Otras aguas La Mitad del Mundo
36%

La Mitad del Mundo

Voy manejando hacia el sur por la Carretera Panamericana, acercándome a la frontera con Ecuador. Manipulo con torpeza la palanca de cambios con la mano izquierda para no soltar el muslo de Marta.

La estoy llevando a la Mitad del Mundo.

Hay un monumento allí y una franja amarilla que representan la línea del ecuador. Puedes subir caminando y cruzar la franja.

Marta escribe en su Jeanbook. Mira por la ventana y sigue escribiendo. Tengo treinta y nueve años y ella veintitrés. Ya sé, ya sé.

Cambio de carril para pasar a una chiva verde y amarilla, repleta de gente, gallinas y marranos, cuando mi viejo Chevy Sprint empieza a convulsionar.

Es un cacharro endeble que solo se vende en Suramérica.

¿No es lo suficientemente bueno para los gringos?

Como los buses escolares que botan aquí y que me producen una incómoda nostalgia: ¿podría ser aquel que me llevaba a la escuela primaria?

Mi termostato tiembla. Este no es un buen lugar para vararse. Al igual que gran parte del país, está controlado por la guerrilla. Ya casi llegamos al desolado Valle del Patía. Nos advirtieron sobre esta ruta.

Marta quiere leer lo que ha escrito en su Jeanbook. «Mi vida ha llegado a una coyuntura crítica. Tengo decisiones que tomar…».

Marta es idealista, Marta es joven.

***

Llevar a Marta de viaje es la única manera de tenerla solo para mí. Cuenta con una tropa de pretendientes a la espera. Dice que no tiene nada serio con ninguno; sabe cómo mantenerlos a raya. Aun así, su teléfono no deja de sonar y ella siempre contesta.

Pero en los viajes estamos solos y Marta nunca se cansa de viajar.

La llevé a la selva del Chocó, a las ruinas arqueológicas de San Agustín y a las fuentes termales en Coconuco, donde chapoteamos en esa humeante sopa de arvejas que olía a fósforos y a huevos podridos.

Nos unimos a criaturas de aspecto primitivo, ancianos de piel flácida y arrugada, untados con barro viscoso y rejuvenecedor.

***

Marta ha sido golpeada por la vida. Creció en una finca destartalada y conoce la sarna, los piojos y los emplastos de paico en las fosas nasales para evitar que salgan por allí los gusanos del estómago.

Un hermano se metió a la guerrilla y otro terminó en la cárcel.

Una hermana se volvió evangélica y otra trabaja en la zona de tolerancia, con falda corta y tacones.

Pero como el lirio entre la boñiga, Marta logró florecer. Por la noche observaba las luces de su aldea y soñaba con tierras lejanas. Se acostaba en el pasto y miraba en busca de aviones, con la esperanza de que alguno se cayera. No quería que se estrellara, solo quería verlo de cerca.

***

Marta sobrevivió, pero no sin pagar un precio. Algunas noches me despierto con el rechinar de sus dientes. Las manos le sudan y le tiemblan. Y tiene miedo de cruzar calles, prender estufas y enamorarse.

La carretera atraviesa la selva. Un hombre con ruana lleva un bulto de fique.

«Diego cree que yo debería estudiar en España».

«¿Es un consejo imparcial?», pregunto. Diego tiene familia en Madrid.

«Él me inspira —dice Marta—. Cree en algo. Como tú lo hiciste alguna vez».

En la clase de Ciencia Política, Diego hace «intervenciones brillantes». Pero nunca puede terminar un semestre. Las cosas se complican y tiene que desaparecer. La llama desde lugares crípticos (¿Cuba? ¿Venezuela?) y habla en una especie de código. Marta le dice que tenga cuidado.

«Un idealista», reniego.

Paramos en un puesto atendido por guambianos. Llevan faldas de color azul brillante, incluso los hombres, con botas y sombreros negros. Marta compra un frasco de miel. Es de la buena, dice, no del tipo que se convierte en azúcar porque las abejas se alimentan de caña.

***

Marta escribe en su Jeanbook. Adelanto otro camión.

Pero si ella no me ama, ¿por qué ha seguido con este reportero ocasional del Times Picayune que ha permanecido aquí más allá de cualquier límite razonable e intenta justificarse proclamando el autoexilio?

¡Les mostraré algo!, les grito a los gringos.

¿A quién le importa?

Y si ella no me ama, ¿por qué me embadurnó de barro mágico?

, ¿y por qué hizo una mascarilla con mi semen y permaneció inmóvil como una estatua hasta que se secara?

, ¿y señaló su cara cuando traté de hablarle, para dejarme saber que si la movía se podría cuartear?

Había oído hablar de esto a su manicurista.

Le dijo que obraría maravillas en su aura.

Pero debía tener cuidado de quién escogía el esperma.

***

La aguja del termostato está en rojo.

Pienso en esa línea que divide la tierra, mostrando lo desconocido de ese Otro Mundo. Allá las estaciones son al revés, el agua fluye hacia atrás y las aves vuelan hacia el norte para pasar el invierno.

Después de una curva llegamos a un retén. Hombres con armas y uniformes militares. Contengo la respiración. Miro sus botas. ¿Son de caucho? ¿Tienen barba? Un hombre se acerca a mi ventana. Lo acompaña, para mi sorpresa, una joven vestida con uniforme de colegio.

Sostiene una caja y pide una donación.

«¡Claro!», digo entregándole unos billetes.

Hemos recorrido dos kilómetros antes de poder volver a hablar.

***

Durante años me he estado engañando a mí mismo. Con un espejo empañado y un bombillo de bajo voltaje, he logrado ignorar la flacidez de mi papada y el brillo de mi coronilla entre mi pelo debilitado.

Mirar todo el día a una mujer joven puede hacerte olvidar que estás envejeciendo.

Los hombres de mi edad se están muriendo por montones. En el escritorio de al lado, un compañero de trabajo se desplomó y murió. Todos los días, durante un mes, reflexioné sobre la placa con su nombre. Entonces un día ya no estaba y alguien ocupó su lugar.

***

«Trey oculta sus sentimientos —lee Marta en voz alta—. Es ensimismado y distante. Dice que no le gusta “hablar paja”. Teme que las charlas triviales le encojan el alma».

«¿A Diego le gusta hablar paja?», le pregunto.

«Diego me hace sentir hermosa».

«¿Y yo no?».

«No».

«Yo siempre te echo piropos».

«Sí, pero con un tono irónico».

«¿Irónico?», digo.

«¿Sí ves?».

***

Al entrar al Valle del Patía, el paisaje se vuelve árido y rocoso.

No ha llovido en siete años. Y no hay señales de vida…

hasta que aparecen los fantasmas. Rígidas bajo el sol abrasador, mujeres arrugadas y envueltas en chales se agachan bajo cambuches de iraca, extendiendo sus manos delgadas y huesudas.

A veces las acompañan niños con los ojos hundidos, pero nunca hay hombres.

¿Dónde están?, ¿se fueron?, ¿se murieron?

, ¿están sembrando inútilmente semillas que nunca crecerán?

Sus dedos esqueléticos hacen señas.

***

Si Marta me dejara, hay cosas que no extrañaría: la forma en que pierde las llaves, deja toallas mojadas en la cama y toma un sinfín de notas en los museos.

Aunque tal vez esas sean las cosas que extrañaría.

***

Llegamos al Santuario de Las Lajas, una iglesia gótica que se extiende sobre el cañón del río Guáitara. En la roca que forma el altar mayor se dice que apareció una imagen de la Virgen. Los peregrinos acuden esperando un milagro.

«Tal vez reciba uno». Miro a Marta.

Ella me mira de reojo.

***

Cruzamos la frontera con Ecuador. En medio de la fría niebla, la gente está envuelta en ponchos. Marta se pone sus gruesas medias rojas. Cuando paro a echarle agua al radiador, compro cerveza ecuatoriana, que viene en botellas gigantes, y pan para comer con la miel.

«Tienes razón sobre la miel», le digo a Marta con aprobación.

La expresión de Marta no cambia.

Es cierto que antes yo sentía las cosas con mayor intensidad. Tenía una pasión que me calaba los huesos. Mi anhelo era tan fuerte que resultaba casi insoportable. ¿Qué pasó con eso?, ¿adónde se fue? Tal vez quería que Marta lo sintiera por mí.

***

La Mitad del Mundo se encuentra en lo alto de una montaña. Es un lugar fantasmagórico bajo un cielo lluvioso. Un enorme obelisco de granito está coronado por un globo terráqueo. Debajo está la franja amarilla.

«Pidámosle a alguien que nos tome una foto», digo.

Llueve más fuerte. Hay pocos turistas.

«Tomaré una —apunta con la cámara—. Adelante, cruza».

«Pero contigo en la foto».

«No, dale».

Las gotas de lluvia caen por mi cuello. Me estremezco y enderezo la espalda. Luego, con determinación, extiendo el pie izquierdo más allá de la línea.

«¡Pasa al otro lado!», me pide Marta.

Levanto el pie izquierdo y cruzo, sintiendo que no hay vuelta atrás. Como un escalador en la cima, levanto los brazos en señal de triunfo y miro a Marta al otro lado de la línea divisoria. Enderezo los hombros y digo: «¡Dispara!».

Y entonces me preparo para el clic.