Otras aguas Último adiós
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Último adiós

Mamá me había hablado de Ruth, su cuidadora en la residencia de ancianos de Virginia.

Se había ido a vivir allí, cerca de Jill, para que mi hermana pudiera acompañarla en sus últimos días.

Siempre meticulosa, había entrevistado a varias candidatas antes de elegir a Ruth, una pobre montañera de Dry Branch que decía frases como «más mejor» y «dar por mentado».

Su yerno la trajo en una camioneta roja con llantas enormes, calcomanías de llamaradas y música country en la radio.

Él acababa de salir de la prisión Nottoway y Ruth había asumido la carga mientras su hija cuidaba a su bebé recién nacido.

A mamá le atraía la gente que necesitaba su orientación. Como no tenía ningún reparo en entrometerse en los asuntos de los demás, concluyó que a Ruth le faltaba criterio con los hombres y sentido de la autoestima. Podía hacer mucho más con su vida.

Así era como mamá se adentraba en ti, prodigándote elogios para inflarte el ego y hacerte sentir admirado.

Cuando Ruth le contó a mamá que había atendido a un tetrapléjico que se comunicaba con los párpados y escribía con los dientes, mamá le sugirió incluir eso en un relato.

Ruth, que no había terminado el bachillerato, le dijo a mamá que no escribía bien, pero tras su insistencia lo intentó.

Mamá le hizo algunas correcciones y lo envió a The Gazette.

Un día, cuando Ruth llegó, el periódico con su relato estaba sobre el mostrador.

«¿Te dio permiso para enviarlo?», le pregunté a mamá.

«Quería darle una sorpresa».

«¿Cómo reaccionó?».

«¡Le encantó!», dijo mamá.

Debías tener cuidado con la versión de los hechos contada por mamá.

Había que tener en cuenta los adornos y las agendas ocultas, pues sabías que proyectaba la mejor imagen de sí misma.

Sin embargo, disfrutaba con las descripciones que hacía de las personas conocidas.

A pesar de sus dudosos motivos (la compulsión por influir, el deseo de controlar), era muy perspicaz.

Su interés por las vidas de la gente era algo que yo compartía.

Y mientras estuviera centrada en otra persona, tenía menos tiempo para centrarse en mí.

A medida que la salud de mamá empeoraba, la presencia de Ruth adquirió una mayor importancia. Ahora la mencionaba en casi todos sus mensajes.

Ruth estuvo aquí por la mañana. Su hija sigue con problemas. Ese yerno solo le da dolores de cabeza.

Y más tarde:

Acabo de volver de compras con Ruth. Me está mostrando su colección de muñecas.

***

Estoy aquí con mamá —escribió mi hermano en diciembre—. Muy pronto tendrá dificultades para hablar. Mientras más rápido puedas venir, tanto mejor.

Me dieron permiso en el trabajo para viajar ese mismo viernes. Esa noche recibí este mensaje de mamá:

Me alegra saber que vendrás. Hoy ha sido un día difícil. Espero que el fin de semana sea mejor. ¿Cuánto tiempo te puedes quedar? Con amor, mamá.

Entonces, una noche antes de viajar, mi hermana me llamó para decir que mamá estaba empeorando rápidamente. Tenía las piernas hinchadas y la piel citrina. Se mantenía con los ojos cerrados y apenas hablaba.

«Espero que aguante hasta que llegues», dijo Jill.

Me estremecí. Una vez que el hígado empieza a fallar, las cosas empeoran con rapidez. Me reproché por no haber ido antes, por no haberme tomado el año sabático para estar con ella.

En el vuelo a Virginia, con escala en Miami, había perros que rastreaban drogas y fui sometido a una radiografía de estómago. Debieron ver la culpa en mi cara. Llegué en estado de agotamiento nervioso.

La residencia de mi madre parecía un resort campestre: bungalós entre cedros y robles, jardines, senderos y puentes pintorescos y arqueados sobre el arroyo helado.

Las lámparas tiki bordeaban los escalones cubiertos de hielo.

Me castañeteaban los dientes y mi único abrigo grueso, inútil en Cali, estaba colgado en el armario de mamá.

Después de abrazarme, Jill me llevó a la sala. En la televisión, un especial de Navidad transmitía villancicos y alegría fabricada.

«Mamá —dijo Jill con esa voz animada que utilizaba con niños y ancianos—, Trey está aquí».

Era difícil disimular mi asombro y angustia. Mamá estaba hundida en su sillón, con su bata de baño y su peluca plateada. Tenía el rostro cetrino y sus ojos miraban algo que solo ella podía ver.

Fue entonces cuando percibí otra presencia en la sala.

Acechaba entre las sombras, un huésped no invitado.

Al principio era difícil de ubicar, pero luego comprendí que estaba dentro de mamá.

Se había infiltrado e instalado en ella.

Sin prisa, pero sin pausa, como una vaca que mastica hierba, la estaba devorando.

Jill se inclinó para hablarle al oído: «Mamá, Trey está aquí. Acaba de llegar».

Se giró hacia mí, con los ojos desenfocados, y al tocarla esbozó una sonrisa cansada. Jill siguió hablando con la misma voz agradable, y dijo que unos amigos habían llamado. Añadió que Ruth se había ido a casa, así que ella y yo la acompañaríamos esa noche.

Miré con desconcierto a Jill, que estaba abriendo una botella de vino. «¿Viste su sonrisa? Es lo más animada que ha estado en todo el día».

Yo no podía creer aquel cambio tan drástico. «¿Sabe al menos quién soy?», pregunté. La culpa que yo sentía se había visto eclipsada por el deseo de oírla decir algo, así fuera un reproche.

Mamá me miró con un reconocimiento a medias, como si viera a alguien conocido en un tren.

Me arrodillé en la alfombra a su lado. «Mamá, soy Trey».

Me dirigió la misma mirada vacía y, con esfuerzo, pronunció estas palabras: «¿Cómo llegaste tan pronto?».

Sentí un tremendo alivio. Se me hizo un nudo en la garganta. Jill sonrió con tristeza.

Mamá siempre había sido muy fuerte y segura de sí misma. Quería que yo la viera enfrentar el final. Después de haberme enseñado a hablar, a leer, a comportarme en público (endereza la espalda, no comas tan rápido, no muestres tu dinero, no presumas cuando ganes), ¿cómo no iba a enseñarme a morir?

Afuera, el viento levantaba torbellinos de nieve que se deslizaban a toda velocidad por el suelo helado. Me asombraba la extrañeza de estar aquí: en este país, con este clima, en el momento de la muerte de mi madre. Me sentí impulsado a hacer algo decisivo para que las cosas salieran bien.

Jill y yo logramos acostar a mamá. Jill haría el primer turno y me despertaría más tarde. Le di las gracias y me desplomé sobre el colchón de espuma.

***

De repente, fui sacado de un sueño aterrador.

«Mamá quiere sentarse en la silla».

Atónito, ayudé a Jill a llevar a mamá a la sala. La luz resplandeciente hacía que pareciera mediodía. Acomodada en su sillón, mamá miraba maravillada como un recién nacido. Jill le hizo una pregunta, pero no respondió. No podía quitarme el miedo de que se reanimara de repente y me juzgara.

«¿Por qué quería levantarse?», le pregunté.

«No lo sé», dijo Jill, sin inmutarse por su falta de sueño. Parecía encantada con la petición de mamá, lo cual me pareció extraño, aunque luego comprendí que ella quería una última oportunidad de estar con nosotros. Tener una conversación sin palabras.

Al cabo de un rato, le indicó a Jill, de una forma que logró entender, que estaba lista para volver a la cama.

Mientras la ayudábamos a levantarse, sentí el olor.

Brotaba de lo más profundo de ella, de la fragua repulsiva de su huésped intruso, donde se consumían sus entrañas.

Su aliento, sus tripas, su piel ictérica, sus huesos que se estaban desintegrando: yo inhalaba a quemarropa el aliento de la Parca, contemplando su despiadado saqueo, primero de su dignidad, luego de su esperanza y finalmente de su propia existencia.

Era duro ver cómo esto le pasaba a una persona tan orgullosa, y debía ser difícil para ella dejarnos verlo.

Pero tal vez no. Tal vez era algo que ella creía que debíamos ver.

Yo esperaba entender qué más tenía ella para enseñarme.

Hasta ahora, me había impartido estas cápsulas de sabiduría: (1) Debes aceptar que la vida humana es efímera; es egoísta esperar más.

(2) La forma de ver la muerte con tu mente joven y sana cambiará a medida que tu cuerpo se deteriore.

(3) Tu mundo se reducirá a un puñado de personas.

(4) La muerte es más dura para los sobrevivientes; no estarás ahí para sentir nada.

Cuando mamá volvió a la cama, me sumí en el olvido.

Me despertaron por la mañana cuando llegó mi hermano.

Mamá yacía inmóvil. A veces tomaba de un pitillo que le sosteníamos o gemía si intentábamos reacomodarla.

No me sorprendió que rechazara el Ativán.

A pesar del intenso dolor, no permitía que nada alterara sus facultades mentales o disminuyera sus percepciones, incluso aquí, al final…

especialmente al final. Mi hermano logró meterle una pastilla entre los labios, pero cuando desvió la mirada, ella la sacó con la lengua.

***

Al mediodía Ruth llegó en la camioneta personalizada de su yerno.

Una mujer alta, de cara afilada y voz campechana, nos presentó a su tímida hija y a su yerno solapado y patilludo.

Nos pidió que formáramos un círculo y nos cogiéramos de la mano.

Por suerte, yo no estaba junto al Solapado.

Luego procedió a suplicar al Todopoderoso: «Por favor, bendice a la señora Fran, esta fiel oveja de tu rebaño».

Siempre me sentí incómodo con los devotos.

Parecían tan serios y teatrales. Además, ¿qué clase de persona quiere ser una oveja?

Yo sabía que debía ser tolerante, pero mi rechazo de la religión se remontaba a los años en que mamá me arrastraba a la iglesia.

Aunque a lo mejor me habría vuelto ateo sin su intervención, me alegraba darle una parte del crédito.

Mientras que el evangelismo de Ruth me desagradaba, mamá se vio en la posición de desaprobar a un miembro de su propia fe cristiana. Una posición que yo aprovechaba cuando debatíamos. Lo cual no era del todo justo, aunque compartíamos este rasgo: ninguno de los dos soportaba perder.

En cualquier caso, no cerré los ojos para rezar. Una mirada de reojo me confirmó que el Solapado tampoco.