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Amor en el metro

Es probable que yo sea el único al que oigas decir esto, pero me encanta viajar en el metro de Filadelfia.

Puedes reírte, pero es así. Vengo del sur, donde no hay metros, y la primera vez que monté en uno, pedí indicaciones.

Dije: «¿Podría de-ciiiirme cómo lle-gar al me-tro?»

. Y el hombre preguntó: «¿Qué?». Se lo repetí y me respondió: «Lo siento, pero no tengo ni idea de lo que dice».

Esa primera vez tuve miedo. Todo ese espacio debajo de aquellos enormes edificios. ¿Y si todo se derrumbaba? Y eso de estar bajo tierra me parecía extraño. Estar bajo tierra es para animales, ratas y cosas así. Temía que las personas se comportaran como bestias.

Pero ahora soy un experimentado viajero del metro. Cuando veo a esos turistas ingenuos yendo al zoológico temerosos y con medias azules claras, me dan ganas de hacerles muecas.

Y los torniquetes. Al principio, me hacían pensar en rebanadoras de queso. Si pasabas por el lado equivocado, podían tajarte. Observé a la gente pasar los torniquetes antes de intentarlo. Pero todavía no he visto a nadie rebanado. En esta ciudad se aprende rápido; hay que estar alerta.

Empecé a utilizar el metro por una mujer llamada Sonya.

Tenía una linda piel morena, labios carnosos y ojos resplandecientes como cuchillos.

Venía a mi apartamento y hacíamos el amor sin freno.

Luego nos quedábamos dormidos y nos despertábamos en medio del pánico.

Ella tenía dos hijas y no podía quedarse a dormir entre semana con un hombre.

Nos apresurábamos a la estación y tomábamos el tren nocturno. Nos apretujábamos en ese miniasiento en la parte trasera del vagón y nos besábamos como adolescentes.

«¿Has ido al planetario?», me preguntó Sonya una noche.

Respondí que no.

«¡Tenemos que ir!», dijo ella, sus ojos centelleando como estrellas. «¡No hay mejor lugar para besarse!».

Cuando llegamos a su estación, se detuvo en el torniquete y arqueó las cejas. «¿Quieres entrar conmigo?». Me apreté contra ella y olí su aroma a coco; me hizo delirar. «Discúlpennos —les dijo a unas personas detrás de nosotros—. Estaremos un rato aquí».

La gente nos miraba a veces en la calle, quizá porque era negra. Pero no en el metro. Los pasajeros del metro no se dan aires. Son la sal de la tierra. Y no me habría importado que lo hicieran; Sonya era hipnótica.

Le parecía encantador que yo fuera del sur, que hablara con acento y prefiriera la cerveza Rolling Rock al coñac Courvoisier. Le parecía pintoresco que nunca hubiera oído hablar de los «saltadores».

«Trey —dijo—, has tenido una vida protegida».

«Desprotégeme, baby», respondí.

***

Yo tenía un estudio en el piso trece de un viejo hotel remodelado.

La piedra angular decía 1929. No parecía un buen augurio.

Cuando el metro pasaba por debajo, todo el edificio temblaba y a veces el estucado se desprendía.

Mi estudio era estrecho y sórdido, pero la vista de la ciudad era espléndida.

Tenía mi propio balcón (en realidad, una escalera de incendios) y por la noche permanecía allí mirando la ciudad en llamas.

Ese año hubo una racha de atentados incendiarios.

Una deuda de drogas sin pagar, y alguien lanzaba un coctel molotov.

Las sirenas, como las campanadas de la torre de la alcaldía, dejaron de registrarse en mi mente.

Un día, en el metro, todos se dieron vuelta para mirar al fondo del vagón.

Había dos ancianos, canosos y enclenques.

Estaban peleando. Se movían torpemente; cada uno tenía una mano con los dedos abiertos clavada en la cara del otro.

Se agarraban con sus últimas fuerzas, arrastrando los pies como en una danza lenta.

Alguien los separó. Se sentaron frente a frente, jadeando y mirándose con furia. Luego se bajaron en la misma estación.

Otro día, en la explanada de Market Street, dos carteros, un hombre y una mujer, se besaban acurrucados en un rincón. Con uniforme y sus bolsas de cuero atiborradas de correspondencia, se fundieron en un abrazo extasiado e incesante. Nunca había visto a nadie besarse así.

La gata de Sonya tuvo gatitos y ella me dio uno. En aquel momento, pensé que eso era algo que nos unía; me hizo sentir calor por dentro. Fue antes de saber que era la cuarta camada de su gata y que ella les había dado gatitos a muchos otros tipos.

«La pequeña sinvergüenza», le decía a su gata.

Me familiaricé más con los saltadores. Un buen día, un compañero de trabajo dijo que llegaba tarde porque «un tipo saltó al metro» .

Y otro respondió: «Yo también». Y se volvió otra excusa trillada para llegar tarde.

Hasta los reporteros de la Vigilancia del Tráfico minimizaron el asunto: «Hay una hora de retraso en la línea Market-Frankfort. Hubo otro saltador y están limpiando el desastre».

***

Una cosa buena de Sonya era que no le molestaba tomar el metro. Algunas mujeres decían: «¡A mí no me vas a subir en esa cosa inmunda!». Y tenías que pagarles un taxi.

Claro que estaba sucio, lleno de grafitis, con olor a orines, y había indigentes durmiendo en cajas, pero tenía un cierto aire fraternal, un sentimiento de humanidad compartida.

Eso es algo que no encuentras en un carro o en un taxi.

Veías a todo tipo de personas, hablando muchos idiomas, maldiciendo y rezando y profesando su amor: ucranianos y rastafaris, ciclistas y bailarinas, prostitutas y creyentes con pancartas que decían «¡Arrepiéntanse!»

. Y todos los viernes había un tipo alto con una túnica, tocando Nacido libre con su corno francés.

Cerca de la taquilla, unos musulmanes vendían aceites e incienso.

Sonya me llevaba algunos. Nunca había quemado incienso, pero con Sonya podía hacerlo toda la noche.

Tenían nombres como Jazmín y Rosa somalí, y hasta el día de hoy su aroma me recuerda a Sonya y su predilección por hacer el amor con los ojos cerrados.

Le pregunté por qué y me dijo: «Me estoy concentrando».

Me compró un aceite corporal llamado Conocimiento.

***

Mientras trepaba las escaleras del metro, vi a Sonya subir a un carro: un ostentoso El Dorado. El conductor, vestido de traje, tenía canas en las sienes y un bigote lápiz. Fingí no verla.

Los tipos siempre andaban detrás de ella, ofreciéndose a arreglarle la caja de fusibles, a cacharrearle a las tuberías o a instalar el linóleo en su apartamento. Y a veces ella aceptaba.

Cuando mi gatita se puso en celo, le pregunté a Sonya si debía operarla.

«¿Por qué no? —dijo—. No puedes extrañar lo que nunca tuviste».

***

La alcaldía, siempre en proceso de restauración, es tan fea que es hermosa.

Está coronada por una estatua de William Penn.

Una vez conocí a una vietnamita llamada Trinh.

Me tenía loco, pero estaba comprometida.

No hablaba mucho inglés, y cuando los hombres le insinuaban cosas, les respondía: «Lárgate, vaquero».

Alguna vez me dijo: «Todos los días tomo el metro. Sé dónde subirme. Cuando veo hombre muy arriba». Señaló al cielo; ella me encantaba.

Una vez, se formó una multitud cerca de la alcaldía.

Bomberos, policías, equipos de noticias de televisión.

Todos miraban hacia arriba. Por mucho que no quisieras, era inevitable mirar.

Claro, era un saltador. Algunos decían: «¿Lo ves? Justo allá».

Por fin lo vi, una pequeña silueta, subiendo hacia los pies de Willie Penn.

La gente se burlaba de él, lo instaba a saltar.

Esto me entristeció. Tal vez no era un saltador después de todo. Tal vez solo era un escalador.

***

También salí con una puertorriqueña, una india y una mujer de Etiopía. Esto es algo que un chico sureño no espera en su vida. Por eso me encantaba Filadelfia.

Y cuando pasas por Wanamaker’s, unas mujeres que dejan entrever sus piernas te rocían agua de colonia.

Pero la que más me gustaba era Sonya Vaughan.

Decía que era pariente de Sarah. Vi a Sarah Vaughan en la Academia de Música el año que conocí a Sonya, justo antes de que Sarah falleciera.

Todos los grandes del jazz parecían haber muerto ese año.

Como Dexter Gordon, que exhaló su último suspiro en Filadelfia.

Philly era una cuna del jazz. Charlie Parker, Coltrane, todos ellos tocaron allá.

Muchos viejos clubes ya eran solo cascarones, pero los lugareños los señalaban con entusiasmo.

Había un pequeño club de jazz en mi cuadra. Presentaba a un saxofonista llamado Neptune. Tocaba Toma el tren A con su dulce saxo tenor, gotas de sudor en la frente, y yo tomaba whisky y me sumergía en mi mundo.

***

Un día hice pollo asado para Sonya en la escalera de incendios.

Mientras tanto, jugamos a los Ocho Locos.

En un momento dado sonó la alarma de incendios del edificio.

«No te preocupes —le dije—, suena una vez por semana».

Al principio, yo bajaba corriendo trece tramos de escaleras.

Los inquilinos, semidesnudos, estaban allí con sus gatos.

Lo cual me hacía sentir culpable, pues yo no traía la mía.

Así que seguimos jugando cartas y en la distancia, acercándose, empezamos a oír sirenas.

Podíamos ver los camiones serpentear por las calles abajo de nosotros y a los bomberos bajar con sus uniformes y cascos.

Al cabo de un tiempo, golpearon mi puerta.

Llevaban hachas y extintores. El pasillo estaba lleno de humo, que salía de la escalera de incendios.

Tuve suerte de que no me multaran. Pero fue vergonzoso que Sonya lo viera.

«Sabes que te tengo cariño —me dijo más tarde—. Pero tenemos que ser realistas».

«¿Por qué?».

«Nos hemos divertido mucho. Pero afróntalo, vas a querer hijos».

«No sé».

«Pues, yo ya terminé de criar a los míos. —Acarició a la gatita que saltaba en su regazo—. Soy como Luna. —Sonrió—. Estoy operada».

La vi mimar a la gatita. «Podrías desligarte las trompas».

Me miró con los ojos muy abiertos. «Ah, Trey, eso es lo más lindo que me han dicho en la vida».

***

Vi a un tipo tratar de besar a una mujer en el metro.

Ella era dura; lo mandó a la mierda. Bésame, le dijo, y te escupiré en la cara.

Si lo haces, añadió, te daré una puñalada.

Él se acercó y la miró fijamente a los ojos.

Luego intentó besarla. Ella se apartó y él la escupió en la cara.

Ella sacó un cuchillo y le dio una puñalada.

Ahí mismo, en el metro; todos fuimos testigos.

Lo mató, pero no la denunciamos. Todo el mundo dijo que el tipo se lo merecía.

Los desamparados del metro tienen una rutina, una pequeña actuación. Un viejo con esos ojos lechosos que tienen los ciegos se puso a cantar Mona Lisa. Tras entonar las palabras «Un corazón roto», se llevó la mano al pecho y me extendió una taza. Le di un poco de dinero.

«Eres un blandengue», dijo Sonya.

Desde el principio intuí que no funcionaría. No tenía que ver con la raza ni con la cuestión de los hijos. Tenía que ver con el hecho de habernos conocido cuando ella ya no se tomaba en serio a los tipos, incluso a uno serio como yo. Pero lo fatídico de todo hacía que yo la deseara más.

***

Y también estaban los dilemas morales. Como cuando supe que las fichas para la lavandería funcionaban en el metro.

Fue Sonya quien me lo dijo. Consideré usarlas pero decidí no hacerlo.

Si hubieran sido bancos o compañías de seguros, tal vez lo habría hecho, pero no al tratarse de la autoridad de transporte público, sierva de los oprimidos, de las masas hacinadas que anhelan respirar libres. ¿Cómo podía hacerlo Sonya?

¿No había nada sagrado?

Una vez le oí decir a un hombre desamparado: «Veinticinco centavos para un hombre agraviado». Al menos, eso fue lo que creí que dijo. En ese caso, es una frase impresionante. Porque, aun sin conocer todos los detalles, sabías que él había sido agraviado.

***

Mientras tanto, la gata de Sonya tuvo otra camada. ¡La sinvergüenza!

***

Dos chicas sordas subieron al metro moviendo las manos como locas.

¡Y las expresiones de sus caras! Se notaba que la conversación era intensa.

Me moría por saber qué decían. Confieso que me gusta escuchar a escondidas.

De hecho, aprendí español para poder hacerlo más.

Pero todavía no he aprendido el lenguaje de señas.

La chica que estaba más cerca de mí era encantadora.

Tenía el pelo sedoso y una cara que parecía sonrojarse todo el tiempo.

Su conversación se hizo más fuerte, por así decirlo, hasta que llegamos a una estación y ella se levantó.

Abrazó a su amiga y la besó en ambas mejillas.

Luego se bajó y permaneció en la plataforma, frente a la ventanilla de su amiga, acercando su cara al vidrio.

No parecía importarle que la gente la mirara.

El tren empezó a moverse y la chica a retroceder, con la cara roja, sonriendo tristemente, las manos aún en movimiento.

***

Ah, dulce Sonya, nunca fuimos al planetario.

***

Una noche, ya muy tarde, ocurrió algo extraño en el metro. Un viejo a mi lado llevaba unos guantes dispares. No se había afeitado y le faltaban algunos dientes. Le temblaban las manos y olía a vinagre, pero no de forma desagradable. El tipo me cayó bien.

De todos modos, allí sentado, me vi levantarme y caminar hacia la puerta.

Cuando el tren se detuvo, me vi bajar. Por supuesto, esto me pareció extraño.

Y no estaba borracho. Entonces el tren arrancó y miré por la ventanilla hacia afuera mientras pasábamos por el punto en la plataforma donde yo debería estar. Pero no estaba.

***

Me pregunto si alguna vez tendrán metros en el sur. No volveré allá a menos que los tengan. Lo que a lo mejor significa nunca.

A veces, al mediodía, voy a la calle 15 con Market y espero en la explanada. Según tengo entendido, es el punto donde sus rutas de correo se cruzan.

No he podido volver a verlos.

Pero soy paciente.