Otras aguas Consentimiento implícito
26%

Consentimiento implícito

Era un día frío y gris en Filadelfia. La lluvia helada caía oblicuamente. Mi paraguas se dobló hacia arriba en dos ocasiones. Lo sostuve como un escudo mientras los goterones me dejaban empapado. Mi visión era borrosa y sentí un nudo creciente de angustia.

Alrededor de las seis, encontré el edificio de aspecto lúgubre. Empujé la puerta giratoria y pasé frente a la recepcionista.

«¡SEÑOR!», gritó. «¿A dónde va?».

«A la clase de conducción», murmuré.

«¿Se refiere al programa para conductores ebrios?», dijo para que todos oyeran.

El aula era escueta, iluminada con luces fluorescentes.

Apretujados en pupitres escolares, mis compañeros infractores parecían tan incómodos como yo.

Llenaban formularios con la cabeza agachada, como si se sintieran aliviados de tener un pretexto para evitar las miradas ajenas.

Me senté rápidamente, intentando pasar desapercibido.

Una mujer muy arreglada sostenía un portapapeles.

Se acercó sin sonreír y me entregó un formulario.

Tras llenar los formularios, los asistentes miraban el piso.

El curso estaba conformado por un grupo variado de personas: un hombre pakistaní de traje, una mujer hiperactiva forrada en oro, otra que parecía una exhippie, y varios tipos con botas y camisas azules.

Ese color, usado por los presos, aumentó mi sensación de estar encarcelado.

A mi lado, un negro de ojos saltones tenía una camisa que decía «Isaac». Se puso las gafas y se inclinó hacia el formulario.

La instructora miró el reloj de la pared. «Debido al tiempo, les he concedido seis minutos adicionales. Pero después, los que lleguen tarde no podrán entrar».

Era una negra de piel clara con un rostro casi hermoso si fuera menos severo. «Recuperar una clase cuesta cincuenta dólares. Los que vengan ebrios serán expulsados. Y si no vienen, se enfrentarán a una orden de arresto. Recuerden que escogieron este programa en lugar de la cárcel».

«¿Qué quieres decir? —murmuró alguien—. ¡Yo estuve en la cárcel!».

Era Isaac. «¡Me encerraron tres días! —dijo con inflexión creciente—. ¡Me detuvieron en un pueblo de mala muerte cerca de Picksburgh y pensé que nunca me soltarían!». Se quitó las gafas y abrió los ojos.

Una oleada de risas estalló. No se había establecido el decoro apropiado. ¿Esto iba a ser como una cárcel o una iglesia? ¿Como un preescolar o como una sesión de terapia? ¿Como un castigo después de clases o como un acto de humillación pública?

«Más tarde hablaremos de tu situación —dijo la instructora, mirando su portapapeles—. Otra cosa: no habrá descansos. Usen lo baños antes de la clase. Aquellos de ustedes que son propensos a ataques de nicotina, tendrán que rechinar los dientes».

«¡No puedo creerlo! —se quejó un puertorriqueño con una gorra con las letras CAT—. Tuve que pagar doscientos dólares por este curso. ¡Es como pagar para ser castigado!». Miró alrededor del salón en busca de cómplices.

«No es un castigo —dijo la instructora con tono punitivo—. Es un requisito para recuperar tu licencia de conducir. Y una oportunidad para la superación personal. Estoy segura de que prefieres este curso a la cárcel».

«Prefiero la cárcel», dijo el de la gorra CAT.

«Ya es demasiado tarde —respondió ella—. Estarás aquí todos los lunes durante diez semanas».

***

Mientras yo cumplía con mi trabajo en la librería y con mi cita quincenal con Joy, me sentía desconectado y ajeno.

Mi desgracia parecía evidente para todos los que se cruzaban conmigo en la calle.

Sabían por qué yo caminaba en lugar de conducir.

Sabían a dónde iba los lunes por la noche.

Era como si mi transgresión estuviera grabada en mi cara.

Incluso mi madre, que había dicho que asistir al curso para conductores ebrios no era un reflejo de mi carácter, era una ferviente partidaria de las Madres Contra Conductores Borrachos.

«¿Qué pasa? —preguntó Joy desde la bañera donde se afeitaba las piernas—. Te ves pálido».

«Es solo el invierno —dije—. Mucho frío, poca luz».

A diferencia de los peatones conscientes de mi desgracia, Joy no se había percatado. Sin saber bien cuánto tiempo estaríamos juntos, yo no quería desperdiciar una confesión. Y luego fue demasiado tarde para hacerla sin parecer que yo había estado ocultando mucho más.

Después de todo, Joy no me conocía muy bien.

Entró a la librería para buscar un libro titulado Mujeres que aman demasiado…

o muy poco. Tenía ojos cálidos y bovinos, y se arreglaba con esmero, como si la vida tuviera un propósito.

Era enfermera titulada y vivía en una casa inacabada.

Creía en Dios, en los fantasmas, en la astrología, y coleccionaba cupones de descuento.

Me advertía que no comiera de latas abolladas ni saliera a la calle con el pelo mojado.

Pero era tierna en la cama, le gustaba mi compañía y no me dejaba tomar.

La observé deslizar la afeitadora por sus pantorrillas oscuras y brillantes.

Nunca había estado con una mujer abstemia —de hecho, beber había sido un requisito—, y ella me fascinaba, no por lo que hacía, sino por lo que se abstenía de hacer.

¿Cómo podía pasar la noche del viernes sobria, por no hablar de una semana entera?

Al principio pensé que debía esconder algo: drogas en un cajón, una botella en un armario.

Pero no había nada con qué intoxicarse en toda la casa —yo había buscado—, salvo por una caja de Kahlúa en el sótano.

Era un regalo de un admirador, un payaso que dejó su pared sin terminar cuando fracasó en su intento de seducirla.

***

«Consentimiento implícito —escribió la instructora en el tablero—. ¿Alguien sabe qué significa esto?».

Nadie respondió. Las caras, ahora familiares, ofrecían cierto consuelo. El de la gorra CAT con sus botas de obrero y las piernas estiradas, Sanji vestido como un director de funeraria y Ariel con una diadema y aretes de plumas.

«Significa —dijo la instructora— que cuando te pones detrás del volante eres implícitamente responsable de tu sobriedad. —Observé cómo sus dientes perfectos recortaban las palabras—. Eso estará en el examen final».

«Y ahora un aviso —agregó—. La última clase será la “Noche familiar”, en la que cada uno de ustedes traerá a una persona allegada.

Gorra CAT intervino: «¿Y si no puede?».

«Es un requisito».

«Pero ¿qué pasa si no tienes a nadie?».

«Todos tienen a alguien —respondió la instructora—. A propósito, me alegra mucho que George haya traído a su esposa para apoyarlo. Demuestra que se toma en serio la intención de enmendar su comportamiento. Bienvenida, señora».

La mujer regordeta se sonrojó, recostándose en George, quien sonrió incómodo. George era corpulento, con manos grandes y uñas llenas de grasa negra.

Pero ¿quién soy yo para juzgar?, pensé mientras me tocaba mi calvicie incipiente.

Al mirar a mis compañeros, cada uno con sus defectos e imperfecciones, los vi como mis compinches en la desgracia.

Tuve la premonición de que cuando enfrentara mi Juicio Final, ellos estarían conmigo.

A no ser que el Juicio hubiera llegado ya.

Hasta ahora, me había sentido invulnerable. Enfermedad, calamidad, desprestigio: yo había sido inmune a todo. Pero desde esa noche que vi esa luz azul en mi retrovisor, cualquier desgracia parecía concebible.

***

Al llegar a casa después del curso, sonó el teléfono.

«¿Dónde estuviste?», preguntó Joy.

«Lavando ropa», respondí, lo que en realidad era cierto. Estaba lavando mi ropa sucia en público.

«Mamá llamó —dijo Joy—, y nos invitó a pasar la Navidad con ella».

«¿A nosotros?».

«Sí, estamos invitados».

Respiré profundo. Aunque sería bueno salir de la ciudad, me preocupaba lo que una visita a la madre de Joy podría implicar.

«Podemos turnarnos para manejar», dijo Joy.

Sentí pinchazos en la frente. Joy tenía un historial de hombres bebedores, empezando por su padre, que la había abandonado cuando era niña, y yo no quería que me metieran en el mismo costal con ellos simplemente por un pequeño desliz.

Mi confesión alteraría nuestra relación.

Nos alejaría o nos acercaría más. Estaba satisfecho con las cosas tal como eran: dos noches a la semana, agradables y dulces, pero no absorbentes.

Tras colgar, me fijé en los montículos de nieve sucia, y en la rejilla que arrojaba vapor como algún baño turco asqueroso. Entonces sonó una sirena y pasó una patrulla a toda velocidad, su luz azul destellando como un presagio.

Dediqué el día siguiente a poner precios y a acomodar los libros nuevos.

La librería quedaba en la explanada cavernosa de la estación de la calle 30.

Me gustaba el vaivén humano que viajaba en trenes.

El aire transitorio hacía que sus vidas parecieran tan inestables como la mía, y aliviaba la angustia de trabajar en una librería a los treinta y tres años.

Eso me hacía olvidarme de mis hermanos, los dos organizados y exitosos, con una familia en los suburbios y un garaje para un par de carros.

Yo había elegido un camino poco convencional.

Me sentía demasiado bueno para ser convencional.

Sin embargo, ¿en dónde había terminado? Trabajando en una librería, asistiendo a un programa para conductores ebrios y pasando veladas con una rezandera entusiasta de la autoayuda.

De buen corazón y encantadora, sin duda: tan encantadora, de hecho, que yo estaba sufriendo por primera vez en mi vida de eyaculaciones precoces. ¿De qué diablos se trataba eso?

A veces me imaginaba que yo era un cliente que entraba a hojear libros, como había hecho antes de trabajar ahí.

«Hojear» no era realmente la palabra; lo que hacía era vagar por la sección de literatura, buscando aquellos libros que eran «míos», los cuales, como decía Borges, te hacían «sentir orgulloso» de haberlos leído.

Ahora los sacaba del estante y sentía la adrenalina, pasando sus páginas mientras miraba con culpa a mi jefe.

Cuando había recorrido de Agee a Lowry (¿por qué tantos de mis escritores favoritos eran bebedores?)

me llenaba de orgullo y anhelaba tomar whisky.