Último adiós #5
El Centro, como le decíamos, afirmando inconscientemente su importancia, era donde nos habíamos pavoneado junto a la piscina, practicado deportes y contemplado embelesados las criaturas del pequeño zoológico, en el que había un pájaro miná,
una serpiente cascabel y un memorable mandril con el trasero multicolor.
En el Centro nos dimos nuestros primeros besos, fumamos nuestros primeros porros y también nos dimos cuenta de que teníamos que largarnos de esa ciudad.
El parqueadero estaba cerrado con cadenas y un letrero anunciaba el cierre por vacaciones. Me vinieron recuerdos de vacaciones anteriores, el frío, el viento y el aroma a nostalgia.
La nieve se había convertido en una llovizna y las calles brillaban bajo un cielo nublado. Jill condujo una cuadra más y se parqueó en la acera. Se quedó mirando el lote vacío al otro lado de la calle.
«¿Recuerdas la tienda de muebles que había ahí?».
«Wilson’s», dije, y al oírme decirlo, caí en la cuenta.
Recordé haber pasado por allí después del incendio y ver la estructura chamuscada. Bill Wilson había sido mi compañero de clase, y su hermana lo había sido de Jill.
«¿Cómo ocurrió?», le pregunté.
Una noche, Jill, Vicky y otra chica, Pam, habían venido caminando desde el Centro para tomar brandy y píldoras. De pie junto a un barril lleno de papel de empacar, Vicky, siempre inquieta, no paraba de jugar con su encendedor. El papel se prendía y se apagaba.
Jill hablaba con Pam, cuando, de repente, todo el puto barril estaba ardiendo. Las llamas saltaron y rasguñaron el edificio. Las tres quedaron paralizadas. Entonces Vicky saltó para apartar el barril de una patada.
Son embargo, Jill la contuvo.
Podría decirse, sin haber estado ahí, que lo hizo para salvar a Vicky.
Pero lo cierto es que ella quería que ardiera el fuego.
Claro, en algún punto no quería eso en absoluto, aunque por un momento lo deseó.
Quería que se quemara para atizar su emoción de ver que algo estaba pasando, algo que ella podía controlar.
Cuando se disparó la alarma, empezaron a correr.
Huyeron y se escondieron entre los árboles.
Podían oír el crepitar de las llamas, que iluminaron la noche y formaron un enorme halo naranja.
Y podían oír el aullido de las sirenas. Estaban exhaustas y pálidas por el miedo, que no desapareció en semanas ni en meses ni en años.
Hasta el día de hoy, no podían evitar el miedo a que las descubrieran.
Varias veces habían estado a punto de confesar.
Jill suspiró y le puse la mano en el brazo. Ella puso la suya sobre la mía y nos quedamos sentados un rato.
«Traje a mamá para que viera esto».
«¿El mes pasado? ¿Qué dijo?».
A Jill le temblaron los labios y luego esbozó una leve sonrisa. «Dijo que estaba bien».
Me pregunté si era cierto o si era algo que yo quería escuchar.
Y entonces yo estaba con ella, corriendo a su lado, huyendo de las llamas que nos pisaban los talones, escapando de las sirenas y los pitos de los carros de bomberos, huyendo de la conflagración que Jill había provocado porque sentía que su madre no la quería lo suficiente.
***
A la mañana siguiente, de madrugada, con un aire tan helado que podía congelarte las orejas, Jill me dejó en la parada del bus que iba al aeropuerto.
Esperamos en el carro con la calefacción prendida.
El humo del tubo de escape se elevaba y dispersaba.
Más tarde, ese mismo día, yo estaría de nuevo en el trópico, lejos de todo esto, retomando mi rutina.
Jill, telepática una vez más, comentó: «Ahora que mamá y papá se han ido, tengo miedo de que no vuelvas».
«Claro que lo haré».
«¿Por qué no planeamos algo para este verano? Podríamos alquilar una cabaña en la playa».
«Suena bien».
Jill frunció el ceño. «¿Por qué eres así?».
«¿Así cómo?».
«Indiferente a tu familia».
«No soy indiferente. En serio, Jill, no vamos a perder el contacto». Le cogí la mano.
«¿Por qué no te vienes a vivir acá? —preguntó Jill roncamente—. Todavía tienes derecho a un año sabático. Podrías trabajar en la universidad. Les caes bien a mis amigos. Encajarías bien».
Llegó el bus. Saqué mi maleta. Un viento frío levantó un papel en el aire. Jill apretó los labios para detener el temblor.
«Te llamo pronto», le dije, abrazándola antes de subir. Cuando el bus se alejó, me despedí con la mano, pero Jill no me vio. Sus ojos buscaron ansiosos hasta que, como si comprendiera que no había nada más que hacer, levantó su mano.
Serpenteando hacia el aeropuerto a través de las colinas heladas, mi mente era un collage de imágenes.
De mamá en las últimas, con los ojos hundidos y esforzándose por respirar.
De Ruth diciéndole que podía irse. Y también de la noche que siguió a las exequias, en casa de Jill, con el hermano de Ed y su familia.
El sobrino de Ed, un guitarrista de pelo largo y tatuajes, nos preguntó a Ed y a mí si queríamos fumar yerba.
Ed asintió y bajamos con sigilo las escaleras.
Mientras nos acurrucábamos en el sótano frío, exhalando volutas de humo y aliento vaporizado, el hermano de Ed bajó para acompañarnos.
Lo siguió su esposa y, por último, Jill.
Todos estábamos fumando allá abajo, cuando dije de repente: «Eh, ¿qué estamos haciendo? ¿De quién diablos nos estamos escondiendo?» .
Y fue ahí cuando comprendí que mamá había muerto.