Último adiós #3
Y cuando nos reuníamos, a lo mejor me tomaba una cerveza con ella y su marido después de que sus hijas se hubieran acostado, pero en menos de una hora ya estaban palmeando sus bostezos.
¿Se estaba convirtiendo Jill en una abstemia como mamá?
Sería un gran cambio. En la universidad, había ganado concursos al tomar cerveza más rápido que chicos que la doblaban en tamaño.
«El truco —explicaba—, consiste en no engullir. Ni siquiera en tragar. Solo abres la garganta y la echas».
Pero ahora Jill se parecía a mamá en otros aspectos. Era una madre de tres hijas que horneaba galletas y cantaba villancicos en Navidad. Llevaba a sus hijas a clases de ballet y de gimnasia en el equivalente moderno de la camioneta con paneles de madera en la que mamá nos llevaba a nosotros.
Para Jill, como para mamá, la familia era sagrada.
Se esforzaba por ofrecer el mejor hogar a sus hijas y por mantener unido a todo el clan durante las festividades y los cumpleaños, las bodas y los funerales, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separara.
Sentí que mamá me había presionado para que fuera a las reuniones, lo dejara todo y me subiera a un avión.
«Se trata de tu familia», era su mantra.
Cuando me quejaba por tener que ir, Jill parecía entenderme.
Pero cuando me opuse a la petición de mamá de tomarme un año sabático para estar con ella, pareció no estar de acuerdo.
Sin embargo, yo pensaba que ella cumplía los deseos de mamá simplemente porque no podía negarse.
Como si hubiera oído mis cavilaciones, Jill levantó una pipa y una bolsita de yerba. «Cortesía de Ed», dijo, mientras observaba la sonrisa esbozada en mis labios.
Ed, el marido de Jill, era uno de los míos.
Ambos habíamos crecido en los setenta. Con su barba rebelde, encajaba en el molde de aquella relajada ciudad universitaria enclavada en los montes Apalaches, donde la mayoría de los hombres, y desde luego cualquier psicólogo que se preciara, se sentían obligados a tener una.
Tanto Jill como Ed eran especialistas en desarrollo infantil.
Utilizaban términos como «tiempo de aislamiento» y «multitareas», y evitaban decirles «no» a sus hijas.
Les proporcionaban un entorno enriquecedor con cuidadores infantiles seleccionados de sus seminarios, que no solo ponían en práctica su formación psicológica, sino que también les daban clases de música y arte.
Para compensar esta rutina estructurada, Ed era aficionado a la marihuana y Jill a veces recaía en su faceta de reina de la cerveza, con algún «qué hubo, hermano» o alguna grosería proferida para convencer a su hermano de que no era una mojigata.
Le di una fumada a la pipa y el embriagador aroma del cannabis impregnó la van. Aunque Jill, la prudente conductora, no me acompañó, pareció contenta de que yo apreciara el regalo. No había fumado yerba desde que llegué, otra razón por la que estaba ansioso por regresar a Colombia.
Una patrulla pasó, y el pulso se me aceleró. Después de tanto tiempo afuera, me sentía como un extranjero, sometido a un mayor escrutinio por parte del Gran Hermano.
Recordé una historia que me había contado Ed.
Un sábado se fumó un bareto antes de recordar que había programado reuniones con los padres de sus alumnos.
Al llegar a su oficina, se encontró con una fila que se extendía por todo el pasillo.
Logró salir del apuro recurriendo a unas gotas de Visina, y a partir de entonces dejó que Jill le administrara la yerba y la racionara según su criterio.
Yo había crecido con una hermana siete años menor y apenas le prestaba atención, salvo en contadas ocasiones, como cuando, de manera imprudente, manejaba borracho con ella por una carretera sinuosa en medio de la neblina, cosas que yo había olvidado y que Jill recordaba perfectamente.
Pero el año en que fui a la universidad y contemplé la vida que había dejado atrás, empecé a verla como la hermana de Holden en El guardián entre el centeno, un libro que me impactó demasiado en esa época. Jill parecía representar la inocencia que se desvanecía y que yo quería preservar.
Como si me leyera el pensamiento, Jill me preguntó: «¿Te acuerdas del campamento de baloncesto?».
Durante las vacaciones del primer año de universidad, organicé un campamento para niños de doce años, la edad que Jill tenía entonces.
«Sí. ¿Te acuerdas de Linda Guy?». Era una armadora precoz y aguerrida que vivía en un barrio pobre.
Tenía inteligencia en la cancha, rapidez y un lanzamiento suave como la seda.
Haberme enamorado de ella pudo ser un desplazamiento de mi verdadero enamoramiento de Jill. Mis amigos se derretían por ella.
«Me encantó ese campamento —comentó Jill—. Y también, que me invitaras a la universidad para conocer a tus profesores y amigos. Significó mucho después de que papá se fuera y mamá se desquiciara. Era como si ya no estuviera ahí. Ben y yo tuvimos que defendernos solos».
«¿Qué quieres decir con que se desquiciara?». Eso era nuevo para mí. Era difícil concebir que mi madre se derrumbara. Siempre había parecido tener el control, especialmente sobre mí.
«No era capaz de funcionar —dijo Jill—. Se quedaba en la cama con las luces apagadas diciendo que tenía migraña o se iba a un retiro de “autorrealización”. No estaba en condiciones de criar a sus hijos».
Sacudí la cabeza ante esta noticia. «¿Pasaste tiempo con papá?».
«Poco. Él vivía en el lago con Sharon. Ir allá era casi peor que no verlo. Me tocaba andar con Rhonda, la hija de Sharon, que por desgracia estaba en mi clase. Eso, cuando se molestaba en venir. Estaba harta de oír hablar de mi éxito, y para desquitarse me arrastraba a sus juergas infernales:
fumaba, metía drogas y tiraba con hombres mayores en sus carros mientras yo me sentaba en la acera y me sentía miserable».
«No tenía ni idea».
«Te perdiste algunas locuras. Mamá le dijo a papá que Rhonda era una mala influencia. “Tienes que mantener a raya a tu hijastra”, añadió. Papá no pudo contenerse: “Se dice que Jill no es ningún ángel”».
«Lo cual debería haber terminado ahí —intervine, recordando esa parte de la historia—. Pero entonces mamá te contó lo que dijo papá para intentar ponerte en su contra».
«¿Por qué siempre te pones de parte de papá?».
Al ver que no respondí, Jill dijo: «Estabas en la universidad. No sabías cómo eran las cosas. —Me miró—. Mamá fue la razón por la que decidí estudiar Psicología».
«No lo sabía…».
«Quería entender el efecto que tuvo en mí. Me daba pavor ser igual a ella».
Avanzamos en silencio durante un rato, con el sonido de los limpiaparabrisas, el calor de la calefacción y la luz del sol reflejándose en el suelo helado.
Me acordé de otro viaje por carretera en invierno cuando Jill apenas empezaba la universidad.
Me preguntó qué pensaría si ella eligiera la carrera de Psicología.
¿La respetaría si lo hiciera? Pero no me dijo lo que había detrás.
Y ahora, treinta años después, yo me enteraba de su miedo a terminar como mamá.
Era un miedo que yo no había sentido nunca.
Aunque, pensándolo bien, tal vez debí sentirlo. Esas cosas tienden a ser de familia.
«Y ahora decidí renunciar —Jill se dio vuelta para mirarme una vez más—. En un momento curioso, ¿no?».
«Creía que te habían dado una licencia».
«Sí, por tres meses, que ya van a terminar».
«¿No vas a volver?».
«¿Cómo puedo ayudar a la gente con sus problemas si ni siquiera puedo resolver los míos? —La voz de Jill era tensa—. Quiero empezar una terapia. Estoy vuelta pedazos. —Miraba fijamente el camino—. ¿Qué piensas?».
Ahora, más que nunca, yo veía a Jill de dos maneras: como la hermanita que admiraba a su hermano y como una mujer madura a la que apenas conocía.
Recordé la oficina de Jill en el centro de consejería y lo que ella me dijo sobre sus pacientes.
Eran estudiantes que lidiaban con trastornos alimenticios, ansiedad y depresión y, a veces, autolesiones.
Una de sus pacientes había sido abusada por su padre.
Jill le ayudó a redactar un discurso y a confrontar a su padre cuando aceptó asistir a una sesión.
Era corpulento, seguro de sí mismo y de ojos marmóreos.
Escuchó en silencio las recriminaciones de su hija.
Cuando ella terminó, dijo: «De modo que soy un caso perdido. Crucifíquenme entonces».
Intentó darle la vuelta a la situación y convertirse en la víctima.
La colega de Jill trató a un hombre de unos treinta años increíblemente apuesto.
Su problema, decía, era ser irresistible.
Las mujeres se enamoraban y él no podía corresponderles.
¿Y qué pasó? La colega de Jill se enamoró de él.
Los vieron por la ciudad besándose sin ocultarlo, en clara violación de las normas profesionales.
El director de consejería se enteró y la amonestó.
Y como no le hizo caso, la denunció a la junta de licencias.
Ella renunció y se fue a vivir con el tipo. Los dos se quedaron sin trabajo.
«Ella la cagó —dijo Jill—. Las reglas están para proteger a los pacientes».
Pero esta era la pregunta álgida para mí: ¿el tipo que no sabía amar se enamoró de la colega de Jill, o ella cometió el mismo error que las demás, a pesar de su formación y de haber sido advertida?
Le pregunté a Jill si seguían juntos.
Dijo que no sabía, pero creía que sí. Sentí un extraño alivio. Si su amor era auténtico, ¿no quedaría exonerada?
Le dije a Jill que su decisión de renunciar me parecía acertada. «Estoy seguro de que lo pensaste bien».
Jill agarró el volante. «¿Qué habría dicho mamá?».
«Que tienes razón», le dije. No es que lo creyera, pero había que decirlo. Además, mamá ya no podía contradecirme.
***
Al llegar a nuestra ciudad, paramos a almorzar en Buster’s Grill, el lugar favorito de papá, famoso por su barbecue y sus perritos con chili.
El alegre tintineo de la campanilla de la puerta, las gorras de trabajo y el sabroso aroma del cerdo ahumado me trajeron buenos recuerdos.
Intenté imaginarme viviendo aquí ahora, en esta ciudad, en este país, y me resultó difícil. Todo lo de aquí lo veía desde lejos.
De regreso en el carro, Jill puso a Tracey Chapman, otra cantante que yo nunca había oído, lo que me hizo sentir más como una especie de Rip Van Winkle.