II Cali
Campeón
Mientras viajaba por Suramérica, me quedé sin fondos en Cali. Había alquilado un cuarto en una pensión llamada Las Palmas, que ofrecía duchas frías, cucarachas y una vista espléndida de los Farallones, por encima de los techos rojos.
Todas las mañanas me despertaba el canto de un gallo. Esto parecía extraño en medio de la ciudad. Al principio, el sonido me molestaba y entonces me tapaba los oídos con la almohada. Pero con el tiempo aprendí a dormir con el sonido, aunque se deslizaba en medio de mis sueños.
Mi padre no estaba entusiasmado con mi viaje a Suramérica. Pensé que debería llamar y tranquilizarlo en vista de las noticias desconcertantes: un avión de pasajeros derribado, una explosión en el edificio de seguridad nacional y el asesinato no de uno, sino de tres candidatos presidenciales.
En lugar de eso, me senté en un banco en el parque junto al río, donde los niños chapoteaban en la fuente, los perros dormían a la sombra y un vendedor viejo y curtido por el sol empujaba su carrito de copos de nieve: tres sabores melosos y una nube de avispas.
Los tinterillos, encorvados sobre sus viejas Remington, escribían cartas para los analfabetos y los solitarios.
Mi visa de turista había expirado. Ser ilegal en un país para el cual el Departamento de Estado había emitido advertencias de viaje aumentaba mi ansiedad. Pero tuve que reírme ante la idea de que yo era el único maldito ilegal en Colombia.
Aun así, necesitaba ganar un poco de dinero.
Consideré escribir sobre los carteles, pero, para empezar, no sabía dónde podría publicar.
En segundo lugar, mi padre podría asustarse; y en tercer lugar, no quería pensar tanto en el tema.
Después de vender mi cámara y mi walkman, lo único que tenía para negociar era mi lengua.
Entonces coloqué anuncios ofreciendo lecciones de inglés y recibí una llamada de una mujer de nombre Roxana.
Yo esperaba en el parque cuando ella llegó en su moto, con su abundante pelo oscuro y sus piernas color miel. Todas las canciones sobre la belleza de las caleñas eran ciertas. Irradiaba una frescura asombrosa para alguien que iba en moto en ese calor agobiante.
«Encantada», dijo, y este instructor de idiomas no encontró las palabras. Nos sentamos a la sombra de un samán gigante. Avianca necesitaba azafatas y ella quería aprender inglés tan pronto como fuera posible. El único problema, dijo, era el dinero.
«Luego hablamos de eso», respondí. Para empezar, le hice una entrevista simulada. Después practicamos algunas frases de azafatas.
«Can I get you some-ting? —repitió ella—. ¿Would you like a pee-low?»
Jugué con su sintaxis pero no con su locución; me encantaba su forma de hablar. Parecía tan íntegra e inocente: una presencia tranquilizadora en este lugar perturbador.
«¿Mi país tiene mala fama?».
Estaba sentada más cerca de mí de lo necesario. Tal vez fuera algo cultural, pero parecía estar cruzando cierto límite, o permitiéndome cruzarlo.
«¿Te gusta aquí?». Me observó fijamente con su mirada de ónix.
«Está empezando a gustarme», dije.
«Me alegra —replicó ella, poniéndose de pie—. Now I go. How much I pay?».
«¿Qué tal si te enseño inglés y tú me enseñas cosas de Colombia?».
Roxana dejó al descubierto sus dientes impecables.
***
Esa noche explotó una bomba en una discoteca cercana. Permanecí despierto con los ojos clavados en el bombillo colgado de un cable. La calle estaba en silencio, la noche era calurosa. Una enorme polilla negra se aferraba a la pared.
Al día siguiente me quedé en mi habitación.
Desde la ventana observé el bullicio de la calle.
Una mujer hacía arepas en la parrilla elaborada con una lata de aceite.
Un vendedor de lotería gritó: «¡Millonaria!, ¡Chance!»
. Busqué señales de pánico en los rostros de la gente, pero esa palabra no estaba en su léxico.
Hasta entonces, yo solo había tenido dos roces con la muerte: una vez, cuando fui arrojado desde un bote al mar, y otra, cuando estuve con una mujer que tenía VIH. En ninguna de las ocasiones tenía salvavidas.
Lo que más me molestaba de la perspectiva de morir aquí era confirmar la opinión de mi padre de que haber venido a este lugar había sido una locura. No tenía deseos de morir como un héroe, pero sí me preocupaba morir como un tonto.
***
Nuestra siguiente clase fue en casa de Roxana. Me invitó, no como una señal de confianza, sino para cumplir con una obligación social: necesitaba la aprobación de su familia. Las casas de su barrio eran de bahareque, y hombres sospechosos merodeaban en las esquinas.
«¿Está seguro de que esta es la dirección correcta?», preguntó el taxista.
Su padre era un mecánico de pocas palabras y de cara tostada por el sol, mientras que su madre era una costurera sonriente. Sus hermanos eran sorprendentemente normales. Roxana era la joya de la familia. Sus fotos adornaban las paredes.
Me recibieron como un VIP. La mamá de Roxana sirvió pandebonos y su papá aguardiente. Yo no le había cogido el gusto todavía, pero me tomé unos tragos para no ofender.
Luego subieron el volumen e insistieron en que bailara salsa. Mientras su madre golpeaba con el pie y me observaba, aparté la mirada de las caderas giratorias de Roxana. Su familia se reía cariñosamente. «Mira, baila como un gringo».
En su habitación, Roxana me mostró su álbum de fotos. Tenía una cubierta rosada y esponjada, y páginas de plástico con burbujas. Había fotos de ella en sus quinces. Una vampiresita envuelta en perlas, con las manos en las caderas, y esos increíbles ojos nocturnos.
Cuando nuestras piernas hicieron contacto, mi corazón latió con fuerza.
Pero en la foto Roxana no estaba sola. La acompañaba un tipo tatuado con el mentón muy hendido. No me gustó la forma en que la abrazaba. En otra fotografía, él cargaba un gallo.
«Ese es el Gallo —dijo ella—. Cría gallos de pelea».
«¿Es tu novio?».
(¿No hay siempre un novio?).
«Mi ex. Mis papás nos hicieron terminar».
«¿Por qué?»
«Porque él trabaja para los traquetos».
Mi corazón dio un vuelco. «¿No te daba miedo?».
Roxana esbozó una pequeña sonrisa. «A veces, cuando íbamos en su carro, me decía que me agachara y hundía el acelerador».
Sentí que la estaba viendo por primera vez.
***
Una explosión sacudió la noche; me senté de golpe en la cama. Sonaron varios estallidos que parecían disparos. Esperé gritos o sirenas. Pero solo se oía la salsa de la discoteca y las charlas y risas en la calle.
Debe ser pólvora, me dije.
Mientras daba vueltas en la cama bajo el aire bochornoso, volví a pensar en papá. Aunque parecía aprobar mis decisiones extravagantes, mi viaje a Colombia probablemente había cruzado la línea. Pero si yo aguantaba, si mostraba un poco de agallas, él podría terminar sintiendo cierto respeto por mí.
***
Esa mañana cantó un gallo y unos hombres con sombreros salieron a barrer las calles. Usando escobas hechas con hojas de palma, barrieron los pétalos de los árboles de jacarandá. Caminé hasta la esquina para tomar un café y leer, con mi diccionario, El Espectador.
Los emboladores ejercían su oficio, haciendo sonar sus cepillos y sus trapos.
Sus clientes tenían la expresión engreída de un perro al que le están olisqueando el trasero.
Sus cajas eran personalizadas, con insignias pintadas a mano: un escorpión, una iguana, una culebra.
Otra parecía un camión en miniatura con ruedas.
Otra más, forrada con espejos, refractaba el sol. Pertenecía al Rey de los Emboladores.
Un poco más alto que los demás y con vello facial incipiente, irradiaba seguridad.
Vestía con estilo, mantenía su peinilla a la mano y agitaba su trapo rojo con aplomo.
Con un movimiento circular de sus dedos ennegrecidos, aplicó el betún con habilidad.
Protegía las medias de sus clientes con bandas de plástico, y golpeaba un zapato para indicar que estaba listo para el otro.
Se imponía ante los demás gracias a su actitud agresiva, como un perro que llega a la comida antes que los cachorros.
Después del ajetreo matinal, pedía un café y se hacía embolar por uno de los segundones.
***
Yo iba caminando hacia el parque cuando Roxana llegó en su moto. En medio del ruido del tráfico, gritó: «¡Sube!».
«¿Dónde está tu casco?», pregunté.
Ella me habló de los sicarios. Debido a una serie de atentados con armas por parte de motociclistas que llevaban visores oscuros, estaba prohibido el uso del casco, salvo para la policía. De acuerdo con una lógica típicamente colombiana, esto tenía mucho sentido.
Subí a la moto, Roxana se tambaleó hacia adelante, y por poco me caigo hacia atrás.
«¡Agárrate fuerte!», gritó, el viento llevándose sus palabras.
Con su pelo acariciándome la cara, Roxana tomaba las curvas en ángulos inquietantes, zigzagueando entre el tráfico y pasándose a mil los semáforos en rojo.
«Eso fue divertido», dije con voz áspera cuando ella se detuvo. Sentía mi cuerpo entumecido.
En el parque, había enamorados por montones, entrelazados en bancos y tendidos en el pasto. Una mujer, con una batea sobre la cabeza, pregonaba: «¡Mangos, chontaduros, aguacates!».
Roxana me dio una fruta con forma de ciruela. «Pruébala —dijo—. Es afrodisíaca».
Una multitud se había reunido para un espectáculo callejero. Un hombre bajito y enjuto escupía fuego. Prendía una antorcha empapada de gasolina, se la metía en la boca y luego exhalaba una columna de humo negro. La gente arrojaba pesos a un sombrero.
«Me llamó anoche —dijo Roxana—. Acaba de volver de Miami».
El hombre escupió gasolina a la antorcha humeante y la llama estalló como si brotara de un dragón. La multitud aplaudió. El sombrero se rebosó.
«¿Qué dijo?», le pregunté a Roxana.
«Quiere que vayamos a una pelea de gallos».
«¿Nosotros?».
Para su siguiente número, el tragafuegos destapó una cama de clavos. Se quitó la camisa; su espalda estaba repleta de cicatrices.
«Podemos ir el viernes», dijo Roxana.
***