Otras aguas Fantasmas #2
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Fantasmas #2

Bo era un hombre musculoso de sesenta años y Rochelle una regordeta de veintisiete.

Se habían conocido en un programa de rehabilitación.

Bo se quitó la camisa para exhibir sus cicatrices.

Rochelle, que hablaba con un chillido agudo, me instó a casarme con Katty para que ella pudiera encargarse del catering.

Mientras íbamos a casa con Jason, sentimos su aliento a alcohol.

«Es el único hijo que tengo —se lamentó Katty—, y no puedo perderlo».

Dos veces había rodado por las escaleras, y un día ingirió combustible para encender carbón. Durante sus primeros tres años no dijo una sola palabra. Ay, Dios mío, pensaba Katty. ¿Qué le pasa a mi hijo? Y por la noche, Jason juntaba las manos y repetía tras ella: «Si yo… muero… antes de despertar…».

***

El teléfono sonó a las tres de la mañana. Katty contestó, y de inmediato colgaron. Esto se repitió en otras dos ocasiones. «Es él», dijo ella.

Entonces Jason vio a un Hombre Monstruo escondido en su clóset. Hablaba en torrentes de jerigonza disparatada.

«Shh —dijo Katty—. Vuelve a la cama, niño. Estás parloteando como un radio».

***

Invité a Katty a ver películas. Jason se unió a nosotros. Yo había alquilado Batman para él, y Tallo de hierro para nosotros. Nos metimos en la cama con un tazón de nueces mixtas. Mientras Jason estaba concentrado en Batman, intenté travesuras con Katty bajo la colcha.

Jason no paraba de decir: «Mira, señor Trey, ¿ese es el Guasón?». Observaba embelesado su cara pintada y su risa diabólica.

Pero al ver Tallo de hierro, empezó a inquietarse. (Yo había pensado que le gustaría, dado que Jack Nicholson aparecía en ambos… pero no). Su inquietud se había exacerbado cuando…

«¡Mira, Jason! —dije—. ¡Fantasmas!».

Se sentó de golpe con los ojos brotados.

Se le aparecieron a Jack Nicholson en un bus, sonriendo ampliamente con unos trajes blancos que tenían un brillo misterioso, fantasmas de sus transgresiones.

«Señor Trey —susurró Jason—, ¿es un fantasma, señor Trey?».

«Sí, Jason. Tres fantasmas».

«¿Tes? —dijo Jason—. ¿Tes fantasmas?».

Jack Nicholson se abalanzó con furia sobre ellos; los pasajeros se dieron vuelta para mirar. Él le gritó a alguien —o a algo— que ellos no podían ver. Finalmente se frotó los ojos y se sentó de nuevo.

«Señor Trey, ¿es un fantasma?».

«Ya se fueron, Jason —le dije—. Pero no te preocupes, volverán».

***

Katty había ideado un complejo sistema de alarmas y trampas. Apoyó un palo contra la puerta junto con una pala y, encima, un gancho amarrado a una campana. Como arma de cabecera tenía una barra metálica. Cada tanto se asomaba por la ventana.

Me pidió quedarme casi todas las noches. Aunque una parte de mí quería eso, estaban el largo viaje en bus a su casa, los orines de Jason y mi privación del sueño.

«¿No dijiste que deberíamos irnos destetando?», le pregunté.

«Podemos hacerlo después», dijo Katty.

Por la noche, oíamos ladridos y vidrios que se rompían. Una vez, alguien tocó la puerta. Permanecimos acostados e inmóviles hasta que finalmente se fue.

Mientras tanto, Jason soñaba con fantasmas.

Antes del amanecer, gritaba: «¡Soy apenas un niño pequeño!».

***

Katty me llamó a altas horas de la noche.

Alguien había intentado entrar a su casa.

Cuando vio la cerradura forzada, llamó a la policía.

Aunque los patrulleros de Filadelfia no son conocidos por responder con rapidez, diez agentes aparecieron de inmediato.

Subieron las escaleras corriendo y armados. Pero el culpable ya se había escapado.

«¿Diez? —pregunté—. ¿Hablas en serio?».

«Sí», dijo Katty con aquel tono de voz. Capté su deseo de que fuera a su casa, pero mi oferta fue tibia y tardía.

Ese fin de semana, Jason, con una toalla a modo de capa, saltó de la cama. «¡SU-perboy!».

Me reí, y él me pegó.

«¡Oye, hombrecito! ¿Qué es eso?».

Empezó a parlotear como un radio. «¿Por qué te ríes de mí? Alguien rompió nuestra puerta y mamá llamó a la policía y entraron a mi casa, un montón de policías, y mi mamá tenía miedo, ¿y por qué no estás aquí, señor Trey?».

***

Casi dormido, sentí a Katty meterse en la cama. Al acercarme, la oí murmurar. «Sí, aunque camine por el valle de la Muerte, no temeré…».

***

Una vez, en el Mercado de la Terminal de Reading, Katty enganchó su brazo quemado al mío. «¿Me amas?».

Yo no estaba preparado; tenía que pensar rápido. «Estoy tratando de no hacerlo», dije.

Empecé a sospechar que ella había dejado de tomar sus pastillas. Como me iría dentro de un mes, contuve la respiración.

Aun así, podía oír el tictac del reloj. Yo iba a cumplir treinta y cinco años. Si no era con ella, ¿entonces con quién? Y si no era ahora, ¿cuándo? De alguna manera, presentía que nunca.

***

Llegó la primavera. «Señor Trey. Mi abuela me compró un conejito de Pascua».

Hicimos un picnic en Schuylkill y vimos a los remeros pasar. Jason, con su camiseta de Batman, usó un palo para cavar en busca de gusanos.

Esa noche no quiso comer los espaguetis que había preparado su mamá.

«¿Qué? —dije—. No te gustan los gusanos?».

«¡Trey!», me regañó Katty.

Los ojos de Jason se iluminaron. «¿Estos son gusanos, señor Trey?».

«Así es como les digo. Mmm, están deliciosos».

Jason limpió su plato. Katty negó con la cabeza.

«Señor Trey —dijo Jason—, no soy un niño pequeño. Soy un niño grande».

«Así es, Jason».

«Señor Trey, no eres un niño grande, eres un hombre grande».

Podía sentir a Katty cerca de mí, irradiando calidez. Le dije: «No estoy tan seguro de eso».

***

Una noche, después de hacer el amor, le dije a Katty: «Cuando me vaya, deberías ver a otras personas».

Ella estaba callada. «¿Qué te hace decir eso?».

«Es algo que he estado pensando».

Se había comprado un vestido rojo.

«Está lindo», comenté.

«Lo compré para complacerte —dijo Katty—, pero quieres que lo use para otra persona».

***

«Al principio éramos muy felices —dijo Katty, mostrándome las fotos de su viaje a Washington—. Fue entonces cuando concebimos a Jason. —Cerró el álbum—. Pensé que estaríamos juntos toda la vida».

***

Estaba oscuro todavía cuando me llevó al aeropuerto. Tenía puesto el nuevo vestido rojo. Había muchas cosas que yo quería decir, y muchas que no dije porque pensé que sería peor.

Jason estaba en la parte de atrás del carro con su traje de Cazafantasmas. «¿Vienes a mi casa esta noche, señor Trey?».

«No, Jason —dijo Katty—. No vendrá».

«¿Vienes a mi casa mañana?».

«No, Jason. El señor Trey se irá de viaje. Será por un largo tiempo».

Seguimos un rato en silencio.

«¿Tienes tu pasaporte?», preguntó Katty.

«Sí».

Estaba silencioso, casi no había nadie en la carretera. Entonces Jason respiró sobre mi cuello y señaló con entusiasmo. «¡Mira, señor Trey!».

Un hombre con un traje blanco perla deambulaba por la calle, zigzagueando precariamente. A lo mejor regresaba de una fiesta elegante o tal vez era un borracho bien vestido. Pasó por debajo de un poste de la luz.

«¿Es un fantasma, señor Trey?».

Evité los ojos de Katty.

«No, Jason», dijo ella con una firmeza maternal que admiré. «Siéntate ya, o te caerás».

Llegamos al aeropuerto. «¿Debería parquearme?».

«Está bien».

Me incliné y la besé rápidamente en los labios, y allí estaba Jason, acercándose, así que también lo besé.

Luego caminé hacia las puertas automáticas. Cuando miré atrás, se habían esfumado.

***

Hace pocos días encontré un casete en un cajón. No tenía etiqueta, así que lo puse.

«… Habla por el micrófono», dice una voz de mujer.

La voz de un niño dice: «Hola, señor Trey. ¿Qué te parece Cowombia?».

Entonces escuché un ruido, como si el micrófono se hubiera caído. «¿Señor Trey?», dice la voz. «¿Por qué el señor Trey no habla?».

«… No, amor, no puede. Le enviaremos esto. Ahora, tesoro, dile adiós».

«Señor Trey —dice la voz—. ¿Por qué no hablas, señor Trey?».