Clases de lenguaje
Como si las cosas no fueran ya lo suficientemente malas, la señora Lorraine, mi directora en el instituto de lenguaje, me llamó para asignarme un estudiante japonés de seis años llamado Sori.
Yo solo le había enseñado a adultos. Tenía muy poco contacto con niños.
Y, la verdad, no tenía ganas de hacerlo.
Este era un asunto demasiado evidente en las cenas familiares de la madre de Angie, a las que yo llegaba tarde, con una cerveza Blatz en la mano.
Había sido un verano largo y bochornoso y, por razones que no estaban muy claras para mí, toda comunicación con Angie, al igual que nuestro prado, se había marchitado.
La sequía. Era una explicación tan buena como cualquier otra.
El pasto chamuscado y lívido, y ese aroma en el aire como algo que arde o está a punto de hacerlo.
Y ese caparazón de chicharra en una pared durante todo el verano: un cerdo pequeño y feroz con pinzas de cangrejo.
Me llamaron a mediados de la mañana. Angie estaba en su clase de aeróbicos.
Yo había encontrado una chicharra de marihuana en un cajón y me la había fumado.
Tal vez fue por eso que acepté darle clases al niño.
Lo último que necesitaba era perder mi empleo.
Tal como estaban las cosas, yo trabajaba apenas medio tiempo.
«Hablé con el padre de Sori —dijo la señora Lorraine—. Vino aquí para trabajar en IBM. Dijo que el pequeño está pasando por un momento difícil. No habla en clase ni juega con sus compañeros. Su maestra no sabe qué hacer».
Abrí una Blatz y salí descalzo al escalón calcinado por el sol. Como era de esperarse, apareció un enjambre de avispas, revoloteando sedientas sobre mi cerveza. Cuando la levanté para tomar, un zumbido furioso rozó mis labios. El enjambre ascendió un punto estratégico y permaneció en el aire.
Me retiré al porche cerrado. Las plantas colgantes, marchitas y resecas, parecían ajenas a toda esperanza. Me senté en el sofá donde Angie y yo recibíamos la brisa nocturna después de hacer el amor. Llevábamos semanas sin sentarnos ahí.
Unos días antes, Angie insinuó que yo había perdido el interés en las plantas. ¿Cómo podía decir eso?, protesté. ¿No le ayudé a trasplantarlas? Sí, pero ¿cuándo fue la última vez que las regué?
Entonces comprendí. A medida que pasaban los días y las matas se marchitaban, Angie se limitaba a mirarlas, sin hacer nada.
¿Me estaba poniendo a prueba? ¿O le había dejado de importar?
¿Qué nos estaba pasando? Que yo supiera, no había mala voluntad.
Nos adorábamos. O lo habíamos hecho. Sin embargo, apenas habíamos dicho una palabra desde el domingo, cuando me dijo que se le había retrasado la regla.
***
Apresurándome a salir de la casa antes de que Angie llegara, me eché gotas en los ojos. Luego manejé hasta la escuela primaria de Sori.
El olor a tiza y a pisos encerados me remitió al pasado. Pasé junto a una mujer que tenía un parecido sorprendente con mi maestra de cuarto grado, la señora Jenkins.
Una vez, la señora Jenkins invitó a una adivina a la clase.
Se ofreció a leer la suerte de dos estudiantes.
Uno de ellos era yo. Mis compañeros le preguntaron si yo sería un gran torpedero.
La adivina examinó los pliegues de mi palma.
Dijo que, en efecto, yo estaba destinado a la grandeza, aunque no necesariamente como deportista.
Mis compañeros exclamaron «ooh» y «aah».
Era la primera vez que regresaba a una escuela. Si la mujer hubiera sido profética, yo habría vuelto caminando entre aplausos. En cambio, entré por una puerta que decía «Niños» y oriné en un orinal que me llegaba a las rodillas.
«Clase —anunció la maestra—, este es el tutor de Sori. Sori, tesoro, acompaña al señor Trey». Los niños me miraron a mí, y luego a Sori. El chico, de un metro de estatura, con una mata de pelo negro, miraba hacia adelante con la misma rigidez de un centinela.
En la biblioteca nos sentamos en sillas diminutas ante una mesa bajo la cual apenas cabían mis piernas. En un tablero decía: «El clima». Tenía imágenes del sol, del viento y de la lluvia. Recordé una época en la que estas cosas eran desconcertantes. Sin embargo, en cierto modo, todavía lo eran.
«Hola —dije—. Me llamo Trey».
Sori bajó la cabeza.
«Repite, por favor. Me llamo Sori».
Sori permaneció en silencio.
«Sori», dije con un poco más de firmeza.
Levantó la mirada con los labios apretados, como negándose a tomar una medicina.
***
El carro de Angie estaba afuera de la casa. La forma en que se encontraba parqueado me revolvió el estómago. Sostuve la puerta mosquitera para que no se cerrara de golpe. Las matas no mostraban señales de recuperación. Había hojas secas esparcidas por el suelo.
Volví al dormitorio, donde zumbaba un ventilador de techo. El vapor de la ducha olía a champú de lilas. Angie salió del baño envuelta en una toalla.
La dejó caer. Luego se sentó en la cama y empezó a aplicarse crema.
Levantó una pierna y luego la otra, deslizando las manos desde el tobillo hasta el muslo.
Luego se puso los calzones y se levantó para subírselos.
Sus senos, de un tono más claro que sus hombros bronceados, colgaban modestos, sublimes. Se puso una blusa de algodón amarilla.
Angie estaba pasando por un periodo de delgadez. Sus senos crecían y menguaban como la luna. Aunque la etapa de plenitud era encantadora, la modestia de la mengua podía punzarte el corazón.
Se sentó para maquillarse. Cuando hablé, se giró rápidamente. «Me asustaste». Sus ojos parecían cautelosos y tímidos, como los de alguien que trata de pasar desapercibido en una alineación policial.
Se puso las sandalias y cogió las llaves. Recordé que iba al baby shower de su hermana.
«Compré un kit de prueba en la farmacia», dijo Angie.
Yo estaba respirando por la boca.
«Todavía no lo he usado —dijo, mirándome—. Pero ¿y si…?».
«Esperemos los resultados».
Angie fue hacia la puerta. «Sí, cualquier cosa menos hablar». La puerta mosquitera, con resortes apretados, se cerró de golpe.
La vi alejarse con sus jeans ajustados. El exhosto de su carro, que yo no había arreglado, gruñó como una Harley. Abrí una lata de Blatz.
Cuando me desperté tarde esa noche, su carro no estaba. Al mirar hacia el cielo, me sentí en la cúspide de una epifanía. Pero a la mañana siguiente seguía sin llegar. Todo lo que yo podía recordar era estar en la cocina sacando arvejas de una lata con los dedos.
***
«¿Has hecho algún progreso?», preguntó la maestra de Sori.
«Es algo gradual», dije.
«Me preocupa Sori. Siempre está solo. Parece vivir en su propio mundo».
Mientras íbamos a la biblioteca, Sori se rezagó, rastrillando su lápiz por los casilleros metálicos. Apreté mis piernas debajo de la mesita y sentí un dolor de cabeza. Unos niños entraron en fila y nos miraron como a unos extraterrestres.
Esbocé una sonrisa. «Hola, Sori».
No hubo respuesta.
Le mostré libros ilustrados, tarjetas didácticas y bloques de letras, tratando de despertar su interés. Nada funcionó. Entonces vi un globo terráqueo grande y de colores. Lo puse sobre la mesa y lo hice girar.
Sori levantó la vista con una atención velada.
«Mira —dije—, ¿qué país es este?».
Sori no respondió. Pero tampoco apartó la mirada.
«Aquí están Nueva York y Washington, D. C. Muéstrame tu país».
Nada.
«Sori», dije con un leve tono de frustración. El bibliotecario me dirigió una mirada.
«Sé que no eres feliz —le dije—. Pero no necesito esto. Tengo mis propios problemas». Como no respondía, empecé a juguetear con los bloques, alineando las letras sin pensar. Llegué hasta EMBARAZ y me detuve.
***
Al volver a casa, me puse una pantaloneta, fumé un porro y preparé café. Entonces recibí una llamada de la señora Lorraine.
«Hablé con el padre de Sori», me dijo.
Al estirar el cable del teléfono, algo se cayó y un filtro de café ardió en llamas. Mientras lo golpeaba con un trapo, presioné unos botones con el mentón y el teléfono hizo sonidos de marcado.
«¿Trey? ¿Estás ahí?».
«Me temo, señora Lorraine, que esto no está funcionando».
«¿Ensayaste con los libros ilustrados?».
«Lo intenté todo».
La señora Lorraine suspiró. «Pobre muchachito».
Tiré el trapo quemado al lavaplatos. «Lo siento, señora Lorraine».
«Por favor —suplicó—. Un intento más. Esta vez en su casa, ¿de acuerdo?».
El olor a quemado persistió.
***
Se oyó el rugido de un exhosto en la entrada. Angie, que tenía una trusa azul, entró cargando una bolsa con alimentos. Fingí leer un libro. Cuando levanté la vista, estaba frente a mí, dándole una fumada a su cigarrillo.
«Bueno —dijo—, me hice la prueba».
Yo no podía respirar.
«Salió positiva».
Sentí la boca demasiado seca para hablar. Los ojos de Angie me traspasaron.
«No te preocupes —dijo, arrojando la ceniza al piso—. Llamé a Planned Parenthood».
El rubor de su rostro me conmovió. Pero aun así, no podía pronunciar ni una palabra.
«Eso fue lo que pensé», dijo con amargura. Se dio vuelta y se apresuró afuera. La seguí por el polvoriento camino de entrada. Quería que me dijera qué decir. Pero subió a su carro y se fue.
***
El apartamento de Sori estaba en un laberinto de edificios idénticos. Di vueltas en el carro mientras buscaba el D-18. Una ráfaga de aire fresco me recibió en la puerta. Frente a mí apareció una mujer con un kimono rojo de seda.
«Pase; siga adelante», dijo sonriendo. Sonaba como si lo hubiera practicado.
Noté los zapatos alineados junto al guardaescobas y, balanceándome torpemente, me quité los míos.
El aire olía a arroz frito. Abanicos ornamentales decoraban las paredes.
La mujer me sentó junto a un biombo de papel de arroz y me sirvió té verde y pequeñas galletas.
Luego me entregó una nota escrita por su marido.
«… Mi más cálido agradecimiento… por su generosidad… paciencia… en este periodo difícil».
Al leerlo, sentí una presencia a mi lado. Sori estaba de pie junto a una niña hermosa. Estaba sonriendo con el orgullo de quien adora a su hermano mayor.
La también sonriente madre de Sori me entregó algunos libros. Luego cerró el biombo pintado y se alejó. A través de la ventana se extendía un deslumbrante prado verde. Ni un alma se movía en el calor de la tarde.
Sori me mostró un pequeño globo terráqueo dorado. Lo hizo girar y pasó los dedos sobre el Pacífico hasta detenerse en un estrecho archipiélago.
Entonces, un sonido salió de él, algo así como «Owaaaa», que parecía evocar generaciones.
Miramos el misterioso orbe, escudriñándolo como si fuera una bola de cristal.
***
Tomé el camino largo a casa, serpenteando por el campo. Pastos con vacas y cercas de troncos, chozas destartaladas y graneros de tabaco. Un banco de nubes oscuras se estaba formando en la distancia y el aire seco y sofocante comenzó a enfriarse.
Cuando llegué a casa, el cielo estaba oscuro, con un extraño resplandor amarillo.
«Angie», dije, entrando deprisa. En la casa oscura y vacía, las cortinas ondeaban en el viento.
Manejé por Old Coffey Highway, crucé el puente del molino con la rueda hidráulica inmóvil. El viento hizo rodar una caneca de basura.
Una gota grande golpeó el parabrisas, seguido de otras, y pronto todo el cielo se partió en dos. Encendí las luces altas y manejé despacio, tratando de seguir las líneas blancas discontinuas.
En la Ruta 9, cerca de la casa de la hermana de Angie, un carro venía hacia mí. Toqué el pito, saludé con la mano y paré a un lado de la carretera. Pero el carro pasó zumbando y sus luces traseras se difuminaron.
Luego reaparecieron los faros y se dirigieron hacia mí. Entramos al parqueadero de Kroger. Bajé del carro y corrí hacia el otro, sorteando un campo minado de charcos. Empapado hasta los huesos, subí a él.
Si alguien hubiera pasado en ese preciso momento, no habría notado nada inusual. Solo un carro en un parqueadero, las luces delanteras bajo la lluvia y, adentro, un hombre y una mujer hablando.