Familia
Último amor
Una vez que mamá empezó la quimioterapia, intensificó su campaña para convencerme de que volviera a casa.
Aunque yo había mencionado la posibilidad de tomarme un año sabático, mientras más tiempo pasaba por fuera de Estados Unidos, menos deseos tenía de volver.
Mi recuerdo de la familia y los amigos se había desdibujado como una camiseta vieja.
En mis escasas visitas, me sentía fuera de lugar.
Vivían en casas enormes con sus carros de lujo y camadas de niños.
Y como yo nunca había buscado esas cosas, me sentía como un intruso mal vestido en un baile de gala.
Ah, ¿vives en Colombia?, preguntaba la gente con los ojos en blanco.
Hacer la ronda era agotador. Al principio, era agradable verlos a todos, pero, como ocurre con el ponche de huevo, pronto te sentías hinchado.
Tenías la inquietante sensación de que alguien estaba viviendo la vida equivocada.
En parte porque dejábamos que mamá nos pagara los tiquetes, Marta y yo nos sentíamos obligados a seguir su agenda: asistir a reuniones familiares, visitar a sus amigos y, el sacrificio supremo, ir a su iglesia.
Desviarse de su agenda perturbaría la armonía.
La perspectiva de pasar un año con ella parecía inconcebible.
Pero mamá se estaba muriendo de cáncer. Así que, por un obstinado sentido del deber y por miedo a cargar con la culpa, me planteé tomarme el año sabático. A petición de mamá, hice una lista de pros y de contras.
Y cuando se acercaba la fecha límite, ella me llamó para darme una noticia. Acababa de tener una cita con un hombre.
Se había suscrito a una plataforma de citas llamada Senior Mates.
Sin embargo, estaba decepcionada porque los hombres eran muy mayores.
Mamá tenía setenta y dos años. «Pero son muy viejos», decía.
Un tipo canoso la llevó a un restaurante y se tomó una verdadera colección de pastillas.
Otro vejete con corbatín repitió la misma historia tres veces. Pero un día recibió esto:
Sesenta y ocho años, 1,80 de estatura, ojos azules, divorciado. Intereses: ciclismo, lectura, negocios, acciones. Me gusta viajar, cocinar y pulir plata. Princeton, 1954.
En el balcón, a la sombra de las palmeras, mi mecedora crujió lentamente.
Pasó un camión de la basura despidiendo un olor frutal.
Aunque enterarme de las hazañas románticas de mi madre me incomodaba —no podía verla como una criatura sexual—, comprendí que eso podría ser mi salvación.
Mientras más enredada estuviera con su amigo virtual, menos presión tendría yo para tomarme el sabático. Así que la escuché.
«Era dueño de una emisora en Cleveland, y de una empresa energética en Duluth. Actualmente trabaja como promotor inmobiliario en Daytona. Viajó con sus hijas por todo el mundo y quiere ir conmigo a Colombia».
Ah, genial, pensé.
«Esto será perfecto para mis memorias, ¿no crees?».
«Que sea lo que decida tu amiga».
«¿Quién?, ¿Brenda? No es muy confiable. Tienes que escribirlas tú».
«Mamá, yo nunca dije…».
«Solo necesito tu colaboración. Te daré la información y organizaré los capítulos. Este podría llamarse “El último amor”. O “Él último tango”. Ya sabes, como la película.
Abuela devota y abstemia, mamá parecía poco apropiada para ese papel. Pero nunca podía ver su vida como insignificante. Deseaba, y sí, merecía, ser la heroína de su drama.
«No le he hablado a Howard de mis tratamientos. No creo que el cáncer le suba el interés».
«O cualquier otra cosa».
«Tú eres el escritor».
«No, yo soy…».
«Me siento tan afortunada de que Howard llegara justo cuando lo necesitaba. Regresaba al hotel después de mis tratamientos y me quedaba acostada sin blusa, roja e inflamada, pensando en Howard».
Me estremecí.
«Le dije a Howard que había encontrado un viaje gratis a Orlando, con la condición de asistir a una presentación de ventas, y le sugerí que viniera en carro desde Daytona. Respondió que sí, pero luego se arrepintió. Le dije: “Si no te gusto, puedes dejarme en mi hotel, sin resentimientos.
Pero creo que puedo convencerte”».
Me removí en la silla. En el comedero de pájaros, un mielero y un colibrí se disputaban una percha y sus alas producían un aleteo plumoso.
«Esos días en Orlando fueron fantásticos —dijo mamá—.Howard me recibió en el aeropuerto: un hombre corpulento y robusto con una melena canosa. ¡Y qué encanto! Por suerte, las marcas rojas de mi pecho casi habían desaparecido. Pero algo me parecía extraño. Este hombre, que decía ser abstemio,
pidió un martini. Recibió varias llamadas y decía ser adinerado, pero su Oldsmobile era una chatarra. Yo quería llegar a la verdad. Al día siguiente me acompañó a la presentación de ventas. Para mi sorpresa, compré una multipropiedad».
¿Para su sorpresa? Mamá no hacía nada en contra de su voluntad.
Más bien, era una calculadora intrigante.
Compró la propiedad con un propósito: su cercanía a Howard facilitaría verlo.
También podría impresionarlo con sus bienes y espontaneidad.
Una jugada audaz para demostrar cuánto estaba dispuesta a arriesgar.
Sin embargo, percibí un tufillo de desesperación en su táctica. Era inusual en ella. Tal vez sintió la necesidad de apostar, pues era mayor que él y menos experta en tener aventuras. Y como sus días estaban contados, quizás era el momento de elevar un Ave María.
«¡Es un negocio fabuloso! —insistió mamá—. Un apartamento de tres alcobas al lado de Disney World, con acceso a resorts en todo el mundo. Está escriturado y pronto será tuyo».
Pero no había necesidad de convencerme de que había hecho una buena compra, pues yo también quería que su romance funcionara.
«Parece que te ganaste el premio mayor», dije.
«¡Estoy ansiosa de que lo conozcas!», dijo ella.
***
Mamá escribió que sus marcadores de cáncer habían subido y que le habían aumentado la dosis de anticoagulante.
Mientras tanto, se acercaba el plazo de mi solicitud para el año sabático.
Mi jefa de departamento pasó por mi oficina a preguntarme por ella.
La vi examinar mi espacio. Aunque expresó su preocupación por el estado de mi madre, tenía planes para mi oficina.
Era más bien un armario repleto de libros, lo cual me favorecía porque no tenía que compartirlo.
Por fortuna, Marta, a diferencia de muchas colombianas, no se moría por vivir en Estados Unidos. Las cosas iban bien como estaban. Ahora que mamá tenía a Howard, yo podría seguir con mi vida. Pero entonces recordé: era mi madre y se estaba muriendo.
Después del viaje a Orlando —escribió ella—, no supe nada de Howard durante varios días.
Más tarde me dijo que había estado muy ocupado.
Esa palabra, ocupado, es una mala señal.
Resolví esperarlo. Estaba decidida, cuando lo viera, a que me diera algunas respuestas.
No hay nada peor que te oculten la verdad.
Unos días después me escribió esto:
He estado sintiendo tantas emociones y tratando de escribirlas. Espero que las incluyas en mis memorias.
Estaba viviendo su última temporada de romance. Su pelo era blanco, pero en su corazón había amor. Sentía que descubría cosas por primera vez: cada caricia, cada beso, cada suspiro…
Para ser tan racional, sonaba como una colegiala. Cuando alguien que se acerca a la muerte decae físicamente, ¿también lo hace emocionalmente?
***
Mamá llamó una noche, eufórica. «Hola, estoy con Howard. La estamos pasando de maravilla. Le he mostrado fotos de ustedes. Piensa que Marta es despampanante. Le dejé leer el cuento que escribiste en bachillerato. Le encantó. Estamos planeando nuestro viaje a Colombia. Howard está ansioso por ir.
Ya te lo paso».
«No, eso no es…».
«Hola, viejo amigo», tronó Howard con voz afectada, a lo George Plimpton, después de varios tragos de Seagram’s. Oí a mamá decir algo y ambos se rieron.
«Mi hija estuvo en Perú —dijo Howard—. ¿Colombia es segura?».
«No siento miedo».
«Ah, porque eres osado como tu madre».
Otras risitas y murmullos animados. Colgué tan pronto pude.
Unos días después recibí esto:
Fue como un sueño. Él estaba en su casa en Raleigh. Duchándose en su baño, durmiendo en su cama. Escuchaban viejas canciones de Broadway, se daban masajes en la espalda, se deleitaban en su alegre sensualidad. Ella anhelaba sondear las profundidades de quién era él y quiénes serían juntos.
«Creo que a mamá le espera una decepción», le dije a Marta.
«No seas tan duro con ella, Trey. Tal vez todo funcione».
«¿Alguna vez ha funcionado?».
«Dijiste que ha sido más fácil llevarte bien con ella».
«Es más fácil cuando estamos en países diferentes».
«Espero que ellos permanezcan juntos».
«Podría olvidarme del año sabático».
***
«La semana pasada fue una montaña rusa», me informó mamá.
Preparé todo para que Howard se quedara cinco días. Compré entradas para La vida como un hogar. Entonces Howard llamó para decir que no podía venir. Tenía un compromiso de negocios en Miami. Se disculpó y dijo que lo lamentaba.
Yo sabía que algo le pasaba. Parecía deprimido. Llevaba varios días sin revisar su correo y hacía semanas que no teníamos una conversación larga. Estaba decidida a llegar al fondo del asunto. Yo presentía que era algo relacionado con sus finanzas.
Fui sola a ver La vida como un hogar. Una verdadera película lacrimógena, justo lo que necesitaba.
Había apenas cuatro personas en la sala, así que pude llorar a gusto.
Solo que seguía llorando en el pasillo del supermercado e incluso cuando llegué a casa.
Así que, después de todo, fue mejor que Howard no estuviera aquí.
No podía soportar más emociones. Me dejó un mensaje que decía: «Lamento no haber podido estar contigo. Ahora me siento muy bien por muchas cosas».
Decidí que su problema es que nunca se ha sentido realmente amado ni por sus padres ni por su familia.
Siempre ha estado demasiado ocupado para intimar.
Por lo tanto, no tiene ni idea de lo que es amar.
Le dije que nuestra correspondencia era superficial, truncada y estrictamente factual.
También señalé que este mes habíamos hablado menos de una hora, y que solo me había escrito dos o tres correos.
Espero que ahora que su situación financiera ha mejorado, pueda dedicarse de nuevo a mí.
«¿Cómo ha mejorado su situación financiera?», le escribí.
***