburre. Suelta la caña y juega con la masa, haciendo bolitas grasientas.
«No te limpies en la ropa, corazón».
Cuando se rasca la pierna, noto las ronchas: una constelación de picaduras rojas. Olvidé traer el repelente. Y la loción de calamina. «Marta me va a matar», digo.
Olivia tira una bola de masa al agua. «¡No pelees con mi mamá!».
Me encojo al recordar la puerta derribada. «Lo siento».