Otras aguas Último adiós #2
89%

Último adiós #2

Aunque al principio tenía mis dudas, entre más hablaba Ruth de su señora Fran, de lo especial e inspiradora que era, más creía yo que era sincera. Me dijo que mamá hablaba mucho de mí y que quería decirme varias cosas. Me estremecí al pensar en lo que podían ser y en lo que le había confiado a Ruth.

Ruth nos mostró la muñeca que le había hecho a mamá: era de trapo con una melena de hilo gris enredado, y una sonrisa amable y benévola. Le había puesto el nombre de —¿cuál más? —señora Fran.

«La señora Fran me dijo que tengo un don para hacer muñecas; que debería presentarme a un concurso».

Mientras mamá dormía, me senté en la silla de su estudio, el epicentro de su red de proyectos.

Fue la primera mamá de las que yo conocía que aprendió a usar internet.

Lo hizo cuando me vine a vivir a Colombia, a fin de mantenerse conectada.

Yo recibía correos con encabezados como «¿Qué te pasó?»

o «¿Estás recibiendo mis mensajes?». También usaba el computador para estar al día con las noticias y bombardear con cartas al director del periódico.

Junto a la silla, en cajas, había recortes de prensa, cartas y fotos que había revisado para decidir qué guardar para la posteridad. Había una trituradora y una papelera rebosante de páginas recién trituradas.

Esa noche mi hermano volvió a su hotel y Jill se fue a casa con su familia. Agotado, me fui a la cama mientras Ruth cuidaba a mamá.

Abrí los ojos a las cuatro de la mañana.

Vi la luz y oí a Ruth hablar suavemente.

Al entrar, quedé aterrado al ver la cara de mamá, con la piel color azafrán y contraída como la de una momia.

La única parte que parecía viva era su pequeña boca ovalada, que tomaba aire con dificultad y emitía, a intervalos, el sonido grave de un gorgoteo.

Ruth apretó una toalla húmeda contra la frente de mamá, hablando sin parar con voz paciente y tranquilizadora: «Bueno, señora Fran, vamos a lavarle la cara. Así se refrescará y se sentirá mejor…».

Me asombraba la serenidad de Ruth y su afecto por mamá, cuyo carácter firme y pragmático disuadía ese tipo de demostraciones.

«Lleva una hora así», dijo Ruth.

Es decir, en coma.

Me sobresalté. «¿Debería llamar a Jill?».

Ruth asintió y continuó con su tierno arrullo, como si mamá pudiera oírla.

Cuando Jill llegó, no pudo contener las lágrimas. Nuestros ojos permanecían clavados en mamá. Temíamos que, si apartábamos la mirada, su respiración se detendría.

Ben llegó con su familia y la vigilia continuó. Conectó a mamá al oxígeno y al dispensador de morfina. Nada de medidas heroicas, había insistido heroicamente mamá.

Mis sobrinos se sintieron inquietos y Ben decidió llevarlos a correr. Abrigados, se aventuraron a salir. Jugaban en la nieve crujiente y luminosa, con los ojos enormes de quienes no entienden nada. Aunque no es que los adultos entendiéramos más.

***

Con los ojos fijos en mamá, Jill y yo repasamos sus últimas instrucciones.

Había donado su cuerpo a la ciencia médica —es decir, a la facultad de Medicina de su alma mater—, para ser diseccionado por estudiantes de primer año.

Le dije a Jill que el gesto, aunque sin duda noble, no era necesariamente algo que yo haría.

«Ella siempre ha tratado de ayudar a la gente», dijo Jill.

Estábamos hablando con franqueza en su presencia, sabiendo que no podía oírnos. Aun así, me sentí incómodo.

Le pregunté a Jill por el biógrafo que estaba escribiendo sobre aquel teólogo amigo de mamá, conocido por sus ideas sobre los valores familiares. El escritor había encontrado indicios de un amorío secreto, pero no pudo identificar a la misteriosa amante.

Resultó ser mamá.

Metódica como era, ella había guardado todos los correos y mensajes de voz. El biógrafo estaba ansioso por conseguirlos. Mamá le permitió revisar lo que él llamó un «verdadero tesoro», pero dudó si autorizar su uso o no. El escritor destacó su importancia histórica.

«Al final, mamá aceptó —dijo Jill—, pero pidió el anonimato».

«Me sorprende —comenté—, dado su afán de protagonismo».

Pero mamá estaba construyendo su legado. Donando su cuerpo a la ciencia y su casa a la Iglesia. Había planeado todos los detalles de su funeral, y hasta los himnos y pastoras que lo presidirían: dos feministas que habían sido íntimas de mamá hasta que su intensidad las alejó.

«Era un patrón —le dije a Jill—. Se entrometía demasiado y la gente se alejaba…».

Noté un cambio en la respiración de mamá.

Tuve la extraña sensación de que me había oído.

Recordé cuando era adolescente, llegaba a casa tarde y borracho, y pasaba de puntillas por su puerta entreabierta.

Sin importar la hora, la oía murmurar: «¡Buenas noches!»

, con voz dulce y una especie de omnipotencia irónica.

Si se levantaba de la cama, yo guardaba distancia para que no sintiera mi aliento.

Si lo sintió, nunca dijo nada al respecto.

Cuando los corredores regresaron, con sus caras rojas, moqueando y trayendo consigo el olor de la nieve, le pregunté a Ben si alguien en estado de coma puede oír.

«Yo no lo descartaría», dijo.

Ruth, que observaba discretamente en la distancia, aprovechó el momento. Nos pidió que rodeáramos la cama. Mis sobrinos se unieron a nosotros.

«Señor Jesús —dijo Ruth—, alabemos a tu bendita sierva, la señora Fran. Ha sido muy importante para todos nosotros. En el poco tiempo que la conozco, me ha ayudado a encontrar mi camino».

Entonces se detuvo y miró a su alrededor, como para indicarnos que era nuestro turno de hablar. Jill fue la primera en hacerlo y luego me miró.

Tal vez me sentí obligado por ser el mayor, y también para sofocar lo que ella hubiera podido oír, pero al final dije algunas cosas que nunca antes había dicho.

Dije que era fuerte. Dije que era valiente.

Dije que admiraba su compromiso con la lucha por la justicia social.

Dije que, a diferencia de sus propios padres, siempre había hecho que sus hijos se sintieran excepcionales…

Sus ojos se abrieron de golpe y me miró fijamente. Esos ojos verdes penetrantes.

«¿Mamá? —dije con una voz que sonó extraña—. Todos estamos aquí contigo».

«Mira —dijo Ruth—, me apretó la mano». Puso la mano de mamá en la mía. Con sus ojos todavía en los míos, mamá respiraba más despacio.

Ruth se inclinó. «Está bien, señora Fran. Su familia está aquí, tal como usted quería. Todo está bien, señora. Fran. Ya es hora».

Mamá intentó respirar.

«Deje de sufrir, señora Fran. No necesita seguir luchando. Ya es hora de descansar».

Con sus ojos clavados en los míos, sus labios fruncidos para poder respirar, mamá exhaló por última vez y luego dejó de moverse.

Todos la observamos asombrados. Mamá miró hacia atrás, sin ver. Se había ido.

***

Recuerdo a los hombres inmaculados y vestidos de negro que vinieron por su cuerpo. Jill quería que yo durmiera en su casa, pero le dije que me quedaría en la residencia de mamá.

Cuando por fin pude dormir, me sumí en una serie de sueños perturbadores. Soñé que había perdido algo y trataba de recuperarlo. En algún momento grité en voz alta.

Cuando abrí los ojos, sentí un escalofrío. Las sábanas estaban empapadas de sudor y me costaba levantar la cabeza. Ningún cambio de postura aliviaba el dolor de mis huesos. Y aunque la vejiga me ardía, no podía levantarme a orinar. Sentí como si una fuerza me estuviera sujetando.

Por fin, mareado, me levanté. Al pasar por la habitación de mamá, sentí un sacudón en la sangre. El tanque de oxígeno ya no estaba, ni la cama de hospital. En el estante, junto a las píldoras, seguían la peluca plateada y la muñeca de trapo. La señora Fran me miraba.

En el clóset colgaban las blusas con flores de mamá. Probablemente terminarían en manos de Ruth, me había dicho Jill, así como su vajilla y su viejo Buick, que seguía parqueado afuera.

Volví a la cama y hundí mi cabeza en la almohada. La habitación estaba a oscuras. Yo había perdido la noción del tiempo.

Sentí una punzada fría y me tapé con las cobijas. Temblando y mareado, oí sonar el teléfono.

«¿También te dio? —me preguntó Jill—. Seguramente los niños te contagiaron».

Dormí a intervalos, entrando y saliendo de sueños, oyendo débiles sonidos o creyendo oírlos.

Golpes en la puerta, el repicar del teléfono.

No tenía fuerzas para levantarme. Una vez logré coger el teléfono.

«¿Está Fran?», preguntó una mujer. Balbuceé una respuesta con la palabra «falleció», un eufemismo que siempre había evitado.

Sobre la mesa de la cocina había una agenda de cuadros verdes. Una nota adhesiva rosada estaba pegada encima. Allí, con la letra que conocía tan bien como la mía, estaban las palabras: ¿Nuevo número de Trey?

Pero no era mi número.

¿De quién nos estamos escondiendo?

Salimos temprano aquella helada mañana de Virginia, una semana después de las exequias de mi madre.

Como yo regresaría a Colombia al día siguiente, mi hermana Jill me propuso ir por carretera a la pequeña ciudad de Carolina del Norte donde crecimos.

Por el camino paramos en Starbucks, una de las cosas que no existían (o de las que yo no era consciente) cuando viví allá una década atrás, junto con el karaoke, los teléfonos celulares y las minivans como la que Jill conducía ahora.

«¿Qué haremos allá?», le pregunté a Jill. Mi padre, que siguió viviendo en la ciudad después de que mamá se mudara a Raleigh, había muerto el año anterior, y las únicas personas que nos quedaban allá eran la viuda de papá y algunos compañeros de clase con los que habíamos perdido contacto.

«Será una oportunidad para desatrasarnos —dijo Jill—. Solo nosotros dos, como en los viejos tiempos. Tal vez podamos pasar por la casa donde vivimos».

A lo largo de la carretera que serpenteaba entre las montañas, las desnudas ramas de los árboles brillaban con una piel de hielo plateada.

Los copos de nieve bailaban ante el parabrisas.

Jill estaba en lo cierto: hacía muchos años que no hablábamos de verdad.

Una de las razones era que, a lo largo de mis andanzas, rara vez la había visitado, aunque ella me había sugerido que me fuera a vivir a su ciudad.