La Cima
Era un viernes por la noche y los rumberos de La Cima se habían volcado a la calle.
Un letrero de neón azul centelleaba sobre la puerta.
Era una calle angosta y pendiente en la parte vieja de la ciudad, antes próspera, y ahora en franca decadencia.
Algunos edificios estaban tapiados y ocupados ilegalmente.
Al menos sus habitantes no se quejaban del ruido.
Llegué en taxi, tomando una Águila. En La Cima siempre podías encontrar con quien hablar, alguien que habías visto allí antes.
La primera cara conocida fue la de Guillermo, quien me había llevado al bar.
Lo conocí a través de Marta, que hizo una audición para su película.
Una película que, resultó, llevaba treinta años haciendo.
Flaco, con el rostro demacrado y un incongruente flequillo infantil, estaba hablando con algunos clientes habituales: Federico, un baterista que siempre estaba gorreando licor; Trujillo, que hacía sandalias y hablaba sin parar, y Alfonso, que vendía sus libros autoeditados.
Habían soñado en su juventud con ser importantes, y ahora, cerca de los sesenta, seguían soñando.
Me saludaron con una ronda de abrazos zalameros y reanudaron su discusión sobre Andrés Caicedo.
Un tema perpetuo. El ídolo literario de la ciudad se había suicidado a los veinticinco.
Vivir más allá de esa edad era una vergüenza, había escrito en su célebre novela.
Muchos clientes decían que habían sido sus amigos del alma, y otros aseguraban que habían estado en el M-19, el grupo guerrillero desmovilizado y romantizado.
Rememoraron la época en que Cali era un próspero centro cultural y debatieron las razones de su declive.
¿Habían sucumbido los artistas a los encantos de Bogotá?
¿O fueron obligados a vivir bajo tierra, en cualquier sentido de la palabra?
Pero, aquí en La Cima, el tiempo se había detenido; los días de gloria se habían preservado; no en ámbar, sino en alcohol.
Adentro, la salsa retumbaba. Habían arrinconado las mesas y la gente bailaba.
El bar había sido una tienda de barrio. Una foto del fundador colgaba en la pared, y sus progenitores, que vivían en la parte de atrás, todavía anotaban las cuentas de los clientes en un cuaderno de espiral.
Los estantes exhibían una colección de botellas y fotos de clientes en varias poses: como miembros de la banda de Jesse James y como discípulos en la última cena.
Para muchos, La Cima era su refugio. Podías verlos tomando cerveza a la hora del almuerzo, que tendía a durar toda la tarde. Incluso iban allá el día de Navidad, a falta de otro lugar.
Al principio, esta mescolanza de personajes me asombró.
Sentí una superioridad culposa porque, a diferencia de ellos, yo tenía un trabajo y un hogar.
Pero eso se hizo añicos cuando Marta se fue a Bogotá, así como la cálida sensación que se tiene al pensar en el hogar.
Y desde entonces yo encajaba perfectamente con los demás.
Todas las miradas estaban puestas en una bailarina conocida como la Duquesa, una figura luminosa que le daba un toque de clase al lugar.
Robusta e imponente, con un pecho enorme y lleno de pecas, tenía una melena majestuosa y el rostro de una aristócrata venida a menos.
Su Land Rover plateado, fruto de las migajas de su divorcio, estaba parqueado al frente.
«¡Trey!», gritó con su voz sensual. Mientras giraba, me dirigió una amplia sonrisa. Noté las serpentinas y los globos. Era su cumpleaños.
Pedí una cerveza y un ron doble. Luego entré al baño, diminuto como una cabina telefónica, donde me empolvé la nariz y salí como Supermán.
El perico era un hábito que había adquirido en La Cima.
Un vendedor zarrapastroso con barba de profeta lo llevaba en su canasto de hierbas.
La noche se hizo más vívida y urgente. Me senté al lado de Libardo, un tipo calvo y rechoncho con voz resonante y gafas enormes.
Hojeaba un paquete de fotos manoseadas. Tenía los ojos enrojecidos.
Si lo pillabas temprano, era la persona más aguda del lugar; pero ahora arrastraba las palabras.
Parecía lloriquear por su perro. A diferencia de los otros clientes, Libardo sí había sido cercano a Caicedo.
Todavía lo buscaban los periodistas jóvenes, que pedían ver las fotos y las cartas, algunas recibidas poco antes de la muerte de Caicedo.
Hijo de un político, Libardo había sido un fotógrafo talentoso.
Había viajado por el mundo, parrandeado con Juan Rulfo, bailado con Sônia Braga y hecho un favor sexual a Manuel Puig.
Pero su vida se vino a pique después de varios accidentes, incluyendo una caída borracho desde un balcón en París. Su familia le redujo la ayuda a un pequeño estipendio mensual.
Iba todos los días a La Cima, salvo los domingos, cuando estaba cerrado.
Salía de su casa alrededor del mediodía, acompañado de Edison, su perro fiel.
La caminata tardaba menos de una hora, pero ellos la hacían en seis.
Cojeando con su bastón, Libardo paraba a leer el periódico, comer fritanga y charlar con cualquiera que se cruzara en su camino.
Un día, cuando él cayó enfermo y no pudo salir, Edison emprendió el viaje solo.
Secándose las lágrimas, con cara de alegría al verme, Libardo me mostró fotos de su juventud. Peludo y barbado, saludable, incluso apuesto, posaba con Caicedo y otros personajes. Le dije que debería tener más cuidado con sus fotos.
«Me importan un culo —dijo—, nada importa ahora que Edison se fue».
«¿Qué?».
«Esta es la última que le tomé». Señaló con el dedo una foto de Edison. «Lo envenenaron —dijo—. Sé que fueron los vecinos. Ya me habían envenenado el gato».
Le ofrecí un trago antes de que él me lo pidiera. Habló largo rato de su afecto por Edison y luego hizo una confesión sorprendente: él mismo lo había envenenado.
«¡No!», exclamé.
Sí, gimió Libardo. Había metido la comida envenenada en el bolsillo (yo no podía entender por qué) y más tarde, borracho, se la dio al perro.
***
Miré hacia afuera y sentí una punzada de deseo tan afilada como una astilla.
Allí, bajo el brillo del letrero azul, estaba Luz, mi antigua estudiante y amor frustrado.
De pelo y ojos oscuros, medias negras y brazaletes de plata, un signo del zodiaco tatuado en el hombro, exudaba una sensualidad de ensueño.
«Esperaba que estuvieras aquí. —Su voz era suave y cadenciosa—. Vuelvo enseguida. Tengo una sorpresa».
Vi cómo su esbelta figura se alejaba. Había madurado muy pronto; bien dotada a los trece años, había sido asediada por los hombres.
Fue buena estudiante en la universidad. Sin embargo, trabajaba como mesera o profesora sustituta de preescolar.
Se sentía atraída por lo oculto: horóscopos, ovnis y rocas pulidas que predecían el futuro.
Creía en la reencarnación y pensaba que las feromonas eran la clave de la atracción sexual.
Escribía poesía e idolatraba a Andrés Caicedo.
Había vivido con un tipo en una cabaña en el bosque.
Era apenas un lugar para estar un rato, pero terminó pasando tres años allá.
Desde entonces, cambiaba de apartamento con frecuencia, viviendo a menudo con extraños.
Eran sitios con colchonetas delgadas como arepas, paredes sin pintar y un flujo de personas trabándose y tirando.
Había peleas frecuentes por daños y deudas.
Su estilo de vida evocaba recuerdos de juventud, años llenos de caos y añoranza.
***
Mientras yo esperaba a Luz, Trujillo, el locuaz artesano de sandalias, me arrinconó.
Al igual que muchos en La Cima, al principio parecía normal, pero pronto sospechabas que tenía algo raro.
Se acercó casi hasta tocarme y me contó todo lo que sabía sobre el vallenato.
Vivía con su hermana en una casa grande heredada de su madre.
Hacía sandalias en el sótano y las vendía a los turistas en San Andrés.
El año anterior había viajado a Cuba para simular un matrimonio.
La mujer cubana le ofreció una suma considerable.
Pero cuando lo interrogaron en el aeropuerto, Trujillo se puso nervioso y lo devolvieron a Colombia.
No solo no tenía una relación amorosa con la mujer, sino que no la conocía y, además, era gay.
Añadió que, por principio, nunca pagaba por sexo.
Ah, sí, tal vez regalaría un par de sandalias, pero dinero, nunca.
Me informó que Kiko, otro cliente, un pintor, había muerto en un accidente extraño. Al llegar a casa después de una borrachera, descubrió que había perdido la llave. Trepó por la tubería del desagüe para entrar por la ventana, pero se cayó y se rompió el cuello.
Otro final trágico para un asiduo de La Cima.
Uno a uno, muchos fueron encontrando tumbas tempranas.
Un violonchelista se ahorcó, un actor sufrió un derrame y un grafitero fue atropellado por un carro.
Otros se acercaban rápidamente a su fin.
Como Emilio, que sufría delirium tremens, y Rafa, su primo, a quien le gustaba mostrar la cicatriz como cremallera de su cirugía a corazón abierto.
Y a menudo ocurrían situaciones peligrosas. La semana anterior, un grupo grande de delincuentes armados con cuchillos y garrotes persiguieron a un joven que, según afirmaron, le había robado el celular a la novia de uno de ellos. Para escapar, el delincuente corrió a La Cima.
Estaba comenzando a oscurecer cuando llegó la multitud de delincuentes.
Un tipo grande, con cola de caballo, llamado Armando —que sí había sido militante del M-19—, se enfrentó a la turba furibunda.
La contuvo para dejar que el chico se escapara.
Libardo se escondió en el baño con las mujeres, algo que le valió una avalancha de burlas.
¿Qué habría hecho yo?, me pregunté. ¿Mostrar valor como Armando o esconderme como Libardo? Tuve suerte de no estar allá.
De repente, todos salieron a la calle. Era hora de romper la piñata.
Con los ojos vendados, la Duquesa blandió una escoba.
Vi que la piñata tenía forma de pene. Después de dos golpes fallidos, la Duquesa le dio un palazo certero, esparciendo un gran surtido de juguetes sexuales: dildos, vibradores, esposas, cuentas… Todos pelearon por los premios.
***
Luz regresó con una botella de un líquido oscuro. «Toma un sorbo», dijo.
Esa mañana, en un potrero lleno de boñiga, había recogido hongos. Luego los había hervido en aguapanela. Yo nunca había probado los hongos, pero este parecía ser el momento. Tomé un sorbo y le pregunté a Luz si tenía novio.
«Con todos mis amigos siempre existe la posibilidad de que pase algo».
Los hongos empezaron a hacer efecto. Era diferente al de otras drogas que había probado. En la calle, la multitud se había multiplicado. El resplandor rojo de los cigarrillos salpicaba la noche. Un carro se abrió paso entre la multitud, que se separó como si fuera un rebaño de ovejas.
«Anoche soñé contigo —susurró Luz—. Cuando me desperté, escribí estas líneas: “En la escasa luz del amanecer, pido a un sol tímido tus ojos”».
Fuimos interrumpidos súbitamente por Trujillo y por un tipo muy alto llamado Raúl.
Al igual que su amigo, daba una buena impresión inicial, hasta que empezaba a hablar en círculos.
Me quedé en blanco por un rato y cuando volví en mí, estaban conversando sobre yoga.
A Raúl lo habían atrapado transportando drogas hacia Estados Unidos y había pasado un tiempo en una prisión federal.
Todas las mañanas hacía su rutina de yoga mientras los reclusos lo miraban desconcertados, perplejos ante esa jirafa sentada con las piernas cruzadas sobre una colchoneta.
Parecía tener un poder extraordinario. Uno a uno, pidieron unirse a él, hasta que tuvo a treinta hombres practicando su rutina.
Luz propuso subir la colina. Por desgracia, Trujillo y Raúl se nos pegaron.
La estrecha calle adoquinada estaba bordeada por casas de estilo colonial con barandillas de hierro forjado y un sinfín de matas capuchinas.
Mientras caminaba por las piedras irregulares, sentí que vivía en una época anterior.
En la capilla centenaria ubicada en la cima de la colina, Luz trepó por la alta pared de piedra. Nos unimos a ella y contemplamos la vista deslumbrante, con las luces de la ciudad resplandeciendo abajo. La brisa estaba perfumada con el cannabis de los grupos de jóvenes diseminados por la colina.
Se veían el Dann Carlton y el Intercontinental, donde se alojaban los extranjeros que venían por negocios.
La conversación alucinógena divagaba: Raúl con sus reflexiones pseudofilosóficas, Trujillo con sus disparates maníacos y Luz con su maravillosa ligereza de espíritu. Cuatro almas perdidas entregándose a la noche.
«La vejez empieza —sentenció Raúl— cuando el pasado pesa más que el futuro».
Un hombre desgreñado nos pidió una limosna. Como era de esperar, se dirigió a mí.
«Soy colombiano», le dije.
Mis pensamientos transcurrían bruscamente, sin freno. A diferencia de otras drogas, sentía que estaba perdiendo el control. No solo del momento, sino también de mi vida.
Luz se recostó en mí. «Vamos a mi casa».
Una vez más, no pudimos deshacernos de Trujillo ni de Raúl. En el apartamento de Luz seguía la rumba, una fiesta para músicos que habían venido de Bogotá. Un tipo con rastas tocaba guitarra y tomamos tragos de tequila. Estaba tan cansado que no podía sentir mi cuerpo.
***
Me desperté en mi cama todavía con la ropa puesta.
Tenía la lengua hinchada y correosa. Traté de recordar cómo había llegado a casa.
Fragmentos de conversaciones llegaron de manera aleatoria.
Permanecí en medio de una niebla toda la tarde, incapaz de leer o trabajar en traducciones.
Había tratado de ocultar todos los recuerdos de Marta (el tapiz, las fotos, los recordatorios de nuestros viajes), pero hasta el salero la traía a mi mente.
Sintiéndome inquieto y claustrofóbico cuando caía la noche, tomé un taxi de regreso a La Cima.