II Cali #2
La siguiente bomba estalló en el mercado donde yo hacía las compras. Siete personas murieron, entre ellas dos niños. Escuché las noticias con un nudo en el estómago. ¿Qué hacía en este lugar tan caótico con la novia de un delincuente?
***
El taxi avanzaba a gran velocidad por el tráfico demencial, mientras el taxista escuchaba con atención la Vuelta a Colombia en bicicleta.
«Parece que mis padres confían en ti —dijo Roxana—. No me exigieron que viniera con un acompañante».
En medio de la frenética narración del locutor con voz cáustica, el taxista zigzagueó entre los carros como un ciclista en la carrera. Observé el crucifijo que colgaba del espejo.
Mi cabeza rebotó hacia atrás cuando el conductor giró bruscamente para adelantar a un camión cargado con yuca y atravesó cultivos de caña y manadas de ganado escoltadas por asustadizas garzas blancas.
El cielo se había vuelto carmesí cuando llegamos al pueblo polvoriento. El taxi nos llevó a lo que parecía ser una bodega. Escuchamos los acordes de una ranchera y vimos unos carros con vidrios polarizados. El sudor en mi camisa me dio escalofríos.
«Estás segura…?», empecé a decir.
«Tranquilo —dijo Roxana—. Eres mi profesor, ¿no?».
Un hombre de nariz chata nos cobró la entrada. Nos sentamos en las gradas alrededor del círculo de tierra apisonada. El lugar se veía desierto y me pregunté, ¿por qué tantos gritos?
Fue entonces cuando me fijé en los gallos. Parecían haber entrado al redondel por error, como a veces los pájaros hacen en las canchas de béisbol. Pero pronto quedó claro que estaban a punto de enfrentarse. Uno tenía el plumaje verde translúcido y el otro tenía plumas negras y doradas.
Luego, como si hubieran presionado un interruptor, se atacaron con sus patas ágiles y delgadas.
Saltaron en el aire en un revuelo de alas.
El gallo verde derribó al dorado y le golpeó el pescuezo con sus espuelas afiladas.
Sentí el sabor de la bilis en la garganta cuando vi que el rojo en el pecho del gallo dorado era sangre.
«Es extraño —dije—, cómo pelean de esta manera».
«Es su naturaleza», respondió Roxana.
Los espectadores bramaron y las apuestas aumentaron. Me pregunté cómo hacían los apostadores para llevar las cuentas. Era la palabra del gallero, explicó Roxana; todos sabían que no podían cuestionarlo.
Entre los frenéticos apostadores en la primera fila había un tipo tatuado con el mentón hendido.
Estaba rodeado por otros tipos corpulentos, con ropa chillona y cadenas de oro.
Sus aplausos indicaban que su gallo iba ganando la pelea.
Era un pentacampeón, observó Roxana. Pero el otro gallo, que era de un paisa elegante, había ganado ocho títulos.
Los árbitros intervinieron para separar a los gallos.
Les alisaron las plumas y los juntaron de nuevo.
Arremetieron de inmediato, se atacaron con sus espuelas antes de retirarse y pavonearse.
Uno descollaba, haciendo cambiar las apuestas, y entonces su rival recobraba fuerzas.
Una vez vi al Gallo observar a Roxana, pero no supe si ella le devolvió la mirada.
Entonces el animal del Gallo atacó con saña a su rival y le sacó sangre.
El gallo dorado se tambaleó. Las apuestas por el ganador se duplicaron.
Pensé en Roxana, agachándose en el carro del Gallo tras su orden, aturdida por la emoción.
Me pregunté por qué había regresado el Gallo de Miami y cómo serían las cosas ahora.
Y también, cómo Roxana podía querer a un hombre como él.
¿Hasta dónde iría yo para ganarme su corazón?
La pelea había llegado a un punto álgido y el gallo dorado llevaba la peor parte. Sin embargo, cuando el árbitro parecía dispuesto a detener la pelea, el paisa insistió en que continuaran.
«¿Por qué el paisa no pide que detengan la pelea?», le pregunté a Roxana.
«Me sorprende que no lo haya hecho».
Es difícil, dijo, perder un gallo laureado. Los propietarios tienden a aceptar la derrota para pelear otro día. Se apegan mucho a sus gallos.
El gallo del paisa lanzó un contraataque.
Con sus afiladas espuelas, derribó a su enemigo, picoteando y arañando ferozmente su garganta.
Un grito bárbaro surgió de la multitud. El Gallo, apretando sus billetes, frunció el ceño.
Cuando su animal se liberó y respondió con furia, una leve sonrisa torció sus labios.
Apabulló a su exhausto rival, que esta vez no se levantó.
Sujetándole la cabeza con la espuela de acero, le picoteó los ojos con indiferencia.
El gallo del paisa estaba destrozado cuando el árbitro dio por terminada la pelea. Y tras puyarlo para que se levantara, el animal se tambaleó y se derrumbó.
La multitud estalló: «¡Epa! ¡Campeón!».
Los ganadores alardearon, y los perdedores, abatidos, hurgaron en sus billeteras. Alguien metió al gallo muerto en una caja de cartón. La multitud desfiló hacia las salidas.
Roxana me miró. «¿No te gustó la pelea?».
Los dueños llevaban a los gallos amarrados de las patas, con la cabeza hacia abajo como murciélagos. En un lavadero cerca de las jaulas, un hombre lavaba al ganador de plumas verdes; le apartaba el plumaje para examinar las heridas y le hablaba en un tono bajo y firme.
Era el Gallo, escoltado por su séquito.
«Felicitaciones —dijo Roxana—. Este es mi profesor».
El Gallo me miró con detenimiento. Apretó al campeón contra el pecho y acarició sus plumas aceitosas. Su camisa plateada estaba salpicada de sangre. Habló con rapidez y cuando miré a Roxana, hizo un movimiento, como si fuera a tirarme su gallo.
Sus compinches se rieron a las carcajadas.
Sintiendo que debía hablar, dije: «Buena pelea».
Sus amigos se rieron un poco más y yo me reí débilmente.
Un hombre paticortico, corpulento y con un bigote largo, dijo: «A él le gusta tu nariz. Quiere que la conservés».
Este comentario produjo más hilaridad.
Otro hombre con gafas oscuras y una camisa de flores dijo: «Le agradás tanto que quiere regalarte a su chica».
Pero el Gallo, sin sonreír, acarició la carnosa cresta del campeón. «Se le rompió el pico».
Entonces comprendí. Al gallo le faltaba el pico. En su lugar había un brillante rubí de sangre.
«Hay que matarlo», dijo sombríamente el Gallo.
La risa cesó.
El animal, sacando el pecho y con la cabeza en alto, miraba de un lado a otro. Parecía sospechar lo que estaba a punto de ocurrir.
«¡No!», dijo Roxana, alisándole las plumas.
Mientras la brillante camisa del Gallo absorbía más sangre, Roxana acarició al gallo tembloroso. «No tienes que matarlo».
El hombre corpulento mostró sus dientes descoloridos.
Entonces me echó el gallo en los brazos.
«Un regalo», dijo.
Sus compañeros se rieron.
Acuné al gallo sin pico. Roxana siguió acariciándolo. «Pobrecito».
«Hágale —dijo el Gallo—. Es suyo».
Me dirigí a la salida con Roxana a mi lado. Escuché voces detrás de nosotros.
Subimos a un taxi y no miramos hacia atrás. Roxana se apoyó en mí, abrazando al gallo. «Temí que se muriera».
Mientras pasábamos a gran velocidad por los oscuros cañaverales llenos de insectos estridentes, el taxista nos miraba por el retrovisor. Las luces de los carros iluminaban al gallo. Miré detenidamente al campeón.
«¿Qué haremos con él?», le pregunté a Roxana.
Besó la cresta del gallo. «Nos vamos a quedar con él, ¿no?».
Bajé la ventanilla y saboreé el aire fragante. Escuché las chicharras y sentí una calma extraña; una sensación de alivio y una curiosa falta de miedo.
Le sonreí a Roxana. «Por supuesto».