Pertenencias
Estoy caminando por Spring Garden cuando veo una camioneta vieja y destartalada, parqueada frente a un bar. En un costado, en letras burdas y desiguales, dice TRASTEOS MIRANDA. Hay muebles amontonados y amarrados de cualquier manera. Entro al bar y encuentro a Tico jugando billar.
***
Ha pasado un año desde que vi a Tico Miranda, su brazo carnoso por fuera de la ventana, reversando con la camioneta en nuestra entrada. Joaquín, su primo flacucho, le daba instrucciones en español, gesticulando como ante el piloto de un avión.
«Llegaron los del trasteo», le dije a Susanne.
No miró. Estaba ocupada empacando mis pertenencias.
Tico y Joaquín me cayeron bien desde el principio. Cuando hablé en mi español mediocre, se encariñaron conmigo. Pero no dijeron mucho. Parecían saber lo que se estaba cocinando.
Tico tenía una barriga enorme, un ojo malo y brazos tan gruesos como muslos. Joaquín era tan hiperactivo como un colibrí. No tardaron en sacar mi escritorio, mi silla y varias cajas. Luego llegaron a la étagère.
Aprendí esa palabra de Susanne. Es una estantería sin puertas.
«Espera un minuto —dijo Susanne—. La étagère se queda aquí».
Tico me miró.
Encontramos la étagère durante nuestro primer año juntos, a un lado de la carretera.
De alguna manera, logramos arrastrarla varias cuadras.
Susanne es delgada, pero más fuerte de lo que parece.
Yo soy un poco más débil. A cada pocos pasos nos caíamos de la risa sobre las hojas amarillas amontonadas en la acera.
Eran hojas de arce azucarero y olían a almizcle.
Era un hermoso día de otoño. Empujamos y jalamos el armatoste durante lo que parecieron horas, y finalmente lo llevamos a nuestra casa.
Lo exhibimos como un trofeo y colapsamos en el piso, jadeando y cubiertos de hojas.
«Eres sexi cuando sudas», dijo Susanne. Era nuestro primer mueble.
«Esa no te la llevas», repitió ahora, mientras Tico y Joaquín observaban.
«¿Por qué no?», pregunté.
Me miró. La miré.
Sus ojos tenían un brillo.
Ese brillo.
«¿Nos disculpan un momento? —dijo Susanne—. Hay cerveza y pizza en la nevera».
Luego me llevó arriba.
La caja vacía de la pizza estaba sobre la mesa. Tico dormía en la silla. Joaquín estaba viendo un programa de concursos.
«Ese mueble se queda aquí», dije con autoridad.
El encogimiento de hombros de Tico sugirió que él tenía una opinión, aunque no la compartiría.
Por supuesto, pagué por el tiempo que estuvimos arriba.
Valió cada centavo.
***
Ahora veo a Tico prepararse para tacar, su barriga encima de la mesa. Flexiona sus músculos mientras le echa tiza a su taco y lo desliza con fluidez sobre el puente de su mano. Su ojo de vidrio es apenas perceptible. Casi estás convencido de que puede ver a través de él.
Siento un codazo. Joaquín me habla rápido en español y le pido que repita. Cuando oigo la palabra cárcel, entiendo: Tico está en libertad condicional y lo van a encerrar de nuevo si no devuelve los muebles.
«¿Se los robó?», pregunto.
«Más o menos», responde Joaquín.
«¿De quién son?».
«De la ex de Tico —dice—. La semana pasada se fue a Nueva York. Cuando Tico supo que se había ido con un hombre, dijo que quería matarla. Lo cierto fue que desocupó su casa. Ha estado andando con sus cosas en la camioneta y ella volverá esta noche».
Joaquín intentó convencer a Tico de que le devolviera sus cosas, pero se niega a hacerlo. Joaquín me pide que hable con él.
Miro la camioneta. Cae una llovizna.
Tico hunde la bola ocho, recoge la veinte y termina la cerveza. Cuando me ve, una sonrisa le cruza la cara. Me agarra con una cariñosa llave estranguladora.
«¡Amigazo!», dice. Me cuesta entender, pero capto una referencia a una pizza de anchoas. Luego estira los brazos para sugerir un mueble.
Veo cómo Tico golpea las bolas y se dispersan. Luego, hace rozar otra en la banda opuesta, que cae en la tronera con la misma languidez de un bostezo. Joaquín mira hacia afuera con expresión preocupada. Sabe que no hay forma de detener a Tico. Está en racha.
La camioneta está parqueada bajo la lluvia.
El tocador, empapado. El espejo, suelto, cuelga a un lado.
En un cajón abierto hay un vestido. Es un traje de fiesta amarillo, mojado y estropeado, aunque no sin un destello de alegría.
El amarillo es un tono que me hace recordar las hojas de arce azucarero en otoño.