Éxodo
Este tipo, Nico, el examante de mi esposa, venía a nuestra casa.
«Quiere despedirse», dijo Marta.
«Lleva meses despidiéndose».
«Lo sé —dijo ella—. Es duro».
Nico no era el único que se iba de Colombia.
Las filas en la oficina de pasaportes se extendían varias cuadras.
Los pasillos de las tiendas estaban desiertos y las casas tenían letreros de Se vende pegados en las ventanas.
Familias enteras estaban abandonando sus casas, cargando a sus hijos, nietos y perros, y alzando vuelo.
Compramos nuestra casa a precio de remate.
***
La violencia, decía la gente. O el conflicto armado. Nadie hablaba de una guerra. La guerra implicaba líneas de batalla definidas. Este conflicto era ubicuo e interminable.
Acostado en la cama con Marta, escuchábamos el ta, ta, ta, ta de los disparos y el ra, ra, ra, ra de los helicópteros. Cenábamos viendo noticias sobre ataques guerrilleros y campesinos masacrados por las «autodefensas».
Entonces, ¿por qué compramos la casa? Porque nos sentíamos seguros en nuestra burbuja universitaria y porque nuestro razonamiento estaba empañado por el amor.
***
Oí el clic de las ruedas de una bicicleta y ahí estaba Nico.
Con su pantaloneta de licra azul eléctrico y su casco plateado, empujaba una reluciente bicicleta de montaña.
Era corpulento y cabezón; con su atuendo, parecía listo para la Vuelta a Colombia en bicicleta.
A las mujeres les parecía atractivo. Era vástago de la familia Garcés, un apellido prestigioso en estos lares, con linaje de colonos españoles de ojos azules, propietarios de tierras, ingenios azucareros y notarios públicos, un cargo lucrativo en un país donde cada formulario o carta,
incluso la más insignificante, tiene que estar autenticada.
Nico era el más joven y el rebelde. Se destacó como futbolista en su juventud y era un jugador fijo de la selección nacional hasta que sorpresivamente lo dejaron por fuera.
Resultó que su padre, que prefería verlo quemarse las pestañas con libros en lugar de darle patadas a un balón, había movido algunas palancas.
Nico se matriculó en la facultad de Derecho en el alma mater de su padre, aunque pronto se rebeló; estudió Derecho Ambiental y pasó todo el tiempo en el monte.
Tras graduarse, renunció a su profesión y trabajó como guía de montañismo e instructor de buceo.
Antes de que el negocio del turismo colapsara, organizaba excursiones para grupos de alemanas.
Hacían caminatas por la selva hasta una cascada remota, donde las mujeres flotaban en balsas, tomaban cerveza y se asoleaban en las rocas como leones marinos.
***
«Lamento saber que te vas», dije mientras su corpachón llenaba el marco de la puerta.
«Tengo que irme», dijo Nico. Se quitó el casco y parecía como si no fuera a caber en el cuarto, todo hombros y torso grueso, como un toro inquieto y reprimido.
Lo observé con esa mezcla de hostilidad y fascinación que uno siente por un hombre que se ha acostado con su esposa. Y al que le gustaría hacerlo otra vez.
«¡MARTA!», grité.
«¡YA BAJO!».
«Resulta que ya no puedes salir —Nico se acomodó en nuestro nuevo sofá—. Los mejores lugares para excursiones ya no son seguros. Ahora, además del secuestro, están las minas quiebrapatas. En la finca de mi hermana murieron doce vacas. Y el hijo del mayordomo perdió una pierna».
Marta bajó las escaleras saltando, luego de aplicarse espuma capilar. Ofreció su mejilla para que Nico la besara y se sentó a su lado. Cuando yo estaba a punto de subir al segundo piso, Nico empezó una historia.
***
Estaba guiando a unos excursionistas por el volcán Puracé cuando los paró la guerrilla.
Con uniformes de camuflaje, iguales a los del ejército, pero con esas delatoras botas de caucho.
Por suerte, Nico usaba gafas de alpinista que le cubrían sus ojos azules, y llevaba la cédula de un camionero de apellido García. Los soltaron después de interrogarlos.
Tengo que irme, decidió Nico.
Omar, un excompañero de fútbol, vivía en Estados Unidos y le insistía que se fuera para allá.
Había triunfado en Gringolandia: tenía casas en Miami y Nueva York, un avión privado, un yate ostentoso.
Buena parte de sus negocios ya eran legítimos: mantenimiento de jardines, venta de carros, bares y restaurantes.
En bachillerato, Omar admiraba a Nico por ser el atleta que él habría querido ser. Ahora tal vez Nico lo admiraría a él.
«Cada vez que viene —dijo Nico—, quiere irse de rumba: trago y putas hasta el amanecer». Pero Nico, el zanahorio, no le jalaba a eso.
Marta escuchaba con atención.
El año anterior ella había ido a una notaría, pues quería conocer los requisitos para casarse con un gringo.
Para su sorpresa (dijo ella), encontró a Nico trabajando en el lugar.
Marta había olvidado que la notaria era su hermana, una versión emprendedora de él, con sus mismos hombros gruesos.
Nico, corto de dinero, trabajaba para ella temporalmente.
Por espacio de una hora, mientras otros clientes se abanicaban en la sala de espera, le dio información a Marta sobre leyes y paz y salvos, y le expresó sus dudas sobre la idea de casarse.
Marta creció en una finquita de mala muerte, colindante con la gran hacienda de los Garcés, que tenía establos, lagos de pesca y terrenos bien mantenidos, con una profusión de veraneras.
Tuvieron un romance de verano antes de que Nico se casara con otra sangre azul, un matrimonio aprobado por su padre, matrimonio del que Nico llegó a arrepentirse.
Aturdido por las deudas y las fiestas anodinas, Nico la dejó.
Pero después de un periodo de soltería turbulenta (durante el cual tuvo un breve reencuentro con Marta), volvió a casarse, esta vez con una aficionada a la recreación, pelicorta y pesista, capaz de abrirse camino entre los mejores.
(A Marta no le parecía emocionante armar una carpa después de haber «crecido en medio del barro»).
Le dieron la bienvenida a una linda niña rubia y, según las apariencias, eran felices.
***
Y luego secuestraron a su padre, continuó Nico. Alguien, la guerrilla o la delincuencia común, llevaba años extorsionándolo. Pero cuando el anciano se negó a pagar, se lo llevaron a la selva.
Nico miró para ver mi reacción. Preparado todavía para subir las escaleras, me senté en una silla y crucé las piernas, cediendo a los buenos modales y a la curiosidad.
El rescate, dijo Nico, era exorbitante. Tenían a su padre en condiciones infernales. Hipertenso y diabético, necesitaba medicamentos.
A medida que pasaban los días, Nico tenía emociones encontradas. Aunque todavía culpaba a su padre por frustrarle sus sueños, fue él quien le inculcó el amor por la naturaleza.
Así que cuando sus hermanos convocaron una reunión familiar para decir que habían decidido no pagar el rescate, Nico, cuya falta de medios lo eximía de toda responsabilidad, no pudo dejar de sentirse perturbado.
Vamos a dejar que el GAULA se encargue de esto, dijo su hermana.
Pero ¿por qué motivos podría oponerse Nico? La misma falta de medios que lo había librado de decidir también le impedía oponerse.
La operación se llevó a cabo a una hora fría de la madrugada, en medio de la oscuridad y la niebla.
Vestidos de negro y con las caras pintadas, equipados con gases lacrimógenos y Uzis, los hombres del GAULA atacaron.
Tras un intenso tiroteo, que dejó a uno de los secuestradores agonizando en el suelo, el viejo quedó libre.
Al oír la noticia, Nico se puso eufórico, hasta que escuchó el resto de la historia. Los cuatro secuestradores terminaron muertos. Y dos eran antiguos empleados, casi familiares, con quienes Nico había jugado cuando era niño. Parecían tener señales de tortura.
El padre de Nico nunca volvió a ser el mismo. Vendió su tierra por casi nada y permanecía sentado en su sillón esperando que le sirvieran la comida. Todo esto dejó a Nico con una sensación inquietante clavada en el estómago.
***
Me reacomodé en la silla mientras Nico, callado, giraba el casco lentamente en sus manos. La luz de la tarde bruñía el piso de arcilla.
Después de eso, dijo Nico, todo el mundo tenía los nervios de punta.
Compró una pistola que llevaba a todos lados.
Iba al campo de tiro para desahogarse. Estaba más convencido que nunca de que debía irse.
Simplemente, el país no era seguro, en especial para la familia Garcés.
Su hermana pagaba una «vacuna» por su finca.
Si no lo hacía, quemarían todos los cultivos.
¿Qué debía hacer Nico? Consideró la propuesta de Omar de irse a Estados Unidos.
Otra opción era Chile, un país en paz, con una economía estable y un sistema jurídico sólido.
Claro, tendría que trabajar como abogado, al menos al principio.
Valparaíso tenía una costa hermosa. Tal vez ahorraría y abriría un campamento.
Es cierto que su esposa no tenía muchas ganas de irse. Y él también amaba a su país, de no ser por la violencia. Por otro lado, los inviernos en Chile podían ser gélidos. Y la profesión jurídica no era muy receptiva con los extranjeros.
Así que cuando Alfredo, otro excompañero de fútbol, quiso vender su lancha, con embarcadero incluido, en el lago Calima —uno de los últimos lugares seguros para la recreación—, Nico decidió darle a su patria una última oportunidad.
Entonces fue a visitar a Alfredo. Este, que alguna vez había sido un gran puntero izquierdo con una patada potente, estaba pasando por un momento difícil.
Primero, su esposa lo había dejado, luego su ferretería quebró.
Nico podía oler su tufo a whisky. Regatearon un poco, pero llegaron a un acuerdo y Alfredo dijo que pronto le tendría los papeles.
El lago Calima, una represa construida en la cavidad formada por varias montañas, era plácido y pintoresco, ideal para la pesca y los deportes acuáticos.
Para alivio de Nico, la lancha funcionó bien.
Le enseñó a esquiar a su hija. Después de caerse, ella salía jadeando, apartándose el pelo de la cara.
«¡Papi! —decía con una sonrisa desdentada—. ¿Viste?» .
Pero la tercera vez que fueron, la guerrilla atacó el lugar. Nico se refugió como pudo con su hija y su esposa, paralizado por el estallido de los morteros.
No más, dijo, me largo de aquí. Arregló sus asuntos comerciales en un dos por tres.
Empacó sus cosas y puso un clasificado para la lancha.
No solo para tener con qué irse, sino también para borrar el recuerdo de su mala decisión.
Pero cuando llamó para preguntarle por los papeles, Alfredo le pidió más tiempo.
«¡Maldita sea, necesito esos papeles!», gritó Nico. Tiró el teléfono y caminó por la sala, preguntándose si la lancha sí tendría alguna matrícula.
Mientras deambulaba enfurecido, sonó el teléfono. Era Omar. «Oíste, hombre. Siento mucho lo del Calima».
«Sí…».
«¿Cuándo venís? Te estamos esperando».
«Gracias —dijo Nico—, pero tengo un problema». Y le contó a Omar lo de Alfredo.
«Veré qué puedo hacer», dijo Omar.
«No, dejémoslo así».
«¿Con quién cree que está tratando? ¡Este es el gran Nico Garcés, estrella del Deportivo Cali y que debió estar en la selección nacional!».
***
Al día siguiente, Nico empacó sus cosas y recogió a su hija en el colegio. Llegó a su casa y apareció una moto. Un tipo flaco con cara de chucha le entregó un sobre.
Adentro estaba la matrícula de la lancha. ¡Por fin podrían irse!
Entonces sonó el teléfono.
«Hombre, por Dios», dijo una voz sofocada.
«¿Quién habla?».
«¡No puedo creer que hayas hecho eso!».
Nico sintió una sensación helada en todo el cuerpo.
«¿Por qué hiciste eso?», dijo la voz, quebrada.
«Alfredo, escúchame…».
«Les dije que te llamaran, pero no dejaron de…».
Después de la llamada, Nico se apoyó en el lavamanos, sin darse cuenta de que estaba murmurando.
«¿Irnos para dónde, papi?», dijo la vocecita.
***
Nico se puso de pie, con el casco en la mano. Le deseé un buen viaje y los dejé solos. Desde mi estudio, podía oírlos hablar indistintamente. Fue difícil concentrarme en mi trabajo. Por fin oí el rechinar del portón y el lento tintineo de las ruedas de la bicicleta.
Cuando la reja se cerró con fuerza, salí al antejardín.
Marta miraba a Nico pedalear lentamente.
Los últimos rayos de sol brillaron en su casco.
La calle desierta estaba repleta de avisos de Se vende.
Escuché con Marta el canto de las chicharras y otro sonido, un rumor sordo, como un tamborileo marcial, cada vez más fuerte y cercano.