Otras aguas Mi Vietnam #5
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Mi Vietnam #5

. No dijo que sí ni que no. En cambio, replicó: «¿Por qué me lo preguntas?» . Y, obviamente, tenía razón.

Sonny y yo éramos los rebeldes de la familia, los que se negaban a seguir el guion.

Los que se iban lejos y rara vez regresaban, los que no recibían reliquias familiares, sobre todo después de que Sonny vendiera un preciado jarrón.

Sin embargo, yo sospechaba que en el fondo nos admiraban por hacer cosas que ellos nunca se atreverían a hacer.

Desde que perdió a Sonny, continuó Blake, salía con Otto, el tercer miembro de su grupo, su tertulia de café de la crisis de los cincuenta, cada uno alejado de su esposa y de sus hijos, despojados de su integridad doméstica.

Habían regresado a una época en la que los amigos eran la balsa que los mantenía a flote, para no cavilar sobre sus errores.

Otto había sufrido daño cerebral tras inhalar pintura con plomo y Blake le había conseguido una indemnización millonaria.

La que gentilmente le ayudó a gastar a Otto.

Blake se acarició el pelo a los lados de la cabeza, espaciando los dedos como los dientes de un peine y moviéndolos para lograr un efecto de capas. Al otro lado de la puerta de cristal, en la enorme cama de Blake, Marta dormía con su tanga, y —¡ay!— con medio pezón al aire.

«Entonces, ¿Marta y tú están casados?».

«Sí, en unión libre».

«No es lo mismo».

«Hice un testamento en el que le dejo todo a Marta».

«Los testamentos se cambian fácilmente», observó Blake.

Luego me habló de su amante, Megan. Una endocrinóloga alta y rubia, casada y con dos hijos.

Blake la había contratado como testigo experta.

La tuvo cincuenta minutos en el estrado.

Las vibraciones eran eléctricas. Ella dijo que se había mojado tanto que podría haber trapeado el piso con sus calzones.

Empezaron a tener sesiones en la gigantesca cama de Blake, encuentros que describió con celo adolescente.

Cuatro años después seguían ardiendo. Solo que Megan no quería separarse de su marido.

«¡El tipo no puede satisfacerla! —decía Blake—. ¿Por qué no lo deja?»

. Le enfurecía que solo pudiera verla cada ocho días.

Pasaba los fines de semana masturbándose en su penthouse.

A veces le pagaba a su empleada por una mamada.

Finalmente, Blake le advirtió: «Lo dejas a él o terminamos».

Dijo: «Me voy para San Andrés y luego veremos cómo están las cosas». Ella lo vio empacar los condones.

Me pregunté de nuevo, ¿por qué había venido Blake? ¿Para estar con alguien que compartiera su duelo?, ¿con alguien que llenara el vacío dejado por Sonny?, ¿y yo quería eso mismo?

Me pregunté por su amistad con Sonny. «Es un tipo muy generoso —me dijo Sonny una vez—. Con él mismo, quiero decir. Todo por Lord Blake».

Pero agregó: «Blake me llama para ver cómo estoy. Se preocupa por mí».

Sonny acababa de terminar el tratamiento para el TEPT, en el que revivió su viaje privado a través del infierno.

En otra ocasión le pregunté: «¿Cómo está Blake?».

«Que se joda Blake», dijo Sonny.

Aun así, cerca del final, después de que todo se saliera de control, y de que Sonny perdiera su trabajo, su esposa y su motivación, escribió esto: «Por fin estoy saliendo de ese abismo en el que estaba. Están pasando algunas cosas buenas. Me estoy viendo de nuevo con Blake».

Estaban fumando crack, eso era lo que hacían.

Y luego esto: «Si algo me ocurre, te lo digo desde ahora: fue Blake». El mensaje era confuso y casi incoherente. «Te lo digo a ti, puesto que estás en otro país». Luego: «La cagué. Le robé una yerba a Blake. Me advirtió que si lo hacía me mataba».

Dijo que Blake le había dado dinero para comprarle yerba al pizzero. Pero compró una de menor calidad y se quedó con el sobrante. Sospechaba que Blake se había dado cuenta.

Unos días después, Sonny pidió una pizza. «No estaba pensando —escribió muy tarde en la noche—. Tenía tanta hambre que me la comí entera, a pesar de que tenía un olorcito raro. Ahora me siento extraño… No quería echarte todo esto encima, viejo».

Por fortuna, no vi el correo hasta la mañana siguiente. Y para entonces, había uno nuevo: «Olvida lo que dije. Aún estoy aquí…».

Ahora, mientras se arreglaba el pelo, Blake contó la última vez que vio a Sonny.

El día de su desalojo se acercaba. Entre sorbo y sorbo de café, anunció que se iba de Filadelfia.

Estaba harto, dijo. Mencionó a una conocida por internet en Virginia y a una «chica de una sala de chats» en Sarasota.

A Blake, que pronto saldría de viaje, le pareció que Sonny se veía bien.

Pero cuando regresó, Sonny no respondió.

Blake no supo nada hasta que recibió mi llamada, para decirle que lo habían encontrado tirado en el piso.

De camino al baño, acomodé el bikini de Marta.

Cuando volví con un mojito, Blake, que no bebía —solo consumía drogas—, me contó la historia de su vida.

Era el trágico relato de un muchacho nacido en una finca de Iowa, criado por una madre brutal y dominante, y por un padre alcohólico y dominado; ambos respetados por la comunidad.

Según Blake, su madre libraba una guerra constante contra él: le decía tonto a pesar de su alto coeficiente intelectual, lo azotaba en la leñera, lo encerraba varias horas y le cortaba la mano si cogía un poco de torta.

Blake se defendió con planes diabólicos: limpiándose el culo con el cepillo de dientes de su madre, metiéndole limaduras de hierro en los calzones, torturando animales, vendiendo drogas, acostándose con sus maestras e irrumpiendo en casas ajenas,

con la esperanza de que lo descubrieran para poder culparla a ella.

Fue entonces cuando decidió hacerse abogado.

Su oportunidad llegó cuando el director los llamó a él y a sus padres a su oficina. «¿Cómo es tu vida en casa?», le preguntó a Blake. Cuando intentó responder, se atragantó. Pero se recompuso y contó la historia con frialdad, blandiendo su honestidad como una espada.

Al final, sus padres evitaron ser procesados —su padre era el director de la junta escolar—, pero Blake fue trasladado a un hogar de acogida. Estuvo en varios, donde siguió portándose mal. Iba camino a la cárcel hasta que el juez supo que había ganado una beca al mérito.

«Les cuento eso a los jueces de mis casos —dice Blake—. También saben que fumo marihuana y que viajo a Ámsterdam. Quiero que sepan por qué soy quien soy».

Blake aplazó la beca e hizo autostop por todo el país.

«Es lo mejor que he hecho. Aprendí todo lo que me ha convertido en un buen abogado. Cómo evaluar a la gente, saber lo que quieren. Uso un truco con mis jurados. Cuando siento que no me he ganado a un miembro del jurado, voy a la corte con su mismo estilo de ropa.

Sigo así hasta conseguir su simpatía». Blake guiñó un ojo.

Sorbiendo mi mojito, me pregunté por qué Blake me contaba esto. ¿Quería un terapeuta?, ¿un juez?, ¿un cura? O quizá solo quería ponerme al corriente, como había hecho con Sonny, como una manera de mitigar sus transgresiones.

Blake subió y bajó los hombros en movimientos circulares. «Hoy me siento estimulado. No he tomado Zoloft, por si conozco a una chica». Sonrió.

Le pregunté cuánto tiempo llevaba con eso.

Desde que lo dejó su esposa, dijo, y viajó a Islandia con un plan para suicidarse.

Justo después de hacerse el tatuaje del diablo.

Aterrizó en Reikiavik, alquiló un carro y condujo hasta el Parque Nacional de Skaftafell.

Iba a saltar desde un acantilado allá. Por el camino llamó a su esposa, que ahora vivía con su amante, para mantenerla informada de sus avances.

Entonces su «impulso suicida se convirtió en homicida» y llamó algunas veces al amante de ella.

Pero cuando llegó a la cima del acantilado ya había abandonado el plan.

Aunque posteriormente lo había reconsiderado.

«¿Has pensado alguna vez en el suicidio?», preguntó Blake.

«No —le dije—. Le tengo miedo a la muerte».

«Tenerle miedo a la muerte no significa que no vayas a suicidarte».

***

Cuando abrí los ojos a la luz matinal, Marta estaba en el espejo aplicándose delineador de ojos. Tenía pantaloncitos rojos y un top escotado.

«Blake quiere llevarme de compras —dijo Marta. Se inclinó hacia el espejo, apretando sus labios rojos—. Ya que tuviste que atenderlo anoche, es justo que me toque el turno».

Me quité la sábana.

«Sé que detestas ir de compras. A los veinte minutos te pones como una fiera».

Se inclinó para besarme, pero recordó el pintalabios y besó el aire junto a mi cara. «Siento un poco de lástima por él».

«¿Por Blake?».

«Bueno, debe sentirse muy solo como para pasar Año Nuevo con gente que apenas conoce».

Marta se puso gafas oscuras y un sombrero cubano grande. «Volveremos esta tarde. ¿De acuerdo, amor?».

La puerta se cerró con un clic. El aroma del aceite corporal permanecía en el aire.

Caminé por la playa con mis sandalias y mis gafas de sol. Pedí un café y miré la revista Cambio. El mar estaba apacible y de color turquesa, y el horizonte jaspeado de nubes. El sol arrojó su luz en prismas. Qué agradable es estar solo, me dije y esperé a ver si me lo creía.

***

La mañana de la Nochevieja del año anterior, nos despertamos con Marta en medio de una nevada de quince centímetros. Sonny llamó para decir que tal vez no deberíamos ir.

«Acabo de llamar a Amtrak —le dije—. Los trenes están funcionando».

«Pues tal vez no sea el mejor momento».

«¿Por qué no?».

Dijo que había tenido un accidente en su bicicleta y que se había partido un diente.

«No importa, hombre. —Tragué saliva—. Si no te vemos ahora, quién sabe cuándo podremos hacerlo».

Sonny cedió. «Tendré que hacer el aseo».

Marta no podía dejar de admirar la vista. Era su primer viaje en tren y la primera vez que veía la nieve.

El estrecho apartamento de Sonny, en un viejo edificio en ruinas, estaba cerca del Salón de la Independencia. Los carruajes con turistas pasaban rechinando, y los cocheros llevaban sombreros de tres picos.

Sonny nos recibió con un abrazo, que no era una práctica usual en nuestra familia. «Me gusta tu apartamento», le dije. En realidad, tenía un aspecto atroz. Ventanas mugrientas, paredes manchadas, el moho colonizando la bañera. No era propio de Sonny ser desordenado.

Noté el espejo antiguo, un tesoro de San Francisco, roto y tirado sobre una montaña de basura.