Adiós a los barones y señores
Los capos se han ido.
O se volvieron invisibles. Ya no los ves. No como antes, cuando andaban en camionetas blindadas. Los mágicos. Podían chasquear los dedos y tener lo que quisieran.
Uno construyó una hacienda con zoológico privado —una colección de animales salvajes— dos de cada uno, como en el Arca de Noé. Arriba de la entrada había un carro que supuestamente pertenecía a Al Capone. Atrevido, pero imprudente, el tipo que le vendió esa imitación.
Otro, al que le negaron ser socio de un prestigioso club, decidió construir el suyo. Una réplica del primero, solo que más grande.
Uno le compró la corona de la Señorita Colombia a su amante. Otro compró un campeonato de fútbol. Otro, la presidencia de la República. Podían tener o hacer lo que quisieran, aparecer y desaparecer a su antojo.
Y ahora se han ido.
O así parece.
Nuestra sala está llena de cajas, del apartamento de Marta y del mío. Mañana las desempacaremos. Ahora estamos relajándonos en el patio trasero, celebrando nuestro primer día de convivencia. «Nos estamos organizando», como dicen los colombianos.
El patio está rodeado de plantas tropicales: bijaos con hojas como orejas de elefante, aves del paraíso con sus picos rojos brillantes, y la planta de flores amarillas llamada Mano de Dios. Se siente el aroma a lavanda.
Descorchamos una botella y brindamos. «¡Por nuestro nuevo hogar!».
Nos conocemos hace solo tres meses. Pero ¿qué no es arriesgado en Colombia?
Se fueron el Ajedrecista, el Mexicano y Popeye, el Osito, el Arete y los Ochoa, como la familia de Bonanza, un padre y sus hijos.
El más joven, Little Joe, lindo como un monaguillo.
Y Big Daddy, el jinete con sus ciento cincuenta kilos y un restaurante con un picadero donde montaba y cabalgaba… ¡pobre caballo!
Se fueron. Sus edificios de mal gusto en obra negra, las grúas abandonadas, las columnas oxidadas. ¿Qué pasó? El zar antidrogas gringo, que no podía competir con los capos, decidió presionarlos. Suspendería la ayuda a menos que Bogotá hiciera rodar cabezas.
Y rodaron cabezas. Con el «apoyo logístico» del Tío Sam, sorprendieron a Pablo en un techo, su barriga al aire llena de huecos, el cadáver más feo que jamás hayas visto.
A Popeye lo atraparon infraganti con una menor, los pantalones en los tobillos, su mamá suplicando: Por favor, es un buen muchacho.
Ahora están en la cárcel o en la tumba.
Su dinero está en Ginebra. O en Miami.
Después de perder mi empleo en el Independent, busqué trabajo como freelance. Tal vez investigaría el narcotráfico colombiano. Mi ex dijo que era una buena idea.
Esa parte no se la he explicado a Marta.
Eran leyendas, héroes populares, figuras míticas. Las llaves de sus lavamanos eran de oro. Bañaban a sus caballos con whisky. Les daban plata y casas a los pobres. La gente anhelaba tocarlos para ver si eran reales.
«Tal vez sea mejor que no nos apeguemos mucho», me dijo Marta. ¿Acaso quería que yo hiciera fila con los demás pretendientes?
«¿Alguna vez has vivido con un tipo?», le pregunto.
Ella duda, como si fuera una pregunta capciosa.
«Esta se llama dormidera. ¿Ves cómo se encoge al tocarla?».
Después de bañarnos con una manguera —idea de Marta—, andamos desnudos en el jardín como Adán y Eva.
«Esta es una sábila. Absorbe todo tipo de maldiciones. Y este es un quereme. Lo echas en la bebida de alguien y se enamorará de ti».
«¡Ah! Ese es tu secreto», digo.
Señalo un arbusto de hojas pálidas y pepitas rojas. «¿Y esto?».
«La mata de coca».
La miro.
«Aquí se da por todas partes».
«Parece tan inocente».
«Lo es».
***
Eran tus vecinos, sus hijos estudiaban con los tuyos. Compartían las mismas playas, corridas de toros y desfiles. Eran dueños de tu equipo de fútbol. También del edificio donde vivías, de tu alma mater y de tu droguería (tenían sentido del humor).
Aunque había crecido a dos horas del mar, Marta nunca lo había visto.
Nunca había salido de su pueblo. Un día, un Corvette llegó a su caserío.
El conductor, Rodolfo, vio a Marta en la calle.
Despampanante y recién desarrollada, otra fruta deliciosa en esta tierra exuberante. La invitó a dar un paseo en su lancha.
Los barones tenían sus formas de conseguir amigos. Estás invitado a una fiesta donde no conoces al anfitrión. O te regalan boletas para el gran partido de fútbol. Más tarde descubres que alguien está pagando tu alquiler.
Resultó que la lancha de Rodolfo llevaba un cargamento de coca. Una mujer a bordo disminuía las sospechas.
Bautizamos el patio colgando una hamaca wayúu, blanca y azul, con un fleco decorativo.
«¿Puedo acostarme?», pregunta Marta.
Amarro la cuerda, fingiendo ser un experto en hacer nudos. Pero en el fondo sé que estoy mintiendo. Mi experiencia es tan delgada como un hilo.
«Claro», digo.
***
«¿Por qué un gringo se vendría a vivir aquí?», quiso saber un taxista. Sus ojos vivaces brillaron en el espejo. «¿Estás huyendo?».
***
Ah, pero amaban a su patria. El Día de la Independencia colgaban la bandera. Cantaban el himno a todo pulmón. La bandeja paisa los volvía locos; el vallenato los hacía llorar.
Nos arrunchamos en la hamaca mientras oscurece.
Los grillos y las ranas comienzan a cantar.
Una avioneta fumigadora zumba en lo alto.
Todos los días bajan en picada y arrojan una niebla tóxica: un herbicida prohibido en Estados Unidos.
«No hay de qué preocuparse», asegura un oficial, leyendo un comunicado traducido del inglés.
Pensaban que eran lo máximo, dice Marta riendo.
Rodolfo y sus compinches se creían reyes.
Mujeres llamativas, whisky de primera, enormes bandejas con costillas.
Recorrían la ciudad en sus carros blindados, disparando al aire.
«¿Viste cómo me trató ese empleado? —dijo Rodolfo—. Él sabe quién merece respeto».
Eran católicos de misa y todo, amaban a sus madres y a sus hijos. Pero por las mañanas encontrabas un cadáver en tu jardín. O ibas a pescar y sacabas algo que no era un pez. Periodistas y jueces encontraron su fin, incluso una estrella del fútbol que anotó un autogol.
Al principio el gobierno miró para otro lado. Oye, una marea creciente levanta todos los barcos. O como dicen aquí: Todos en la cama o todos en el suelo.
Entonces, cuando Bogotá cedió ante los gringos, los narcos se indignaron.
¿Acaso no habían compartido sus fortunas?
Les decían los «Extraditables». Nadie iba a extraditarlos de ninguna manera.
Volaron centros comerciales, discotecas y aviones.
Derribaron un Boeing 727. Luego bombardearon la sede del organismo de seguridad nacional, dejando un cráter del tamaño de un estanque.
«Mejor una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos», era su consigna.
Cuando Marta intentó dejarlo, a Rodolfo le dio risa. Cuando la pilló con las manos en la masa, le desbarató su casa y, de paso, la mandíbula. Marta lo denunció y él tuvo que presentarse ante el juez. «¿Cómo se sentiría usted, señoría? —sollozó Rodolfo—. Yo la amaba y ella me traicionó».
Después de soñar con bombas, me despierto en la hamaca. El cielo está aclarando. Las matas tiemblan y se doblan, revelando su envés. Pienso en las cajas de la sala. Pronto desempacaremos y trataremos de comenzar una vida. Marta está dormida en mis brazos. Hasta ahora, el nudo ha resistido.
También está el cuento del capo que quería un río con su nombre. Propuso su idea en varios sitios oficiales. Se hicieron intentos, se arruinaron carreras, pero el nombre del capo no salió en el mapa. Entonces un día su cuerpo apareció en el río. Y desde entonces lo llaman por su nombre.