Maullido
Kitty saltó por la ventana.
Miré hacia afuera, tratando de no despertar a Angie. La malla estaba tirada sobre el pasto. El aire era caliente y sin brisa, y una luna brillante revelaba cosas que normalmente no se ven.
Podía ver a Kitty arrastrarse por el cerco, acechando a la luz de la luna, asombrada por su brillo.
Kitty se asombraba con facilidad. Para ella, todo era un misterio.
Si yo movía el pie mientras dormía, ella brincaba.
Pensaba que pequeñas criaturas se arrastraban bajo la sábana.
Pero no le haría daño a nadie; tenía unos dientecitos de pez.
No me entusiasmé cuando Angie dijo que quería un gatito.
De donde yo vengo, los hombres tenían perros, y entre más grandes mejor.
El derecho a alardear recaía en los dueños de los dóberman y los pitbull.
Recosté la cabeza en la almohada.
«¿Qué fue eso?», susurró Angie.
«¿Qué?», dije alarmado.
Últimamente tenía la extraña impresión de que Angie, acostada a mi lado, había accedido a mis pensamientos. No es que se entrometiera a propósito. Era más bien como una vecina que oyera voces a través de las paredes.
Entonces un maullido espeluznante atravesó la noche, surgiendo de las profundidades de mi infancia: un chillido acolmillado de ese mandril del zoológico, tan despiadado y primario que me puso la piel de gallina.
«Uy —dijo Angie—, creo que Kitty acaba de perder su inocencia».
«¡Maldita sea!», dije levantándome de un salto.
«Cálmate —me dijo—. Te comportas como un padre sobreprotector».
Me quedé acostado, temiendo otro gemido aterrador. Una sensación de náuseas se alojó en mi garganta.
«¡Yaaah!». Algo saltó y desgarró la carne de mi pierna. Luego se lanzó sobre la cómoda, haciendo estallar los frascos de loción. Era Kitty, con el lomo arqueado y el pelo erizado, retrocediendo hacia un lado, como un cangrejo, contra la pared. Sus ojos proyectaban un resplandor escalofriante.
Me pregunté qué la había asustado. ¿Habría sido yo?
Entonces sentí una presencia en la ventana. Me giré y vi un par de ojos lascivos. Una criatura mucho más grande que Kitty, fornida como un bulldog, agazapada en el alféizar. Tenía la boca húmeda y carnosa, y su pecho sarnoso y palpitante emitía un gemido escabroso.
«¡Yaaah!».
Grité como para ahuyentarlo, pero la bestia simplemente me miró con desdén. Entonces se impulsó con sus poderosas patas traseras y saltó a la oscuridad, mostrando sus genitales desproporcionados.
«¡Lárgate!», grité cuando desapareció.
Angie temblaba y se tapó la cara con la sábana. Tardé un segundo en darme cuenta de que se estaba riendo.
***
Nuestro primer año de matrimonio había sido como armar un rompecabezas. ¿Cómo podía encajar yo con otra persona? ¿Y qué tan conectados debíamos estar? ¿Debería tener acceso a mis pensamientos más íntimos?
«Lo único que pido de ti —dijo Angie— es honestidad. Sin eso, las cosas no funcionarán».
Yo la había engañado con una contadora mayor que yo, llamada Rita Pruitt.
Era la jefe del distrito para el Partido Demócrata.
Una noche después de una reunión, varias personas salimos a tomar una cerveza.
Rita escuchó mis opiniones sobre la justicia penal y luego me acompañó al carro.
Me arrinconó contra el guardabarros, apretándome la entrepierna con su rodilla.
El abismo entre sus pechos me daba vértigo.
Dijo que su marido estaba en una convención de constructores.
Fui a su casa como si me hubieran drogado.
La alfombra púrpura de Rita, sus obras de arte Day-Glo, su perfume hostigante y sus venas varicosas hacían difícil estar a la altura.
Enfermo de remordimiento, volví a casa cojeando como un guerrero herido.
Cuando el constructor regresó, la culpa en mis entrañas se revolvió como si estuviera en una mezcladora de cemento.
Yo me había resistido a un compromiso total con el matrimonio, pero después de la noche con Rita, me rendí incondicionalmente.
Me invadió un sentimiento de serenidad. Empecé a disfrutar de tareas que antes me resultaban desagradables, como trabajar en el jardín o hacer mejoras en la casa.
Y me apegué más a Kitty. Nunca estuve más contento que cuando me arrunchaba en el sofá con Angie, al son de ese ronroneo bajo y rítmico.
***
Entonces llegaron los chillidos nocturnos.
Juré proteger a Kitty de cualquier peligro.
Pero el chillido volvía de nuevo, en un dueto desgarrador.
Y un torrente de imágenes espantosas me bombardeaba, escenarios en los que me acoplaba como un animal, los pensamientos tan vívidos como si Angie fuera a descubrir mi secreto.
Resonaban en mi cabeza con tal fuerza que estaba seguro de que ella podía oírlos.
«No puedo soportarlo —dije—. Mataré a ese hijo de puta».
«Cálmate. Está siguiendo sus instintos».
«Solo porque tenga instintos no significa que tenga que seguirlos».
Los maullidos me dejaban exhausto. Me movía como un sonámbulo en mis horas de trabajo en el depósito.
Luego llegaba a casa y encontraba folletos del distrito demócrata sobre reuniones y manifestaciones, con las iniciales R.
P. y una carita sonriente. Estaba tan estresado que tuve la certeza de que Angie podía ver a través de mí. Decidí confesar.
***
Un día llegué del trabajo y encontré a Angie en la cama.
«¿Qué te pasa?».
«Kitty desapareció. Luego la encontré debajo de la casa. Estaba temblando y tenía los labios partidos. El veterinario me dijo que es sífilis».
Yo no sabía que a los gatos les diera sífilis.
Me acosté en la cama y vi las manchas de sangre en la pared. Entonces caí en cuenta: era nuestra sangre. Los zancudos se habían salido con la suya.
Respiré profundo. «Tengo que decirte algo».
«¿Qué?».
Una sombra cruzó la ventana. Abrí las cortinas para mirar.
«¿Qué es?».
«Voy a estrangular a ese maldito».
***
Kitty estuvo varios días donde el veterinario. Angie llamaba a menudo para ver cómo seguía. Le estaba dando duro. Yo no podía dejar de sentir que todo era culpa mía. Cuando Kitty volvió a casa, era una criatura temblorosa, nerviosa y asustadiza, especialmente conmigo.
«¿Está bien?».
Angie acarició el vientre hinchado de la gata. «Está embarazada».
«¿En serio?».
«El veterinario dijo que hay riesgo de aborto».
Una vena palpitó en mi frente. «Ese desgraciado».
«Shhhh», la arrulló Angie, abrazando a Kitty contra su cuello, con ese talento que tienen las mujeres para ignorar a los machos de la especie. Como si creyeran en la inmaculada concepción.
***
Yo salía a correr todos los días después del trabajo. «Necesito hacer ejercicio», le decía a Angie. Mientras trotaba, permanecía atento. Corría por calles y callejones que nunca había visto. Pasaba por los patios de la gente y fisgoneaba por sus ventanas, viéndolos cocinar, vestirse y discutir.
Cada día expandía mi búsqueda. Sabía cómo actuaban los gatos machos. Les gustaba hacer el trabajo sucio fuera de casa.
Lo vi cerca de la cuadra de Rita. Olfateó el aire y se escabulló entre los arbustos.
Unos días después, durante la cena, Angie dijo: «Recibí una llamada de Rita Pruitt».
Me detuve, con el tenedor en la mano. «¿De quién?».
Angie me miró. «Rita, la capitana del distrito. Preguntó por qué no hemos ido a las reuniones».
Me encogí de hombros y dije: «Esa gente me saca de quicio».
«Me cae bien», dijo.
Levanté la cabeza. «¿En serio?».
Angie explicó que hablaron un buen rato. Rita dijo que era importante conseguir el mayor número posible de voluntarios, y que nos esperaba en la reunión del jueves.
Me llevé más comida a la boca. En ese instante no sabía lo que estaba comiendo. «¿Dijo algo más?».
«Me contó que su madre no había estado bien y que después de las elecciones iría a visitarla. Mientras tanto, la gente ha estado arrancando los letreros de la campaña. Y para colmo de males, se ha denunciado la presencia de un fisgón en su cuadra».
Solté el tenedor y lancé una mirada de desconcierto.
«Ya sabes: un mirón».
***
Kitty se recuperó lentamente. Le volvió a crecer el pelaje y el estómago se le abultó.
Cuando cocinábamos en el asador, perseguía bichos entre los tréboles, con los bigotes contraídos.
Angie, más animada, no dejaba de mirarla.
Parecía destilar una maternidad vicaria.
Me preguntó si estaba preparado para ser abuelo.
Una semana después, cuando yo salía por el periódico de la mañana, Lester Odom, nuestro vecino, que conducía un coche fúnebre, subió mis escaleras.
«Vi algo en la carretera», me dijo.
El zumbido de la autopista era ominoso.
Corrí descalzo por el pasto y al bajar la colina la vi tirada junto a la acera. Estaba retorcida en una posición poco natural, y el viento del tráfico le erizaba el pelaje. No era propio de ella intentar cruzar la carretera.
Me arrodillé y la toqué. Su pelaje parecía sintético, como una alfombra barata. La única sangre que pude ver estaba alrededor de su boca. Tenía el labio curvado de forma anormal, mostrando los dientes, y sus ojos tenían una mirada que no podré olvidar.
Una volqueta pasó tronando, seguida por varios carros. La gente estiraba el cuello para mirar. Entonces lo vi al otro lado de la carretera, deambulando por la berma. Tras advertir mi presencia, levantó la cabeza y me miró largamente y con altivez. Luego giró y desapareció en el bosque.
Llevé a Kitty a la casa. Sentía que los vecinos me miraban. Angie esperaba en el porche abrazándose y temblando. La expresión de sus ojos era idéntica a la de Kitty. Era una mirada de fatalidad, pero no de sorpresa.