Otras aguas Legado
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Legado

Un hombre con Raúl Ortiz en la placa de su camisa espera en el vestíbulo del resort. Es bajito, de cara redonda, con una calva y unas arrugas de preocupación que lo hacen ver más viejo de lo que es. Reconozco su voz por la llamada que me despertó al amanecer.

«Llegamos tarde de Colombia», le digo buscando una disculpa.

«Como le dije —prosigue Raúl—, les estamos informando a los propietarios sobre las atractivas ofertas que tenemos en Summer Bay».

La palabra «propietario» es hiperbólica, ya que el tiempo compartido limita el uso de la «villa» a solo una semana cada dos años.

«¿Vive en Colombia?», pregunta Raúl con tibio interés.

«Sí, mi esposa es colombiana. Tengo una hija de tres años que no quiere hablar inglés».

«Sé a qué se refiere. Soy puertorriqueño, mi esposa es coreana y mis hijas no hablan español».

Ahora que hemos establecido un tenue vínculo latino, Raúl deja a un lado las formalidades. Señala una mesa de refrigerios que había promocionado como el «desayuno continental de cortesía».

«¿Quiere algo de esto?».

«Solo café», digo.

Me lleva a una pequeña mesa redonda, una de muchas en el amplio salón.

En cada una, un agente de ventas engatusa a posibles inversionistas.

Espero que este informe sea breve. Estoy ansioso por volver con mi hija.

Vi este viaje como una oportunidad para acercarme más a ella.

Quiero hacer algo para que su madre no la domine tanto.

Es la primera visita de Olivia a Estados Unidos, y también la primera que hago desde que murió mi madre.

***

«Como sabe —dice Raúl—, Summer Bay fue adquirida por Exploria, así que tenemos que actualizar su plan. Veamos, usted compró esta unidad… ¿cuándo?». Mira una hoja impresa.

«Mi madre la compró hace varios años. Tras su muerte, mi hermana siguió haciendo los pagos. Pero cuando sus hijos dejaron de ir a Disney, se volvió una carga. Así que acepté encargarme de ella».

Los resorts alrededor de Disney son perfectos como postales: palmeras, jardines tropicales, lagos artificiales. Pero todo es una fachada. Bajo la capa de calma y belleza acecha algo cenagoso y siniestro.

El año pasado, un socavón gigantesco sepultó el edificio de al lado. Cuando comenzaron a romperse los vidrios y a resquebrajarse las paredes, la gente salió gritando. Treinta turistas, muchos de ellos semidesnudos, fueron evacuados minutos antes de que se derrumbara.

Hace unos días, en un hotel de Disney, una niña fue atacada por un caimán. Caminaba con sus padres por la orilla del lago cuando la bestia apareció de la nada. Su padre resultó herido en un frenético intento de salvarla.

Entre los folletos que nos dieron hay uno titulado Precauciones con los caimanes. Ofrece consejos amables como:

- No les dé alimentos.

- Si ve uno, mantenga una distancia de veinte metros.

La sonrisa de Raúl es más bien una mueca. «Seré sincero. Usted tiene una cuenta de dinosaurio». Su voz expresa decepción y pesar, aunque sus ojos parecen centellear.

«Las cosas han cambiado mucho desde que su madre compró la propiedad… ¿Cuándo fue?».

«En 2002, poco antes de su muerte».

Por supuesto, no pude evitar pensar en su razón para comprarlo: impresionar al «encantador caballero» que había conocido en Senior Mates. Para demostrar su espontaneidad y para tener alojamiento cuando quisiera hacerle una visita.

Me siento un poco incómodo por quedarme en su nido de amor.

***

«Le va a gustar el nuevo plan —me asegura Raúl—. ¿De cuánto son sus cuotas anuales?».

«Demasiado altas —refunfuño—. Por ese dinero, yo podría…».

«¿Alojarse en el Waldorf Astoria? —Se ríe entre dientes—. Creo que puedo ayudarle a rebajarlo».

«¿En serio?».

«Ofrecemos membresías Plata, Platino y Premium. Usted acumula puntos canjeables por alojamiento, parques temáticos…».

Vuelvo a pensar en Olivia. Prometí llevarla a nadar. Pero no puedo dejar de pensar en el caimán. Los equipos de rescate emprendieron una búsqueda a gran escala con helicópteros, drones y un equipo de buzos. Capturaron siete caimanes y los abrieron para mirar en su interior.

Mientras saco mi teléfono, recuerdo que no tengo servicio internacional de llamadas.

«… acceso ilimitado a destinos en todo el mundo…».

«¿No se reservan con otra agencia?».

«Nuestro sistema de puntos le da créditos para viajes internacionales, además de entretenimiento y otras comodidades. El Plan Plata…».

«Espera, hombre —le digo, cambiando a español—. Vine aquí para estar con mi hija. ¿Puedes ahorrarte los rodeos e ir al grano?».

La cara de Raúl se nubla. Sus arrugas de preocupación se hacen más profundas. Lentamente, subraya una cifra: 36.736 dólares.

«¿Qué es eso?».

«El costo».

«No puede ser. ¿Tengo que pagar 36.736 dólares? ¿No dijiste que querías ayudarme?».

Raúl infla el pecho. «Hombre, esto no es la Cruz Roja».

***

El romance a distancia de mamá se encontró con un bache cuando el seductor le sacó un préstamo.

Y cuando siguió postergando los encuentros, ella condujo hasta Daytona y se apareció en la casa de su hermana.

Con la tenacidad de un fiscal, descubrió la verdad: el caballero estaba prácticamente en bancarrota y vivía de sus amigas virtuales.

Recordé aquella vez que me lo contó. «¿Cuánto le diste?», le pregunté sin rodeos.

«Le di un poco —reconoció—. Pero hablé con mujeres que le dieron mucho más».

***

«Espere aquí», dice Raúl, dirigiéndose a una oficina acristalada semejante a un terrario. En un escritorio está un hombre de pelo engominado y ojos separados, de reptil.

Me levanto para irme. Pero Raúl viene corriendo, y agita alegremente el impreso. «Convencí a mi jefe para que baje el precio».

Encima de la primera cifra, 36.736 dólares, hay otra: 29.692 dólares. También la subraya. Cuando cojo el papel, me lo arrebata.

«Seamos francos —dice, sonriendo ferozmente—. Su madre compró este tiempo compartido por diez mil dólares».

Unos miserables diez mil, da a entender con las cejas. Primero soy un dinosaurio y ahora un tacaño.

«¿O sea?».

«Hay que actualizar su contrato».

«¿Y si me niego?».

Su calva brilla mientras mira a su jefe, que se escarba los dientes con elaboradas contorsiones faciales. Al parecer, le dio una orden al personal: «¡Suban a bordo a todos los dinosaurios!».

«Mi hija me está esperando. Tengo que irme —le digo con tono decisivo—. Mi madre compró esto por capricho. La escritura ni siquiera es para una unidad específica; te meten en cualquiera que esté disponible. Las cuotas se disparan cada año y los recargos son inexplicables.

Mi hermana intentó venderla, pero el valor de reventa es nulo. Incluso intentó devolverla, pero la amenazaron con una demanda. En otras palabras, estamos jodidos. Y nuestros hijos también, por siempre. Esto es una estafa».

Con expresión acorralada, Raúl mira a la criatura del pantano.

«Un momento —dice en tono apaciguador—. Usted está desactualizado. Ahora las cosas son distintas. Hoy en día hay una nueva concepción de la propiedad. Lo que proporcionamos es tiempo. Tiempo para compartir con los suyos, momentos de calidad para reforzar los lazos familiares. Acéptelo,

está aquí porque su madre compró el tiempo compartido. Ella quería mantenerlo conectado a sus raíces. ¿No quiere lo mismo para su hija?» .

***

Después de veinte horas extenuantes, los buscadores encontraron los restos de la niña.

Se dieron pocos detalles, lo que parecía prudente.

Pienso en esos pobres padres que querían darle un regalo especial a su hija.

Un viaje al Reino Mágico, con sus castillos de cuentos de hadas y sus adorables personajes de dibujos animados.

¿Qué podría salir mal? Pienso en ese padre, revolcándose en el agua, enfrentándose a la bestia que devoró a su hija.

Y luego flagelándose para siempre por no haber podido salvarla.

***

Raúl se inclina para dar el puntillazo final. «¿Acaso su hija no necesita un vínculo con su patria? ¿Para que cada vez que venga se acuerde de usted?».

«¿Así como yo me acuerdo de mi madre?».

«Exactamente —dice, sin notar la ironía—. Es un resort espectacular a las puertas de Disney. Al final, ¿qué importa más que lo que sus hijos piensen de usted? ¿Cuál es el legado para su hija? ¿Qué le va a dejar?».

***

Afuera, el sol es implacable. El aire es húmedo y denso.

El vapor que sale del parqueadero hace difícil encontrar el carro que alquilé.

Paro a hacer unas compras, no en Winn-Dixie, sino en un mercado llamado Nuestra Tierra.

Los clientes charlan en un español agradable y suena salsa por los parlantes, lo que me hace sentir en casa.

Los canastos están repletos de mangos y cilantro, y el aire huele a plátanos fritos.

Me quedo en la zona de charcutería escuchando a la gente y tardo un rato en irme.

***

En la cocina de la villa, Marta empuña un cuchillo afilado. Está picando cebolla larga y le falta el cilantro. Olivia, resplandeciente con su vestido de baño color zapote, está absorta en una película de Disney.

«¿Por qué tardaste tanto? —me pregunta Marta—, Olivia lleva horas esperándote».

«Tuve que aguantar una perorata tediosa. Diseñada para presionarme hasta la sumisión. Me dijeron que sería un tonto si no actualizaba mi plan».

«¿Qué?, ¿a uno más caro?».

Le paso el contrato.

Cuando empieza una propaganda, Olivia se acerca. El gorro de baño le arruga la frente.

«¿Qué es eso?», pregunta en español.