Otras aguas Cae un rayo
85%

Cae un rayo

Al terminar la tarde —mientras el aire se enfriaba, el móvil sonaba con el viento y el cielo se oscurecía con nubes de tormenta—, oí desde mi balcón un pregón lastimero y cadencioso: «¡Candelabros! ¡Candelabros!»

. Fue como un encantamiento, su voz me cautivó.

A través de las hojas vino tinto del almendro, vi a un hombre pedalear un triciclo repleto de candelabros.

No era raro ver pasar a un vendedor, ofreciendo flores o trapeadoras, o proponiendo reparar tus electrodomésticos. Y cada uno tenía su propia forma de cantar, haciendo una musiquilla con las palabras. Pero nunca había visto a nadie vendiendo candelabros ni, supuse, volvería a ver a ninguno.

Los candelabros eran grandes y tenían tres patas de hierro forjado, que se alzaban en ramas y hojas y estaban coronados por estrellas y lunas de vidrio, lo que les daba un aire místico. Aunque yo nunca había comprado uno y no tenía ninguna inclinación metafísica, me oí llamar al hombre.

Poco después de que el artesano se alejara pedaleando, la tormenta cayó como una ráfaga.

Un diluvio furioso golpeó las calles, azotando las acacias y doblando las palmeras.

El cielo se iluminó y crepitó como fuegos artificiales.

Cuando una fuerte descarga nos dejó sin luz, encendí las velas del candelabro.

Luego contemplé deslumbrado el arbolito de luces.

Las llamas se retorcían y desprendían un aroma a cedro.

Aliviaban el aura melancólica de la tormenta, agravada por la ausencia de Marta.

Ella había ido a la casa de su madre a celebrar la noticia.

Tras años de infertilidad, por fin habíamos tenido suerte.

Marta ya estaba en su tercer mes. Donde su mamá, la mimarían y le darían consejos: «No salgas al sereno sin bufanda» y «no te acerques a un cementerio porque se te mete el frío de los muertos».

De repente, y en silencio, volvió la luz.

Entre el sonido de las hojas que goteaban y el gorgoteo de las canaletas, intenté llamar a Marta.

Hasta el momento, le había ido sorprendentemente bien, dada su salud delicada.

Solo había sentido un poco de náuseas y fatiga.

Pero no pude comunicarme porque la línea estaba caída.

Calenté arroz con pollo y me senté a ver las noticias. Un rótulo que decía Boletín especial atravesó la pantalla y sonó música dramática.

«Así es —dijo un reportero en directo desde la clínica—. El Deportivo Cali estaba terminando de entrenar cuando se desató la tormenta. Antes de que los jugadores pudieran encontrar refugio, un rayo derribó a varios. Hernán Gaviria y Giovanni Córdoba fueron remitidos a este centro hospitalario.

Gaviria expiró a las siete y cinco. Valdez sufrió un paro cardíaco y permanece en estado crítico».

Sentí un escalofrío mientras la lluvia seguía cayendo. Lo que más me perturbó del rayo fue la arbitrariedad de su destrucción. Como si la Naturaleza se burlara de uno por creer que la vida tiene sentido. Pero los colombianos estaban acostumbrados a los desastres y preparados para afrontarlos.

***

Cuando por fin me puse en contacto con Marta, me habló de las inundaciones y los derrumbes en la vereda de su madre.

Varias familias habían perdido sus casas, mientras que la de su madre se había salvado.

Pero luego enumeró los problemas en su vivienda, desde el hedor del alcantarillado hasta el vertedero de animales muertos.

Un aviso en un árbol decía Prohibido arrojar animales, así que cuando alguien tenía que deshacerse de un animal muerto, este era el primer lugar que se le ocurría.

Le pregunté a Marta cómo se sentía. Me dijo que había tenido algunos calambres y que había hablado con su médico, un ginecólogo al que había descrito como un osito de peluche.

Y empecé a decirle así. Incluso Marta usaba ese apodo.

Al principio, me creí muy listo al ponerle un sobrenombre castrador.

Pero después me di cuenta de que Marta podría estar usándolo para castrar mis sospechas.

El Osito, como todos sus médicos, jefes y abogados, se llevaba bien con ella.

Prolongaba sus citas y la llamaba a casa.

Los hombres se sentían atraídos por los rasgos finos y broncíneos de Marta, y por su carácter implacable.

Eso fue lo que me atrajo de ella. Acudir en ayuda de una mujer en apuros, cuidar a un pájaro herido.

Pero al mismo tiempo, Marta me daba fuerzas.

Había pasado por muchas cosas y había sobrevivido.

«¿Supiste lo del rayo?», le pregunté.

Antes de que pudiera responder, la comunicación se cortó.

***

Al día siguiente estuve ocupado traduciendo un texto largo y árido con mucha jerga legal. Marta llamó para decirme que estaba visitando a su tía; me vería al día siguiente.

Mientras terminaba el arroz con pollo, rematado con guacamole y ají, el noticiero presentó un reportaje sobre Hernán Gaviria.

Un muchacho bien plantado que marcaba un gol tras otro, se quitaba la camiseta para delirio del público, y la música de fondo llegaba al clímax con la imagen congelada de Hernán con el puño en alto.

Ser golpeado por un rayo: qué manera tan absurda de morir. Como resbalar en una cáscara de banano.

Más que la muerte, temía morir por mi propia estupidez. Y la gente preguntando, ¿por qué no dejó de beber?, ¿de manejar como un loco?, ¿de vivir como un loco?, ¿qué hacía ahí afuera en medio de una tormenta?

Es reconfortante pensar que la mayoría de las muertes se deben a la imprudencia, y que ser precavido puede evitar el desastre. Queremos creer que un golpe de mala suerte no será nuestra perdición.

Últimamente había albergado un miedo corolario, el miedo a que algo saliera mal con el embarazo.

Y, aún peor, el miedo a que yo fuera el culpable.

Una vez que este miedo echó raíces, propició la transgresión: el abuso de drogas.

¿Estaba trabado en el momento de la concepción?

¿Y eso había afectado el embarazo? No tenía muchas ganas de investigar.

El siguiente noticiero repasó otras tragedias causadas por los rayos.

Mostraron el video de un partido en Sudáfrica.

Los jugadores corren con sus uniformes blancos.

De repente, un fuerte estruendo sacude la imagen y los jugadores se desploman en la cancha.

Segundos después se levantan de un brinco igual que si fueran muñequitos y siguen jugando como si no hubiera pasado nada.

Después de las noticias, fui caminado al bar donde tomaba los viernes con algunos otros profesores. Los llamé los matemáticos. En realidad, eran dos. También, un físico, un químico y un geólogo. Aunque disfrutaba de su compañía, tenían otra forma de pensar. Aun así, llevaba años viéndome con ellos.

De camino al bar bajo las acacias frondosas, recordé la frase de una novela: Una de las últimas revelaciones: la vida no será como la habías imaginado. La primera vez que la leí era demasiado joven para emitir un juicio. Así que la dejé para más adelante, y ahora había llegado el momento.

Pensaba en esto mientras tomaba con los matemáticos, aunque no era el tipo de cosas que ellos entenderían.

Como era de esperarse, alguien mencionó el rayo. Había visto el video de Sudáfrica. Comentó que el rayo no se había sido visible; solo se oyó el sonido atronador cuando los jugadores cayeron en la cancha.

El físico explicó que, en sentido estricto, los rayos no caen. En realidad, las cargas negativas de las nubes son atraídas por las cargas positivas del suelo.

«El objeto más alto es el primero en recibir el impacto», dijo el geólogo, lo que parecía contradecir la afirmación del físico, pero yo me limité a escuchar y seguí tomando.

«Así es —dijo el químico—. Gaviria era el más alto».

«O el más salado —dijo otro—. La sal atrae los rayos».

«No comas sal», le dijo el químico al físico, que se estaba metiendo una papa frita en la boca.

Nos reímos.

***

Llovía de nuevo cuando llegó Marta. Cansada y llena de barro, se bañó y nos sentamos en el sofá. Me compartió los consejos de su madre: quemar incienso durante el parto, comer chocolate y tostadas, y no cortarle el pelo al niño durante un año, o tendrá problemas para hablar.

Apoyé la cabeza en el hombro de Marta y recorrí su muslo con los dedos.

«Ahora no —me dijo—. Tuve una pequeña hemorragia».

«¿En serio?».

Me mostró la mancha en sus calzones. Aunque no estaba preparado para eso, agradecí su franqueza.

«El Osito me dijo que si la sangre es oscura y no tengo dolor, no hay necesidad de preocuparme».

«¿Has sentido algún dolor?».

« No exactamente».

«¿Por qué no lo llamas?».

Marta le marcó al bíper y él le devolvió la llamada.

«Dijo que a lo mejor no sea nada —comentó Marta—. Mañana iré a que me hagan una ecografía. Él no estará, pero su colega me verá».

El noticiero de la noche pasó un reportaje sobre Gaviria. Elogiaba sus logros y su servicio a la comunidad. Su funeral estaba programado para el día siguiente.

Esperé noticias de Valdez. El periodista de la clínica dijo que le estaban haciendo pruebas para detectar la magnitud de los daños cardíacos y nerviosos.

***

Me desperté y encontré a Marta ya vestida. El cielo resplandeciente parecía una señal de buen augurio. En un semáforo, un niño hacía malabares con cuchillos.

Un locutor entrevistaba a un científico en la radio.

Dijo que los relámpagos pueden viajar varios kilómetros desde una tormenta, aparentando salir de un cielo azul despejado.

Si oyes un trueno, estás a su alcance. Un rayo puede provocar un paro cardíaco, aunque a veces no hay señales externas de daño.

Las personas pueden perder el conocimiento durante periodos variables.

Podrían sentirse confundidas, sin saber lo que ocurrió.

Un rayo puede quemarte la ropa y dejar pocas evidencias de lesiones.

El experto citó estadísticas y enumeró medidas de seguridad: no te pares debajo de un árbol.

No lleves objetos metálicos. Si no puedes llegar a un lugar seguro, agáchate como un cátcher con las manos en las rodillas o tápate los oídos para limitar los daños auditivos.

Si estás con otras personas, mantente a cinco metros de distancia.

Además, un rayo puede caer dos veces en un mismo sitio.

Un radioyente dijo que un rayo había matado a unos cortadores de caña el mismo día que a los futbolistas. Otro afirmó que a un anciano le cayeron seis rayos.

«¿Y sobrevivió?», preguntó el locutor.

«A todas menos al último».

***

En la sala de espera, nos sentamos entre mujeres con vientres abultados o con bebés en brazos. Todas miraban el televisor de la pared, que transmitía el funeral de Hernán Gaviria. Los portadores sacaron el ataúd de la iglesia y una fila de carros siguió al coche fúnebre.

Luego informaron sobre Valdez. Había sufrido otro «preinfarto» y su condición era estable pero reservada.

El joven médico que nos atendió tenía el pelo engominado, una cadena en el cuello y crocs amarillos. Sí, crocs. Parecía recién llegado de la playa. Lo vi decirle a una enfermera «ahorita salgo» y mover las cejas como Groucho Marx. Luego nos saludó secamente y nos dijo que nos sentáramos.

Cuando por fin llegó nuestro turno, nos llevó a la sala de ecografías y le dijo a Marta que se quitara la ropa.

Deslizó un preservativo en una cámara con forma fálica, la untó con lubricante y la introdujo con brusquedad en su vagina.

Con los ojos fijos en el monitor, hizo girar una especie de palanca.

«¡Mire ahí! —exclamó—. Está muertico».

Al principio las palabras no tenían sentido. No hasta que vi las pestañas húmedas de Marta. Ella escuchaba al médico, y yo miraba su cadena y sentía mi furia creciente que, en cierto modo, era un alivio. La ira es más fácil de soportar que el dolor.

Mientras el médico playero divagaba con las indicaciones habituales —tómate estas pastillas y luego estas otras—, Marta me tendió la mano.

Él dijo que las pastillas la ayudarían a «evacuar» y que más tarde sentiría calambres.

Le aconsejó tener paciencia y esperar al Osito, quien pronto vendría (para que ella no lo molestara, supuse), y él le haría un raspado cervical.

«Me largo de aquí», le dijo a la enfermera con un guiño pícaro.

Aturdidos y desconcertados, salimos por entre las mujeres con vientres redondos. Si el Osito hubiera estado aquí, pensé, sintiendo un afecto repentino por él.

Marta estuvo callada de regreso a casa. Se pasó todo el día yendo de la cama al baño. Cuando le pregunté si podía ayudarla, me dijo: «Mejor no. Sé que no soportas ver sangre».

Lo cual era cierto. Aun así, me quedé junto a la puerta del baño y escuché sus gemidos y chapoteos.

«¿Cómo te sientes?».

«Como si se me salieran las tripas».

Me armé de valor y miré adentro, pero salté hacia atrás alarmado. El piso blanco, el sanitario, la ducha y las paredes estaban salpicadas de sangre roja y brillante. Marta, arrodillada, recogía agua con una coca.

«Espero que no venga nadie —dijo—. Parece la escena de un crimen».

En medio de la noche, tras sentir cada vez más fuertes los calambres, Marta llamó al Osito.

Él le dijo que se encargaría personalmente de habilitar una sala de cirugía; eso ya era un avance.

Cuando terminó el «procedimiento», vino a hablar conmigo.

Los vellos de sus brazos eran tan gruesos como cerdas.

Dijo que la enfermera acompañaría a Marta hasta que le pasara el efecto de la anestesia.

Me quedé esperando otra explicación. Algo que me ayudara a comprender.

«La naturaleza no es perfecta», fue todo lo que pudo decir.

***

Un camillero llevó a Marta hasta el carro en medio de la oscuridad antes de la madrugada. La lluvia había cesado. El resplandor de las farolas se reflejaba en los charcos.

En casa, me ofrecí a prepararle el desayuno a Marta.

No me contestó. Se acostó en la cama con la mirada perdida. Me acomodé a su lado y apoyé la cabeza en su corazón, escuchando su ritmo lento y constante.

Luego me levanté y traje el candelabro. Lo coloqué junto a la cama y encendí todas las velas.

Las llamas parpadeaban y desprendían su aroma.

Le hablé a Marta del artesano que había aparecido aquella tarde.

De la calma que precedió a la tormenta y de su canto de sirena.

De cómo el candelabro me había reconfortado.

Nos quedamos mirando las llamas mientras esperábamos el amanecer.