Otras aguas La peluquera del barrio #2
95%

La peluquera del barrio #2

A veces sentía, debajo de mi capa, una conmoción innegable.

En esos momentos, yo pasaba por alto sus aspectos lamentables: su volatilidad, su crudeza y su indiferencia ante los límites de la paciencia de su oyente. Por no hablar de su creencias en adivinas y brujas.

Pero estas debilidades eran compensadas por su eterna devoción. «A todos les hablo de mi ilustre señor Trey, y les muestro la revista que usted me firmó».

Mi sonrisa no estaba motivada por sus halagos, sino por la sospecha de que ella nunca había leído una sola palabra mía. Sus lecturas se limitaban a las atrocidades del Q’hubo.

«Usted es un padre maravilloso —me decía cada vez que yo hablaba de Olivia—. No como ese perdedor con el que me encarté. ¿Cómo pude enamorarme de semejante vago? No me da ni un peso ni mueve un dedo para ayudar a criar a los niños. Con razón salieron delincuentes. Pasa todo el tiempo con sus mozas».

Sus ojos ardían en el espejo. «El viernes lloré hasta quedarme dormida. Cuando llegó a la casa, le di una paliza. Se arrastró por el piso y prometió cambiar».

Negó con la cabeza. «Lo que me enfurece es que no se le notan los años. Y mire el desastre que han hecho en mí».

***

Con el tiempo abandoné mis votos nupciales, pues habían perdido todo vestigio de significado. Llegaba a mi corte con olor a humo de bar y sin darme cuenta, todavía llevaba la pulsera del burdel. Noté cómo me miraba Marcela.

Una tarde le dije: «Uno puede llegar a enloquecerse si no tiene alguien a quien abrazar».

«Lo entiendo, don Trey».

«Especialmente cuando a uno le preocupa no contar con alguien de nuevo».

«La otra noche él se comportó como si me quisiera».

«Leí que la gente que vive sola muere siete años más temprano».

«¿Acaso él cree que me resignaré como antes? —Sus labios pintados de rojo se abrieron en una sonrisa—. La hechicera me dio un brebaje».

***

Un día en que la tensión en casa estaba en su apogeo, llamé a Marcela para decirle que iba para allá.

«No —dijo—. No puedo atenderlo».

«Entonces, ¿cuándo?».

«Mañana no puedo…».

Clic. Le colgué. Un apretón del pulgar; firme, decidido y gratificante… al principio. Pero luego me sentí mal. No acostumbraba colgarle a nadie. ¿Debería llamarla y disculparme? Pero eso sería admitir que lo había hecho a propósito. Mejor comportarme como si la llamada se hubiera caído.

Una semana después la saludé con cariño, pero no me miró a los ojos.

«Eso me dolió mucho, don Trey. Pensé que usted era distinto».

Mi cara de inocencia no fue convincente. En un arrebato de disgusto, yo la había decepcionado. La había tratado como a una mera prestadora de servicios que debía permanecer a mi disposición. En un instante, había caído de mi pedestal. Había demostrado ser indigno de su estima.

Después de eso se volvió hosca y distante. Se acabaron los mimos y los comentarios coquetos. Me trataba como a un cliente cualquiera. Mi penitencia fue tener que mirarme en el espejo.

***

Al cabo de unos meses se fue a Miami, un lugar con el que siempre había soñado. «Si él puede darme la espalda, yo también», dijo.

Después de su partida, ensayé en otros lugares, pero los resultados fueron decepcionantes. Empecé a usar una gorra en la calle. Llamaba cada mes para ver si ella había regresado.

Y de pronto volvió, llena de historias. Había viajado por toda la costa hasta Nueva Jersey, donde conoció a un joven instructor de taekwondo.

«Me decían asaltacunas —dijo riendo—. Vendrá a visitarme pronto».

La siguiente vez que la vi, se puso a llorar. El instructor le había incumplido y el salón, durante su ausencia, había quebrado. Le habían cortado la luz y los cobradores la acosaban. Todo ese tiempo su marido estuvo con la moza, y ahora la sinvergüenza estaba embarazada.

Se secó las lágrimas. «Lo eché, esta vez para siempre. Veinte años y me deja sin nada».

Cuando la llamé de nuevo, su voz sonaba rara. Pero yo ya estaba en la silla antes de poder identificarla.

«Espera», dije mientras su hermana prendía la máquina.

Ni un atisbo de reconocimiento cruzó su rostro. «Marcela está mal. La estoy cubriendo».

«¿Qué le pasa?».

«¿Cómo quiere que se lo corte?».

***

Una vez más, Marcela mira hacia la ventana. Está demacrada y agotada, pero impávida.

«La semana pasada, esa descarada tuvo a su bebé».

«No puedo creer que te vayas, Marcela».

«Lo peor es el dominio que tiene sobre los muchachos».

«¿No vas a extrañar el barrio?».

«Mis hijos sabían todo sobre ella y no dijeron nada».

«Parece que ya no volveré por acá».

«Y ahora está allá con ella, con su otro hijo, su mamá y la bebé».

«Eres el último vínculo que tengo con este lugar».

«Por fin —se ríe mordaz—, le va a tocar trabajar».

«Olivia está viviendo con su madre».

«Por eso le asusta que me vaya».

«Su madre dice que Olivia no quiere verme».

«Tuve una pelea con mi hijo mayor».

«Sé que no es cierto».

«Su papá se quedó mirando y no hizo nada».

«Ya casi es su cumpleaños».

«Lo voy a denunciar».

«No sé qué voy a hacer».

«El malparido se llevó todo lo mío».

Un carro se detiene y se oyen pasos rápidos en la gravilla. Luego se escucha un golpe en la puerta. Tengo la sensación de que no debería haber venido. Marcela parece despreocupada.

Los golpes se hacen más insistentes. Finalmente se detienen. La gravilla cruje y el carro se aleja.

«Voy a extrañar tus cortes».

«Mmm».

«¿Qué harás allá?».

«No estoy segura. —Cepilla mi capa y la retira—. Empezar de nuevo, supongo».

Me levanto y me miro en el espejo. Luego le paso unos billetes. Por un momento creo que los va a rechazar. En cambio, sonríe levemente y me aprieta la mano.

«Gracias, don Trey. Cuídese».

«Tú también, Marcela».

Salgo al resplandor sintiéndome observado. El asiento del carro me quema como una plancha. Dándole una última mirada al salón de Marcela, recuerdo la primera vez que fui.

Paso por el apartamento donde vivía en aquel entonces. El vigilante de la esquina no me parece conocido. Al pasar por las acacias donde empujaba el cochecito de Olivia, veo que nuestra casa está en venta.

Hay otros barrios, me digo. Hay otras peluqueras.