La peluquera del barrio
Una tarde bochornosa en pleno verano, llamo a Marcela, que me corta el pelo desde hace veinte años, para ver si me puede atender. Duda, pero luego acepta.
Cuando llego, la peluquería está cerrada. Vuelvo a llamar desde el carro y nadie responde. Finalmente, se entreabre la puerta.
Adentro, las sillas del salón son siluetas oscuras. El radio, que siempre retumba con salsa y propagandas, ha quedado en silencio. No se ve ni una clienta ni una manicurista. En un rincón hay una pila de cajas abultadas.
«Me voy», dice Marcela, su rostro difuso en la penumbra.
«¿Vas a cerrar tu negocio?».
«Me voy a vivir con unos parientes en Texas».
Me acomodo en la silla de siempre. Las paredes están vacías salvo por el gran retrato enmarcado de Marcela cuando era joven y bella. Me recuerda a Sônia Braga en Gabriela, clavo y canela.
Ya no se ve así.
«Si me quedo un día más aquí, me muero».
Me fui del barrio hace un año cuando mi matrimonio se fue a pique por segunda vez y definitivamente.
Voy cada mes para que Marcela me corte el pelo.
No confío en nadie más. Debe haber otras, pero ¿para qué correr el riesgo?
No es que mi pelo sea gran cosa. De hecho, me queda muy poco.
Pero de eso se trata: un descuido y no queda nada.
Sin embargo, no es solo el pelo.
«Lamento oír eso», le digo.
«Todo va de mal en peor». Sus ojos se deslizan hacia la ventana.
***
Hace casi veinte años, cuando fui por primera vez, Marcela me recibió muy bien.
Me envolvió en una capa y la apretó con fuerza.
Impregnado por la fragancia del talco y el champú, el zumbido de los secadores y la melodía de las voces, me sentí como un intruso en un mundo femenino resguardado. Atraído a la guarida de Circe.
Marcela me atendió como a un dignatario extranjero. Mientras sus dedos me masajeaban el cráneo y su pecho rozaba mis hombros, me colmó de halagos: «¡Qué caballero! ¡Qué señor tan interesante!». Y me acribilló a preguntas: ¿Acababa de llegar de Estados Unidos? ¿Vivía solo?
La impresión que di de vivir solo no era del todo cierta. Una estudiante de teatro se estaba quedando conmigo. Las cosas avanzaron y nos mudamos juntos a una casa cercana.
Marcela quería saber más. Dijo que las chicas de las uñas nos habían visto en el mercado. Quería saber cómo era Marta y cómo se peinaba.
«Dígale que le haré un corte gratuito».
«Claro», respondí. Pero nunca se lo dije.
Cuando no indagaba en mis asuntos personales, Marcela recordaba su juventud en Bogotá. Subía la voz al hablar maravillas de la capital —la rumba, los pretendientes, su carrera como modelo—, todo era genial hasta que se enredó con un caleño y terminó varada aquí.
Se refería a la figura fantasmal que a veces deambulaba por el salón. Tenía una mata de pelo crespo y una agradable cara juvenil. Ella nunca nos presentó. Nos mirábamos con obstinado desinterés mientras su esposa me consentía.
Me pregunté si ella sería igual con los otros clientes masculinos, aunque nunca vi a ninguno.
Siempre que Marcela preguntaba por Marta, yo le hablaba de nuestro jardín o de los viajes a la costa, dando a entender que todo estaba bien.
Las manicuristas mascachicles, pegadas a la tele, fingían no prestar atención.
Marcela las contrataba por medio de un aviso en Q’hubo y les pagaba por comisión.
No tardaban en descubrir que el dinero no alcanzaba para nada y eran remplazadas por las próximas en la lista.
Marcela les tenía desconfianza y las vigilaba.
A veces las veías atrás, por los lavacabezas, hablando en voz baja con su marido.
Marcela nunca mencionaba su nombre. Al parecer, no tenía trabajo.
Acostumbraba pedirle dinero y llegar de madrugada sin un peso.
Además de administrar el salón, Marcela hacía las tareas domésticas y se encargaba de sus dos hijos jóvenes.
Ahorró para comprar la casa que alquilaba, pero cuando su marido le pidió que lo ayudara a montar un negocio de carros usados, ella le entregó todos sus ahorros.
Solo para ver cómo él los perdía hasta el último centavo.
Poco después, hicieron un robo en el salón y ella sospechó de una manicurista.
Me susurraba todo esto de manera confidencial, su cálido aliento en mi cuello, sus pechos en mi espalda. Sentí que debía corresponderle, y entonces le confié que Marta me venía dando largas, posponiendo siempre el embarazo.
Marcela escuchó atentamente, con las tijeras detenidas. Su afán por conocer los detalles era tan poco sutil como su rubor.
«Le dije que no podía esperar más».
Qué lástima, dijo Marcela. Un señor tan amable y respetable como yo, que con seguridad sería un padre maravilloso, privado del regalo más bello de la vida.
Un día admitió que espiaba a su marido. Lo siguió a una discoteca y lo pilló con una manicurista, la misma a la que culpaba del robo.
Se abalanzó sobre esa malparida —demasiado joven, con tatuajes y piercings— y la tiró a la pista de baile.
Todos gritaron y retrocedieron. El reguetón continuó retumbando.
Las dos mujeres seguían agarradas cuando llegó la patrulla.
Se le dilataron las fosas nasales al contarlo.
Una parte de mí se sorprendió por lo que ella había hecho. Pero otra parte sentía que podría hacer aún más.
***
Vuelve a mirar a la ventana.
«Y ahora, imagínese, no quiere que me vaya —su voz destila sarcasmo—. No quiere matar a la gallina de los huevos de oro».
Con las tijeras apuntándome, me muevo inquieto. Hilos de sol penetran por los bordes de las cortinas. Un ventilador recicla el aire estancado.
Contemplo el espejo que me conoce tan bien.
Ningún espejo revela tanto como el de la peluquería.
El espejo del almacén lo miras de paso. Al del baño lo aprendiste a engañar.
Pero el espejo de Marcela escudriña tu alma.
¿Será la calidad del cristal? ¿Es de mayor resolución?
No hay defecto tuyo que pase desapercibido.
Todos los estragos de los años. Desconcertado, desvías la mirada.
Pero cuando vuelves a mirar, es aún más cruel.
Cada mes, durante veinte años, has tenido que afrontar este juicio. No puedes cerrar los ojos porque sería descortés. Así que tienes que mirar a Marcela: la diva del retrato y la estilista acabada con sus dedos en tu pelo.
Pero ¿quién eres tú para decirle acabada? Mírate bien en el espejo.
***
«¿Nada del bebé?», preguntaba Marcela.
Negabas con la cabeza. «Me mantiene a oscuras sobre sus ciclos. Por lo que sé, está tomando anticonceptivos».
«Exactamente», dijo Marcela.
«Al fin la convencí de que fuera donde un especialista. Pero el día de la cita se echó para atrás. Me llamó desde la casa de su hermana y le dije que se quedara allá, que yo necesitaba pensar en el futuro de nuestra relación».
«¡Muy bien!», dijo Marcela. Nuestras miradas se encontraron en el espejo.
***
El siguiente mes, Marcela me preguntó: «Qué pasó. ¿Tu esposa regresó a casa?»
«No —dije—. Se fue a Bogotá. A estudiar actuación».
«¿Cómo así? ¿Y qué piensas?».
«Si eso es lo que necesita hacer…».
***
La siguiente cita, mientras Marcela acomodaba mi silla, me dijo que quería presentarme a alguien.
Antes de poder objetar, vi a una mujer bajar las escaleras: su hermana, recién llegada de Bogotá, con las heridas de un divorcio desagradable.
Aunque tenía un ligero parecido, eso era todo.
Detectó rápidamente mi falta de interés y pasé todo el tiempo intentando remediar las cosas.
***
Unos meses después, Marcela me preguntó sobre las últimas noticias de Marta.
«Regresó», dije.
«¿Cómo? ¿Qué dijo?».
«No mucho».
«¿Cómo le fue con la actuación?».
«Nunca fue muy buena para compartir sus sentimientos conmigo».
«¿Quiere decir que las cosas podrían no funcionar?».
***
No mucho después le di la noticia: Marta estaba embarazada.
Marcela pareció desconcertada. «¿Qué va a hacer usted?».
Le dije que no sabía, pero la mantuve informada.
Fueron nueve meses brutales, con Marta nauseabunda e irritable, como si tuviera rabia conmigo.
Viví con un temor constante de que perdiera a la bebé.
Marcela escuchaba con atención. Me tranquilizaba y recomendaba brebajes.
Pero al final, Olivia nació sana. Por fin, yo era padre.
La larga espera para serlo hizo que fuera más grato.
Pronto, yo estaba empujando su cochecito por el barrio, que ahora, con su llegada, sentía más como mi hogar.
Pasamos por las modestas casas encaladas a lo largo de las calles arboladas.
El vigilante, don Gonzalo, hacía sus rondas cantando: «Me dejaste / con la puerta abierta. / Me dejaste / con la puerta abierta».
Para impresionar a Olivia, blandía su bolillo y recreaba sus altercados con bandidos.
Mi celebración favorita era la Noche de las Velitas, cuando un mar de llamas diminutas me producía una sensación de serenidad. Qué bonito, les decía a los vecinos cuando pasábamos. Tendían a considerarme amablemente distante, pero me perdonaban porque habían tenido sus roces con Marta.
Por impulso, pasé por el salón de Marcela.
Consideré el riesgo y creí que Olivia no me delataría.
No es que Marta se hubiera puesto celosa, pero habría sido algo más para usar en mi contra.
Estaba sentada en la entrada con sus dos hijos, iluminados por una miríada de llamas titilantes.
Hizo un alboroto al ver a Olivia y cantó alabanzas a su padre.
Luego le dio una colombina y le dijo que fuera a visitarla.
Varias veces la llevé. Se paraba a mi lado para observar de cerca y le preguntaba a Marcela por lo que estaba pasando. Luego aceptaba la colombina.
A veces iba al salón después de discutir con Marta, con quien había dejado de compartir la cama. Me quejaba de que ella intentaba poner a Olivia en mi contra. Durante mucho tiempo me había impedido tener un hijo y ahora quería distanciarnos.
Por eso agradecía la animada charla de Marcela y el consuelo de sus manos comprensivas.
Pero había otra cosa, algo más visceral.
Una frescura en la voz, una picardía en su actitud y ese curioso contacto que hacía con sus senos.
Me entretenía con historias de sus aventuras juveniles e insinuaba cosas que no contaba.
Mi mirada se desviaba del retrato idílico a la esteticista ajada en la que se había convertido.
Aunque ya no era una diva, seguía siendo atractiva y, al parecer, dispuesta.