Consentimiento implícito #2
¿Por qué tomaban los escritores?, me preguntaba. O los lectores, para el caso. ¿Tal vez las cosas eran más interesantes cuando uno bebía?, ¿o simplemente parecían serlo? Era un tema en el que yo había reflexionado a menudo, sobre todo cuando bebía. Si estaba sobrio, no era tan interesante.
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«Atención —dijo la instructora—, quiero que escojan un apodo que comience con la primera letra de sus nombres. Me llamaré Abby la Ambiciosa». Esbozó su sonrisa ensayada.
Nos tenía cogidos por las pelotas, sin duda. No podíamos decir que no, pero tampoco podíamos irnos. Estábamos a merced de sus caprichos, fueran estos «párense de cabeza», «jueguen sillas musicales» o «canten en falsete».
Habíamos pecado y debíamos pagar por ello.
«¿Qué mierda es esta?», le susurré a Vinny.
«Hicimos esto en rehabilitación», dijo Vinny.
Leyó lo que yo había escrito: «Trey el Tranquilo».
«Suena como una persona que niega sus problemas».
***
Era el veinticuatro de diciembre y yo iba con Joy a Virginia. El aire cálido y denso de la calefacción me recordó inviernos pasados. Contemplé el campo, surcado de árboles deshojados y esqueléticos.
«¿Estás listo para manejar?», me preguntó Joy.
Evité su mirada. «Casi».
«Ya dijiste eso antes. Me estoy durmiendo».
«Te hablaré».
«Has estado hablando».
«Cantaré».
«Trey…».
Suspiré. «Hay algo que debo decirte».
Ella me miró. «No tienes tu pase».
«¿Cómo supis…?».
«No es nada de lo cual avergonzarse. Mi madre nunca tuvo uno. Hay gente que nunca lo saca».
«…».
«Te acompañaré a sacarlo».
La casa blanca de madera era pulcra y acogedora, con mantelitos, cortinas de encaje y papel de colgadura con flores.
La madre de Joy nos mostró nuestras habitaciones separadas, cada una con una toalla sobre la cama.
Puso un disco de Navidad y se sentó en la cocina mientras Joy le hacía un peinado elaborado.
Yo me senté en el sofá a leer Crimen y castigo.
«¿No manejó ni un ratico?», le oí decir a la madre de Joy.
Y poco después: «¿Lo de ustedes dos va en serio?».
Esa noche, en aquella cama chirriante y con olor geriátrico, no pude conciliar el sueño.
Observaba las grietas jeroglíficas del techo intentando descifrar adónde iba con mi vida.
Hubo un tiempo en el cual creí tener un plan: California con una beca, Europa con una mochila y Argentina con una mujer llamada Liset.
De algún modo, yo había terminado en Filadelfia.
Era como avanzar por las casillas de un juego de mesa; al final, todo tendría sentido.
Pero ¿cuál? Lo sabría cuando llegara al fin, me imaginé.
Mi cama produjo un chirrido que provocó una tos en la habitación de al lado, la de mi suegra. Me quedé inmóvil y recordé la reunión de quince año de graduación del colegio a la que había ido hacía dos meses manejando desde Philly.
Yo entraba de nuevo al Optimist Hall, con chaqueta de pana y corbata desanudada, como el misterioso vagabundo que regresaba, no tan triunfal como lo había planeado.
Los rostros se materializaron como en un cuarto oscuro: todas mis exnovias y amores no correspondidos.
Mary Beth Brewer, que me había desflorado en una casa flotante; Mona Sharp, mi pareja en el baile de graduación, que terminó convertida en una cazafortunas, y Amy Downing, ah, la dulce Amy, la chica de mis sueños.
Gritaron: «¡Viniste! ¡No lo creo!». Y una a una me besaron con su aliento perfumado a ponche de frutas.
Las luces se encendieron a medianoche y el salón de baile se vació.
Terminé sin pareja y con labial en la camisa.
Convencido de que podría manejar hasta la casa de mi padre, me escabullí con un puñado de números telefónicos y volé por la carretera cantando una canción de Earth, Wind & Fire y dirigiendo una sonrisa torcida al espejo.
No vi a tiempo el desvío hacia la casa de mi padre y entonces hice un giro en U.
Y de repente el aire empezó a pulsar con una luz azul que parecía descender, como una nave espacial, sobre mí.
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«Formemos pequeños grupos —dijo Abby la Ambiciosa—. Cada uno nos compartirá las circunstancias de su arresto».
«¡Yo primero! —dijo Vinny—. Tomé una calle de un solo sentido para ahorrar tiempo. Escuchaba música y no podía oír la sirena. El policía me acusó de evitar el arresto».
Ariel fue la siguiente: «Mi amiga, que conducía, bebió demasiado, así que pensé en ayudarla…».
Sanji: «Yo estaba en mi casa tomando cerveza y salí por una pizza…».
CAT: «Ni siquiera iba manejando. Estaba empujando mi carro para prenderlo cuando un policía se detuvo. Empezó a rodar cuesta abajo, y yo gritaba “¡cuidado!” porque el carro no tenía frenos…».
«Eso no es nada —dijo George—. Yo estaba pasando la borrachera en mi carro y el policía me acusó de “intento de conducir”».
Pero la historia más extraña de todas era la de Isaac. Se dirigía a «Picksburgh» para el entierro de su madre y se perdió. Pidió indicaciones a un policía, quien olió su aliento y lo encerró tres días. Y nunca llegó a Picksburgh.
«¡El entierro de mi mamá!», dijo Isaac con la voz quebrada.
***
«Despierta, dormilón».
Abrí los ojos y vi a Joy vestida para ir a la iglesia, ya de regreso en Filadelfia. «Ven acá —le dije—. Hueles delicioso».
«Solo un segundo. No me retrases». Se acostó con cuidado para no arrugar su vestido. Me apreté contra ella y sentí que me estaba excitando.
«Trey —dijo Joy—, quiero preguntarte algo».
Sus grandes ojos eran líquidos e inquisitivos. «¿Qué hay exactamente entre nosotros?».
«¿Qué quieres decir?».
«Pusiste un muro y no me dejas entrar».
Elegí mis palabras con cuidado, dejando espacio para cierta ambigüedad.
«Tú me importas, Joy».
Ella se mordió el labio, cogió su bolso y salió.
«¡Joy! —la llamé—. ¡Terminaré de estucar!».
Me puse unos jeans, encendí la lijadora y empecé a pulir las marcas de masilla en la pared. Indignado por tener que lidiar con la masilla de otro hombre, la ataqué con saña.
El aire se impregnó de un polvo fino y calcáreo. Abrí una ventana y entró un viento helado. Me miré en el espejo y retrocedí asustado. Mi pelo y mis cejas estaban completamente blancos. Parecía —y me sentía— como si hubiera envejecido treinta años.
Recordé lo que dijo Sammy Davis Jr.: «Lo peor de dejar de beber es despertarte cada día pensando: “Esto es lo mejor que voy a sentirme en todo el día”».
Seguí lijando, pero era inútil. Mi mente volvió a esa botella de Kahlúa.
No es que me gustara mucho, pero su imagen no desaparecía.
Apagué la lijadora, tosiendo por el polvo, y bajé al sótano.
Estaba oscuro y mohoso, con clavos esparcidos por el piso como metralla y el penetrante olor a amoníaco del perro de Joy, que gruñía como si fuera a arrancarme la pierna.
Esperé que estuviera encadenado porque no encontraba el interruptor de la luz.
Como sabía que Joy llegaría en cualquier momento, revolví las cajas. Entonces oí unos golpes en la puerta. Subí las escaleras corriendo y oí a un policía hablar por un walkie-talkie. Dijo que un vecino había llamado a emergencias. Yo trataba de explicarle cuando Joy llegó.
***
En las últimas clases, la instructora nos mostró videos de accidentes y de hígados deteriorados. Aprendimos cuántas copas te hacen sobrepasar el límite, y que una segunda infracción dentro de siete años significaría sesenta días en la cárcel.
Abby estaba completamente sobria y equilibrada. Era el modelo al cual debíamos aspirar. Celebraba el apoyo de los seres queridos. Yo la observaba con curiosidad mezclada con rabia.
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