Otras aguas Patas
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Patas

Había sido una noche agitada. Mis sueños eran inquietantes. Me desperté con el sonido de un carro en la entrada. Permanecí inmóvil hasta que sentí que la cama se movía. Entonces el arco de su pie se posó sobre mi pantorrilla. Podía oler el bourbon, pero mantuve mi respiración constante.

Cuando salió el sol, me quedé acostado mirándola dormir. Claro, yo tenía parte de la culpa. Nos habíamos excedido en nuestros primeros dos años. Siempre dormíamos con nuestros cuerpos tocándose. «Relajarnos» había sido mi brillante idea.

El aliento de Angie olía a licor. Su piel era cálida, casi febril. ¿Debería creer yo que había estado cuidando huérfanos?

***

La situación había comenzado varios meses antes.

Volvió a casa hablando de huérfanos. Bueno, no de huérfanos realmente.

Su mamá había contratado a un tipo para que le arreglara el techo.

Angie le llevó té helado. Se llamaba Barry y era parlanchín.

Le dijo que le había tocado mandar a sus hijos a un hogar de acogida.

«Es un hombre sensible —dijo Angie—. Lo que les hizo a sus hijos lo está matando».

«¿Por qué lo hizo?».

«Por su esposa —dijo Angie—. Es una perra. Los niños son de su primera mujer. La nueva no los soportaba. Le dijo a Barry que alguien tenía que irse. Así que los llevó al hogar infantil Optimist».

Era un drama, de verdad. Angie me mantenía informado.

Barry solo podía verlos cada domingo. Después de cada visita, lloraban en la puerta.

Un domingo, él no fue capaz de despedirse y entonces los llevó de vuelta a casa.

Su nueva esposa pareció ablandarse por un tiempo.

Luego notó que ella les pegaba. Tuvieron una pelea muy fuerte y ella se fue a Georgia.

Fue entonces cuando Barry le pidió a Angie que le ayudara a cuidar a sus hijos.

No quería perderlos. Y Angie tenía debilidad por los niños.

Últimamente pensaba en su reloj biológico.

De nada servía recordarle que no tenía treinta años todavía.

Hay algunas discusiones en las que te sientes mal cuando ganas.

Para despertarla, me levanté y salté en una pierna, fingiendo tener un calambre.

«¿Estás bien?», preguntó Angie.

«Sí», dije haciendo una mueca.

Angie sonrió crípticamente. «Échale un vistazo al congelador».

Lo abrí y salió una ráfaga de niebla fría. A través de ella divisé una bolsa llena de patas. Pares de patas pequeñas unidas en la entrepierna.

«¡Patas de rana! —dijo Angie—. Barry las arponeó anoche».

Eran pálidas y sin piel, larguiruchas y crudas, con una musculatura que parecía casi humana. Las rodillas se abrían hacia afuera, como si estuvieran interpretando un ballet. Había algo en ellas que parecía indecente.

Angie se levantó para preparar café. Hacía poco se había hecho la permanente. A esto se sumaban otros cambios, como la nueva chaqueta de jean, el gusto por la música country y cambiar la cerveza por el bourbon Henry McKenna. Ella le decía Henry.

«Sacó veinticuatro pares —dijo Angie—. La mejor noche de su vida».

«Genial».

«Me pidió prestado el carro porque su van está dañada. Para compensar el largo tiempo que pasó cazando, nos dio la mitad de las ranas».

«¿A qué horas regresó?».

«No estoy segura —dijo Angie—. Volverá esta noche y quiere que vayas con él».

***

Nos dirigimos a la casa de Barry al anochecer. Angie manejaba y puso a Kenny Rogers. Cantó la letra y cerró los ojos en las mejores partes.

Bajé la ventanilla y ajusté el asiento, que había sido movido de su posición habitual.

«¿Quieres una?», pregunté, mientras cogía una cerveza.

«No —dijo Angie—. Mejor paro y compro un Henry».

Saqué el brazo por la ventanilla. «No sé. No estoy a favor de la caza. Ya sabes, acechar a tu presa…».

«Te gusta pescar. ¿Cuál es la diferencia?».

Pensé en eso. «Las ranas son anfibios».

Ella me miró. «¿Y qué?».

***

La casa, una monstruosidad vieja y descascarada, se encontraba en un sector despoblado de la autopista.

Estaba entre una iglesia pentecostal y una fétida planta química.

Barry estaba sentado en las escaleras, con pantalones camuflados y una camiseta de Willie Nelson.

Se echó hacia atrás su pelo largo y enredado.

Parecía una mezcla entre el Hombre Marlboro y la versión americana de Jesucristo: barba leonada y ojos verdeazules.

También tenía treinta y tres años, pero el parecido terminaba ahí.

Sobre su regazo había algo que parecía una horca.

Se levantó para saludarnos cuando cruzamos el patio cubierto de maleza. Las venas de sus brazos estaban hinchadas como cuerdas.

«Linda casa —comenté, por decir algo—. Lástima que la vayan a tumbar».

Angie me había dicho que pertenecía a la iglesia y que querían ampliar el parqueadero.

Barry resopló. «Un día mis hijos jugaban afuera y unas personas vestidas con túnicas les tiraron piedras».

Luego señaló la planta química. «¿Ves aquellos pinos a lo largo de la cerca? Empezaron a ponerse cafés y una madrugada los pintaron con aerosol».

Barry restregó la tierra con su bota. «Tengo que hacer lo mejor para mis hijos». Miró a Angie. «Entra a la cueva».

La sala tenía techos bajos y paredes con paneles oscuros, de los que colgaban cuernos montados en placas. Había más en el piso. También había un armero y una vitrina de cuchillos. Una hachuela de carnicero de aspecto medieval estaba clavada en un panel.

«Esa cosa tiene cien años. Un hombre me ofreció una escopeta por ella. La conservo porque fue con ella que mi exesposa me dio el golpe de gracia».

Los dos hijos de Barry corrieron hacia Angie. La barriga del menor sobresalía de su camisa. Los hombros de su hermano eran erguidos como los de su padre. Se sentaron en el sofá para ver una película de desastres. Unas personas corrían y gritaban.

Angie se sentó con ellos y se quitó los zapatos. Encontró un cenicero en un santiamén. Este era otro hábito nuevo. El año anterior, ambos habíamos dejado de fumar.

«¿Estás listo?», me preguntó Barry.

«Tan listo como pueda estarlo».

«Está bien, chicos, hagan lo que diga Angie».

Luego me pasó un arpón. Miré a Angie.

«Buena suerte, chicos».

***

A unos diez kilómetros por la carretera, Barry tomó un camino angosto y destapado.

Manejaba el carro de Angie, pues su van seguía dañada.

Fumamos el porro que había traído él y estábamos trabados.

Apagó las luces y avanzamos dando tumbos en la oscuridad.

Entonces se detuvo y bajó del carro. Me dio la espalda como un duelista y orinó entre la maleza.

Las luces de un vehículo se acercaron.

«¿Debemos escondernos?», le pregunté.

Barry se agachó detrás del guardabarros. «Realmente no», dijo cuando el vehículo se alejó.

Abrió el baúl y me entregó mi equipo: una linterna, un cuchillo y una bolsa para guardar mi captura.

«Este año lo estoy haciendo bien —dijo Barry—. Tienes que guiarte por las fases de la luna». Hizo una pausa antes de revelar su secreto. «La mejor época para arponear es durante la medialuna».

Miré arriba y la vi.

Caminamos entre la maleza y escuchamos un sonido: una especie de gemido profundo como los cuernos de una orquesta.

Barry sonrió con picardía. «Tuve suerte de encontrar este estanque. ¿Ves cómo los árboles lo ocultan de la carretera?».

«¿Conoces este bosque?».

Asintió. «Cuando mi primera esposa se fue, traje a mis hijos aquí y vivimos en la van».

«¿Cómo te las arreglaste?».

«Cazando, pescando… con un poco de esto». Levantó su arpón.

De repente, vi a Barry bajo una nueva luz: un habitante del bosque, un preparacionista, un hombre que vivía según un código de principios.

Barry se puso su gorra camuflada. «Apaga tu linterna», dijo.

Las luces de una finca relucían en la distancia.

«¿Les molesta que estemos aquí?».

Barry subió hasta la hilera de árboles. «Cuando pregunto, la gente dice: “Hombre, no pinches mis ranas. Me gusta oírlas de noche”».

El término «caza furtiva» me vino a la mente.

«¿Sabrán que estuvimos aquí?».

«Seguro, por el silencio. Las ranas tardarán dos años en repoblar el lugar».

Barry encendió un cigarrillo, ahuecando la mano para proteger la llama. El croar sinfónico se amplificó.

«Lo reconozco —dijo—, suena bien».

Una figura apareció en la ventana de la finca. La brisa trajo un débil sonido de voces. Barry, con su camuflaje, desapareció de mi vista. Miré hacia el carro de Angie.

***

Cuando alcancé a Barry entre los matorrales, estaba rígido como un gato a punto de abalanzarse.

La luz de la luna resplandecía en el agua inmóvil y vidriosa.

Entonces, se arrojó de repente y clavó el arpón.

Se dio vuelta y sacó algo hacia arriba, verde y resbaladizo, que se retorcía.

Sacó el cuchillo y cercenó las patas. Luego, con unas pinzas, le quitó la piel y lo sostuvo como si fueran unos leggings.

Para entonces, la rana casi había dejado de forcejear.

Arrojó el torso —¡plop!— al agua y echó las patas traseras en su bolsa.

«¡Una rana! —dijo, mientras limpiaba en sus pantalones el cuchillo ensangrentado—. Deberíamos hacernos en lados diferentes».

Estuve de acuerdo.

Barry entrecerró los ojos al mirar el estanque oscuro y turbio. «Yo estaría bien si no fuera por las mujeres».

***

Al otro lado del estanque, vi la luz oscilante de Barry.

Había muchas ramas y enredaderas a mi alrededor.

Mis tenis se hundían en el barro, como si se tratara de arena movediza.

La piel arrugada de una serpiente se enroscó alrededor de mi pierna.

Pero lo más desconcertante fue la matanza que Barry había perpetrado la noche anterior.

La orilla estaba cubierta de cadáveres desmembrados. Parecía un espantoso campo de batalla. Mientras avanzaba entre las víctimas, hice crujir un matorral. Algo saltó y produjo un chapoteo, y mi corazón se detuvo. Un segundo después, escuché otro panzazo.

Entonces, un par de ojos brillantes me miraron fijamente. Estaban congelados en la luz de mi linterna. Agarré el arpón como me había dicho Barry y apunté al agua.

Justo antes de lanzarlo, vi que a la rana le faltaban las patas traseras. Sus patas delanteras, pequeñas y rechonchas, se movían patéticamente.

Caminé, sintiéndome desconcertado. ¿Barry me había traído aquí para hacerme vadear entre sus restos? Su luz parpadeó.

***

Tras esquivar algunas ramas bajas, llegué a un lugar virgen de la orilla, libre de partes de cuerpos. Esa playa serena e idílica había escapado a la aniquilación. La arena era limpia y blanca. Entonces mi linterna reveló algo entre los nenúfares.

Era un sapo gigante. Y, cosa rara, tenía dos pares de ojos. Vi que llevaban un buen tiempo observándome.

El sapo enorme estaba a horcajadas sobre su amante. La duplicaba en tamaño y su cabeza era grande y ancha. La hembra también era llamativa. Debían estar contentos en esa pequeña ensenada pacífica, su refugio de las hostilidades.

Casi a su alcance, me acerqué un poco más. El cuerpo del sapo se tensó, sus ojos atentos.

Sentí a Barry detrás de mí, listo para atacar si yo me paralizaba. El corazón me martillaba. Me preparé para atacar. Pero, de repente, saltaron con un chapoteo al centro del estanque.

***

«Shh —dijo Barry—. Viene alguien».

Subimos el terraplén y miramos hacia el campo, donde un par de luces se movían hacia nosotros. Tras oír un grito, nos agachamos y corrimos al carro.

Barry manejó un buen rato con las luces apagadas.

Cuando llegamos a la autopista, prendió un cigarrillo.

«No siempre he hecho lo correcto», dijo.

Escupió una mota de tabaco. «Para que quede claro, fui yo quien tiró la hachuela. —Luego me miró de reojo—. Pero Angie no necesita saberlo. Apenas arregle mi van, llevaré a mis hijos a Kentucky».

***

Angie estaba dormida en el sofá de Barry. Se sentó, parpadeando contra la luz. «¿Y?».

La pregunta parecía dirigida a Barry. Él soltó los arpones y fue a la cocina. Salí hacia el carro, esperando que Angie me siguiera. Dijo que saldría en un minuto.

Me quedé sentado mirando la media luna. Se había movido a otro punto en el cielo. Cuando Angie salió, Barry nos observó desde el porche.

Durante un largo rato, apenas hablamos. Entonces Angie se inclinó y me besó en la mejilla.

***

No he vuelto a cazar ranas desde esa noche y no pienso volver a hacerlo. Podría haberme olvidado de todo, salvo por un recordatorio. En el fondo del congelador hay una bolsa abultada. Nunca se menciona ni se tira. Mientras más tiempo pasa, menos seguro estoy de que contenga lo que pienso.