Carolina Primer amor
Lo que me gustaba de Elise era la calidez y suavidad de su piel por la mañana.
Reclinaba mi cabeza sobre su vientre para sentirlo subir y bajar.
La veía mientras se secaba el pelo, se ponía una hebilla y levantaba un labio.
Me gustaba su forma de manejar como una loca por las serpenteantes carreteras rurales.
Y cómo, cuando jugaba billar, siempre elegía las bolas de un solo color porque «no soportaba las rayadas».
Cómo hacía piruetas en el pasillo de las verduras del supermercado.
Y su manera de beber a grandes tragos cuando tenía mucha sed, dejándole un bigote húmedo que se secaba con el aire.
La gente decía que estaba comprometida con un tipo mayor, que era dueño de un concesionario de carros.
Yo era un joven de veintitrés años y, por lo tanto, no tenía nada que perder en esa fiesta en Raleigh donde hice esos chistes picantes.
Pero cuando Elise se levantó y se fue, pensé que la había embarrado.
Más tarde, su amiga me dijo que debería invitarla a bailar.
Y cuando lo hice, me agarró con la fuerza de un torno.
Incluso en las canciones animadas, nos movíamos con giros oníricos.
Entonces me dijo: «Salgamos a caminar». Una brisa alborotó su pelo largo y tupido.
Yo quería que hablara, pero no decía ni una palabra.
Y cuando traté de besarla, sollozó contra mi pecho.
«Pensé que no te gustaban mis chistes».
Ella resopló y sacudió la cabeza. «Estuviste muy gracioso».
No me los esperaba. Tal vez yo era muy gracioso, pensé.
***
Elise estaba empezando unas prácticas en un resort en la playa cerca de Charleston.
Yo había decidido renunciar a la escuela de posgrado y emprender un periplo por todo el país.
Ya había tenido mi dosis de aprendizaje estructurado y quería saber más de la vida.
Pero cuando Elise sugirió que me quedara con ella en Charleston, puse mi gran viaje en espera.
Ella y otras dos practicantes compartían un apartamento, y estaba estrictamente prohibido que yo viviera allá. Pero a Elise le gustaban los riesgos.
De ese verano recuerdo el rocío de la sal en el parabrisas, el sonido de un aspersor haciendo «te-te-te-te-te-te-te», el sudor que salía por todos mis poros y los árboles innombrables que exhalaban el olor almizclado del sexo.
Una noche, en medio de un juego cartas con sus compañeras de apartamento, me incliné hacia ella y le pregunté: «¿Será esta noche?».
Elise negó con la cabeza.
Unas cuantas manos después, sentí un golpecito en el pie. Ella sonrió con picardía y articuló las palabras: «Hagamos trampa».
Nunca en mi vida había hecho trampa en las cartas.
Elise ofreció cuatro diamantes y, mientras sus amigas se examinaban las manos, ella movió los labios para decir: «¿Tienes el rey?».
Lentamente, escasamente, asentí.
***
Conseguí un trabajo cortando el pasto en un parque de casas móviles. El administrador me preguntó por qué me había mudado allá.
«Por una mujer», respondí.
Recuerdo el rugido de aquel cortacésped, el olor a pasto y gasolina, mis manos hormigueantes por la vibración, mi frente goteando y mi camisa empapada mientras volvía sobre mi ruta, alineando las llantas con la franja que acababa de cortar,
segando el trébol repleto de abejas y repitiendo el circuito hasta que el trébol reaparecía, y yo esperaba a ver si las abejas seguían vivas.
Hacía de eso un juego de Me quiere / no me quiere, con el zumbido del motor tan agudo como mis sentidos, excesivamente agudo para que alguien más lo percibiera, tan agudo como un pito para perros, y yo soy el único perro vivo.
Me gustaba volver a casa con mis botas de trabajo, acalorado y sucio tras mi labor.
Elise tocaba mis callos y elogiaba mi bronceado.
Me bañaba con agua fría, abría una cerveza y asábamos pollo en una parrilla del horno apoyada sobre latas de cerveza vacías.
Elise se deleitaba con mi salsa barbecue, mi mejunje cuidadosamente perfeccionado.
Todo en aquel verano era motivo de celebración, desde el buen tiempo hasta un aumento de sueldo o una nevera recién surtida.
***
Jugar tenis con Elise fue una mala idea.
Cuando llegamos a la cancha, las pelotas no eran buenas.
Yo no sabía que las pelotas de tenis se podían dañar.
Elise dijo que conocía a alguien que siempre jugaba con pelotas nuevas.
Supe a quién se refería. El vendedor de carros la hacía pararse en la red y le tiraba pelotas hasta que ella le rogaba que dejara de hacerlo.
Mi falta de destreza era evidente. Varias veces golpeé pelotas por encima de la cerca.
«¡Jonrón!», gritó alguna vez Elise.
Un chico que nos miraba dijo algo que a ella le pareció gracioso.
«¿Qué?», dije.
«Pregunta para cuál universidad juegas».
***
En los días libres de Elise, íbamos a pasear por las casas coloniales de Charleston y admirábamos los antiguos robles cubiertos de musgo español.
Luego caminábamos por la playa en busca de conchas y estrellas de mar, con la brisa en nuestras caras y el estruendo de las olas.
El oleaje estaba lleno de pececitos que centelleaban y de gaviotas que graznaban y se lanzaban en picada tras ellos.
Los cangrejos de arena se escabullían hacia los lados, sus ojos como pequeñas canicas ensartadas en palitos.
Mientras el sol se ocultaba y la marea bajaba, la arena irradiaba un resplandor fosforescente.
Algunas tardes íbamos al puerto deportivo a ver los botes camaroneros que llegaban con las capturas del día.
Se oía el rugido de los pelícanos, se olía el pescado y la salmuera y se veían las grandes redes colgando de los aparejos de arrastre.
Los camaroneros sudorosos y bronceados, la camaradería, la conexión con el vasto y poderoso mar.
Pensé en cambiar de planes, aplazar mi viaje y conseguir trabajo en un barco camaronero.
Elise trabajaría en el resort y podríamos tener nuestro propio apartamento.
Sentí una oleada de euforia. Era joven y tenía libertad para trazar mi rumbo.
El resort de Elise organizaba bodas en las que se hacían asados de ostras.
Ella convenció a Turkey, el viejo cocinero negro, de dejarla llevar algunas ostras a casa.
Las cocinamos al vapor hasta que se abrieron, vivas y oliendo a mar.
Les echamos jugo de limón y salsa picante, y luego, a modo de brindis, chocamos nuestras conchas como hacían los recién casados.
Pero el mes siguiente, Elise volvería a la universidad y yo recorrería el país.
«Me siento ansiosa», dijo Elise. «El verano está pasando demasiado rápido».
***
A veces, ser feliz te da un susto de muerte. Acostado junto a Elise en esas calurosas noches de Charleston, con sus calzones iluminados por la luz de la luna, oía los pitos de los barcos, los grillos y algún otro sonido, un rugido lejano en la noche.
***
Algunos días, Elise no iba al trabajo y pasaba la jornada conmigo. Un día, su jefe le exigió que fuera. Entonces ella se llenó la boca de algodón y afirmó que había perdido un diente.
Una vez, mientras íbamos por la carretera tomando cerveza, una patrulla se nos acercó por detrás. Me senté derecho y le dije a Elise que escondiera las latas. Pero ella simplemente me sonrió y me acarició.
«¡Para! —grité cuando el carro comenzó a desviarse—, ¡nos van a detener!».
Pero ella no dejó de reír ni de acariciarme.
Encontré las cartas en el fondo del armario. Tenían estampillas de Raleigh y estaban dirigidas al resort. La caligrafía era tan infantil como el contenido, y cada una terminaba así: «El Pato Donald te envía su amor».
No podía sacarme esa frase de la cabeza.
La vez que más tiempo hicimos el amor fue durante un partido en el que los Bravos perdieron por trece carreras.
Era finales de la temporada, las posibilidades de ganar el campeonato se habían esfumado y los jugadores hacían lanzamientos.
Escasamente había un alma en las gradas.
Incluso los locutores parecían lamentar su labor.
Toda la escena tenía el olor sulfuroso de la fatalidad.
***
A medida que el verano se acercaba a su fin, las tensiones con las compañeras de apartamento estallaron: platos sin lavar, gemidos orgásmicos, resentimiento por el tiempo que Elise pasaba conmigo.
Un día, mientras asábamos pollo, Elise me preguntó:
«Si nunca nos volvemos a ver después de esto, ¿tus recuerdos de este verano seguirán siendo tan buenos?».
«Por supuesto», dije.
Elise miró fijamente las brasas.
«¿Por qué? —pregunté—. ¿Los tuyos no?».
Sus ojos destellaron con ira. «¿Crees que el pasado sigue siendo el mismo sin importar lo que pase después?».
Luego me acusó de cambiar mi receta de la salsa barbecue.
Hay un puente alto y arqueado que cruza el río Charleston. Me sentía inquieto cada vez que lo cruzábamos. «No quisiera construir un puente —le dije a Elise—. Me costaría dormir, pensando que se va a caer».
***
Una mañana calurosa mientras hacíamos el amor, un carro se detuvo en la entrada. Elise echó un vistazo afuera.
«Rápido, al armario», me dijo.
Se vistió y fue a la puerta. La oí hablar en el estudio con su jefe. No me gustó el tono de su voz. Cuando al fin se fue, Elise me dio la noticia.
«Tienes que irte mañana».
«¿Cómo puede decirte con quién vivir?».
«Está en el contrato de las prácticas».
El cielo se veía azul brillante al amanecer del día siguiente.
Al organizar mi carro, encontré un cepillo para el pelo, unas chancletas y varias conchas de caracol, y las dejé en el porche.
Mi imagen final mientras me alejaba: ella se coge el pelo y repite estas palabras: «No puedo creer que esté pasando esto».
***
Aquí en California finalmente recibí la noticia. Se había celebrado una gran boda en el resort de Charleston, donde la pareja hizo un brindis sacramental haciendo sonar conchas.
Esta es una foto que tomó Elise. Puso el cronómetro en la playa y regresó tambaleándose. Pasó su brazo a mi alrededor justo antes del clic. Se ve radiante, bronceada e increíblemente feliz. Eso es lo que más me conmueve.
California está en el otro extremo del continente.
No puedes ir más lejos, pues te hundirás en el mar.
El océano Pacífico puede ser más azul que el Atlántico, pero no parece estar tan lleno de vida.
No se ven bancos de pececitos saltando en las olas ni cangrejos de arena huyendo hacia las dunas.
La brisa no trae ese olor intenso y salobre ni se ven muchas conchas en la orilla.
A menos que cuentes los fragmentos que se están transformando en arena.
Otra cosa que te extraña es la diferencia horaria.
Si no tienes en cuenta la hora estándar del este, podrías olvidarla.
Pero pensarlo demasiado te puede joder la mente.
Es como si el presente para ti fuera el pasado allá.
Cuando oscurece aquí, ha estado oscuro desde hace tres horas allá.
Si el mundo se acabara al anochecer, hora del este, tardaría tres horas en acabarse aquí.
Si Elise dejara de amarte al atardecer allá en el este, para cuando el sol se ocultara sobre el Pacífico, habrían pasado tres horas desde que ella dejó de amarte.