Residente extranjero
Soy un alienígena, pero no del tipo de ciencia ficción. Desde que expiró mi visa, le he sacado el cuerpo a la policía.
«Tranquilo —dice Rafa—. Eso se puede solucionar».
«¿Qué quieres decir?».
«Estamos en Colombia».
***
Luces rojas y verdes parpadean en las palmeras y la música navideña retumba. Aquí todo es al revés: calor en Navidad, el Día de los Novios en otoño, temporada de cometas en agosto, Día del Trabajo en mayo. Y el día de los inocentes a finales de año. Puedes contarme como uno de estos.
«Cada país es un país extranjero», sentencia Rafa. Huesudo y calvo, con gafas de montura metálica y una voz tan ronca que duele oírlo hablar, a Rafa le gustan los axiomas. Su meta es reducir la totalidad del conocimiento humano a un puñado de perlas de sabiduría.
«Se llama Vanesa —me dice—. Hará que te renueven la visa».
«Pero mis seis meses de estadía ya expiraron».
«Le encanta todo lo torcido. Una vez le pedí que me escribiera una carta de recomendación, y le dio pereza hacerla, hasta que le pedí que adornara la verdad».
«¿Quién es ella?».
«Una bohemia —dijo Rafa—. Alcohol, drogas y muchos hombres».
«Eso me tranquiliza».
«Ella te amará. Le fascinan los extranjeros».
***
Desde el balcón de mi pensión de mala muerte, estoy releyendo Tierra de fantasmas, una novela de Alejandro Sandoval.
Casi desconocido en los Estados Unidos, Sandoval fue la razón principal por la que vine aquí.
Mi objetivo es traducir su obra al inglés.
Pero primero quiero conocer bien su país.
¿Es el lugar surrealista que encuentras en sus libros?
El mes pasado, un avión espía estadounidense se estrelló en los Andes, y todos sus ocupantes fallecieron. Era un avión que podía verte desde treinta mil pies de altura. Pero no pudo ver la montaña porque no estaba en su mapa.
Otras cosas a las que me costó acostumbrarme: la semana calendario comienza el lunes, no el domingo. Y se refieren a una semana como «ocho días». (A John Lennon le habría encantado).
Si te quedas el tiempo suficiente, dice Rafa, todo empezará a tener sentido.
Siento que soy el único gringo aquí, salvo un agente de la DEA o un vendedor que viene de Memphis a recoger a su novia, que conoció por internet. O un nebrasqueño que ha venido a observar los eclipses.
Y siempre veo a un tipo andrajoso rebuscar en la basura.
Con sus tenis sin cordones y sus pantalones pescadores, es una de esas rarezas de la genética local: un tipo idéntico a Robert Redford en Las aventuras de Jeremiah Johnson.
Tiene el aire de un amnésico que no sabe de dónde es.
La rapidez de su paso sugiere que ha madrugado. Esto parece darle una cierta ventaja.
«Nadie es profeta en su propia tierra», dice Rafa.
«Tampoco en tierra ajena», replico.
Rafa anuncia que se retira del amor.
«El amor es para los jóvenes. —Tiene cuarenta años—. Solía tener erecciones varias veces al día».
Tomo Costeñas con Rafa. Las hojas de las palmeras susurran con la brisa y las mujeres desfilan con sus minifaldas. Aquí las minifaldas nunca pasan de moda. Es como estar en los sesenta con Nancy Sinatra.
A medida que las Costeñas dan paso al aguardiente, Rafa da cátedra sobre las pirañas amazónicas, las hormigas santandereanas y el bambuco.
Parece que un perro hubiera masticado mi pasaporte. La visa de turista dice 180 días. Con un destello de inspiración, tomo mi lapicero y cambio el uno por el dos.
***
En las noticias se ven los cuerpos de cinco jóvenes abaleados por la policía. Dijeron que no se detuvieron en un retén. Es difícil identificarlos porque les falta el dedo índice.
***
Vanesa está sentada con las piernas cruzadas en un taburete del bar, aún más atractiva de lo que Rafa me la describió.
Tiene ojos oscuros y piel ámbar, brazos esbeltos y una abundante cabellera ondulada, un poco salvaje, como a mí me gusta.
Claro que denota un poco de desgaste, pero eso es lo que la hace intrigante.
Tal como se acostumbra, me ofrece su mejilla. Al intentar darle un beso al aire, me dejo llevar y le estampo un beso torpe y sonoro.
«Por qué te viniste para acá —me pregunta—. Todos queremos ir a tu país».
Menciono la traducción de Sandoval.
«Qué lástima —dice—. Esperaba que vinieras a conocer a una colombiana». Sonríe.
Varios hombres la saludan de beso. Ella les dice «mi amor».
Dice que tiene un contacto en Migración, pero necesitará que le adelante la mitad del dinero para «abonar».
***
Cuando mis vecinos de Carolina del Norte se mudaron a Arizona debido al asma de su hija, me pareció un hecho trágico, como un desplazamiento forzado.
«Interesante», dice Rafa. Y como estudió Antropología, siente la necesidad de practicarla. Quiere hacer un estudio sobre un gringo.
Aunque nunca antes había conocido a ninguno, tiene una idea preconcebida.
A los gringos les gusta jugar minigolf y participar en concursos de comida.
Perritos calientes, pancakes, huevos rellenos.
Pueden comer más que personas de otra nacionalidad.
Y tienen un extraño sentido del humor. Les parece gracioso que le den en la cara a alguien con un pastel.
***
Maestro Sandoval,
Soy norteamericano… fascinado con tu trabajo… sin traducciones previas… no obstante…
La carta sigue sin enviarse.
***
Me invade el deseo de llamar a Vanesa. Pero el teléfono público se traga todas mis monedas. En un arrebato de frustración, le doy un golpe. Entonces siento una mano en mi hombro.
«Papeles», dice el policía.
Le entrego mi pasaporte desgastado.
Mira la página con la visa. Frunce el ceño y consulta con su compañero. Entonces reciben una llamada. Ha habido un atraco. En su prisa por hacer algo al respecto, me dejan ir.
«¡Trey! —contesta Vanesa—. ¡Qué milagro!».
Una cálida vibración me recorre.
Después me entero de que es una expresión muy común en Colombia.
***
En las noticias: un tipo se presentó en el Ministerio de Asuntos Exteriores haciéndose pasar por un diplomático canadiense. Fue agasajado con cenas y fiestas. Resultó que era un estafador de Pereira.
Cosas que extraño de mi tierra: el barbecue sureño y el jazz, las librerías en inglés, las llamadas gratuitas a amigos y los deportes estadounidenses. Aquí solo hay fútbol: muchachos en una cancha, cruelmente forzados a jugar sin usar las manos.
***
«Un, dos, tres. Un, dos, tres».
Vanesa me está enseñando a bailar salsa. La música late al ritmo de mi corazón. Una maraña de cuerpos destella bajo la luz estroboscópica.
«Un, dos, tres», cuenta Vanesa, rozándome con su vientre.
«¿Qué tal cuatro?», le pregunto.
«No hay cuatro».
«¿Cómo así que no hay cuatro?».
«No te mires los pies. Y compórtate como si lo disfrutaras».
Por un momento, lo tengo todo: la sonrisa, el aplomo, los pasos elaborados. Pero un movimiento en falso, y mi frágil dominio sobre Colombia colapsará.
Entonces, sin más preámbulos, los labios de Vanesa encuentran los míos.
«Trey —dice ella—, you’re a beauty-ful man. You’re a beauty-ful people».
***
Hoy, una cajera me preguntó: «¿Es cierto que en tu país hay muchos de esos niños que parecen viejitos? ¿Prematuramente viejos o algo así? Los vi en televisión de visita en Disneylandia. Un año para ellos son como diez para nosotros, ¿no?».
«El asunto con las colombianas —opina Rafa— es que hay que verlas como flores y no como frutas».
Asiento con incertidumbre.
«Saborea su aroma. No intentes comértelas».
Le digo que Vanesa me atrae.
«No le has dado dinero todavía, ¿verdad?».
***
Vanesa me invita a la cabalgata que inaugura la feria. Una orquesta toca salsa y la gente baila en las calles. El aire huele a mazorcas asadas y a carne ahumada. Vanesa tiene gafas oscuras azules y un sombrero panamá.
Tomamos ron mientras pasan jinetes variopintos. Algunos con vistosos sombreros, tipos barrigones con las riendas en una mano y una cantimplora en la otra.
Muchos jinetes hablan con Vanesa. Le piden que se suba y cabalgue con ellos.
«Este es Trey —les dice—. Un chico de la playa de California». O «Un vaquero de Texas». O «Primo hermano de Tom Cruise».
Va cayendo el sol y el ron se me sube a la cabeza.
Vanesa implora: «Por favor, Trey, llévame contigo a Nueva York».
«Soy de Carolina del Norte».
«Bueno, entonces allá».
Le pregunto por mi visa de turismo.
«Creo que tenemos un inconveniente».
La gente canta. La pólvora explota.
«Echaron a mi amigo del ministerio».
El azufre me produce picor en la nariz. «Lamento escuchar eso. ¿Y mi plata?».
«No te preocupes».
Está oscureciendo y los caballos tambalean. También parecen borrachos. Un hombre se da cuenta de que ha perdido su yegua.
«¡Mierda! —dice—: ¡Y ni siquiera es mía!». Arranca calle arriba, gritando: «¡Matilda!».
***
El noticiero local no tiene un informe meteorológico. ¿Para qué molestarse? La temperatura en la zona ecuatorial nunca cambia.
***
Subo a las montañas con Vanesa y me pongo un suéter por primera vez. Realmente no lo necesito, pero quiero recordar la sensación.
Aquí no hay estaciones. No hay colores otoñales ni capullos primaverales, ni largos crepúsculos de verano, ni reluciente nieve de invierno. ¡Pero espera!… ¡Los veo caer!, delicados copos de nieve arremolinándose con el viento.
«Mira, ¿eso es nieve?».
Vanesa se ríe.
Son las cenizas de los tallos de caña que se queman al final de la cosecha, brasas incandescentes que se elevan en el cielo, como un homenaje a algún dios tropical. Son transportadas por el viento a lo largo del valle, y en el aire hay olor a azúcar quemada.
***
Maestro Sandoval:
En mi lectura atenta de Tierra de fantasmas… Entiendo… su privacidad…
***
Cuando está de cierto humor, Rafa hace una lista de las mujeres con las que se ha acostado.
«Deberías intentarlo —dice—. Quizá aprendas algo sobre ti».
«¿Cuántas hay en tu lista?».
«Veintisiete, incluyendo las putas».
«¿Alguien que yo conozca?».
Rafa no responde.
«¿Qué pasó entre tú y Vanesa?».
«Las colombianas. —Niega con la cabeza—. La fidelidad les importa un carajo».
***
Venden queso envuelto en hojas de plátano y leche en bolsas plásticas. Cortas una esquina de la bolsa para tomar un sorbo… ¿y luego qué? Antes de conocer los recipientes especiales, yo creía que debía tomarme la bolsa entera.
Los semáforos se ponen amarillos antes de ponerse rojos, y también antes de ponerse verdes. Y el índice está al final de un libro para mostrar cuál es el orden.
Por la tarde leo a Sandoval. El cielo se oscurece y la temperatura baja. Un pedazo de techo de hojalata empieza a traquetear. Luego se oye un silbido y la lluvia cae con la fuerza de una manguera contra incendios.
Un taxi se detiene en medio del diluvio. Vanesa se baja y corre hacia mi puerta. Sus orejas asoman entre el pelo mojado.
«Trey, tengo un problemita. ¿Puedes prestarme un poco de dinero?».
El taxi espera con el motor encendido.
«¿Y el dinero que te di?».
«Ya se fue».
Soy demasiado blando para rechazarla. Me da un beso y se apresura entre los charcos hacia el taxi.
***
Incluso los peces son distintos aquí. Los ves en el mercado sobre grandes bloques de hielo, de color anaranjado intenso, con ojos enormes y brotados; criaturas de aspecto espeluznante, monstruos de las profundidades, inalcanzables hasta en mis más extravagantes fantasías de pescador infantil.
«Otra cosa sobre las colombianas —dice Rafa—. Nunca les digas la verdad».
«¿Por qué?».
«No son de fiar».
***
Alguien toca mi puerta. Es Vanesa, radiante y preciosa. Saca algo de su mochila. «Felicitaciones».
Es mi pasaporte con la visa. «¿La conseguiste?».
«Ya todo está listo. —Su sonrisa se desvanece—. Trey, me iré a vivir a Roma. Con un tipo que conozco desde hace tiempo».
«¿Un italiano?».
«Lo siento. Pensé que si no te renovaban la visa, podrías llevarme a Estados Unidos».
***
En una clínica, dos bebés fueron intercambiados al nacer.
Una pareja, de raza negra, devuelve al bebé, que es blanco.
Las pruebas de sangre demuestran que no es su hijo.
Pero el hombre de piel blanca y su esposa indígena se niegan a devolver al bebé de piel oscura.
«Esto es absurdo —dicen y se aferran al niño—. Es nuestro bebé».
***
«¿Oíste? —pregunta Rafa—. Se murió Sandoval. De un derrame cerebral mientras dormía».
Aterrado, compro todos los periódicos, esperando ver titulares y ediciones especiales. Me imagino un funeral televisado con filas de dolientes que se extienden varias cuadras.
En cambio, hay un pequeño artículo.
***
Una noche, de regreso a casa, miro hacia la ventana oscurecida de mi cuarto. Desde el parque puedes ver sin levantar sospechas. No te confundirán con un ladrón o con un mirón.
Es entonces cuando veo a alguien en mi escritorio. Alguien muy parecido a mí. Pero eso es absurdo.
Pienso en mi tatarabuelo, un inmigrante de Alsacia-Lorena.
Talabartero de profesión, cambió su nombre de Jean a John.
Quería ser estadounidense. Se instaló en Buffalo, Nueva York.
Tal vez estaba pensando en búfalos. Pero el nombre de esta ciudad se debe a una mala traducción de la palabra indígena para basswood.
***
Una postal llega de Italia. Vanesa está bien. Está aprendiendo el idioma y consiguiendo los papeles. «Ahora ambos podemos ser residentes extranjeros».
Algo más a lo que hay que acostumbrarse aquí: todo crece el doble de rápido. Los cultivos e incluso los árboles nunca están inactivos. Puedes verlos crecer ante tus ojos. Crecen durante todo el año. Nunca se detienen.
Esta mañana vi a Jeremiah Johnson. Pasó de largo como si yo no estuviera ahí.
«Me alegra que te hayan renovado la visa —dice Rafa—. No he terminado mi estudio sobre ti».
Las hojas de las palmeras revolotean. Las chicharras rechinan. Comienzan despacio y luego llegan al clímax: tres chirridos penetrantes y el aire parece latir. Y entonces comienzan de nuevo.
El sol se oculta y veo un copo caer. Después veo otro y van cayendo por todos lados, arremolinándose en el aire y descendiendo al suelo, aterrizando en los bancos y en el carrusel, cubriéndolos con un velo plateado. Copos suaves y silenciosos, llevados por el viento, con olor a azúcar chamuscada.
***
Querida Vanesa:
Gracias por tu ayuda con la visa. Creo que estoy listo para empezar la traducción…
Marco el sobre y contemplo el parque. Un murciélago revolotea entre los almendros. Un anciano en un triciclo vende mazamorra y champús.
Luego, desde el transistor del vigilante: ¡GOL! ¡ GOL! ¡ GOL! ¡ GOL! ¡ GOL! ¡GOL!
«¡Gol de Colombia! ¡Le va ganando a Brasil!».
Grito y levanto los brazos.