Fantasmas
Cuando yo trabajaba para los Servicios Sociales de Filadelfia, tenía una compañera llamada Katty.
Su escritorio estaba frente al mío. Todas las mañanas, mientras yo tomaba café, la miraba pintarse las uñas.
Tenía un pequeño espejo redondo en su escritorio —un espejo de aumento— y la veía aplicarse el labial —una línea lenta y cuidadosa, una presión en los labios, luego una sonrisa rápida para examinar sus dientes—, todo esto magnificado unas cinco veces.
Además, olía delicioso. Este ritual matutino me ayudaba a sobrellevar el día.
No estoy sugiriendo ninguna vanidad de su parte. Supuse que sus mañanas eran demasiado apresuradas para arreglarse bien. Esto, debido a la foto de un niñito.
***
Gracias a Héctor, un puertorriqueño que trabajaba con nosotros, supe que Katty vivía sola.
Su esposo había muerto, creía Héctor. O al menos, estaba por fuera del panorama.
Pero el viejo Héctor tenía sus propias ideas.
Y peor aún, me las confió. Así que, como buen amigo, le cedí la oportunidad de cortejar a Katty, aunque yo sabía que estaba casado y tenía otras mujeres.
Además, en seis meses, me iría a Suramérica: a Argentina, a Chile, o tal vez a Colombia.
Sentía que mi romance con Filadelfia había terminado.
Era hora de seguir adelante. Probablemente era mejor no forjar vínculos.
Sin embargo, cuando veía a Héctor interrumpir el ritual de Katty para susurrarle cosas al oído, me moría por dentro.
«Le dije que sueño con ella —me confesó Héctor—. Pero cuando llego a la parte más agradable, me despierto».
«¿Qué dijo ella?».
«Dijo: “Qué lástima”». Héctor arqueó las cejas esperanzado.
Entonces, un día, al pasar por su escritorio, la oí decir mi nombre.
Me detuve a mitad de camino. Se estaba pintando las uñas; de morado, para que combinaran con su vestido. Podía oler su perfume.
«Tuve que darle a tu amigo», dijo Katty.
«¿Perdón?», respondí, y me sentí indispuesto.
«Vino y empezó a susurrarme. Luego trató de besarme. Le di un codazo en las costillas». Movió su brazo para mostrarme.
Entonces la invité al Red Lobster.
***
Mientras comíamos patas de cangrejo, le pregunté por su marido.
Me dijo que se habían conocido cuando ella trabajaba en el hospital de veteranos.
Él había combatido en Vietnam. Durante un tiempo, todo fue agradable, pero luego empezó a volverse celoso.
Demencialmente celoso, paranoico. Cuando ella compraba un vestido, le preguntaba: «¿Para quién es?»
. Y cuando ella volvía a casa, la acusaba de cambiarse la ropa interior.
Recibía una pensión por discapacidad y permanecía en casa imaginando traiciones.
No soportaba que ella estuviera con nadie más.
Luego las cosas se pusieron feas y Katty lo dejó.
Pero Héctor se había equivocado; el esposo no estaba muerto.
Cuando salimos del restaurante, el viento soplaba frío y cortante. Era la primera helada del año y nos cogió por sorpresa. Katty prendió su viejo Cutlass y esperó a que se calentara. Encorvé los hombros y me froté las manos.
Entonces me incliné y la besé. Ella respondió como una mujer que ha estado sin un hombre. En un santiamén, el carro estaba calentito. Esto se conoció entre nosotros como el «Beso de la langosta roja».
Paramos en la casa de la niñera para recoger a su hijo.
«Conoce al hombre de mi vida», dijo ella mientras subía al carro; tenía un metro de estatura, ojos enormes y una camiseta de Batman. «Jason, este es el señor Trey».
Me dirigió una mirada rápida y me dio la espalda para jugar con sus aviones. Usó el tablero posterior como pista de aterrizaje, haciendo ruidos de motor con sus labios.
«Jason —dijo Katty—, ¿no puedes decirle algo al señor Trey?».
Los sonidos de avión cesaron y permanecimos un rato en silencio.
Jason dijo: «¿Tienes Cazafantasmas?».
«Lo siento —dije—, aquí no».
Jason reanudó sus maniobras de aviación.
Katty me dejó en la estación del metro. Unas ráfagas de viento helado azotaron el carro. «¿Estarás bien? —me preguntó Katty—. Toma, ponte mi bufanda». Me la envolvió y nos besamos nuevamente. Sentí un aliento en mi cuello que no era el de Katty.
Esos ojos grandes y brillantes estaban a pocos centímetros de nosotros.
«¿Jason? —dijo Katty—. ¿Qué estás haciendo, pequeño?».
Ojos.
«¿No quieres que mami bese al señor Trey?».
Jason negó con la cabeza.
«¿Por qué no?», preguntó Katty.
Jason se quedó mirando.
«Mamá quiere besar al señor Trey. ¿Puede?».
Jason miró un rato más. A regañadientes, asintió.
***
Al día siguiente nevó; era la primera nevada del año y la nieve tardaría en derretirse.
Tomé el bus hasta la casa de Katty y caminé las últimas cuadras bajo el viento gélido y paralizante, sin sombrero y con zapatos delgados. Sin embargo, llevaba puesta una bufanda.
Katty veía televisión en la cama. Jason estaba en el piso con sus juguetes. Sin ningún lugar en donde sentarme, me acurruqué junto a Katty, que estaba calientica.
Entonces algo aterrizó en mi espalda. Supongo que el niño pensó que se trataba de una especie de juego. Al igual que Katty, intentó besarme en la boca.
«¡Jason! —dijo Katty—. No beses al señor Trey. Besas a mamá. Y mamá besa al señor Trey».
Me gustó la claridad y sencillez de su explicación.
«Lo siento —dijo ella—. Él no entiende. Todavía está muy pequeño».
Más tarde, le puso un gorro de lana y lo llevó a la cama. Podía oírla en la bañera. Me desperté cuando se metió a mi lado. Su piel fresca tenía un olor tentador. Ahuecó mi almohada como si fuera la de un niño y me alisó el cabello.
«Hola, señor —canturreó—, ¿estás en mi cama?».
Nadie me había dicho «señor», pero era una palabra a la que podía acostumbrarme.
***
Cuando me desperté, Katty miraba, al otro lado de la calle, la monstruosa planta eléctrica, desparramada, desagradable y premonitoria.
«Señor —dijo—, he estado pensando. Tal vez sea mejor que paremos si te vas a ir. No manejo muy bien este tipo de cosas. Y realmente no es justo para el niño. Se encariña».
Una parte de mí sabía que Katty tenía razón. Aunque yo podía ser persuasivo: «Sí, pero piensa en lo que nos perderíamos».
Entré al baño para orinar. Alguien abrió la puerta. Jason entró y permaneció a mi lado. Supongo que quería ver más de cerca. Yo no sabía cómo reaccionar. Así que seguí con lo que estaba haciendo.
«Mami, el señor Trey hizo pipí en nuestro baño», dijo al salir.
Katty contestó el teléfono. «Jason —dijo—, ven a saludar a tu abuela».
«Hola, abuela —dijo Jason—. El señor Trey duerme en la cama de mamá».
***
Katty tenía una mancha oscura en el brazo. Era casi su única imperfección.
«¿Es una marca de nacimiento? —pregunté—. ¿O te quemaste?».
Me miró a los ojos. «No me quemé».
Lo supe enseguida. «Ay, Dios».
Katty asintió. «Una mañana, él me preguntó: “¿Por qué te vas tan temprano? ¿Para ver a tu amante?”. Le dije: “No seas tonto”, y seguí hacia la puerta. Intentó cerrarme el paso, pero me aparté. Entonces cogió una olla y me tiró agua hirviendo».
Hice una mueca. «Ay, no. ¿Qué hiciste?».
«Lo mordí y casi le arranco un dedo. Se lo tuvieron que coser. Y entonces le dije que todo había terminado».
Cuando Katty me mostró varias fotos —retratos de Jason cuando era bebé, imágenes de su boda y de un viaje a Washington—, el tipo parecía normal, aunque un poco rígido y serio. De repente, apareció Jason. «¡No!», protestó. Me arrebató las fotos y las tiró al piso.
***
Una noche me desperté con una sensación extraña; olía a orines. Jason había mojado nuestra cama. A veces dormía con nosotros después de tener pesadillas. Teníamos que bañarnos y cambiar las sábanas. Resultó que también se orinaba en la guardería, además de golpear a sus compañeros.
A veces me ponía a prueba, como cuando él y yo estábamos solos en el carro.
Se pasaba al asiento delantero y empezaba a hundir botones.
Yo le pedía que parara, pero él parecía conocer los límites de mi autoridad.
Quería ver si yo le pegaba. Entonces habría podido llorar, como cuando su madre le pegaba, pero con justa indignación, porque yo me habría excedido.
A veces me preguntaba si Katty también me estaba poniendo a prueba al dejarnos solos en el carro. Sin embargo, yo me contenía, aunque Katty tardaba una eternidad. Finalmente, después de probar mi paciencia, Jason regresó a su asiento y jugó cabizbajo con sus juguetes.
«Mi padre no tiene brazos», dijo.
***
Leí un artículo sobre los niños sin padres en Filadelfia y sobre cómo unos hombres se ofrecían a pasar tiempo con ellos.
Los niños tenían suficientes modelos femeninos, pero estaban sedientos de la presencia positiva de un hombre.
Tanto así que lo único que tenían que hacer era acompañarlos y no ser mezquinos, y los niños respondían de un modo asombroso.
***
«¿Tienes ojos, señor Trey?». Acercó su cara a la mía.
«Sí, Jason, tengo ojos».
«¿Tienes de esto?», dijo, acariciando mis cejas suavemente.
«Sí, tengo cejas».
«¿Tienes esto, señor Trey?».
«Bigote», dije.
«Bimote —dijo Jason—. No tengo bimote. Pero cuando sea grande, tendré uno».
«Así es, Jason».
«¿Tienes dentes, señor Trey?».
«Sí, Jason. Tengo dientes».
«Señor Trey, tienes dentes del Hombre Monstruo».
***
Cuando llegó la Navidad, le pregunté a Katty qué podía comprarle a Jason.
«No tienes que darle nada».
«Quiero hacerlo».
«Bueno, cualquier cosa de los Cazafantasmas».
Me sorprendió la amplia variedad de artículos de los Cazafantasmas que había en K-Mart. Tenían pistolas láser, máscaras, escudos y trajes de fumigadores. Le compré un traje.
No me había dado cuenta de que habían creado toda una industria basada en la erradicación de fantasmas.
***
El problema estaba en conseguir una niñera. Como Katty no tenía familia en Filadelfia, solo le quedaban dos opciones. La primera era una mujer de ochenta años, casi ciega. Y luego estaban los vecinos, Bo y Rochelle, los supuestos padrinos del niño. Solían emborracharse y amenazarse con cuchillos.
Una noche, «en contra de su criterio», Katty dejó a Jason con ellos mientras íbamos a una fiesta. Cada hora llamaba para ver cómo estaba. «No me siento bien», insistía Katty, y cuando regresamos los dos estaban borrachos.