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Paternidad

«No contestes», gruño cuando suena el teléfono a las tres de la madrugada.

«Es Lucinda —dice Marta—. No tiene quién la lleve a la clínica».

Aplasto la almohada. «Pues nosotros no».

De camino a la casa de Lucinda, la carretera está oscura y espectral, un inframundo de conductores ebrios y peatones fantasmales. A esta hora, en Colombia no hay reglas que valgan.

«Típico de ella —dice Marta, pasando de una propaganda a otra mientras busca una emisora de salsa—. Quería salirme adelante teniendo a su bebé primero. Y eso que no tiene ni cómo cuidarlo».

Al doblar una esquina, meto el cambio con brusquedad. «¿Por qué no la llevó uno de sus mozos?».

En lugar de tener un trabajo de verdad, Lucinda depende de un montón de amigos varones. Y da masajes. Dice ser experta en venas hinchadas y músculos tiesos. Hace visitas a domicilio y anda con un bíper. Quién sabe qué más hará. Bueno, mientras no nos vaya a pedir plata…

Todavía estoy furioso por la vez que nos cuidó la casa. Encontramos muebles manchados, el lavaplatos atascado y platos rotos. Y cobros en la cuenta telefónica de una línea caliente.

«Entonces… ¿quién va a pagar la cuenta médica?».

«No sé —dice Marta, su rostro brevemente iluminado por las luces de un carro—. No la dejarán salir de la clínica hasta que pague, y ella no tiene ni para el taxi. Intentó reunir algo con esa ridícula fiesta para el bebé. Fuimos tres mujeres pero ni un solo hombre».

«Pero ¿cómo puedes culpar a los hombres por no ir?», pregunto, y me paso el semáforo en rojo. A esta hora en Colombia, si paras te pueden robar.

«Trey… —dice Marta en tono tranquilizador. Ella es buena para eso: para tranquilizarme. Tan buena como Lucinda para exasperarme—. Quiere que seas el padrino de su hijo».

«¿El padrino? —Por poco atropello a un reciclador que empuja una carreta—. Ni siquiera soy padre. Y no soy católico. No soy nada. ¿Qué hace un padrino en todo caso? ¿De cuánto dinero estamos hablando?».

«Bueno…» .

«Todo lo que sé es lo que he visto en las películas: don Corleone, con gente haciendo fila para pedirle favores. ¿Es algo así como ser fiador de un préstamo? Si ella no paga, ¿tendré que hacerlo yo?».

Marta dice: «Entonces dile que no puedes».

Una cosa que me gusta de Marta: no intenta hacerme sentir como una mierda.

Desde el principio, hemos tratado de darnos libertad.

Unión libre, dicen aquí, y me parece muy bien.

Marta me da una gran libertad. Es la mujer menos posesiva que he conocido.

Pero cuando una estudiante me da un caramelo, tiene que ser ella la que se lo come.

«¿Dónde está el padre? —pregunto al llegar al barrio de Lucinda, donde hay tipos musculosos en sillas de ruedas merodeando por las esquinas—. ¿Es ese gringo?».

Para no ser eclipsada por su hermana, Lucinda se levantó su propio gringo. Un negociante al que le gustaban sus masajes y la llevaba a Cartagena. El tipo era insaciable, dijo Lucinda. Quería hacerlo en la hamaca, en la piscina, en las escaleras. Después regresó a Gringolandia.

«No le contesta sus mensajes —dice Marta—. Pero ella cree que aparecerá en el último instante».

«¿Montado en un corcel blanco?», pregunto.

Marta se recoge el pelo en un manojo y luego se lo suelta. «Tal vez Reymundo le ayude».

«¿Quién es Reymundo?», pregunto esperanzado.

«¿Te acuerdas? El tipo que acompañó a Lucinda a visitar a mamá y le llevó un televisor».

Aliviado, apoyo el brazo en la ventanilla. «¿A qué se dedica?».

«Es un matón».

«¿Un qué?». Vuelvo a meter el brazo.

«Uno de sus amigos del bajo mundo». Marta se encoge de hombros. Al igual que Lucinda, ha visto muchas cosas. No ha hecho, necesariamente, pero visto, sí.

«Reymundo ha pasado por lo peor. Estuvo varias semanas en cuidados intensivos. Y las cuentas le consumieron todos sus ahorros.

«¿Qué le pasó?».

«Le metieron doce balazos. Tuvieron que ponerle un estómago de plástico y reconstruirle casi todo el cuerpo».

«El hombre biónico», comento.

«Tuvo suerte». Marta abre una pinza del pelo con los dientes. «Pero ahora le da miedo salir de la casa. Carga su revólver incluso para ir al baño».

Marta cruza una pierna debajo de la otra. «Cuando Lucinda quedó embarazada, sus pretendientes dejaron de llamarla. Todos, menos Reymundo. La llamaba a todas horas y le rogaba que lo visitara. Decía que necesitaba a alguien que le levantara el ánimo».

«O lo que sea».

«Creo que él la ama».

«¿Lucinda lo ama?».

«Ya la conoces. Para ella todo es un chiste. No quiere a nadie».

«Salvo a ti».

Lucinda siempre ha envidiado a su hermana menor, tan linda que la gente le decía Muñeca. Para equilibrar la balanza, Lucinda le trasquilaba los rizos a Marta o la hacía girar agarrándola por los tobillos y la soltaba «accidentalmente».

A los cuatro años, Marta siguió a Lucinda a la escuela. La profesora la dejó entrar a la clase y terminó siendo la mejor alumna. Fue entonces cuando Lucinda decidió despreocuparse: de la escuela, de su familia, de todo. La despreocupación se convirtió en su especialidad.

***

En el edificio de Lucinda, prendo los reflectores. Ella sale agarrándose la parte baja de la espalda como hacen las embarazadas en las películas. Sus disparejos flecos a la moda, cortados como con machete, tienen un tinte escarlata, sus cejas depiladas y repintadas.

«Tú ganas, Trey», declara Lucinda, haciendo una mueca de dolor al subirse al carro, y luego recobrando su aire de indiferencia.

«¿Ganar qué?».

«Fuiste el que estuvo más cerca de adivinar el cumpleaños de Juancho».

«¿Cuál es el premio?».

«El derecho a llevarme a la clínica».

Una vez, poco después de empezar a salir con Marta, fui a su casa y encontré, sola, a Lucinda.

Estaba planchando un vestido y solo tenía puesta una batola.

Uno de los tirantes le colgaba del hombro.

Su piel y sus rasgos eran muy parecidos a los de Marta.

Y tenían la misma risa, rápida y sorprendente, alegre como la de una niña.

Pero la voz de Lucinda era más ronca. «Hola, guapo», dijo con una ironía que sonaba dudosa.

La plancha desprendía vapor. Debajo de la batola no tenía brasier. Ahí también noté un parecido.

Después de aguantarse a su adorable hermanita, Lucinda tuvo que verla convertirse en una rompecorazones, con ese andar cadencioso y esa mirada profunda que los hombres interpretaban como coquetería. Pero lo que a Lucinda le faltaba en atributos físicos lo compensaba con su fogosidad.

En el pueblo cercano a su finca se empezó a hablar de las «ninfas del bosque».

Por la quebrada donde se bañaban pasaban hombres a caballo.

Un día, unos soldados les pidieron a las hermanas que posaran para unas fotos.

Marta dijo que tenía que volver a la casa.

Lucinda aceptó quedarse. Después circuló el rumor de que ambas se habían quedado y que la idea había sido de Marta.

Afectada por el escándalo, Marta huyó a la ciudad. Pero Lucinda le pisó los talones. Vivió con varios hombres y pronto quedó embarazada, pero dejó al bebé con la mamá del tipo. Estaba demostrando su indiferencia, perfeccionándola.

Frente a cada amante nuevo alababa a su hermana —becada y modelo de pasarela—, mostrándole fotos que despertaban en ella un celoso orgullo. Aunque estaba resentida con Marta, no podía vivir sin ella. Algo la mantenía aferrada. Tal vez era esto: todos queremos por lo menos a alguien.

Lucinda me toca el hombro y la veo en el retrovisor.

«¿Puedes traducirme algo?».

Me muestra un correo y traduzco mecánicamente. «Hola Lucinda. Extraño tus masajes…».

Lucinda sonríe. «Qué bien la pasamos en Cartagena. De verdad los gringos son los mejores amantes».

Giro para esquivar un hueco. «¿Cuándo te mandó el correo?».

«Justo después de nuestro viaje».

¿Antes de saber que estabas embarazada?, evito preguntarle.

Por fin llegamos a la vieja y destartalada clínica. El portero parece cadavérico, un vendedor pregona sus dulces y hay gente que discute por facturas. Un hombre se acerca cubriéndose la cara, con sangre chorreándole por los dedos.

«Vete a casa y duerme un poco —me dice Marta—. Yo me quedo con Lucinda».

***

Tras una noche de sueño agitado, me despierta el timbre del teléfono. Nació el bebé. Marta me pregunta si iré a recogerlos. Lucinda sale de la clínica cargando un bulto envuelto en una manta. A pesar de su habitual expresión despreocupada, parece un poco desmejorada.

Marta me aparta a un lado. «Tuvieron que hacerle una cesárea».

«¡Uy!, ¿y la cuenta?».

«Ya está pagada».

«No me digas que el gringo apareció en su corcel…».

Los labios de Marta forman una línea recta y plana. «Reymundo mandó el dinero. Vamos a ir a verlo».

«¿A su casa?».

«Tenemos que darle las gracias».

«Mira lo grande que es —dice Lucinda—. Parece un gringo, ¿no?».

Enciendo el motor.

***

En la ventana del segundo piso de una casa sencilla y encalada se entreabren las cortinas.

Un hombre baja por la escalera de caracol.

Macizo y de mandíbula cuadrada, viste jeans y tenis muy blancos.

Bajo su camisa de flores, noto un ligero bulto; deduzco que es su estómago reconstruido.

Salvo por su cojera, parece haberse recuperado milagrosamente.

La casa está mal ventilada y poco amueblada. Cuando Reymundo le echa seguro a la puerta, se me encoge el corazón.

Da vueltas rápidas con esos tenis blancos y brillantes, haciendo un pequeño círculo con las sillas.

«¿Dónde están mis modales? —dice de repente—. ¿Les traigo un café?».

Solo ahora me doy cuenta de que el bulto bajo su camisa no es su barriga.

Marta dice: «¿Tienes una aromática?».

«Té —dice Reymundo. Y a mí—: ¿Café?».

«Bueno, si vas a tomar…».

Reymundo cojea hacia la cocina y se detiene para mirar por las cortinas.

«Me alegra que hayan venido —dice, sirviendo tazas de porcelana absurdamente pequeñas con delicadas cucharas y platillos—. Me he sentido solo y claustrofóbico. A veces solo quiero charlar».

Sosteniendo al bebé como un bulto de papas, Lucinda no parece escuchar.

«Ah, Lucinda —Reymundo suspira—. Esta mujer será el fin de mi vida. Cada vez que nos acercamos, le da por desaparecer. La última vez se fue a Cartagena. —Mira hacia mí—. Y reaparece con semejante paquetico».

«Me alegra verte tan recuperado», dice Marta.

«Gracias —dice Reymundo. Empieza a cruzar la pierna, pero recapacita—. Esos primeros días en la clínica, pensé que no iba a aguantar. ¡La gente por ahí, tirada en los corredores, quejándose y gritando sin que nadie hiciera ni mierda! —Reymundo da golpecitos con el pie como un tamborilero—. Les dije:

“¡Sáquenme de aquí! Les pago lo que sea”. Y entonces me trasladaron a San Luis y allá me salvaron el pellejo. Pero cuando volví a casa, mi familia se había repartido mis cosas. Mi carro, mi casa, hasta mi colección de salsa. Ahora estoy sin un peso. El trabajo que me ofrecen ya no lo quiero.

Lo único que quiero es vivir». Lo dice como un chiste, pero no se ríe.

Cuando termino mi café, se levanta de un salto para coger mi taza. Afuera se escucha el ruido de una moto. Reymundo mira a través de las cortinas.

«Trey —dice—, ¿me regalas un momento?».

Me lleva a la cocina y me da una palmada en el hombro. «Oye, hermano. Lucinda no está en condiciones de cuidar a ese niño».

Estoy de acuerdo con eso.

Se acerca y huelo el café en su aliento. «¿Cómo podemos hacer que el gringo pague?».

Además del café, percibo otro olor, acre y clínico, como a formol.

«No será fácil», digo.

Reymundo vuelve a mirar a las mujeres. «Amigo, alguien tiene que ayudarla».

Asiento con la cabeza.

«Piensa en el niño. Pobrecito».

Esta vez mi asentimiento es más leve.

«Ojalá pudiera hacerlo yo —dice Reymundo—. Me arrepiento de no haber tenido hijos. Y ya se me está acabando el tiempo».

Respira con esfuerzo, el esfuerzo de vivir, despidiendo vapores de líquido para embalsamar.

Oigo una voz afuera y miro hacia la ventana.

«Hablo en serio, Trey. Un hombre necesita tener hijos».

¿Qué es esto?, me pregunto. ¿Lecciones sobre la vida de un matón?

«Amigo —dice Reymundo—, haz esto por nosotros».

«¿Qué están tramando ustedes dos?», dice Marta, entrando con el bebé en brazos, sus dedos extendidos acunando la cabecita peluda. Aureolada por la luz, parece una madona.

«Tenemos que llevar a este hombrecito a casa. —Se vuelve hacia mí—: ¿Quieres cargarlo?».

«Está bien…».

Ella lo pone en mis brazos. Es cálido, suave y huele a leche materna.

Creo que nunca había cargado a ninguno.

«Sostenle la cabeza», dice Marta, que mantiene las manos extendidas, dispuestas, mientras el bebé emite gorgoteos. Lo agarro bien y ella retira lentamente las manos. Ahora solo estamos él y yo.

«¡Bravo!», grita Reymundo.

Marta intenta contener una sonrisa.

«¡Mira! —dice Lucinda—, ¡abrió los ojos!».

Entrecerrando los ojos ante la luz, el bebé se esfuerza por ver. ¿Qué es esto?, debe pensar. ¿Qué demonios está pasando?

«Hola, amiguito». Reymundo hace una mueca, su máscara mortuoria convertida en una cara de payaso.

Luego me señala con los labios. «Saluda a tu padrino».