Otras aguas La bastardía de los hombres
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La bastardía de los hombres

Dos días antes de casarme con Carla Quintana, después de haber enviado las invitaciones, contratado a los mariachis y encargado el vestido de novia a su tía, tuve la terrible sensación de que estaba cometiendo un error.

No sabía muy bien por qué. Recostado en una mecedora con vista al parque, entre los naranjos que se mecían y los jóvenes amantes que caminaban —el zumbido y el flujo del trópico—, todo parecía ideal. Pero sentí que, debajo de la superficie, algo estaba mal.

Había conocido a Carla, una estudiante de Medicina, atractiva y con inclinaciones artísticas, en Cali el año anterior.

Luego, cuando fui a vivir a Bogotá, nos mantuvimos en contacto.

Un día me habló de un puesto en la universidad para enseñar Literatura.

Como profesor de cátedra, claro, pero enseñando lo que me gustaba.

Regresé a Cali y las cosas terminaron así.

Yo había presionado desde un principio por la unión libre.

Pero Carla dijo que sus padres no aceptarían.

Su padre era un médico con creencias anticuadas.

Por eso, advirtió Carla, no debería mencionar mi divorcio.

***

«¿Quieres arroz con leche?», preguntó tímidamente la tía Priscilda, quien vivía con la vergüenza de haber quedado plantada en el altar.

Relegada al papel de segunda madre de Carla, la atendía como si fuera una inválida y le brindaba asesoría espiritual.

Observaba el mundo detrás de su vieja Singer y de montones de revistas con prendas pasadas de moda, mientras hacía advertencias sobre la bastardía de los hombres.

«No, gracias», dije.

Ella pareció encogerse aún más.

Pronto, la vieja Singer volvió a zumbar cuando Priscilda cosió la pedrería del vestido con volantes, discreto salvo por el llamativo escote.

Era otra contradicción en este sorprendente país donde los adultos permanecían en las casas de sus padres, se observaban ampliamente rituales de cortejo y las mujeres acostumbraban hacer alarde de sus escotes.

Las mujeres Quintana —Carla, su mamá, su tía y su hermana Nadia— tenían pechos voluminosos y no se avergonzaban de mostrarlos. A esto se les sumaban los cuadros en las paredes pintados por Nadia, que mostraban mujeres morenas y desnudas de senos curvilíneos como frutas.

En el seno de esta familia había sido arrojado.

***

El año anterior, en Bogotá, mi contacto con Carla había disminuido. Porque como dicen los colombianos: «Amor de lejos, amor de pendejos».

Pero a medida que pasaban los meses, en esa ciudad fría y lluviosa, trabajando en un instituto de inglés de garaje, viviendo en un apartamento estrecho y lúgubre, sin tener suerte con las mujeres, mis memorias de Cali se hicieron más dulces.

Recordé aquellas tardes apacibles con Carla en la pensión con olor a jazmín.

Nos recostábamos en la cama debajo del lento ventilador, después de ducharnos en un baño que tenía bidé y sanitario con cadena, así como una tarima en la que, cuando nos bañábamos juntos, Carla quedaba a la altura indicada.

Sucumbí y le envié un mensaje. Ella dijo que había comenzado a estudiar Medicina y que había «conseguido un nuevo amigo».

Fue entonces cuando debí dejar las cosas como estaban.

***

Comía arroz con leche cuando sonó el pito del carro. Las mujeres saltaron a abrir el garaje y a preparar la cabecera de la mesa. El amable doctor, don Hernando, entró pavoneándose con su maletín y un pan francés.

Era un caballero bajito y bien arreglado, con rasgos indígenas, pelo abundante peinado hacia atrás y un pequeño bigote.

Su prominente mandíbula sugería determinación.

(Los mismos atributos, salvo el bigote, habían sido heredados por Carla).

Una agilidad en el andar (también compartida por su hija) hacía que pareciera más joven de lo que era.

Vestía pantalones con raya de cuchillo y una guayabera, y nunca salía de su casa sin aplicarse agua de colonia.

El aroma penetrante y vivaz, con el que más de un paciente debía estar familiarizado —«Respire profundo»— emanó de él mientras extendía una mano pequeña y bien cuidada.

Las mujeres corrieron a atenderlo. Le llevaron jugo de guayaba y pastillas para la presión.

Ya no estaba en condiciones de hacer visitas a domicilio, pero no podía colgar el estetoscopio todavía.

Aunque hacía sus rondas en su flamante Renault, las baldosas del baño estaban agrietadas y las paredes manchadas por la humedad.

Salvo por los escasos aportes provenientes de las clases de arte que daba su hermana y de las costuras que hacía su tía, las Quintana no tenían ingresos y no sabían manejar.

Prácticamente confinadas al perímetro de la casa, sus vidas giraban alrededor de la rutina de don Hernando: despacharlo a las nueve, peinado y perfumado, recibirlo para el almuerzo y su siesta diaria, y prepararle la comida antes de salir otra vez con su maletín negro.

La madre y la tía de Carla pasaban los días limpiando y cocinando, aconsejando a las hijas y pendientes de las noticias, que las dejaban nerviosas y con miedo a abrir la puerta.

Esperaban con ansias el regreso del médico, pues poco antes se había desmayado mientras manejaba y había aplastado una moto que estaba parqueada.

¿Qué pasaría cuando él falleciera? ¿Qué destino les esperaba a estas mujeres temerosas que habían visto espectros aparecer en la cocina y que creían en maldiciones?

Gracias a Dios por el médico, tranquilo y sensato, creyente en el método científico y fiel al juramento hipocrático, que imparte sus sabios y compasivos cuidados.

Al crecer sin un padre, logró obtener una beca prestigiosa y se casó con doña Olga cuando ella tenía apenas quince años.

La familia de Olga le dejó de hablar hasta que el médico consiguió agrandar su consulta y su cuenta en Bancolombia.

En la pared había un retrato del don y la doña, el médico apuesto y la novia serena.

«Trey —me dice don Hernando—, Carla tiene miedo de no ser una buena estudiante. Le dije que es cuestión de resistencia. Hay que ser fuerte y aguantar, ¿no es cierto?».

Yo le caía bien a don Hernando. Vio a un gringo alto y educado, hijo de un médico, con una sonrisa confiable.

No como el exnovio de su hija, que era bajito y de mirada furtiva, con manos flácidas y húmedas.

Además, don Hernando era un gringófilo total.

Celebraba lo «ordenado» y lo «avanzado» que era mi país, elogios ni merecidos ni deseados, aunque yo tampoco podía renegar de este hombre generoso que me había encomendado a su hija, alojado en su casa, tolerado mis horas de lectura en su hamaca y cuidado durante un terrible caso de dengue.

***

Toño, el esposo de Nadia (que vivía con sus padres), me invitó a cerveza y empanadas.

Era alto, de nariz ancha y piel aceitunada, con manos grandes y brazos largos y fornidos; no era alguien con quien quisieras pelear (yo lo había visto cortar leña).

Inteligente, de modales tranquilos y seguros, con una maestría en Agronomía, había sido asesor agrícola en África y trabajado en un programa de sustitución de cultivos de coca, pero su actual desempleo no era del agrado de su suegro, quien le pedía favores,

como manejar el Renault cuando salían a pasear y, con cierta frecuencia, lavarlo.

«Cuéntame —le dije a Toño en la mesa al aire libre, haciéndole una pregunta que tenía metida en la cabeza—: ¿adónde va don Hernando de noche?».

Toño giró la cabeza, sus ojos extrañamente brillantes. «Él tiene otra familia», dijo. Sus ojos se cruzaron con los míos, y luego apartó la mirada como un gesto de cortesía, permitiéndome digerir esta noticia inquietante.

«Una mujer y dos hijos —prosiguió—. Lleva más de veinte años con ella. Todos los días compra dos panes, uno para cada casa».

Aunque yo estaba demasiado aturdido para procesar esas palabras, sabía que regresarían en ocasiones imprevistas.

«¿Nadia lo sabe?», le pregunté.

«Por supuesto».

«¿Y Carla?».

«Claro, pero no me sorprende que no te haya contado. Nadia tampoco lo hizo hasta que… la presioné un poco». Toño entrecerró los ojos y apretó la mandíbula. Para ser un tipo fornido, parecía tranquilo, pero… seguro que podría partir un tronco.

«¿Cómo se siente Nadia?».

«¿Ya viste sus cuadros?».

«¿Qué pasa con ellos?»

«Míralos de nuevo».

***

La tía Priscilda se asomó por el postigo y abrió la puerta con tres chapas. Cuando volvió a su Singer, entré a la sala.

Una vez más, los cuadros, con sus tonos tropicales, me parecieron vivaces y festivos.

Las figuras desnudas y sinuosas de las mujeres, y sus labios rojos y carnosos, exudaban una sensualidad potente.

Pero tras una inspección más detallada, noté que sus rasgos eran difusos, casi inexistentes, y sus ojos eran agujeros negros como las cuencas de una calavera.

Esto les confería a los rostros un aire fantasmal, semejante al rostro de El grito, el cuadro de Munch.

Un silbido llegó desde afuera: ese trino familiar de dos notas usado por Carla y su tía, una especie de código cifrado. La Singer enmudeció y apareció Priscilda, que me sorprendió mirando los cuadros al óleo.

Luego procedió a abrir la puerta, una serie de cerrojos y trancas que ni siquiera Houdini podría haber descerrado antes de agotar su suministro de aire. Carla llegó contenta; se había visto con viejos amigos y repartido invitaciones a la boda.

«¿Qué pasa?», preguntó Carla mientras nos sentábamos en su cama, donde yo había estado durmiendo (ella dormía con su tía).

«¿Adónde va don Hernando todas las noches?».

La expresión de su rostro no se alteró. Ni un tic ni un parpadeo. «A hacer visitas a domicilio», dijo.

«Escucha, Carla, solo dime la verdad».

Ese habría sido el momento en que Carla cedería y confesaría, derramando lágrimas que yo secaría con tierna comprensión, y su secreto nos uniría para siempre.

«No tengo idea de lo que dices».

***

Mientras mis pies sobresalían de la cama miniatura y el agua borboteaba de las tuberías del baño, las cosas lentamente empezaron a tener más sentido: las baldosas agrietadas y las paredes manchadas, las mujeres que no sabían manejar…

todo parecía derivarse de la duplicidad del médico.

La familia de Carla solo significaba para él la mitad de lo que dejaba entrever.