Otras aguas La viga
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La viga

Joe Buffalo salió con una camisa de franela y un chaleco. «¿No tienes frío, verdad?», me preguntó. El vapor de su risa se hizo blanco en el aire.

Aunque mis tres capas de ropa me hacían caminar como Frankenstein, pensé que era él quien se veía ridículo. Su chaleco abultado sobre ese pecho tan grande como una nevera. El nombre de Buffalo le sentaba bien.

Me arrepentí de haber aceptado trabajar para él. A los veintiséis años, yo era demasiado viejo para los trabajos de esclavo. Pero estar desempleado me convertía en presa fácil y Joe sabía cómo jugar con tu ego.

«Tenemos un gran trabajo por delante, campeón. Vamos a poner una viga en I».

Le gustaba decirle «campeón» a la gente.

Te hacía sentir especial, al principio. Todos los días a la hora del almuerzo, cuando yo trabajaba en la cafetería, entraba encabezando su séquito y dando zancadas con su voluminoso llavero tintineando en el cinturón.

El tamaño de su comitiva variaba, pero siempre incluía a su hombre de confianza, Stanley, un tipo con una pierna ortopédica, y a su «trabajador», cualquiera que pudiera contratar por una miseria. Y hoy, ese imbécil era yo.

No tardé mucho en saber la historia de Joe.

Había sido campeón estatal de Virginia en salto con pértiga.

Después de la universidad, fue contratado por la ciudad como director de recreación.

Podías verlo en verano, bronceado y con un pito, dando órdenes a los trabajadores del municipio.

Pero Joe Buffalo tenía aspiraciones más grandes.

Con sus ahorros compró un terreno grande y construyó una casa alejada de la carretera.

Luego montó una perrera y pintó el logotipo «Perreras Buffalo» en su camioneta.

Su negocio prosperó y abrió otros, como la cría de ganado y el alquiler de maquinaria agrícola.

Posteriormente empezó a cuidar perros de exposición —«Ahí es donde está el dinero»— y a llevarlos a concursos en su van personalizada.

«Quieto, Tippy —le espetó al perro del tamaño de una rata que me ladraba en los tobillos—. Siéntate. Quieto». El perro obedeció, con las orejas erguidas. Nunca me han gustado esos perros diminutos e hiperactivos, pero este era risible al lado del grandulón de Joe.

«Buen chico —dijo él—. Cuando se jubile el mes que viene, sus honorarios como semental valdrán una fortuna».

«Guau. ¿No te da miedo dejarlo salir?».

«Está asegurado, pero lo mantengo aquí —Joe mostró su sonrisa confiada—. Este pequeño semental ha sido bueno conmigo. Su dueño me regaló una mesa de billar a cambio de tenerlo aquí. La viga es para reemplazar los postes metálicos que me estorban cuando juego».

Joe me llevó hasta la larga viga de acero en forma de I, cubierta de escarcha sobre el pasto. Parecía una vía de tren que no llevaba a ninguna parte.

«¿Te sientes fuerte hoy?», me preguntó Joe, apretándome el bíceps.

Tippy ladró y me mordió los tobillos. Joe se rio.

Encadenó la viga a su tractor y la arrastró por el suelo helado. Luego, con la pala cargadora, la empujó a través de la puerta del sótano, dejando rayones en el marco y agujereando el piso. Tenía una mirada de feroz determinación, como si la fuerza del tractor fluyera de él.

La viga yacía pesada y desgastada, vencida como un trofeo de caza mayor. «¡Muy bien, campeón! —gritó Joe—. Levantamos esto y estaremos listos para jugar billar en serio».

Señaló la mesa con gruesas patas de caoba y una cubierta que protegía su afelpada superficie verde. A su alrededor, tres parales de madera sostenían el techo del sótano.

Me quité el gorro y aspiré el olor a cemento y queroseno.

En un rincón estaba la estufa de leña de la que Joe presumía y que había diseñado para calentar toda la casa.

Hablaba de toda la leña que había cortado y de lo que había ahorrado en las facturas de la calefacción.

Todos en la cafetería escuchaban, quisieran o no.

Joe abrió tres cajas largas. «Estos son los gatos de piso», dijo.

Colocó uno junto a cada listón y levantó uno de ellos con un gato hasta tocar el techo.

Se puso guantes y gafas protectoras y encendió el soplete.

Trazó una línea candente alrededor de la parte superior e inferior de cada poste hasta que cayeran en mis manos.

Cuando llegó al tercero, respiré hondo. Pero Joe estaba sorprendentemente tranquilo.

Cuando el poste se soltó, miramos al techo, ya sostenido por completo por los parales.

«Ahora nos falta la parte difícil».

Le dirigí una mirada.

Con un guiño que dejaba al descubierto uno de sus colmillos, se dio un golpecito en la sien.

Oímos pasos en las escaleras. La mujer de Joe bajaba con un canasto de ropa sucia y un niñito de ojos azules iguales a los de su papá.

«Hola, Tigresa», le dijo él.

Ella se dio vuelta, entró al cuarto de ropas y empezó a echar ropa en la lavadora.

«Ey, Tigresa, funciona a las mil maravillas».

«Mmm», exclamó ella y llevó al bebé arriba.

Ayudé a Joe a colocar bloques de concreto en cada extremo de la viga.

«Ahora —dijo—, levantemos este bloque de mierda».

«¿Has hecho esto antes?», pregunté.

«No te preocupes. Es pan comido».

Una vena apareció en su frente cuando levantamos un extremo de la viga y lo colocamos sobre un bloque. Luego hicimos lo mismo con el otro extremo. A continuación, Joe levantó la viga con el gato y deslizamos un segundo bloque debajo.

«¿Ves? —me dijo él. Subimos la viga de bloque en bloque hasta llegar al techo—. Levantemos este y te invito a comer».

Mientras trabajábamos, oscilaba entre sus dos temas favoritos: el imperio de Buffalo y los deportes. Contó sus hazañas como campeón de salto con pértiga.

«Fue mi último intento con 13’8”. El ganador del año anterior había fallado. Hice un buen sprint y lo superé, pero sentí que mi pie rozaba el listón. Aterricé en el foso y miré nervioso hacia arriba. Pude ver que se tambaleaba. Contuve la respiración durante lo que me parecieron años. Pero luego,

por Dios, permaneció ahí. Pensé que el entrenador Grady me besaría».

El bebé lloraba arriba. De hambre, pensé, mientras me rugía el estómago.

«Sería mejor si termináramos antes del almuerzo», dijo Joe.

Eso no era tranquilizador. Si los postes eran resistentes, ¿qué diferencia supondría una hora?

Después de colocar el séptimo bloque, la viga comenzó a balancearse.

«Sostenla firmemente —dijo Joe—. Mira si hay grietas».

¿Grietas? Esa posibilidad nunca me pasó por la mente.

«No te preocupes, campeón. Todo bajo control».

Pasamos otro bloque bajo la viga. «¡Espera a que el viejo Stan se entere! Aprenderá a no dudar de mí».

«¿No pensaba que funcionaría?».

«Ya lo verá».

«¿Por qué no vino hoy?».

«Tenía una cita médica».

«¿Sí?».

«Es demasiado vanidoso para usar muletas, así que ha estado renqueando. Pero es genial cómo se mantiene activo. Tiene una discapacidad, pero detesta estar encerrado. Por la gracia de Dios».

La lavadora se detuvo con un clic.

«¿Estuviste en Vietnam?», le pregunté.

«No, solicité un aplazamiento por estar estudiando. Menos mal, porque mi número en la lotería de selección al servicio militar me obligaría a enlistarme muy pronto».

Joe ajustó el gato. Ahora venía la parte más difícil: poner la viga a ras del techo. Se tambaleaba ligeramente. Me aseguré de que los bloques no tuvieran grietas. Subí a un taburete y me agarré de un madero para mantener el equilibrio.

«¡Cuidado! —gritó Joe—. ¡Ese cable está caliente!».

Aparté la mano de un tirón.

Joe silbó aliviado. «Unos tipos sostenían una escalera de aluminio en un trabajo de construcción y tocaron un cable de 20.000 voltios. La descarga fue tan potente que les reventó los ojos».

Cuando por fin atornillamos la viga al techo, llegó el momento de quitar los postes. Joe dejó de hablar. Mientras él examinaba la viga, me acerqué a la puerta. Bajó dos gatos y empezó con el tercero. Nuestros ojos estaban fijos en el techo. Se oían voces apagadas arriba.

Joe apretó la mandíbula y soltó el mecanismo. Entonces, con un sonido como el crujido de un barco, el techo pareció inclinarse. Joe quitó el último poste y la viga quedó fija sosteniendo la casa.

«¡Muy bien, campeón!», gritó Joe.

Me maravilló su certeza al dirigirse a la puerta.

«Ven —dijo—. Vamos a la cafetería».

Cogí mi gorro y lo seguí a su camioneta. Tippy ladraba desde el porche. La esposa de Joe salió con un niño en cada brazo. Otra mujer, un poco más joven, tal vez su hermana, le seguía.

«Ven acá, Tippy», lo regañó ella. Las mujeres entraron de nuevo sin mirarnos. El humo de la chimenea se elevaba, mezclándose con las nubes bajas y grises. Mientras atravesábamos la entrada larga y sinuosa, miré hacia atrás para ver si la casa seguía en pie.

***

Joe entró a la cafetería, con su manojo de llaves tintineando, seguido de su séquito: yo. Las ventanas estaban empañadas por el vapor de la cocina y la charla se mezclaba con el repiqueteo de los platos.

Habíamos pedido pollo frito cuando Stan entró cojeando.

«¡El viejo Stan! —gritó Joe—. Creías que no lo lograría».

Relató su éxito con la viga. Stan me miró. «Nunca desestimes a Joe Buffalo».

Mientras comíamos, Joe esbozó su plan de expansión. Compraría más tierras y empezaría a criar caballos. Luego instalaría un sistema acuapónico para el cultivo de plantas y la cría de peces. En una servilleta dibujó una pirámide.

«Esto representa a cien personas. —En la base escribió 56%—: Estas personas habrán muerto a los sesenta y cinco años. —Un poco más arriba, escribió 23%—: Estas serán mantenidas por el gobierno. —Arriba de eso, 16%—: Y estas contarán con el apoyo de familiares y amigos.

—En la cúspide de la pirámide escribió 5%—: Estas son las que serán autosuficientes. —Me agarró el hombro—: Campeón, allí estoy yo».

***

Cuando subimos a la camioneta, Joe encendió la calefacción. El número de casas disminuía a medida que salíamos del pueblo. Los árboles estaban desnudos bajo un cielo nublado.

Joe volvió a hablar de deportes. Me preguntó si había jugado fútbol. Le dije que lo había intentado, pero nunca fui convocado.

«Eliminado», dijo Joe, como si recordara la expresión. Una mirada distante apareció en sus ojos.

«Recuerdo las pruebas de atletismo del tercer año. En segundo año, yo había terminado entre los cinco primeros lugares en siete competiciones. Cuando se publicó la lista, casi ni me molesté en mirarla. Pero cuando lo hice para asegurarme, ¡mi nombre no estaba ahí! No pude creerlo.

¿No me habían seleccionado? Casi me desmayo. Fui directamente al entrenador Grady y le pregunté qué pasaba. Resultó que era solo un error».

Joe redujo la velocidad. Varios carros nos adelantaron mientras él miraba fijamente la carretera. Por un momento vi otra versión de él: un estudiante joven y delgado, mirando una lista en la que no aparecía su nombre.

Empezó a caer aguanieve y Joe prendió los limpiaparabrisas. Entonces lanzó un grito. «¿Y sabes qué? En mi último año, ¡volvió a ocurrir!».

Joe manejó aún más despacio. Agarró el volante con ambas manos.

Sacudió la cabeza y dijo: «¿Cómo fue que mi nombre no apareció en la lista durante dos años seguidos?».

No hablamos durante el resto del trayecto. El aguanieve golpeaba la camioneta como si fuera gravilla. Llegamos a la entrada y nos acercamos a la curva desde la cual se veía la casa.

Al doblar la curva, vi la cara de Joe. Tenía la expresión de un saltador de pértiga, tendido en un foso de espuma y mirando fijamente la vara. Parecía estar inmóvil, pero él sabía en el fondo que estaba a merced de la más leve ráfaga de aire, del más ligero soplo exhalado por la tierra.