Mi Vietnam #4
Yo quería a toda costa que viniera a Colombia, pero me preocupaba cómo le iría sin saber el idioma y sin tener acceso a la atención médica.
Y Marta estaba poco entusiasmada con la idea.
Aun así, no descarté esa posibilidad. Pareció decepcionado.
Y entonces dejó de responder mis correos electrónicos. Su madre tampoco volvió a saber de él. Ni siquiera el día de su cumpleaños, cuando Sonny siempre la llamaba.
Mamá fue quien me dio la noticia. Los vecinos llamaron al propietario debido al olor.
Derribaron la puerta y lo encontraron en el piso.
Llevaba muerto más de una semana. Mamá estaba llorando; colgué el teléfono.
Permanecí en el patio, donde Sonny se había sentido tan contento.
Ansié hablar con alguien. Pero la persona con la que quería hablar era Sonny.
Peregrinación
No sé muy bien por qué invité a Blake Vandermere a visitarnos.
O mejor dicho, por qué dejé que él mismo se invitara.
Marta y yo apenas lo conocíamos. Lo habíamos visto una sola vez, por medio de Sonny, durante un viaje a Filadelfia.
Además, nadie venía a visitarnos en Colombia.
A los que tenían dinero les daba miedo, y los que habrían querido venir no tenían dinero.
Blake era la excepción. Él tenía dinero y se consideraba audaz.
Le respondí que habíamos planeado un viaje de Año Nuevo a San Andrés y que era bienvenido a acompañarnos. ¿Por qué lo hice? Tal vez porque en mis seis años en Colombia, la única persona que me había visitado era Sonny. De hecho, era él quien debería haber venido.
Solo que ya se había muerto.
Habían pasado dos meses y yo seguía aturdido. No podía pensar en el futuro, ni recordar el pasado, ni escuchar a Miles Davis sin pensar en Sonny. Y me imaginé que Blake podría sentir lo mismo. Él y yo fuimos los más cercanos a Sonny al final.
«Invítalo —dijo Marta—. Podría hacerte bien».
Mientras caminaba por la playa esa mañana, lo vi venir hacia mí con su andar pesado: un hombre enorme con el pelo largo y rubio, una barba corta de color arena y gafas de espejo.
Tenía una camiseta sin mangas que realzaba sus hombros musculosos y el tatuaje de un diablo rojo, contrarrestado por una pequeña media luna en la pantorrilla.
Sacando pecho, Blake posó para dos mujeres en tanga.
«Me alegra que hayas venido», le dije.
«Me alegra poder honrarte con mi presencia». La sonrisa de Blake mostraba unos dientes firmes, aunque torcidos y amarillentos. Enmascaraba su arrogancia con humor. Sin embargo, quedabas encantado con él en contra de tu voluntad, halagado de que él quisiera impresionarte.
«¿Qué es esto? —dijo moviendo el brazo, actuando para las mujeres—. ¿Esta es toda la bienvenida que recibo? ¿Dónde está Marta?».
Le expliqué que su insomnio se había agravado porque el aire acondicionado de nuestro hotel barato se había dañado.
Blake se alojaba en el mejor hotel de la isla, el Caribeño, de cinco estrellas.
Tenía una suite con vista al mar, jacuzzi en la terraza y, tal como había pedido, una cama tamaño king.
Cualquier cama más pequeña significaría dormir en diagonal y sentirse descompensado al día siguiente.
En su penthouse de Filadelfia tenía una California king, la cama más grande del mercado.
En una cafetería, Blake se transó por un café colombiano.
En su casa, tomaba uno yemení, a ocho dólares la taza.
Bajo un cielo azul celeste brillante, el mar, tal como se afirmaba, tenía siete tonos distintos.
Cerca de unas lanchas pesqueras destartaladas, y debajo de unas palmeras de coco, unos isleños sin camisa charlaban en creole.
Blake se despidió de las mujeres con la mano.
Dijo que había traído un condón para cada día del viaje.
Además de Viagra para contrarrestar los efectos del Zoloft que tomaba para la depresión, del Nadolol para el dolor de pecho, y de varios «medicamentos sin receta».
Giró el cuello como si estuviera calentando y se agarró el pecho. «Estrés», murmuró como para sí mismo.
Lamentó que solo pudiera quedarse dos días. Estaba lidiando con varios casos importantes, demandas contra otros abogados, su litigio favorito, por lo que sus colegas lo trataban como un paria.
«Odio a los abogados —declaró Blake, sorbiendo su café—. Y me odian porque soy más listo que ellos. Soy una leyenda entre los taquígrafos porque no pueden seguirme el ritmo, y eso que ellos escriben doscientas palabras por minuto. Se asombran de que no use notas y, así y todo,
mis frases estén perfectamente construidas. Cuando leemos un informe en el estrado, termino antes que el juez y los otros abogados. Y tengo una retención total, una memoria fotográfica».
«Deberías verme en acción —continuó Blake, mientras terminaba su segundo espresso—. Hago todo un espectáculo. Mido 1,90 con mis botas de vaquero, de las que tengo una docena de pares, elaboradas con piel de tiburón, de serpiente cascabel e incluso de iguana.
Mi traje cuesta más que los de todos los abogados juntos. Acostumbro enfrentarme solo contra un equipo de abogados corporativos, lo cual me da una ventaja ante el jurado».
Blake se pasó los dedos por el pelo de una forma que habría parecido femenina si sus manos no fueran tan gruesas como las de un albañil. «Lo que hago es seducir al jurado. ¿Por qué Marta y tú no vienen a verme actuar? Sonny lo hizo varias veces».
Eso me dolió como un golpe. El simple hecho de escuchar su nombre.
Claro, yo debería haber estado preparado. ¿No era ese el objetivo del viaje? Sin embargo, me dejó sin aliento. Tal vez esperaba que pudiera ocurrir sin palabras.
Blake movió el cuello de un lado al otro.
«Cuéntame del funeral. Recibí tu mensaje, pero no fui capaz de ir. —Miró a los hombres empujar sus lanchas hacia las olas—. Más tarde, intenté reunir a un grupo para ir a visitar la tumba. Como una especie de peregrinación. Pero no funcionó, y por eso vine aquí».
Vi mi reflejo en los espejos de las gafas de Blake.
«Me he sentido bastante mal».
«¿Tú?… —dijo él—. Cuando Sonny supo que iban a desalojarlo, quiso venir a vivir conmigo. Pero su orgullo no le permitía decirlo directamente».
Hice una mueca. «A mí me ocurrió algo parecido».
Blake me lanzó una mirada. «Habría significado cuidarlo».
Me presionó la cabeza con los dedos. «Sigo pensando, ¿y qué tal si…?».
«Podrías haberlo salvado… por un tiempo».
***
En la piscina del Caribeño, donde una banda tocaba y los meseros llevaban bandejas, Blake sobresalía. Un niño nerd con gafas de piscina clavó su mirada en el tatuaje de Blake y le preguntó si era un Ángel del Infierno.
Marta, con una tanga color crema que resaltaba el color café de su piel, estaba acostada debajo de un parasol. Blake se sumergió bajo la superficie del agua y se asomó como un caimán, contemplando el paisaje.
«Ven a asolearte —le dijo a Marta—. Las líneas de bronceado son sexis».
«Prefiero estar toda del mismo color».
«Entonces, ¿por qué no te asoleas desnuda?».
Y yo tenía que traducir. Marta apenas estaba aprendiendo inglés, mientras que el español de Blake consistía en algunas frases de guías de viaje y algunos improperios mal pronunciados.
Blake se zambulló en el agua, donde permaneció un buen rato para presumir, y emergió dramáticamente justo a los pies de Marta. Se alisó hacia atrás sus sedosos mechones infantiles y extendió sus brazos para recibirla. «Métete».
Los ojos oscuros de Marta brillaron. «Estoy bien aquí».
«No muerdo».
«No soy buena nadadora», dijo ella.
«No hay problema. Yo te enseñaré».
Al fin cedió y bajó la escalera. El tatuaje rojo chillón de Blake resplandecía bajo el sol.
«Francamente, su tatuaje me repugna —me dijo Marta más tarde—, y también su barriga, aunque son parte de su encanto».
***
«Mi amigo Blake está ansioso por conocerte —me dijo Sonny el año anterior, en un Año Nuevo lleno de nieve en Filadelfia—. Vio la foto de Marta y se volvió loco».
«Ten cuidado —me advirtió Sonny—. No lo dejes solo con Marta ni por un segundo».
«Ella puede defenderse sola».
«¡De todos modos lo hará! Te lo juro. Me lo hizo a mí».
Sonny había pasado por un período de sequía y finalmente había conocido a una mujer. Estaba jugando billar con ella cuando llegó Blake. Antes de que la partida terminara, Blake ya la estaba llevando a su Mercedes.
En Filadelfia, Blake se abalanzó sobre Marta. La invitó a visitar su lujoso bufete y me reclutó como su traductor. Les presentó a Marta a todos sus colegas.
«Esta es mi novia de Colombia».
«¿Y quién es él?».
«Su ex».
***
En el balcón, Blake estaba armando un porro. El sol anaranjado descendía sobre el Caribe. La brisa olía a mar y arena. A través de la puerta corrediza de cristal, se podía ver a Marta dormir en la cama imperial de Blake.
Blake lamió el porro para sellarlo. «Colombia es tan chévere como la describió Sonny. Siempre hablamos de venir acá».
Otra vez, un gancho directo a las tripas. Era demasiado pronto. El dolor aún estaba fresco. Tal vez esta peregrinación no era una buena idea.
Blake se rio. «A Sonny le gustaba estar aquí porque se sentía más interesante. En Estados Unidos era un pendejo más».
Dio un pitazo, me pasó el porro y compartí sus babas como tantas veces lo hice con Sonny, quien me había iniciado en la yerba, al igual que en muchas otras cosas.
Al exhalar, me sentí más relajado y sagaz, aunque también ligeramente tenso.
No pude dejar de advertir que el acento filadelfiano de Blake, y su risa seca e irónica, tenían un parecido inquietante con los de Sonny.
«Entonces —dije para entablar una conversación—, si no sales con abogados, ¿con quién?».
«Bueno, desde que perdí a Sonny…».
Otra puñalada en el corazón. Yo había estado empleando tácticas evasivas para desviar la tristeza, y la racionalización para suavizar la culpa.
«¿Dónde tienes la cabeza?», preguntaba Sonny.
Era el único que me lo preguntaba y el único al que yo le contaba.
A lo largo de los años, cada nueva novia mía tenía que recibir la aprobación de Sonny.
Y él siempre la aprobaba, aunque a veces yo habría querido que no lo hiciera.
En el taxi de camino a mi segunda boda, ataviados con nuestros esmóquines alquilados, le pregunté a Sonny, mi padrino: «¿Estoy cometiendo un error?»