Otras aguas La bastardía de los hombres #2
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La bastardía de los hombres #2

Y otras cosas se cristalizaron, como la desconfianza y la sospecha de Carla. Por ejemplo, aquella vez que me acusó de mirar a una mujer que ni siquiera vi. No me habló en todo el día. O la vez que me preguntó si me «agradaba» su hermana. «Claro», dije. Y Carla replicó: «Quiero decir, como mujer».

Lo cierto fue que yo esperaba que Carla, todavía joven e inexperta, se dejara moldear más por Nadia que por su tía. Pero luego oí las afirmaciones gratuitas de Carla, como «Los hombres no son confiables» o «Todos los hombres son tramposos», que sonaban menos a una broma que a un mantra.

Me sentí como un nadador arrastrado por las olas y arrojado a una familia de bañistas, delicados, rosados y escocidos por el sol, expuestos como moluscos arrancados de sus conchas. Y cuando intenta alejarse nadando, la marea no lo deja.

¿En qué me había metido?, ¿qué me había atraído de Carla en primer lugar?

, ¿su aspecto exótico, su blusa campesina y esas sandalias con tiras de cuero que se enroscaban hasta la mitad de su pantorrilla?

, ¿o su mente inquisitiva y seriedad de propósito, inculcadas, según creía yo, por su familia?

, ¿o acaso era su respeto por su padre? Yo tenía un historial con mujeres que habían puesto a sus padres en un pedestal.

¿De qué se trataba todo eso?, ¿esperaba que esta reverencia me fuera transferida?

, ¿o estaba buscando otra figura paterna?

, ¿sabía siquiera la razón?, ¿o acaso era yo la interpretación mímica de alguien tanteando en la oscuridad?

Pero, un momento. Toño podía ser un mentiroso patológico. Esa gente existía. O tal vez, por alguna razón, él no me deseaba lo mejor. Probablemente porque nunca le ayudé a lavar el carro.

***

En el desayuno de ensayo de la boda, nos sentamos en la larga mesa cubierta con un mantel de lino, todos menos la tía Priscilda.

Ella se había quedado «cuidando la casa», que nunca dejaban sola porque no existía una llave con la que pudieran abrirla desde afuera.

Una lógica circular que yo no podía entender.

La conversación giró en torno a Cartagena, donde pasaríamos nuestra luna de miel.

«Claro que es linda —dijo don Hernando—, pero el calor es insoportable. Se te pega como una segunda piel». Hablaba en un tono agradable y coloquial, y Carla me sonreía como si nada hubiera pasado, como si estuviéramos de nuevo en mi pensión, bajo el ventilador que giraba con lentitud.

«Disculpa», le dije al ver a Toño en la fila del bufé.

Mientras él llenaba su plato con huevos pericos, yo murmuraba entre dientes como un ventrílocuo. «¿Estás seguro de que viste a Hernando con su otra mujer?».

Y en lugar de quedar como un mentiroso, Toño aportó pruebas contundentes. Incluso dijo que había hablado con doña Olga y que ella se derrumbó y le contó la verdad, (¿para dónde iba a coger?, ¿qué iba a hacer?), y después se molestó con Toño por haber sacado el tema a la luz.

Miré furtivamente a doña Olga con su ramillete color lavanda, notando su nerviosa costumbre de levantar los brazos, primero uno y luego el otro, como un ave terrestre que intenta volar.

Fue entonces cuando sentí a Nadia a mi lado.

Vestida con su habitual atuendo bohemio, un chaleco bordado y una boina de cuero, tenía un aire sensual y melancólico que denotaba una sofisticación fatigada.

Una vez, cuando logré conversar a solas con ella, habló entusiasmada sobre sus días en la escuela de arte, cuando fumaba marihuana y posaba desnuda.

«Pero no se lo digas a Carla —dijo—. Ya sabes cómo es ella».

«¿Cómo es?», le pregunté, y Nadia me miró extrañada.

Me acerqué a Nadia en el bufé.

«Me gustan mucho tus cuadros», dije.

«¿Ah?», respondió con una sonrisa enigmática.

«Creo que estoy empezando a entenderlos».

Sentí el roce de su brazo delgado y cálido.

«Noté la ausencia de hombres», añadí.

Ella sonrió con aprobación. «Te daré uno».

***

Salí a escondidas y caminé por el pasillo. Afuera, bajo el deslumbrante brillo, los niños jugaban en la calle. Un niño pasó veloz en una bicicleta de manubrio alto, los faldones de la camisa ondeaban con la brisa.

«A la orden», dijo un taxista parqueado en la acera.

En la casa, la tía Priscilda destrancó la puerta de múltiples cerrojos.

«Olvidé algo», murmuré mientras corría a mi habitación. Me pregunté si los invitados ya habrían desayunado. Cuando la Singer empezó a sonar, salí con mi maleta a la sala.

Me detuve frente al cuadro de las mujeres desnudas y de ojos tristes. Lo quité y lo metí en mi maleta. Estaba forcejeando con los pestillos cuando volvió Priscilda.

«Voy al ensayo», dije, sosteniendo la maleta con fingida comodidad.

«Se llamaba Gabriel —dijo ella. Su mirada era soñadora y embelesada—. Era marinero —continuó—, me dejó por el mar».

***

En el vuelo a Cartagena, guardé mi maleta en el compartimento superior. Podía preguntarle a Nadia si quería que le devolviera el cuadro. Volando sobre las montañas boscosas, apoyé la cabeza contra la ventana. Estaba mareado de alivio, aunque me sentí como un canalla.

Siempre volvía a esos dos panes. Aunque al principio esa costumbre diaria me pareció despreciable, ahora la vi de un modo diferente. Claro, él se había equivocado al involucrarse con una segunda mujer, pero cuando ella tuvo el primer hijo, ¿qué más podía hacer?

Mi habitación en Cartagena tiene vista al mar.

Las paredes están casi vacías, a excepción del cuadro de Nadia.

A veces, por las noches, bajo el murmullo de las olas, descubro diferentes niveles de significado.

Observo a las mujeres del cuadro: su solemnidad festiva, su aflicción digna.

Admiro a Nadia por plasmarlas con tanta precisión, por retratar a su familia como nunca podría hacerlo yo.

Al fin y al cabo, soy otro hombre que ha sido excluido.