Mi Vietnam #7
Le gustaba vestirse de rosado, comentó. Acentuaba sus mejillas sonrosadas y sus ojos azules.
Y siempre llevaba una corbata roja el primer y el último día de un juicio.
«El rojo evoca pasión», afirmaba. Casi todos sus vestidos eran azules y grises, con una raya delgada y un lustre ligero, pero que no llegaba a ser brillante.
Se los hacían a la medida en Manhattan. Había oído hablar de un vestido que costaba veinte mil dólares. «Imagínate —dijo Blake—. Quiero uno».
Marta, en una silla de playa, escuchaba atentamente.
«Eso es América —dijo Blake—. Con su aspecto, Marta tiene el éxito garantizado: como modelo, actriz, o lo que quiera».
La risa de Marta fue cortés, pero no sin complacencia.
«Escucha esa risa —se maravilló Blake—. ¿Cómo puedes sentirte desanimado al oírla?».
«Marta tiene muchos admiradores —dije—. Uno es candidato para alcalde. Podrías presentarle a Blake».
«No quiero conocerlo», gruñó Blake.
«Y Mario, el actor…».
«¡Sigue presumiendo!».
Cuando me levanté para llenar mi vaso, Blake también lo hizo y nos miramos directamente a los ojos.
«Mira —le dije—, cuando estás sin zapatos tenemos la misma estatura».
Blake me miró con mayor intensidad. «De todos modos te puedo moler a golpes».
Me reí.
Marta se levantó con brusquedad y entró al cuarto. Un estallido de risas pregrabadas brotó del televisor.
Blake armó un porro mientras yo miraba el mar oscuro y ondulado, imaginando que Sonny se había venido a vivir con nosotros.
Podría haberse quedado en nuestra casa hasta encontrar un lugar.
Sus cheques le habrían rendido mucho más.
El café internet de la esquina tenía un sabroso espresso y el dueño hablaba un poco de inglés…
Blake sostuvo el porro. «Fue duro al final —me dijo—. Convulsiones, desmayos, accidentes…».
«¿El de su cicla?».
«No fue un accidente de bicicleta. Se emborrachó en un bar con los tipos equivocados. Le golpearon la cara contra el andén —Blake aspiró con fuerza el porro—. Al final estaba casi psicótico. Cuando lo llevé a la clínica, gritó: “Por favor, no dejes que me corten las pelotas”».
La boya sonó en las tinieblas. Las luces de una fragata se deslizaron suavemente por el agua.
«Ese cura me sacó la piedra —dije—. Hablando de la cruz que tuvo que cargar la mamá de Sonny —me sentí bien al expresar mi rabia—. ¿Sabes lo que dijo el excuñado de Sonny? Cuando alguien elogió la misa, comentó: “Estuvo mejor de lo que él se merecía”».
«Hijo de puta», dijo Blake.
«Pero Nicole me dijo esto: que sin contarla a ella, al menos tres de las mujeres que asistieron habían sido amantes de Sonny».
«¿En serio? —dijo Blake, impresionado—. ¿La perra de Heather estuvo allá?».
«Sí».
«Fue lo peor que le pasó a él. Una loca de remate. Le pagó a una médium que le dijo: “Conduce hasta esa tumba y deja doscientos dólares. Pero tienes que hacerlo desnuda. O puedes darme el dinero y yo lo llevo por ti”. Ella fue la que inició a Sonny en ese chat metafísico.
Él mantenía una colchoneta en la cafetería, para poder tirársela detrás del mostrador. Luego descubrió que ella vivía con un quiropráctico. Lo hacía por dinero, pues Sonny estaba sin un centavo. Le sacaba dinero al hombre y se lo daba a Sonny. Esa perra le rompió el corazón».
Blake se humedeció los labios. «Yo era el primero en ir a la tienda cada mañana. Le ayudaba a abrir. Sabía que la tienda fracasaría. Estaba en un lugar de pacotilla. Pasé mucho tiempo con él. Ambos habíamos sido expulsados por nuestras familias».
Blake se alisó el pelo. «Yo dejaba a Sonny completamente trabado. Nos reíamos hasta rodar por el piso».
Desde la piscina iluminada llegaban voces animadas. Las olas se encrespaban y rompían en la orilla. Yo extrañaba a Sonny como se extraña a una amante.
Recordé la última vez que él me visitó. Una mañana al amanecer, lo encontré en el jardín. La mañana era su momento preferido del día. Los pájaros cantaban y la luz era suave. Estaba sentado en un banco, contemplando las aves del paraíso con una sonrisa complaciente.
En medio del silencio oí un resoplido. Miré rápidamente; Blake tenía los ojos rojos. Creo que era por la yerba.
***
A la mañana siguiente, en el aeropuerto, imponente con sus botas de vaquero y una chaqueta que ocultaba su tatuaje, Blake me dio la mano.
Luego rodeó a Marta con sus brazos largos y recostó su cabeza en la de ella.
Siguió abrazándola, meciéndose de un lado al otro.
Luego, lentamente, se dio vuelta y caminó hacia el avión, con la espalda un poco encorvada y las aletas al hombro.
El gran Blake Vandermere, siete dólares por minuto. El que acompañó a Sonny fuera del escenario.
Desde el aire, Marta contempló San Andrés.
Una mancha verde bordeada de blanco en el vasto mar cobalto.
Se cubrió los ojos con el pelo para dormir.
Apreté su mano solo un poco y Marta apretó la mía, pero pude sentir algo distante en ella.
No de mí propiamente; solo la distancia que cualquier persona siente de otra.
En cuanto a Blake, comprendí, con una tristeza que me sorprendió, que nunca seríamos amigos. No como el amigo que Sonny había sido para ambos. Él era todo lo que teníamos en común y ahora se había ido.