Último adiós #4
«¿Recuerdas los favoritos de mamá?», le pregunté a Jill.
«Neil Diamond», dijo, haciendo un gesto nauseabundo.
«¿Recuerdas la vez que levantó un disco rayado y gimoteó: “¿Quién quebró mi Helen Reeeedddddy?”».
«Pobrecita», dijo Jill con ternura.
«Siento no haberme tomado el año sabático —dije—. Supongo que te eché esa carga encima».
Jill tardó en responder. «Eso me dio la oportunidad de acercarme a ella como nunca antes».
Otro latigazo de sorpresa. «Creía que siempre habías sido cercana a mamá».
Jill sacudió la cabeza con pesar. «No, siempre sentí que ella me alejaba».
Esto fue difícil de asimilar. Yo siempre me había sentido agobiado y ahora Jill decía que se había sentido ignorada. Era como si hubiéramos tenido madres diferentes.
«Durante ese tiempo en que mamá estaba ausente emocionalmente, empecé a comportarme mal. Hice algunas locuras, tal vez para llamar su atención. Pero ella era demasiado inconsciente para darse cuenta».
Me preparé.
«Comenzó cuando Vicky vino a vivir con nosotros». Vicky era amiga de Jill, una chica atractiva y más bien alocada, cuya madre cheroqui criaba a ocho hijos. Jill le preguntó a mamá si Vicky podía vivir con ellos. Mamá dijo que sí, como quieras.
«Cuando mamá iba a los retiros, había fiestas con chicos y alcohol, y muchos terminaban abrazando el sanitario. ¿Recuerdas a mi novio, John Parker? Se escapó de su casa y vivía en la calle. En las noches se colaba por mi ventana».
Jill se removió en su asiento. «Tuve dos abortos», añadió, con los ojos fijos en la carretera.
Me ardió la cara al recordar que yo había actuado como la Voz de la Experiencia, confiándole a Jill lo del aborto de mi primera esposa, y haciéndole prometer que no diría nada. Sin saber que ella ya había tenido dos.
«Y luego estuvo la noche en que le prendimos fuego a un edificio», continuó Jill.
Levanté la cabeza.
«No nos pillaron, si es lo que quieres saber». No parecía dispuesta a dar más detalles.
Mientras pasábamos por una zona de descanso, le conté a Jill lo del día en que mamá se desmoronó.
Habíamos discutido en la autopista al final de mi visita. Mamá, ansiosa, estaba empeñada en que yo viviera de nuevo en Estados Unidos. Cuando me resistí, puso en tela de juicio mi compromiso con la familia.
Como nadie más me había enseñado el arte del debate, le respondí que ella quería que yo viviera allá simplemente para acatar su voluntad, y añadí que su intromisión ahuyentaba a la gente. Y cuando enumeré algunos ejemplos, perdió el control.
«Empezó a temblar y sus ojos parecían los de una loca. “¡No te importo ni un carajo!”, gritó. “¡Nunca te he importado! Me siento tan sola que me quiero morir”. La forma en que dijo “morir” me produjo escalofríos. Hablaba con una voz por completo ajena,
como una mezcla de la de su padre y la de un predicador de fuego y azufre, la voz de alguien a punto de hablar en lenguas. Se detuvo en la zona de descanso y saltó del carro, tambaleándose colina arriba con sus piernas corticas, sollozando y desapareciendo en un bosquecillo de pinos blancos.
Sabía lo que ella quería que hiciera yo. Quería que la siguiera y le dijera que lo sentía. Quería que le dijera que yo la amaba. No lo hice».
Al hacer este recuento, me pregunté si necesitaba que Jill me hiciera una terapia. Para ver si tenía un problema. Podría preguntarle por qué mamá estaba encantada con sus hijos, mientras que a mí me había aconsejado no tenerlos.
«Mamá permaneció en esa arboleda por lo que pareció una eternidad. Llegué a pensar que podría hacer alguna locura. La espera se me hizo insufrible, como ella pretendía, pero no me rendí. Al fin regresó con una expresión no frenética, sino profundamente abatida.
Evitó mi mirada como si fuera letal y condujo sin decir una sola palabra».
Al oír esto, Jill dijo que había tenido una experiencia similar.
A los setenta años, con sus hijos dispersos, a mamá le preocupaba pasar sus últimos días sola.
Como yo me había radicado en otro país, y como su nuera no podía soportarla (otro puente que mamá había quemado), mi hermana era su única salvación.
Cuando Jill fue madre y necesitó una casa más grande, mamá se ofreció a ayudarle.
Llegó en su carro, abarrotado con sus cosas.
Todos los días buscaba en los clasificados y hablaba con los agentes inmobiliarios.
Encontró la casa perfecta: de buen gusto, espaciosa, muy bien situada y a un precio de ganga.
La casa tenía una característica adicional: un apartaestudio con entrada privada.
Con la ayuda de mamá, cerraron el trato rápidamente, antes de que alguien comprara la propiedad.
Entonces mamá empezó a escoger el mobiliario y la decoración.
Al principio trajo muestras de cortinas y alfombras para que Jill y Ben las aprobaran, pero luego comenzó a hacerlo sola, especialmente en lo relacionado con el apartaestudio.
Fue una época agitada para ellos: una recién nacida con problemas respiratorios, Jill y Ed ocupados con sus trabajos.
Ed, la persona con los modales más suaves que jamás alguien pueda conocer, llegó entonces a su límite.
En un tono tranquilo y respetuoso, le pidió a mamá que consultara con ellos antes de tomar decisiones.
A ella le dio una pataleta. Jill tuvo que intervenir.
Y tras respaldar a su marido, mamá se descompuso.
Ed salió y Jill le dejó claro que no podía vivir allí. Podía visitarlos, pero necesitaban tiempo para unirse como una familia. Fue entonces cuando mamá se deschavetó.
Ahí estaba Jill, amamantando a una recién nacida mientras mamá se retorcía en el piso, diciendo que quería morirse, hablando con la misma voz de fuego y azufre, jurando irse de inmediato y conducir hasta Raleigh.
Jill insistió en que no estaba en condiciones de recorrer una distancia tan larga por la noche.
Le suplicó que fuera razonable, le rogó que se quedara. Le dijo que la quería. Mamá se quedó.
***
Pasamos por los lugares emblemáticos de nuestra juventud: la escuela primaria a la que yo iba en bicicleta (junto a la panadería donde los chicos escenificaban sus peleas: «¡Nos vemos detrás de la panadería!»
), la señal de tráfico con la flecha que señalaba la curva en horquilla, la imponente iglesia de piedra gris a la que mamá nos obligaba a ir.
Era una ciudad somnolienta y provinciana, llena de fábricas de muebles y textiles, muchas de ellas cerradas debido a la globalización, donde muchos de los profesores eran entrenadores y ponían primero su labor de entrenamiento, una ciudad de la cual me avergonzaba,
diciendo que había crecido «cerca de Charlotte» (no mucho mejor), y de la que había huido en cuanto pude.
Jill buscó una emisora. «Hice este mismo viaje con mamá el mes pasado. Quería despedirse. Ese día me sentí muy cerca de ella. Ojalá siempre hubiera sido así».
«Pasaste mucho tiempo con ella al final».
«La veía todos los días antes y después del trabajo, y sacaba días libres para llevarla a sus citas. Luego pedí la licencia. —Jill sintonizó una canción de Erykah Badu—. Su médico me caía bien».
«No pareció ayudarla».
«Hizo todo lo que pudo».
«Creo que suspendió el tratamiento demasiado pronto».
«Ella dijo que había seguido los procedimientos —dijo Jill rotundamente, como si quisiera eludir cualquier remordimiento. Y luego, con una sonrisa, añadió—: ¿Sabes lo que le dijo en la última cita? “Puedes poner esto en mi expediente: nunca perdí mi deseo sexual. Eso nunca me falló”».
Nos reímos.
Miré por la ventana. «Tendría que haber encontrado un marido después de papá».
«Eso no iba a pasar —dijo Jill—. Los hombres que buscaba, y hay que reconocerlo, tenía buen gusto, no la habrían aguantado mucho tiempo. Necesitaba ayuda».
«¿Terapia?».
Sin mirarme, Jill dijo: «Por supuesto».
***
Nos dirigimos a la casa donde crecimos. Una casa colonial de columnas blancas situada en una colina, con una corona navideña colgando de la puerta.
Nuestros padres eran extravagantes con la decoración navideña: un Papá Noel de madera en el techo, cantantes de villancicos iluminados, y metros y metros de luces titilantes.
Jill dijo: «¿Recuerdas cómo papá injertaba ramas en el árbol para que fuera perfectamente simétrico?».
Allí estaba el prado inclinado que yo había cortado mil veces y el lugar donde mi hermano se rebanó un dedo del pie.
Estaba el pedazo sombreado donde no crecía la hierba y donde el balón de baloncesto rodaba colina abajo.
Estaba la esquina donde atropellaron a nuestra perra, que Jill encontró aplastada y con el corazón aún latiendo.
Estaba la ventana del cuarto donde mamá permanecía acostada con sus migrañas y de la que salían los románticos acordes de Neil Diamond, cuando mi hermano llegaba a casa inesperadamente y encontraba una chaqueta de hombre en una silla.
A un lado estaba la ventana por la que se metía el novio de Jill, y al fondo, fuera de vista, la ventana de mi cuarto donde, sin que Jill lo supiera, me había acostado con su amiga Vicky.
Una mujer que pasaba nos miró con recelo.
Pensé en tocar la puerta y pedir permiso para mirar adentro, para ver el medallón tallado en el techo (que mamá retiró de la casa de su tía abuela y que la Sociedad Histórica quería recuperar), así como la lámpara de araña, el piso de mármol y el mural que representaba los Jardines de Babilonia.
Donde la consola estéreo solía resonar con Helen Reddy, la misma consola en la que yo oía a Donna Summer entonar Love to Love You, Baby mientras tomaba cerveza antes de una cita romántica.
Pero esperé a ver si Jill se atrevía a tocar la puerta, y cuando no lo hizo no dije nada.
Más tarde me pregunté si ella había estado esperando que yo lo hiciera.
Pasamos por el Centro Comunitario, un lugar esencial en nuestras vidas.