Otras aguas El cuarto del perro
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El cuarto del perro

Estoy reclinado en una silla donde mi amigo Buzz. A través de las ramas de un álamo en su jardín, puedo ver a dos personas en un carro. La mujer habla y gesticula. Es Angie, mi esposa. No puedo oír sus palabras, pero me parece que está llorando.

Al cabo de un rato, Buzz baja del carro, pasa junto a mí y entra a la casa. Angie prende el carro y se va.

Buzz arrastra mi bolsa de dormir hasta el cuarto que da a la autopista, donde se oye el ruido del tráfico.

«Tendrás que dormir en este cuarto con pelos de perro», dice.

Extiende la bolsa de dormir como si fuera una alfombra roja, o algo así.

Hay un zumbido en mis oídos.

«Tú sabes que no estaba buscando un compañero de cuarto», dice Buzz.

«Lo sé».

«Si se tratara de otra persona, le diría que ni modo».

«Es solo hasta que sepa a dónde ir —digo. Mi voz suena ajena—. Te debo una, amigo».

«Entonces —dice Buzz enfáticamente—, eres hombre libre».

«Mira, fue una decisión mutua».

«Según Angie, no».

No me molesto en repetir mi versión de la historia. Que durante varios años habíamos planeado vivir juntos, pero en el último instante Angie se echó para atrás. Y no mencioné el aborto.

Buzz saca un dardo del tablero, lo único que hay en el cuarto además de mi cama y la del perro.

«¿Estás listo?», pregunta, pasándome los dardos.

El sol se está ocultando. Los insectos chocan contra la malla. El tráfico ruge incesantemente.

Buzz hace una marca con tiza en la alfombra.

Pisa la línea, planta los pies y salta con sus piernas largas y flexibles.

Recuerdo cuando jugábamos herraduras en la universidad.

Buzz usaba el estilo sidewinder. Su padre era el campeón de la Real Fuerza Aérea Canadiense.

Aunque solo había estado una vez allá, Buzz usaba pantalones cortos en invierno y declaraba: «¡Tengo sangre canadiense!» .

Ahora estamos aquí, a los treinta, jugando dardos. A lo largo de estos años, Buzz ha permanecido soltero. Solía preguntarme cómo me sentiría siendo él, viviendo junto a una autopista con un juego de dardos y un perro.

Estudio el método de Buzz. Quiero saber su secreto. ¿Cómo mantiene sus piernas tan flexibles? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que la flexibilidad vuelva a estar en las mías?

Buzz ha tenido varios amoríos con mujeres, pero siempre sale algo mal. La última fue una mujer llamada Sheila.

«¿Qué pasó con Sheila?», le pregunto.

Buzz gira la muñeca —¡zas!— y el dardo se clava muy cerca del blanco. No tengo la menor duda de que va a ganar. Antes, eso podría haberme molestado. Pero hoy merezco que me den una paliza. De hecho, quiero ver qué tan fuerte será.

Buzz anota el puntaje y empieza a animarse.

«Ah, la dulce Sheila», dice con su sonrisa pequeña e irónica.

El zumbido en mis oídos disminuye.

«¿Quieres un poco de vino y queso?», pregunta Buzz.

Es nueva manía desde que volvió de Francia: vino, baguettes y brie. Le recuerda lo mejor de París: los cafés, la Margen Izquierda, el romance. El lado negativo fue su ruptura con Sheila.

Antes de irse a Francia, vivía con ella en una casa rodante en el bosque.

Describía su vida como idílica. Por las mañanas iban en bicicleta al laboratorio donde trabajaban como químicos.

Por las noches tocaban guitarra y hacían el amor.

Sheila le enseñó a preparar pollo al jengibre y Buzz le enseñó a jugar dardos.

Cuando él se fue a París por un año, las cuentas telefónicas eran astronómicas.

Justo antes de la visita prevista, Buzz supo que ella estaba con otro tipo.

Discutieron transatlánticamente. Sheila canceló su vuelo, lo reprogramó, y al fin viajó.

Pasaron una semana peleando, reconciliándose y haciendo el amor.

Decidieron solucionar las cosas cuando Buzz regresara a casa.

¡Pop! Buzz abre una botella de Burdeos. Me da una introducción a los vinos. Luego me cuenta lo que ocurrió tras regresar de Francia.

«En el instante en que llegué a Charlotte supe que algo estaba mal. Lo vi en las sonrisas congeladas de sus padres. Y en el extraño comportamiento de Sheila. Comenzó a atiborrarse de chocolates. Nunca había visto nada igual. Engullía una caja tras otra. Lo hacía hasta vomitar y luego comía más.

Finalmente me dijo: “Lo siento, Buzz, pero no podré parar hasta que te vayas”».

Buzz apunta y lanza un dardo. «Entonces me fui —dice—, sin ningún lugar a dónde ir, excepto a la casa de mis viejos. ¿Te imaginas, a mi edad? Lo único que me mantenía cuerdo era hablar con mi abuela. Para ser una mujer de noventa años, tenía un humor muy negro. Cada Navidad,

mi tía Martha envía «boletines informativos» cursis. Se jacta de las cosas aburridas que ha hecho su familia. Su hijo compró un caballo, su hija hizo un viaje en crucero; basura de ese tipo. Bueno, la abuela sugirió que escribiéramos el nuestro. Empezaba así: “En Pineville,

el índice de miseria ha aumentado”».

Buzz me contagia su risa pegajosa.

Entonces suena el teléfono.

Él contesta. Lo escucho hablar en voz baja en la cocina. Lanzo algunos dardos sin ganas y me siento en la bolsa de dormir. La alfombra tiene un fuerte olor a perro.

Recuerdo por qué no me gusta dormir en el piso. Es por el hecho de levantarte. Es muy distinto a como lo haces desde una cama. Tienes que usar tus manos y rodillas. Y arrastrarte como un animal.

Cuando Buzz regresa, puedo verlo en su cara. Pero de todos modos le pregunto. Él asiente.

«¿Todavía está en la línea?».

Buzz niega con la cabeza.

«¿Pidió hablar conmigo?».

«No», dice Buzz, desviando la mirada. Agarra algunos dardos y comienza a lanzarlos. Sigo en el piso. Me alegra que no me desafíe a jugar.

Observo sus rodillas flexibles mientras hace volar los dardos. El tráfico de la autopista retumba sin cesar.

«¿Cuánto tiempo tarda?», le pregunto.

«¿Qué?».

«Ya sabes, para que esa cosa baje».

Me dirige una mirada incierta.

«El índice de miseria».

Hace un dibujo en el papel. «Aquí es donde empieza». Traza una línea inclinada hacia arriba. «Sube abruptamente y luego, con lentitud, baja de manera desigual». Su dibujo se parece a un electrocardiograma.

«De acuerdo —digo—, pero ¿cuánto tiempo?».

«Ah, es graduaaaaaal», dice, alargando la palabra.

«Lo sé, pero necesito un marco de tiempo».

«Bueno… —me responde, reflexionando. Como químico que es, le gusta ser preciso—. Yo diría que necesitas un año».

«¡¿Un año?!».

«Tienes que experimentarlo todo dos veces. Las vacaciones, los cumpleaños, el Super Bowl, los Oscar. La primera vez, recuerdas haber pasado por esas cosas con ella. Pero la segunda, recuerdas haberlas hecho solo. Ahí es cuando empiezas a superarlo».

«Ya veo», digo, sin sentirme reconfortado.

Los carros pasan zumbando en la oscuridad. Mis pensamientos toman una dirección preocupante. «¿Tú y Sheila hablan?».

«A veces —dice, flexionando las rodillas—, pero solo los sábados por la mañana».

«¿Por qué a esa hora?».

«Fue idea de su psicóloga. Se supone que es mejor. Para minimizar el riesgo de emociones desnudas. —Buzz apunta su dardo y luego se ríe—. Ella me pidió una recomendación».

«¿Se la diste?».

Él asiente.

«¿Buena o mala?».

«Ah, hablé con entusiasmo de sus virtudes. Es inteligente, concienzuda, lo que sea. Es ejemplar en todos los sentidos, menos en uno». Sonríe mordazmente.

«¿En cuál?».

Apunta al blanco y lanza. «No puedes confiar en ella para nada».

Me mira antes de decir que se va a dormir. Tiene que levantarse temprano. Se dirige a la puerta que separa los cuartos. «¿Está bien si la cierro?». Parece arrepentido, aunque está claro que cerrarla no es negociable.

La puerta se ajusta con un clic. Hay una estrecha franja de luz. Abro el cierre de mi bolsa y me arrastro adentro. A un lado están mi cepillo de dientes y un par de libros. Cierro los ojos y escucho el tráfico.

Entonces oigo el sonido: unas garras arañan el piso. Entra trotando al cuarto y se queda paralizado, al igual que yo. Por un momento permanece en silencio, olfateando el aire. Luego, un gruñido sale de su garganta mientras muestra sus dientes afilados y sus encías negras y húmedas.

Pretendo ser parte de la bolsa de dormir. Pero él sabe que estoy aquí, y entiende por qué.