El estado de Bucky #2
Entonces, en medio de una pasión desenfrenada, sentí las uñas de Angie arañarme el cuello.
Pensé que jugaba hasta que vi la sangre.
«¡Todo fue un error!», me gritó al oído.
Traté de agarrarle las muñecas.
«¡No me amas de verdad! ¡Crees que mi familia es un chiste!».
«¡No digas disparates! ¡Suéltame!».
Me tambaleé hasta el baño para mirarme las heridas. Cuando regresé con un Kleenex apretado contra mi cuello, Angie salió corriendo en medio de la tormenta. Se subió a Bucky y giró el encendido. El motor corcoveó, pero el carro no prendió.
Angie amaneció en el Bucky. Entonces llamó a Martin. Cuando él llegó, enganchó a Bucky al parachoques de su carro.
«Bueno —dijo alegremente—, aparte del arranque, ¿cómo estuvieron las cosas?».
Angie iba sentada adelante con Martin. Yo estaba atrás con el cuello de la camisa levantado.
«Llovió mucho», dijo Angie.
***
El sábado por la mañana la casa olía a ajo, debido a los hash browns. Angie y su mamá hablaban en la cocina. Yo leía el periódico en la mecedora. Afuera, Martin estaba arreglando a Bucky. Me sentí como un inútil y salí.
«Buenos días», dije.
Martin gruñó. Un cigarrillo colgaba de sus labios.
Con una llave en una mano y un alicate en la otra, hizo una mueca mientras apretaba una tuerca.
Luego sacó otra llave de su caja de herramientas.
Un cuarto, cinco octavos; tenía el juego completo.
Frunció el ceño y se dio un golpecito en la sien. Piensa, Martin, se reprendió.
Esperé a que retomara el hilo. Entonces el silencio perdió su peso y él empezó a silbar.
«Te mostraré algo, Trey».
«¿Señor?».
«Tuve que cambiar la palanca del ahogador. Está acá mismo, en el carburador. Si el carro no arranca, esto es lo que tienes que hacer». Con un destornillador presionó la válvula de mariposa.
Luego, haciendo una mueca, cogió sus Tums. Se metió varios en la boca y declaró: «Voy a comprar acciones de estas pastillas. Prefiero un rollo de Tums a un cargamento de antiácidos Rolaids».
«Chicos, ¿tienen hambre?», gritó Angie.
La comida humeaba sobre la mesa. Martin fue a la cocina a lavarse las manos.
«¡Saca esas patas sucias de aquí!», lo regañó Betty, la mamá de Angie.
Martin sonrió y le dio un golpecito en el trasero con el suyo, y luego le pellizcó las costillas.
«Viejo verde —se quejó ella—. ¿Les arreglaste el carro? Te dije que no estaba en condiciones de andar por la carretera».
«No te preocupes —dijo él suavizando la voz—. Lo tenemos ronroneando como un gatito».
***
El verano llegaba a su fin, dando paso al otoño.
Los fines de semana, Martin encendía el asador, que había armado con la cubierta de un cortacésped.
Si Vernon, el vecino, lo veía afuera, se acercaba a charlar un rato.
Ambos participaban en asuntos comunitarios, como ser bomberos voluntarios y organizadores de eventos.
Cuando llegaba la temporada de fútbol, la retumbante voz del locutor del estadio se podía escuchar a más de un kilómetro. Era Martin, que narraba las jugadas.
Betty trabajaba en un laboratorio estatal de análisis de alimentos en Raleigh e iba siempre con sus compañeras porque no manejaba.
Martin conducía, mercaba y hacía los mandados.
«Voy a la calle», decía, y siempre sacaba tiempo para pasar por la Exxon de Early y charlar con los hombres sentados en cajas de gaseosas.
Contaba historias sobre su vida en la carretera, que había comenzado cuando salió del ejército. Después de irse de la finca de su padre donde cultivaba tabaco, se consiguió un chevy con alerones y una hermosa novia universitaria. Salía a la carretera con un mapa y el baúl lleno de pinturas.
En cambio ahora, cuando la gente le preguntaba adónde iba de vacaciones, decía: «Lo último que quiero hacer es viajar». Podías sentir la tensión de Betty cuando él tenía que irse, de modo que volvía a casa siempre que podía, a veces solo para dormir antes de salir de nuevo.
«Me preocupa papá —decía Angie—. Su dieta no es saludable y fuma como una chimenea. Chupa Tums para la gastritis, pero no quiere ir al médico. Mamá dice que no ha ido donde ninguno desde el ejército».
«Deberías obligarlo».
«Lo he intentado, pero no me escucha. Y tanto trabajo lo va a matar. Su empresa sigue expandiendo su territorio. Y cuando él llega, siempre está trabajando, ya sea en la casa o en los carros».
Me sentí como un vago por no ayudar. Imaginé que los vecinos decían que el yerno de Martin era un holgazán. Le dije a Angie que era hora de irnos. El plan había sido quedarnos un par de meses.
***
Un día, Bucky se apagó en las afueras de la ciudad. Como Martin no estaba en casa, lo dejamos a un lado de la carretera mientras lo esperábamos.
«¿Qué te dije? —comentó Betty cuando él volvió—. Ese carro no está en condiciones de andar por la carretera».
Martin suspiró y dijo que lo arreglaría el día siguiente. Pero en medio de la cena recibió una llamada. Escuchó con paciencia, aunque su rostro expresaba tensión. «Está bien, iré». Y cogió sus llaves.
«¿Qué? —exclamó Betty—. No has comido».
«Era el alguacil Bowser —dijo Martin—. Alguien le prendió fuego a Bucky».
***
La semana siguiente llegué a la casa en Bucky (el daño no fue tan grave) y encontré a Martin rastrillando el pasto. Saludé con la mano y entré. Entonces, por la ventana, vi que alguien pasaba a toda prisa. Era Martin corriendo por la loma. ¡Iba detrás de Bucky!
Lo detuvo en la calle. Subió al carro y jaló el freno de mano. Luego permaneció allí, jadeando y agarrándose el pecho. Buscó en su bolsillo y se chupó unos Tums. Entonces, con la manga de la camisa, se secó el sudor de la frente.
Me sentía mortificado; sabía que debía disculparme, pero no podía reunir el valor. Tampoco podía contárselo a Angie. Martin jamás dijo una sola palabra.
Otro día, mientras manejaba a Bucky, vi que el tanque estaba vacío. Me detuve a regañadientes en la Exxon de Early. Bajo la mirada de los hombres que conversaban en sus cajas, eché gasolina y pagué. Al alejarme, escuché un grito.
Cuando bajé del carro, vi la manguera tirada en el suelo. En el aire flotaba el olor a gasolina.
«¿TE FUISTE CON LA BOQUILLA EN EL TANQUE?».
Varios conductores hacían fila para tanquear. El pavimento bajo mis pies comenzó a tambalearse. Una parte de mí observaba desde lejos. Todo sucedía a gran velocidad, como visto desde un carrusel. Entonces vi que alguien se acercaba con una taza de café. Era Martin.
Otro carro se sumó a la fila. Un conductor pitó.
Martin sorbió su café y me entregó las llaves. «Puedes irte en mi carro. Me encargaré de esto».
***
Dos meses se habían extendido a diez, y era evidente que Angie no quería irse.
Yo estaba convencido de que ella compartía mi deseo de mudarnos a algún lugar lejano, pero, al parecer, solo me estaba siguiendo la corriente.
Un día discutimos en voz alta. En algún momento sentimos que había alguien afuera.
Nos callamos y oímos un silbido alegre. Martin estaba en la entrada arreglando a Bucky.
El fin de año, me contactó un amigo que vivía en Nueva York. Nos animó a mudarnos allá y dijo que podía conseguirme un trabajo.
«¿Nueva York?», dijo Angie, con la cara pálida. Miró hacia afuera, donde Martin paleaba nieve.
***
Unas semanas después tocaron la puerta mientras almorzábamos. Era un hombre con un sombrero ancho y abombado. Tenía un uniforme color tabaco y unas pesadas botas negras. Aunque era un amigo de la familia, algo me dijo que venía en calidad de alguacil.
«¿Está Angie?», preguntó el alguacil.
«Sí —dijo ella, apareciendo a mi lado. Sus labios parecían entumecidos—. ¿Se trata de papá?».
El alguacil se quitó el sombrero.
El día anterior, nos dijo, Martin había manejado hasta Beckley y esa noche se registró en un Travel Lodge.
El recepcionista recordó que se había «parqueado de forma extraña».
Martin regresó a la recepción y dijo que había perdido la llave.
El recepcionista lo acompañó y abrió la puerta.
Martin entró y se acostó en la cama, y, poco después, se le reventó una válvula del corazón.
Posteriormente supimos que tenía un problema que podría haberse corregido.
Angie miró al vacío. «¿Mamá ya sabe?».
El alguacil Bowser negó con la cabeza.
«Iremos a Raleigh para decírselo», dijo Angie.
Vimos al alguacil alejarse. Había medio sándwich de atún sobre la mesa.
A mitad de camino a Raleigh, Bucky empezó a chisporrotear. Se tambaleó y finalmente se apagó. Un camión pasó bramando y nos sacudió como a una lancha. Salí a mirar el motor. Destapé el carburador y saqué el filtro.
«Bien —le dije a Angie—. ¡Préndelo!».
Giró la llave, pero el carro no prendió. Con la palanca de mi cortaúñas presioné la válvula de mariposa.
«¡Otra vez!», le dije.
El arranque chirrió débilmente. Angie apoyó la cabeza contra el timón.
«Otra vez —dije—, ¡pero húndelo hasta el piso!».
El chisporroteo fue aún más débil. Entonces, de repente, ¡Bbrrruum!, Bucky se sacudió y rugió de nuevo a la vida.
Puse otra vez el filtro y atornillé la tuerca de mariposa. Angie me dejó coger el timón.
Luego, suavemente, volví a llevar a Bucky a la carretera.
El territorio de Martin
Han pasado tres días desde el funeral de Martin.
Es un gélido miércoles de marzo. Los copos de nieve caen ligeramente de un cielo bajo y plomizo.
Estoy solo en casa cuando llega un carro.
Parece ser el de la empresa de Martin. Un hombre se baja y estira los brazos.
Arquea la columna y gira el cuello. Luego se acerca a la puerta principal, que nadie usa nunca.
No quiero hablarle, pero su estiramiento me dice que ha recorrido un largo camino. Lleva puesto un abrigo y un sombrero que se usaba en los años cincuenta. Encorva los hombros y exhala un vapor blanco.
«¿Sí, señor?».
«Hola, hijo». Se quita el sombrero y lo coge con ambas manos como un artista de vodevil. Tiene papada, el rostro áspero, ojos nerviosos y un peluquín barato, tieso y negro a pesar de sus patillas canosas.
«Mi nombre es Wayne Gupton —me dice—. Yo era colega de Martin». Una ráfaga de viento helado me atraviesa. Wayne se quita la nieve de los zapatos.
Le recibo el abrigo y le digo que soy el yerno de Martin. Observa la casa con detenimiento, como lo haría alguien en un museo.