Otras aguas Mi Vietnam #6
14%

Mi Vietnam #6

«He estado limpiando desde que me llamaste», dijo Sonny entre dientes, pero con un tono animado, haciendo un gran esfuerzo.

En una foto que tenía en la cómoda aparecíamos en los Bancos Externos, Sonny con su chaleco de muchas cremalleras, con aspecto de pescador de élite. Arena prístina, cielo cristalino. Sonreíamos amplia y ebriamente en el paraíso.

«Lo siento, pero no pude conseguir yerba», dijo Sonny. «¿Por qué no tomas una de estas?». Me dio una pastilla. ¿Una de sus prescripciones? Yo nunca había tomado pastillas para drogarme. Pero Sonny nunca me había llevado por mal camino.

Esa tarde fue lenta y ensoñadora. Caminamos por South Street en medio de la nieve ondulante.

«¡Maldita sea, Trey! —dijo Sonny, apretándome el hombro—. Marta está muuuy bien. Lo lograste, hombre».

En el parque, le tomó fotos a Marta con su primera bola de nieve.

Parecía de mejor humor. Animé a Marta a mostrar su afecto, a dar rienda suelta a su natural calidez latina.

Cuando pasamos frente a mi librería favorita, les dije que siguieran mientras yo echaba un vistazo, y más tarde los encontré mirando vitrinas tomados de la mano. Sonny sonreía de un modo casi triste.

***

Ese imperativo de ser el anfitrión perfecto parecía ser propio de nuestra familia.

¿Cómo explicar, si no, mi decisión —mientras Marta y Blake estaban de compras— de alquilar el equipo de esnórquel?

Blake había traído su equipo de lujo, así que me sentí obligado a complacerlo.

Tal vez me imaginaba que se lo debía a Sonny.

Después de toda su alabanza de Colombia, no quería hacerlo quedar mal.

Además, caretear sin guía era el tipo de aventura que le gustaba a Sonny.

Localicé al rasta que nos había vendido yerba y me dijo dónde alquilar la careta y las aletas.

Pero eran ya las tres, y Blake y Marta no habían llegado todavía.

Me senté en el balcón a tomar una Águila.

La pequeña tanga de Marta colgaba de la puerta.

***

Desde South Street caminamos con Sonny hasta el exclusivo penthouse de Blake, con techos altos, ventanales de piso a techo y una vista impresionante del río Delaware y del puente donde Otto, al trabajar con la cuadrilla que lo pintó, inhaló niveles tóxicos de plomo.

Todavía bajo el efecto de la pastilla que me había dado Sonny, miré con asombro la ciudad en expansión iluminada por lámparas.

Otto, rechoncho y de hombros redondeados, permaneció sentado como un fiel labrador al lado de Blake, quien se ocupaba de Marta.

De algún modo, lograron conversar sin traducción.

Sonny me pasó un vaso grande de bourbon.

Atribuí su silencio al efecto de las drogas y a su manera compulsiva de tomar fotos.

Un minuto estaba cerca de mí y al siguiente estaba en cuclillas, encuadrando la toma perfecta.

A medianoche, mientras la pirotecnia derramaba sus colores en el cielo, Sonny captó algunas imágenes que me gustaría tener ahora.

***

Eran las cuatro cuando volvieron los compradores.

«¡Vimos a Óscar Córdoba, el famoso futbolista!», anunció Marta.

«¡No, pues, qué dicha! —gruñó Blake—. ¿Qué tiene de especial una estrella de fútbol? Yo gano siete dólares por minuto.

Marta tenía aretes nuevos y un libro que Blake le había comprado: El Kama Sutra.

«No tenemos mucho tiempo para caretear», dije.

***

«Lástima que me vaya mañana —dijo Blake mientras caminábamos hacia el extremo de la isla—. Quisiera volver pronto a Colombia. ¿Podríamos ir a una zona guerrillera?».

Lo miré con desconcierto.

«Por supuesto que llevaríamos armas», se apresuró a añadir.

Solté una risa.

«En serio. Si disparan, dispararemos».

Ahora nos adentrábamos en una densa zona de manglares y maleza que nos raspaba las piernas.

Los zancudos y los jejenes zumbaban en nuestras caras.

Por fin llegamos a un puente peatonal que atravesaba el pantanal.

No había nadie a la vista, salvo dos jóvenes que pintaban unas barandas.

Parecían impresionados por aquel gigante rubio y tatuado con gafas oscuras de diseño.

Nos dijeron que el lugar para caretear que había mencionado el rasta estaba a veinte minutos.

«¿Qué tal aquí?», propuso Blake.

Una baranda con listones entrecruzados dificultaba la entrada al agua.

Él dijo que podíamos sentarnos en la barandilla y dejarnos caer hacia atrás.

Cuando me puse las aletas y lo intenté, al instante quedé envuelto por una masa de algas.

Entonces, mi careta se empezó a llenar de agua.

A través del líquido turbio podía ver la estructura subacuática del puente, los pilotes cubiertos de percebes y las varillas corrugadas.

De vez en cuando pasaba algún pez de colores brillantes, pero no era el lugar ideal para bucear.

Mientras miraba en busca de Blake, las aspas de una lancha rugieron muy cerca. Nadé otra vez hacia el puente, agitado y resollando.

Pensé en aquel día, diez años atrás, cuando Sonny y yo fuimos a pescar a la costa de Nueva Jersey.

Alquilamos una lancha y nos alejamos tanto que escasamente veíamos la orilla.

De repente, el cielo se oscureció, y el mar se agitó y se cubrió de espuma.

Le di media vuelta a la lancha y me dirigí a tierra firme.

Entonces, una marejada inmensa nos lanzó por los aires y luego nos hundió bajo el agua.

Me esforcé por salir a la superficie y oí a Sonny gritar: «¡Nada, Trey, nada!»

. Entonces vi que nuestra lancha había avanzado unos quince metros, con los salvavidas a bordo.

«¡Nada, Trey!», gritó Sonny con un tono extraño y desesperado.

Estaba chapoteando como si no supiera nadar.

Lastrado por la ropa, me esforcé por llegar a la lancha, que se alejaba cada vez más.

Una ola me levantó y acto seguido terminé en una hondonada.

Tragué agua. Sonny desapareció de mi vista.

Caían relámpagos y truenos. Mis brazos parecían de plomo, mis fuerzas estaban agotadas.

No voy a llegar al bote: llegó como una visión. Así es como esto va a terminar.

Reuní fuerzas para un último intento, convencido de que mi vida dependía de ello, y me lancé desesperadamente hacia la lancha. Como de milagro, me agarré a la proa y trepé. Arrojé un salvavidas en dirección a Sonny.

Los hombres del alquiler de lanchas estaban pálidos del susto y no pareció importarles que los remos se hubieran perdido.

De regreso a Filadelfia, Sonny guardó un silencio sepulcral. Un moco le colgaba de la nariz y no hizo ningún esfuerzo por limpiárselo.

«Me salvaste la vida», dijo sombríamente.

«¿Qué diablos quieres decir? ¡Yo estaba conduciendo la lancha! ¿Y si te hubieras ahogado?».

Siguió un largo silencio y entonces Sonny dijo: «Nicole se habría alegrado».

***

Aferrado a la baranda, salí a la superficie, pero no tenía en dónde apoyar la rodilla. Ahora sabía por qué habían puesto listones en la baranda: para ahuyentar a los careteadores idiotas. Por fin logré arrastrarme afuera.

Exhausto y empapado, encontré a Blake al otro lado del puente, agarrado al borde con una sonrisa mordaz.

«¿Cómo saliste?», me preguntó. Resulta que él había vivido su propio drama.

Decidido a encontrar peces, se había metido en un pantano lleno de hierbas marinas y había tenido que arrastrarse por un largo trecho sobre el barro, estropeando su preciada camisa de Nueva Orleans y perdiendo sus gafas de diseño.

Le di un tirón, pero rechazó mi ayuda infructuosa.

Hizo un esfuerzo hercúleo para salir por su cuenta, mediante una complicada voltereta submarina, que parecía prometedora, pero que acabó siendo torpe e inepta.

No era nada halagador para Blake Vandermere.

«¿Cómo diablos salgo de aquí?», rugió Blake.

Muy pronto anochecería. Los pintores se habían ido. Finalmente, dos tipos lograron jalarlo como a una ballena arponeada.

Avanzamos a tientas por el manglar. Enjambres de mosquitos rondaban por nuestras cabezas.

«Vine preparado para morir —dijo Blake con gravedad—. Si Sonny podía ir a un país peligroso sabiendo que tal vez no regresaría, yo necesitaba demostrar que también podía».

Volvió a hablar de armas. Había empezado a ir a varias ferias de armas y a comprarlas por internet.

«A veces Otto y yo hablamos de matar gente».

Apartó a varios zancudos.

«No me altero fácilmente, pero puedo explotar. Solía quedarme despierto por las noches y soñar con formas de matar a mi madre. Era la única manera de calmarme lo suficiente para dormir».

Intenté imaginarme a Blake como un chico granjero.

«Soy capaz de matar», dijo.

Para llenar el silencio, le pregunté si lo había hecho.

«He destruido gente en la corte que poco después ha muerto. Tras perder sus carreras profesionales y su autoestima, deciden ponerles fin a sus vidas. —Se encogió de hombros—. Eh, el capitalismo es un deporte de contacto. ¿Por qué crees que tomo Zoloft? —Sonrió—. Pero me gusta ganar».

Sospeché que Sonny había oído esa misma perorata.

«A ese loco de Sonny se le metió en la cabeza que yo iba a matarlo. —Blake dobló hacia atrás una rama espinosa atravesada en el camino—. Estaba comportándose de un modo extraño y necesitaba contacto humano. Así que le dije a Otto que le enviara algunos correos. Pero en medio de su paranoia,

Sonny los leyó como amenazas. Mientras tanto, Otto juraba que Sonny quería matarme a mí».

***

«¿Cómo estuvo la careteada?» preguntó Marta.

Estaba acostada en la cama de nuestro húmedo hotel, con los tobillos entrecruzados, escribiendo en su diario. Lo había comenzado para registrar sus patrones de sueño, y luego lo amplió para anotar su bienestar general. Su ropa nueva estaba sobre la silla.

«Parece que Blake te compró todo el almacén», dije.

Marta sonrió.

«Subestima tu capacidad para manejar a tipos como él. Malinterpreta tu calidez natural».

«Quiere que yo haga una maestría en Filadelfia».

«¡Ajá! ¿Y qué más?».

«Que me case con él».

«…».

«Dijo que vendría un fin de semana para hacerlo».

«¿Y qué le dijiste?».

«Le dije: “¿Y qué pasa con Trey? ¿Entonces me caso contigo y sigo viviendo con Trey?”».

«Buena pregunta. ¿Qué dijo él?».

«Que podíamos pensar en eso más tarde».

***

Esa noche saludó a Marta con un abrazo de oso.

Comimos cangrejos y camarones en su balcón.

La brisa agitaba el toldo y un grupo tocaba reggae.

Blake estaba recién bañado, con todos los pelos en su sitio.

Tenía una camisa rosa almidonada con los puños remangados.