El estado de Bucky #3
«Siento no haber podido ir al funeral. —Tiene los ojos hundidos y expresión sincera—. Esto me ha dado muy duro. Puedes preguntarle a mi esposa».
Se sienta en la silla de Martin y enciende un cigarrillo.
«Martin y yo nos conocíamos desde hace mucho. Estoy hablando del 58. Roses me contrató para administrar Home Improvement. Pero yo sabía tanto de pintura como un marrano de días festivos. Seguramente descubrirían que mi hoja de vida estaba maquillada. Y como si fuera un milagro,
entra Martin dando zancadas. Lo veo como si fuera ayer. Los días perrunos del verano con los ventiladores del techo zumbando. El viejo Martin con sus pantalones anchos y sus zapatos de dos colores. Se quedó todo el día conmigo, me enseñó todo lo que había que saber. Ese hombre me salvó el pellejo».
Gupton da una fumada y echa ceniza en su mano de dedos gruesos. La ahueca, como sintiendo su peso. Me levanto para coger un cenicero, pero ya ha metido la ceniza en el dobladillo del pantalón.
«Volví de Knoxville hace unos años. La empresa me despidió y no encontraba trabajo. Maldita sea si el viejo Martin no me salvó de nuevo. Hizo que me contrataran en Sherwin-Williams. Le debo mucho».
Gupton empieza a divagar sobre la «clientela» y el marketing, y al cabo de un rato dejo de oír sus palabras. Sucede con mucha frecuencia: no puedo distinguir lo que es real. Ahora Martin está en esa silla, recién llegado de un viaje de ventas, contando sus historias sobre el territorio.
Pasaba por Big Stone Gap cuando un enorme halcón se estrelló contra su parabrisas. En la foto de portada de The Sentinel, aparece parado junto al ave aplastada en el cristal, sonriendo como un cazador de presas grandes.
«¿Hijo?», dice Gupton con repentina preocupación.
El tiempo remite y retrocede, y recuerdo quién es él. Martin hablando de su amigo, Wayne Gupton. Relatando sus viajes y dónde paraban a comer; por ejemplo, en el bufé de la Cocina Campestre Coldtree. «Yo pedí costillas, y Wayne, rosbif en su jugo. Luego pedimos dos margaritas».
«Martin me habló de ti», le digo a Wayne.
«¿En serio? —pregunta Wayne, con la cara enrojecida—. ¿Qué dijo?».
***
«Salimos de la convención como a las ocho de la mañana. —Martin giró la muñeca para mirar el reloj—. Doce horas en la carretera. Deberían haber sido nueve, pero Wayne tenía que parar cada hora. Es el tipo más comilón y fumador que conozco. Repitió tres veces el plato fuerte.
El orador no era otro que el entrenador Joe Paterno. ¿Y quién se sentó frente a él? ¡Wayne Gupton! —Martin echó la cabeza hacia atrás y se rio—. ¡Pero Wayne no sabía quién era Joe Paterno y no paraba de echarle humo en la cara! Le hice señas, pero no me vio. Cuando se lo dije,
estuvo nervioso durante todo el viaje de regreso».
***
Wayne enciende otro Salem y contempla la nieve que cae suavemente como la ceniza.
«¿La esposa y la hija de Martin están?», pregunta.
«Se fueron a Raleigh», le digo, sin añadir que están devolviendo un vestido que le habían comprado a Martin.
Sin embargo, Wayne lo nota en mi cara. «Lamento haber venido tan pronto. Pero la empresa me envió a recoger las cosas de Martin».
Veo el temblor de su mano y tomo nota mental para preguntarle por eso a Martin.
Hace apenas una semana que no lo veo, lo que no es raro mientras está de viaje.
Cuando enviaron a su hermano a Beckley para buscarlo, yo estaba seguro de que él resolvería el misterio.
E incluso cuando vi la figura de cera en el ataúd, supe que no era él.
«Hijo —dice Wayne—, puedo venir otro día…».
«Está bien», respondo. Voy por nuestros abrigos y lo acompaño a la oficina de Martin. El aire glacial huele a leña quemada.
Veo la puerta cerrada y casi la toco. Giro el pomo y el corazón me late con fuerza. Ahí está sentado Martin «trabajando en sus papeles», con las gafas bifocales sobre la nariz.
«¿Es aquí donde trabajaba?». La voz de Wayne me trae de regreso.
La espartana habitación huele a polvo y aceite de motor.
Hay un escritorio metálico y una silla de madera, carpetas de archivos y latas de pintura.
Un cenicero con dos colillas aplastadas.
El calefactor eléctrico, que enciendo, emana un tenue resplandor rojizo.
El calendario Sherwin-Williams pegado a la pared sigue señalando el mes de febrero.
Martin murió el 29, un día antes de poder jubilarse. Solo porque este año es bisiesto.
Le pregunto a Wayne si Sherwin-Williams le dará la pensión a la mamá de Angie.
Wayne niega con la cabeza.
Jadea mientras levanta una caja de archivos.
Le ofrezco ayuda, pero no la acepta. Me siento en el escritorio de Martin.
El calefactor produce un zumbido. Con zozobra y algo de culpa, abro un cajón.
Adentro hay tarjetas de colores, pinceles y un rodillo, que Martin, un purista, no dudó en descartar: no hay nada mejor que una pincelada limpia.
Siempre me impresionó su habilidad para mezclar pinturas.
Sabía la combinación para obtener el tono preciso: rojo y azul para el añil, amarillo y anaranjado para el durazno.
Tenía la costumbre de agitar cada tarro de pintura que veía, como si estuviera haciendo todo lo posible para evitar la sedimentación.
Era un experto en superficies, desde la madera hasta el linóleo, y no le daba miedo subir escaleras ni trepar a los techos.
Podía clavar un clavo con solo dos golpes: el primero para fijarlo y el segundo para hundirlo.
Pero lo que más me impresionó fue cómo administraba su territorio. Presidía un dominio de tres estados. A sus clientes les encantaba verlo llegar, ansiosos por oír sus anécdotas y su risa rápida y afable.
A menudo me imaginaba yendo al territorio con él.
Atravesando montañas rocosas en medio de la oscuridad y la nieve, pasando por barrancos peligrosos, estando al tanto de sus pensamientos que rara vez expresaba, de sus preocupaciones por las averías, las cuotas y las facturas y, sobre todo, por el tiempo que pasaba lejos de su familia,
el alto precio que eso le había cobrado.
«¡Jiú, hace frío!», exclama Wayne, frotándose las manos junto al calefactor. Tiene la cara enrojecida y los ojos brillantes por el frío, y también por algo que huelo en su aliento.
«¿Sabes? —dice respirando cerca de mi cara—. Martin era un gran hombre».
Intento no retroceder ante su olor.
«Las ventas se le daban fácilmente. Yo no cumplía con mis cuotas y los clientes se quejaban. Pero Martin siempre me cubrió la espalda».
Wayne mueve los labios antes de hablar. «Es una vida solitaria para un vendedor. Oyes muchas historias y algunas son ciertas. Conseguí una mujer en Tappahannock. La conocí en un salón de bingo. Tenía mal genio y decía groserías como una vagabunda,
pero tenía un trasero que te hacía aullarle a la luna. —La risa ronca de Wayne se convierte en tos—. Solía verla cada vez que pasaba por allá. Pero después de enfermarme, no quiso verme. Ni siquiera cuando le compré una pulsera».
Mis ojos se fijan en el peluquín de Wayne, que parece un poco torcido. Y recuerdo a Martin decir que Wayne estaba enfermo.
«No te dediques a las ventas —me aconseja Wayne—. No son lo que eran cuando Martin y yo empezamos. Ya no hay la misma amabilidad. Ahora solo hay presión para vender. —Da una fumada a su cigarrillo y hunde las mejillas—. No soy una mala persona —me dice Wayne—. Pero no soy tan bueno como Martin.
Nunca supe que fuera infiel».
Wayne lleva otra caja a su carro. Al abrir otro cajón, siento la presencia de Martin. Tiene puesto su largo abrigo de invierno. «Me iré por la mañana —me dice—. Te veré cuando vuelva».
En el cajón encuentro una caja de fósforos del Motel Elkton Lodge. La abro impulsivamente para mirar adentro. ¿Qué espero? ¿Un número telefónico? ¿El nombre de una persona? ¿El nombre de una mujer?
«Eso es todo», anuncia Wayne, cerrando el baúl. Una capa de hielo se desliza y se resquebraja en el suelo. El cielo ya está oscuro y las luces chispean en las casas.
«Bueno, es hora de coger camino. Adondequiera que vaya, la gente me pregunta por Martin. Recorro sus carreteras, duermo en sus hoteles. Martin siempre está en mi mente. Ya lo ves, me dieron su territorio».
Le dirijo una mirada a Wayne y ahora entiendo. Fue enviado aquí por Martin, para entregar un mensaje.
La nieve sigue cayendo. Oigo el ruido de las cadenas protectoras en las llantas de un carro que pasa.
O tal vez no vino a traerme un mensaje. Tal vez va a llevarle un mensaje de regreso.
Wayne limpia la nieve del parabrisas y prende el carro. Retrocede vacilante por la entrada. Luego levanta la mano para despedirse. Este hombre extraño y nervioso que conoció a Martin con sus pantalones anchos y sus zapatos de dos colores. No quiero que se vaya.