Otras aguas Cali Comején
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Cali Comején

Al caminar descalzo por las baldosas, yo podía sentirlos.

Pequeñas bolitas molestas, como granos diminutos de arena: el repugnante comején.

Y lo más exasperante era el simple hecho de saber que estaban ahí, mordisqueando el techo machimbrado, los armarios, los muebles, las puertas.

¿Cuándo las cosas habían empeorado tanto?

Empecé a vivir con Marta hace una década. Compré la casa en parte para retenerla. Marta le tenía miedo al compromiso. Le dije que como ya pasábamos casi todas las noches juntos, ¿para qué malgastar su dinero en alquiler? Podíamos asumirlo como un ensayo, sin ningún compromiso.

Nos pasamos a la casa sin terminar las reformas. Marta se cansó de tener obreros a su alrededor. Varias veces estuvo a punto de irse. El tipo que instaló el techo de madera dijo que lo había inmunizado.

Me quité el polvo de los pies y me puse las sandalias.

El problema comenzó lentamente, y luego se descontroló.

Los gránulos llovían del techo y aparecían debajo de los muebles.

Hendiduras feas que desfiguraban la madera como marcas de dientes hechas por una bestia.

A menudo en lugares donde casi nunca mirabas: una invasión furtiva e insidiosa.

Unos días antes, una silla de bambú se había partido en pedazos. Ocurrió durante una discusión con Marta.

«¡Estoy harto! —le dije—. Me has estado engatusando: ¡siempre dices que no estás lista! Ya casi cumples cuarenta y puede que sea demasiado tarde. ¿Por qué no me dijiste que no querías tener hijos?».

Levanté la silla y la tiré contra el piso.

Marta abrió los ojos y retrocedió asustada.

Anonadado por mi arrebato, levanté una pata de la silla. «Mira, no fui yo. Fue el comején. Está destruyendo nuestro hogar».

«¿Y quién tiene la culpa?».

«No soy yo —dije—. Quería hacer reparaciones. Pero no me dejaste».

Marta apartó la mirada, como si quisiera estar en otro lugar.

Al principio fui paciente, extremadamente paciente, diría yo, sobre todo después del aborto espontáneo.

Esperé varios años antes de volver a mencionarlo.

Pero cuando lo hacía, ella se enojaba y no me hablaba.

Pasaba meses sin decir nada y, si yo tocaba el tema, me acusaba de presionarla.

Todo llegó a un punto en que afectó nuestra vida sexual.

No me dejaba conocer su ventana de la fertilidad, y si yo quería hacer el amor, ella sospechaba de mi motivo.

Entonces miró la silla rota y se cruzó de brazos, desafiante. «El problema no soy yo. Es tu esperma, que es defectuoso».

Una vena latía en mi sien. «Mi esperma está bien».

«¿Con toda la marihuana que fumas?».

«Te dejé preñada, ¿no?».

«Pero eso fue hace varios años».

«Y si mi esperma está más débil, ¿quién tiene la culpa del retraso? No puedo esperar más. O te pones seria o…».

«¿O qué?».

***

Esperé a ver qué hacía Marta. Casi con cincuenta años, me preocupaba no ser padre nunca.

Los tiempos se volverían sombríos a medida que el vacío creciera.

Había llegado al punto de envidiar a la gente que tenía hijos.

Evitaba las reuniones familiares y, si veía a un hombre con su hijo, miraba hacia otro lado.

Me parecía que todo giraba alrededor de los niños: las vacaciones, los parques de atracciones, los deportes.

Sentía que me faltaba una parte vital de la vida, algo que la haría completa.

Culpaba a Marta por hacerme pasar por esto y ella me culpaba por presionarla. Los reproches nos estaban carcomiendo.

Sin embargo, Marta tenía sus razones para no querer tener hijos.

Había crecido en la pobreza y, mientras trataba de huir de su situación, se había enredado en una relación tóxica.

Sufría de ansiedad, insomnio y fobias. Intenté ser paciente.

No quería perderla. Recordé nuestro entusiasmo cuando estrenamos la casa. Le hicimos un patio y un jardín.

Una mañana se fue a la panadería y, momentos después, un vecino se acercó gritando:«¡Tu mujer se accidentó!».

Sin camiseta y en pantaloneta, empecé a correr. Había chocado el carro contra un árbol. Me abrí paso entre los curiosos y oí a Marta gritar: «¡Vayan por Trey!». Tenía la cara untada de sangre. Aún sentía el mismo pánico ante la idea de perderla.

***

Estaba en mi escritorio cuando Marta golpeó la puerta. Yo había empezado a cerrarla para evitar roces.

«¡Mira esto!», gritó Marta. Sostenía toda la investigación para su tesis sobre la historia de su pueblo.

Los papeles estaban repletos de huecos. Formaban patrones que parecían jeroglíficos siniestros.

Mientras ella hojeaba las páginas roídas, me mantuve a una distancia prudente.

De repente, soltó una extraña carcajada burlona.

«¡No lo vas a creer!».

Y levantó un documento repleto de términos legales, con palabras en negrita y en mayúsculas. Era nuestro certificado de matrimonio.

Unos años antes nos habríamos reído, pero ahora la ironía era demasiado cruel. Con cautela, volví a mi estudio. Pero no fui capaz de trabajar.

Cuando salí, vi a Marta gesticular contra el aire. «¡Allá hay otro!». Juntó las manos y se las miró en busca de rastros.

«¿Pueden volar?», pregunté.

«Me estoy volviendo loca», dijo, apartando bolitas de la cama.

«¿Qué son?».

«Supongo que madera».

«Si es madera, ¿por qué esos malditos insectos no se la comen?». Me acerqué y apoyé la rodilla en la cama.

«¡No hagas eso! —gritó Marta—. Podría desmoronarse. El armazón y las tablas ya están carcomidas. El colchón está invadido».

***

La cita de Marta era el viernes por la tarde. A las siete, no había llegado a la casa. Así que fui a un bar llamado La Cima. A eso de las nueve recibí una llamada.

«¿Dónde estás? —Era Marta. Apenas podía oírla en medio de la multitud—. ¿Viste la carta?».

«¿Cuál carta?».

«Te dejé una carta… Perdí la cita».

«¿Dónde estás?».

«En casa de mi hermana».

Encontré la carta sobre la cama, de dos páginas, con su letra inclinada.

Decía que no podía más. Que era demasiado. Ya tenía suficientes problemas para cuidarse a sí misma. «Me siento miserable —escribió—. Siento que nunca he logrado nada. ¡Y hay tantas cosas que quiero hacer!».

Marta me llamó más tarde y propuso ir a la casa y hablar. Le dije que no, que necesitaba tiempo para pensar.

***

Esa noche me quedé solo con el comején. Si acallaba mis pensamientos ensordecedores, yo podía oírlo, consumiendo lo que quedaba de nuestro hogar. Tenía la inquietante sensación de que unas fuerzas nefastas habían tomado el control de mi vida.

Tener un hijo me parecía de lo más natural. ¿Por qué tenía que ser tan difícil?

Con el paso de los días, el comején se multiplicó. Los repugnantes gránulos estaban por todas partes: en mi escritorio, en el mesón de la cocina y a lo largo de los guardaescobas. Y los malditos volaban. Una mañana, al despertar, encontré uno en mi oreja.

Busqué «comején» en internet.

Insecto que establece su colonia en el interior de la madera y se alimenta de la celulosa que contiene. Una señal de su presencia son sus excreciones, que parecen pequeños gránulos de arena. Estos son expulsados a medida que la colonia se expande, para darles espacio a los nuevos miembros.

Una pareja de reproductores penetra en la madera y la reina comienza a poner huevos. La colonia puede tener miles de miembros. A los reproductores les crecen alas y vuelan para establecer nuevas colonias.

Miles en cada colonia; era más de lo que yo podía soportar. Le escribí a un amigo en busca de consejo. Como él quería a Marta, me advirtió del riesgo de «desechar algo bueno».

Me inclino a decir que ustedes deberían tratar de sobrellevar la situación, con el acuerdo explícito de que no tendrán hijos (pues Marta parece estar totalmente en contra de la idea) y de que lo harán sin resentimientos. Es mucho pedir, lo sé.

Janet comprende tu deseo de tener hijos y lo importante que es para ti.

Es que no me gustaría que te sintieras solo, amigo, y me preocupa que, a nuestra edad, se nos esté acabando el tiempo (aunque Janet dice que por eso es tan importante tener un hijo). No sé si mi consejo es el mejor o si estoy defendiendo el statu quo desde cierta cobardía emocional latente…

Tal vez mi amigo tenía razón. Si me sobrepasaba, corría el riesgo de quedarme sin nada. Posiblemente un ultimátum la alejaría más.

Buscando un respiro de estos pensamientos circulares, miré los libros en mis estantes. Al menos tendría más tiempo para leer. Saqué un libro que había estado postergando porque tenía quinientas páginas. Pero el título parecía oportuno: Sin remedio.

Al abrirlo, quedé aterrado. Contemplé lo que parecía ser una ciudad excavada, una vasta infraestructura de murallas y túneles. Pero no vi ningún comején. Parecían haber emprendido nuevas conquistas.

***

Me despertó una llamada. Era Marta, preguntando si podía venir por sus cosas. Si me parecía mejor, podría hacerlo cuando yo no estuviera.

«No hay problema», dije.

«Me voy para Bogotá».

«¿Por cuánto tiempo?».

«No sé. Es donde debes estar si te tomas en serio la actuación».

«Tienes razón», dije en tono comprensivo.

Me apresuré a ordenar la casa. Barrí montones de bolitas y recogí montañas de ropa sucia. Lavé algunos platos y metí el resto en los gabinetes. Temía que llegara antes de irme a trabajar, pero luego me decepcionó que no lo hiciera.

Al regresar, noté que había estado en la casa. No podía decir qué se había llevado porque nunca fisgoneé en sus cosas. Ella tampoco fisgoneó en las mías. Era algo que habíamos acordado desde el principio.

Abrí el clóset de Marta, el acto más osado que estaba dispuesto a hacer, y vi ganchos vacíos. Me pregunté qué ropa se habría llevado, dónde la usaría y con quién.

***

Tras su partida me sentí a la deriva. En diez años, casi nunca nos habíamos separado. Ir a los bares y cuidar mis guayabos me ayudó a pasar los días más difíciles. Mi jíbaro me mantuvo bien abastecido. Si la marihuana reducía la fertilidad, ¿qué importaba ahora?

Intenté mantenerme ocupado. Leer no ayudaba porque las páginas mutiladas pusieron de relieve mi desgracia. Y el silencio no me dejaba concentrar. Estaba acostumbrado al radio de Marta: ¡Bla, bla, bla! ¡Ja, ja, ja! Para mi sorpresa, extrañé oírlo.

Una noche vi a una lagartija trepar al globo de la lámpara en la entrada.

Y luego se deslizó al interior. Pronto, una lagartija más pequeña se arrastró al globo y miró a su pareja.

¿El macho había entrado para impresionarla con su osadía?

¿La hembra se preocupó porque su pareja había dejado de moverse?

¿Se arrastraría adentro y se uniría a él?

En el fondo del globo había un montículo de una sustancia polvorienta.

Supuse que eran restos de polillas atraídas por la luz.

Pero al día siguiente el montículo parecía más grande.

Otra noche, al darme vuelta, oí un fuerte crujido y el colchón cayó al piso.

Quedé adentro del marco de la cama, que me encerraba como un corral.

Agotado, me quedé dormido. En la mañana trepé por el marco y salí a trabajar.

Esa noche, en lugar de pensar en aquello, volví a La Cima.

Y la noche siguiente también. Me resigné a dormir cercado por el armazón.

Poner todo en orden sería una tarea monumental. Además de la plaga, las tuberías estaban oxidadas, el techo lleno de goteras y el patio en mal estado.

Marta llamaba de vez en cuando. Le estaban saliendo algunas cosas. Había trabajado en un comercial y como extra en una serie. Esperaba una segunda audición. Estudiaba con un maestro y tenía varios amigos. Un tal Giovanni la había ayudado muchísimo.

***

Una noche en La Cima conocí a una mujer llamada Verónica, una pelirroja de risa fuerte. Me desperté en su apartamento encima de un taller de latonería y pintura. La pelirroja, acostada con la boca abierta, roncaba ruidosamente. Me escabullí con mis zapatos en la mano.

Fui a mi casa y llamé a un carpintero. Examinó la casa con la severidad de un forense. Sugirió un tratamiento con formol. Introdujo una jeringa en cada uno de los nidos y le aplicó varias manos a los muebles. El hedor me produjo dolor de cabeza durante varios días. Pero no hizo mella en el comején.

En su siguiente llamada, Marta se quejó del frío.

Su apartamento era estrecho y claustrofóbico.

Los muebles eran feos y la estufa no funcionaba.

No la habían llamado para ningún papel. Trabajar como extra significaba permanecer sentada todo el día por un salario mínimo y un sándwich de jamón en mal estado.

«¿Y Giovanni?», pregunté casualmente.

«Siempre alentador. Siempre optimista».

Llamé al exterminador. Me recomendó una fumigación exhaustiva que implicaba sellar la casa por tres días. Pero la colonización estaba muy avanzada y no podía darme garantías.

Harto, le pedí al carpintero que arrancara toda la madera y empezara de cero. Vacié mis cesantías y pedí un préstamo al banco.

El trabajo estaba en pie cuando Marta llamó emocionada. Había conseguido un papel en una película. La felicité. Estaba feliz por ella.

«Giovanni dice que se trata de algo importante».

«Estoy seguro de que sí», le dije.

De todos modos, seguí adelante con la remodelación. Boté revistas, electrodomésticos y ropa. Contraté pintores y plomeros; pedí otro préstamo.

***

Durante los meses siguientes, Marta me llamaba de vez en cuando y me informaba sobre su actuación. Yo encontraba consuelo en pequeños placeres como dormir en una cama. Le bajé al licor y corrí por el parque. Compré nuevas ediciones de mis libros, pues todos se habían dañado.

Un día Marta llamó para decirme que estaba en la ciudad. Pasaría el puente con su hermana. ¿Podía recoger unas cosas?

Tocó la puerta en lugar de usar su llave. Su peinado era diferente, sus mejillas estaban sonrojadas. Parecía sin aire, como si hubiera estado corriendo. Su risa sonaba nerviosa, como la mía.

«¡Muebles nuevos!», dijo.

Le pregunté por la actuación.

«Va bien —dijo—. La película saldrá pronto. —Miró el techo—. ¿El machimbrado es nuevo?».

«Es la única forma de exterminar el comején».

Los ojos de Marta brillaron. «¿Acabaste con la plaga?».

Levanté los dedos cruzados.

Le pregunté si tenía sed. En la cocina, se maravilló con los gabinetes. Abrió varios antes de encontrar los vasos.

Luego miró la escalera. «¿Puedo mirar arriba?».

Le mostré los nuevos clósets, las puertas, los estantes.

«Mira aquí», le dije.

En el dormitorio, contempló las cortinas nuevas y el tocador. Luego dirigió su atención a la cama. Era más grande que la anterior, con una cabecera tallada y un tendido indio.

Permanecimos allí observándolo. Con nuestras manos casi tocándose, miramos la cama.